Para comprender la doctrina y la acción de Vicente de Paúl, referente a los pobres, no es suficiente tener en cuenta la realidad económico-social y el medio espiritual del siglo XVII. Para conseguirlo se requiere conocer su «experiencia» y su «fe». Solamente a través de este conocimiento tendremos la posibilidad de descubrir los movimientos secretos de su existencia y de adoptar con precisión su ángulo de visión.
Los pobres no son para Vicente de Paúl un tema de estudio, sino un misterio al cual se acerca. Pero no se acerca permaneciendo lo que era antes. Para llegar a descubrir la presencia de Cristo en los pobres, Vicente tuvo que profundizar a la vez en el misterio de la encarnación y de la redención, liberarse de sus errores y hacer nuevas adquisiciones.
- ETAPAS DE LA EXPERIENCIA RELIGIOSA Y ENRIQUECIMIENTO DOCTRINAL DE VICENTE DE PAÚL
Para liberarse de sus errores y cambiar de perspectivas, uno debe consentir que Otro conduzca su espíritu y amplíe el horizonte de su conciencia: es el precio que Dios exige a la presuntuosa pobreza humana.
Vicente de Paúl evolucionó mucho a través de su existencia. No es, como lo presenta la mayoría de los escritores, sin duda seducidos por su primer biógrafo, monseñor Abelly, un «predestinado», que conocía desde el principio de su existencia el término y las etapas de su caminar. En general, los biógrafos de Vicente de Paúl han desconocido, o apenas han explorado, su evolución religiosa. Con frecuencia señalan en su héroe la separación radical entre la «naturaleza» y la «gracia». En su vida existió, y es necesario señalarlo, una evolución que termina en una mística experimental. Pero esta evolución supone una conversión, o si se prefiere, una re-creación: ella incluye un ritmo y un término hacia un ideal místico. La conversación espiritual no solamente reclama un compromiso sino también actos. Es necesario dejar pasar cierto tiempo para que la «doctrina evangélica», las verdades de la fe, se arraiguen y penetren. Vicente de Paúl experimentó estos dos tiempos de conversión espiritual: profundidad en su fe y en su fervor. Sin embargo esta evolución no se realizó bruscamente y de una manera fascinante. En él energía vital y don de Dios fueron pulsados y armonizados por un esfuerzo continuo: «Busquemos… busquemos: trabajemos, trabajemos», repetía en otro tiempo.
Vicente de Paúl no cambió bruscamente, sino progresivamente: le fue necesario maldecir a sus 36 años lo que antes había deseado, desplazar su ambición, concentrada en un «beneficio honorable» y orientar su futuro como un servicio continuo a los pobres, «realizar los asuntos de Dios» en lugar de tratar de hacer los suyos, «hacerse más fuerte» cada día para «encontrar su agrado en el buen agrado de Dios» y morir sin realizar el sueño de su edad madura.
Vicente de Paúl es como la mayoría de los hombres un convertido. Olvidarlo nos haría correr el riesgo de desorbitarle en su búsqueda de la voluntad de Dios a través de las situaciones complejas y desconocer la sana vitalidad de su ser espiritual activo. Nadie podrá acercarse a este hombre, si no llega a adivinar cómo la miseria de la sociedad que le rodeaban y las exigencias de Dios «trabajaron» conjuntamente su ser.
Una tentación
En 1608 Vicente de Paúl, sacerdote de la diócesis de Dax desde hace ocho años (había logrado conseguir, a pesar de los decretos del concilio de Trento, el sacerdocio a los veinte años), entra por primera vez en París. Viene de Roma, donde ha tratado inútilmente de conseguir un «beneficio». Desde hace ocho años persigue la fortuna, pero ésta parece huirle y reírse de él. Para esta fecha dos de sus cartas (24 de junio de 1607, 28 de febrero de 1608) llamadas de la «cautividad», podrían fácilmente cautivarnos, más difícilmente podrían tranquilizarnos.
En París, Vicente encuentra alojamiento en la habitación de otro gascón, el juez de Sore, en el arrabal Saint-Germain, quizás el arrabal más miserable y de peor fama de París.
El 17 de febrero de 1610 Vicente escribe a su madre. En esta carta queda consignada la tentación que podría haberle hecho prisionero de sí mismo y haberle encerrado en el grupo abundante de los eclesiásticos, cuyo «vicio capital, según escribirá más tarde (7 de septiembre de 1659), es la pereza». El busca el medio «de conseguir un retiro honorable», de obtener «un beneficio honrado». Felizmente Vicente romperá este muro que le enclaustra y se abrirá a la vida de los demás, no sin haber experimentado la enorme «desgracia del misionero que quisiera apegarse a los bienes de este mundo, porque estaría agarrado, conservaría los pinchazos de estas espinas y estaría retenido por estas ataduras».
Dos pruebas dolorosas e iluminadoras
París ha conmocionado siempre y «trabajado» profundamente a todos los que se lanzan a su conquista: uno se pierde o se encuentra. Vicente va a descubrir en este «parís de maravillas» el sufrimiento y va a encontrarse a sí mismo, al ir descubriendo las exigencias de Dios y la miseria de los hombres a través de dos acontecimientos, signos de gracia y de un nuevo nacimiento. Discretamente Dios se le acerca vaciándole de sí mismo y enriqueciéndole al mismo tiempo.
En 1609 el juez de Sore acusa a Vicente de Paúl de haberle robado 100 escudos. Le trata de ladrón, le expulsa de su habitación y le difama delante de las personas que le conocen, en particular delante de Bérulle. Llega, incluso, a perseguirle a través de un «monitorio», que según la costumbre de la época debía ser leído tres domingos consecutivos en el momento de la predicación de la misa parroquial. No se puede olvidar que la virtud de este siglo es el dinero, por su afán uno se comporta bárbaramente con los demás, especialmente en París. La humillante y ruidosa historia duró por lo menos «seis meses» si no .fueron «seis años». El asume esta calumnia que, en razón del «monitorio» del que es objeto, le coloca entre los delincuentes de la sociedad y le obliga a aislarse de ella. «Viéndose falsamente acusado» Vicente se pregunta en su pensamiento «si debe justificarse y una lucha se desarrolla en su interior: he aquí que eres acusado de algo que no es verdad ¿te justificarás?» g. Pero «es necesario recurrir a Dios por la oración y pedirle luz» antes de tomar ninguna decisión «para ver si todo está condimentado según su agrado» 1°. Porque es él quien organiza todo para lo mejor, pero un mejor no siempre perceptible por la «naturaleza tramposa». Y Vicente «dirigiéndose a Dios», decide asumir esta miseria que se incrusta en él: «es necesario que sufra esto pacientemente», concluye.
Esta calumnia, esta miseria, le hace descubrir el abismo de separación que existe entre la apariencia y la realidad. Al verse introducido en la «comunidad de los pobres», que saben acudir a Dios, Vicente de Paúl inaugura en su corazón el sentido de la «adorable providencia» con quienes abandonan un día sus derechos entre las manos de este Dios con frecuencia «incomprensible» de quien nos habla san Pablo. «Dios, confesará más tarde Vicente de Paúl, quiere a veces probar a las personas y por eso permite que sucedan tales encuentros».
Sometido a prueba, Vicente ni siquiera chistó. Apenas este ejercicio de humildad había terminado, si no estaba todavía en ruta, cuando Dios prepara a Vicente una prueba más interior, más delicada: una «noche oscura» del espíritu, larga, abrumadora, terrible.
Es Vicente de Paúl en persona quien nos habla: «Conocí un célebre doctor, antiguo defensor en su diócesis durante mucho tiempo como teólogo de la fe católica contra los herejes. Llamado por la difunta reina Margarita para vivir en su palacio, dada su ciencia y su piedad, se vio obligado a dejar sus empleos; y como ya no predicaba, ni catequizaba, se encontró asaltado, en este estado de ocio, por una fuerte tentación contra la fe… Este doctor viéndose en esta situación molesta, se dirigió a mí para declararme que se sentía agitado por tentaciones muy violentas contra la fe y que tenía pensamientos de blasfemia contra Jesucristo e incluso de desesperación, hasta el punto que se sentía impulsado a arrojarse por la ventana. Reducido por esto a tal extremo, fue necesario dispensarle de recitar el breviario y de celebrar la santa misa, e incluso, de recitar ninguna oración, dado que cuando comenzaba a recitar el padrenuestro, se le aparecían mil espectros que le perturbaban enormemente; y su imaginación estaba tan seca y su espíritu tan agotado, a fuerza de hacer actos de desaprobación contra estas tentaciones, que era incapaz de realizar uno más. Encontrándose en este lastimoso estado, se le aconsejó esta práctica… cada vez que dirigiera su mano o su dedo hacia la dirección de la ciudad de Roma, o hacia una iglesia, quería demostrar por este gesto y esta acción que creía todo lo que la iglesia romana creía… Dios tuvo al fin piedad de este desdichado doctor, quien, estando enfermo, fue liberado en un momento de todas sus tentaciones…».
Vicente no cuenta todo. No dice a su comunidad lo que había hecho para ayudar a este desdichado. Pero lo sabemos: intenta aliviarle. Habiendo utilizado inútilmente todos los recursos ordinarios de la pastoral en la época, Vicente se ofrece a Dios para que cargue sobre él todas las tentaciones de su «cliente»: ofrecimiento presuntuoso y un poco especial. ¿Por qué lo hizo? ¿Se encontró, quizás, ante un caso extremo? ¿Se sintió, en cuanto sacerdote, incapaz de aportar otro remedio, de poder hacer otra cosa? ¿Tuvo, por el contrario, algún motivo pesimista, capaz de haberle hecho reflexionar sobre la nadería de su vida y la ofreció para dar una razón a su existencia humana y sacerdotal? ¿Sabía en qué «noche» iba a ser introducido?… Una cosa es cierta: él ofrece lo que posee de inefable: su fe. Un día le será devuelta.
Vicente, al mismo tiempo que ve salir a su penitente de la duda y de la desesperación, se va introduciendo en una «noche del espíritu» que oscurece su horizonte y le desgarra horrorosamente. En medio de esta tormenta un relámpago le ilumina: ve que su ofrecimiento ha liberado a su cliente. Este comienza a vivir.
¿Cómo salir de este abandono agobiador, de esta sombra que le envuelve? Es preciso deshacerse de las imaginaciones. Se requiere ejercitar lo que se tiene, incluso si no se sabe, si no se siente, lo que se posee. Se requieren ordenanzas: éstas colocan las cosas en su sitio; ejecutadas son experimentaciones que no nos engañan. La terapéutica pastoral utilizada con su paciente, se la aplica a sí mismo: escribe el credo y esta transcripción la lleva al lado de su corazón como un remedio. Después acuerda con Dios «que cada vez que ponga la mano sobre este papel, será una desaprobación de la tentación y un acto de fe». Vicente tiene la preocupación de anotar todo, como si en las relaciones con Dios fuese necesario comprobar por escrito las verdades de fe.
El procedimiento no le calma y se manifiesta igualmente ineficaz durante tres o cuatro años. Pero Vicente a pesar de esta oscuridad, quiere trabajar normalmente, incluso si la luz y la alegría están ausentes de su alma: reza, se mortifica, se ocupa de los pobres. Habiendo experimentado cierta tranquilidad cada vez que visitaba a los pobres, Vicente «se decidió un día —entre 1613 y 1616— a tomar una resolución firme e inviolable para honrar más a Jesucristo e imitarle todavía más perfectamente de lo que hasta entonces lo había hecho, que fue de dar toda su vida por su amor al servicio de los pobres». Este día no sólo realiza un acto grandioso, sino que adopta un ritmo vital y adquiere por este movimiento un modo de conocer totalmente nuevo y hasta entonces insospechado para él. Este día Dios le convence de que no es suficiente preocuparse de los demás, ni siquiera darles su tiempo y dinero, sino que se requiere darse a Dios para el servicio de los pobres de una manera definitiva y sin condiciones. Él sabe y siente desde entonces, por experiencia, que solamente por el movimiento de la vida se consigue el verdadero conocimiento de Dios, de los hombres y de sí mismo. «Dios no se encuentra más que por el camino del evangelio», había exclamado Pascal en su noche de fuego. Yendo a los pobres Vicente de Paúl encuentra el evangelio de quien fue enviado a los pobres.
Esta prueba agobiadora le forma y le purifica, proporcionándole una experiencia, comprobada más tarde, que implica y verifica en él una doctrina sobre las tentaciones y sus consecuencias prácticas 18. Al mismo tiempo le suministra la gran experiencia, muy característica en Vicente de Paúl, del valor de la gracia en orden a los demás, y sobre todo la convicción de que los pecados personales se oponen a la fecundidad del ministerio y hacen fracasar la acción de Dios cuando se trata de llevar a su término la obra de Dios.
Dos experiencias creadoras de vocación y de misión: Gannes-Follevile y Chátillon-les-Dombes (1617)
Desde 1609, Vicente de Paúl ve de vez en cuando a Pedro de Bérulle. Entre 1610 y 1611, Vicente es recibido en casa de los futuros oratorianos, no para formar parte de la nueva comunidad, según declara él mismo, sino para esclarecer su espíritu y disponerse a realizar los planes de Dios. Durante los dos años, que permanece allí, Vicente consulta a Bérulle para orientar su conciencia. En este tiempo el padre Bourgoing, párroco de Clichy, decide entrar en el oratorio. Bérulle convence a Vicente de Paúl para que acepte esta parroquia.
Por primera vez, Vicente es párroco y comiena a asumir las responsabilidades del ministerio sacerdotal. El nuevo párroco trabaja a gusto: predica, catequiza, reúne algunos candidatos al sacerdocio, establece la cofradía del rosario. Ayudado por algunas personas de París restaura la iglesia y renueva los ornamentos. Está contento: «Tengo un pueblo tan bueno, tan obediente, declara al obispo de París que le visita, que pienso en mi interior que ni el santo padre, ni usted, monseñor, son tan felices como yo».
Vicente se ausenta pronto de la parroquia. El año 1613 Bérulle le invita a aceptar el cargo de preceptor de los hijos de Manuel de Gondi, conde de Joigny y general de las galeras de Francia. El nuevo preceptor entra en la ilustre familia de los Gondi. Si este cargo le permite disfrutar de la vida suntuosa del castillo, no olvida, sin embargo, instruir a los criados de la casa y prepararlos para la recepción de los sacramentos. En los viajes que hace en compañía de los Gondi a Joigny, Montmirail, Villepreux… se encuentra feliz cuando instruye y catequiza a los pobres y a los campesinos. La misma señora de Gondi, a través de la intervención de Bérulle, le confía su conciencia y se esclarece con sus consejos. Tiene toda confianza en él.
En uno de estos viajes Vicente de Paúl ve más claro y más profundamente.
En Gannes, cerca de Folleville, en la diócesis de Amiens, Vicente es requerido para confesar a un moribundo. Inmediatamente después de la confesión, el enfermo publica en presencia de la señora de Gondi, que viene a visitarle: «¡Ah, señora! me hubiera condenado si no hubiera hecho una confesión general, a causa de los muchos pecados que no me había atrevido a confesar» 24. A la cabecera de este enfermo, repara que los pobres campesinos se condenan porque hacen malas confesiones. Por añadidura, los sacerdotes no pueden ayudarles a causa de su ignorancia: algunos ignoran hasta la fórmula de la absolución. A través de la señora de Gondi, Dios interroga a Vicente: «¿Qué es esto? ¿Qué acabamos de oír?, le dice después de la confesión del campesino de Gannes. Los demás campesinos se deben encontrar en la misma situación. Si este hombre que pasaba por bueno se encontraba en semejante estado de condenación ¿qué harán los demás que viven peor? ¡Ay! Señor Vicente, ¡cuántas almas se pierden! ¿Cuál puede ser el remedio a este mal?».
Para desarraigar el mal, Vicente no entrevé por el momento otro remedio más que exhortar a los campesinos a la confesión general. Invitado por la señora de Gondi, lo intenta en el sermón predicado el 25 de enero de 1617 en la iglesia de Folleville. En esta pequeña iglesia de Picardía, Vicente vislumbra «el lugar de su génesis, el lugar donde la inspiración original le compromete a hacer alma y cuerpo con la iglesia de Cristo». Durante varios días, Vicente continúa instruyendo a los feligreses de la parroquia y preparándolos a la confesión general. Ayudado por otro sacerdote y por los jesuitas de Amiens, los confiesa. Terminada la misión de Folleville, se encamina, acompañado de otros sacerdotes, hacia otros pueblos para continuar durante algunos meses los actos de la misión y para tratar de descubrir «su misión».
Después de haber misionado las tierras de la señora de Gondi, Vicente decide abandonar su casa. Informa a Bérulle y le comunica el motivo de su decisión: «Se sentía interiormente impulsado por Dios a ir a alguna provincia lejana, para dedicarse a la instrucción y servicio de la pobre gente del campo». Si la duda se instala en su conciencia, respecto a las modalidades de realizar su misión, Vicente descubre que sólo los pobres podrán trazarle el camino para encontrar a Dios. Bérulle aprueba esta decisión y le propone ir a trabajar a una pequeña parroquia cerca de Lyon: Crátillon-les-Dombes.
Vicente de Paúl abandona la casa de los Gondi para ejercer un apostolado difícil en un pueblo lejano. Lo que le atrae a Chátillon no es el «beneficio honorable», el «honesto retiro», buscado afanosamente en otro tiempo.
Chátillon-les-Dombes, entonces un pueblo pequeño, se encontraba sin párroco. Los condes de Saint-Jean, de quienes dependía esta parroquia, habían suplicado al superior del oratorio de Lyon, el padre Bence, que les indicara un «buen eclesiástico», requerido por la necesidad extrema en que se encontraba la parroquia. Desde hacía cuarenta años los párrocos beneficiarios no se habían presentado en ella más que para recibir la renta. Los notables del pueblo se habían pasado a la «religión protestante». En el pueblo había seis capellanes que vegetaban en la mediocridad, por no decir en el vicio. Según la relación de Carlos Demia, que escribe poco después de la muerte de Vicente de Paúl, se trata de una parroquia que «requería gran trabajo y tenía solamente 500 libras de renta». El padre Bence se dirigió a su superior de París, «rogándole le indicara un buen sacerdote, que sin buscar sus propios intereses, se preocupara totalmente de los de Jesucristo». Bérulle propone a Vicente esta «parroquia en perdición». Vicente acepta inmediatamente.
A su llegada Vicente se hospeda donde puede, sencillamente en casa de un rico calvinista 35. Este, para complacer a su amigo lionés, el padre Métezau, y porque la casa parroquial está en ruinas, recibe a Vicente en su casa y le aloja.
El nuevo párroco comienza a ejercer el ministerio: visita las casas, la escuela, predica, catequiza, administra los sacramentos. De tal manera exhorta a la confesión general en sus sermones que todo el pueblo —incluso Beynier— y los habitantes de los alrededores, se confiesan. De nuevo Dios interroga a Vicente a través de la voz de la señora de la Chassaigne en beneficio de los pobres. Es el mismo Vicente quien nos ha contado el hecho: informado un domingo del mes de agosto de la situación de una familia pobre y abandonada, habla de ella en su homilía dominical.
Profundamente emocionada, exhorta con convicción y emoción. Sus palabras conmueven a los parroquianos y los impulsan a ir a visitar a esta familia. Por la tarde, después de vísperas, Vicente visita a la familia enferma. A la vuelta está admirado del comportamiento de sus parroquianos, pero no satisfecho. Todo el pueblo ha acudido hoy a ayudar a esta pobre familia, que mañana se va a encontrar abandonada. «He aquí una gran caridad, dice él, pero está mal organizada». A partir de esta experiencia, es «el cuerpo de la caridad y de la iglesia que Vicente de Paúl descubre».







