Cultura popular francesa en los siglos XVII y XVIII (12)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert de Mandrou · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1975 · Fuente: Edic. Stock, Troyes.
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B. El leyendario histórico: La sociedad nobiliaria

Último grupo, pero no el menos importante: las leyendas históricas, salidas en su mayor parte de las novelas de caballería, o sea unos cuarenta títulos, constituyen una verdadera mitología histórica; a los ojos de algunos críticos del siglo XVIII como Langlet-Dufresnoy, Huon de Burdeos, los cuatro hijos Aymon, Valentin y Orson, Galien el Restaurado, las conquistas de Carlomagno… constituyen la Biblioteca del pueblo por excelencia; «varias de nuestras novelas antiguas, escribe, sobre todo las que son más divertidas, fueron impresa en Troyes y otros lugares, y se reimprimen incluso repetidamente: y a esto se llama la Biblioteca azul. Se han convertido en Libros del Pueblo». Si es cierto que un pueblo se da un pasado mítico, antes de recuperar las fuentes y los instrumentos críticos de acceso a su pasado real, este fondo de leyendas históricas y épicas a la vez constituye un documento mitológico de una excepcional importancia, para entender este primer estadio de la historia vivida como un relato maravilloso.

1. El mito histórico. La composición del grupo es, a pesar de algunos títulos disparatados, muy reveladora: dos cronologías de los reyes de Francia (y de los emperadores) provienen del género de la crónica: algo así como en la Danza macabra, cada rey está representado en un retrato evocador de nuestras cartas de juego antiguas, descrito por un estribillo elogioso al que sigue un relato de su reinado en una sola página; la inspiración está tomada, ya lo hemos dicho, de Mézeray. De Pharamond a Enrique IV, es pues una galería bien nutrida, tan exactamente fechada como lo permitían las crónicas de las que se sacaba esta ciencia tan nueva. Pero este catálogo no parece haber tenido gran éxito, puesto que el modelo no se multiplicó. Tres novelas representan la Antigüedad: Alexandre, Jasón y Medea, Héctor espejo de caballería y la Guerra de Troya, relatos épicos, en los que la descripción de las batallas ocupa el mayor espacio. Por fin, una media docena de libritos menores (de treinta a cuarenta páginas) refieren las hazañas de personajes inexistentes como Juan de Calais, burgués que llegó a ser rey de Portugal, Juan de París, rey de Francia que se disfraza de burgués para ir a España a buscar a su futura mujer, Roberto el Diablo y Ricardo sin Miedo ( quien logra vencer a los tres enemigos del género humano: el mundo, el Diablo y la carne»), duques de Normandía, de aventuras trágicas. A lo cual se pueden añadir tres glorias recientes, Bertrand Duglesclin, Godofredo de Bouillon y Juana de Arco (que no figura por lo demás más que en apéndice a ciertas ediciones de la Paciencia de Grisélidis, la desdichada esposa del marqués de Saluces ya encontrada).

Todo lo demás -es decir cerca de treinta obras- pertenece al ciclo de Carlomagno: se trate de Oger el Danés, de Guérin Mesquin, Mabrian, Maugis d’Aygremont, Milles y Amys, etc., todos estos libros, de un grosor a veces de ciento y doscientas páginas, cuentan las hazañas y desventuras de compañeros de enemigos o de amigos del emperador Carlos. Es el único rey de Francia que conozca (aparte de la cronología citada antes) estas leyendas: apenas unos títulos como «Conquistas de Carlomagno» aluden en algunas paginas a Clodoveo, único predecesor digno de figurar a la vera del Emperador -a causa, sin duda, de su conversión narrada con fuertes detalles.

El origen de este ciclo carolingio es fácil de identificar: las canciones de gesta medievales, esos interminables poemas épicos de veinte a treinta mil versos han sido reescritos en prosa, y considerablemente aligerados en los siglos XV y XVI, en ediciones impresas que representan a menudo menos de un cuarto del texto inicial. Los cuatro hijos Aymon salieron de «Renaud de Montauban», canción de gesta del siglo XIII; Galien el Restaurado viene «del viaje de Carlomagno a Jerusalén y Constantinopla». Bouchet, en sus «Anales de Aquitania» (1545) explica muy bien la operación: «Se presupone que desde el tiempo del año de mil doscientos, se comenzó a hacer varios libros en grueso y rudo lenguaje y en ritmo mal tallado y mesurado, para el pasatiempo de los príncipes y algunas veces por halago para ensalzar en exceso los hechos de algún caballero, a fin de dar ánimos a los jóvenes para bien hacer y atreverse, como el dicho romance de Melusina, los romances del pequeño Artus de Bretaña, Lancelot del Lago, Tristán el aventurero, Ogier el Danés y otros que vi en la dicha rima antigua, en algunas librerías notables: los cuales han sido después redactados en prosa y en lenguaje bastante bueno, para según el tiempo que fueron así redactados, en los cuales se ve cosas increíbles y con todo deleitables de leer». Sobre estas versiones recortadas «trabajaron» los editores troianos, operando a su vez cortes claros en los textos sabios -llevando al final las epopeyas medievales a una décima parte de su talla primitiva y con frecuencia menos todavía. Pero practicaron asimismo selecciones cuyo motivo no se ve con claridad: la canción de Roland, como tal, no figura en la biblioteca troiana; los romances de la Tabla redonda tampoco -con excepción de Melusina y de un relato conexo (Geoffroy Diente Grande). Los Amadís de Gaula están también ausentes.

Este ciclo carolingio merece tanta mayor atención cuanto por estar hecho en el momento mismo en que la historia se renueva de forma decisiva, abundando el estilo y los límites de las viejas crónicas medievales: de este trabajo, que comenzó con los contemporáneos de Étienne Pasquier en la segunda mitad del siglo XVI (con Fauchet, La Popelinière, del Tillet y muchos más) y que se continúa con los Pithou, de Thou, Juan de Serres, Dupleix, hasta Mézeray, nada se ha conservado entre los libreros troianos. Ignorando estas labores que se aplicaban a refutar «las fábulas hermosas y frívolas» de las que estaba llena la historia de las crónicas, el ciclo épico del leyendario carolingio se impuso como la única evocación aceptada del pasado francés magnificado con generosidad: ya que los fragmentos de bravura son el estilo mismo de todos estos relatos, testigo este pasaje de Genoveva de Bravante»: «Id, queridos compañeros, a combatir generosamente por la gloria de Dios, ante el glorioso san Martín, cuya demanda apoyáis: y acordaos que sois Franceses, cuya gloria no tiene límites que no sean los del cabo del mundo».

Sería carente de interés someter estas leyendas a un examen de crítica tradicional; las simplezas, los anacronismos pululan en cada relato: todos los palacios reales son Louvres; Carlomagno está un día en Orléans, al día siguiente en Constantinopla o en Roma. Mejor será primero subrayar que se desarrollan en un tiempo y en un espacio indeterminados, indefinidos. Francia y Europa que recorren los ejércitos carolingios son próximas y lejanas a la vez; Roma, Aix-la-Chapelle, París -algo así como Jerusalén y Bizancio. Esta imprecisión que favorece a su manera todas las transposiciones, o actualizaciones. Además, la personalización es la regla: los emires sarracenos como el almirante Baland, el valiente Fierabras que se convirtió, los pares compañeros del Emperador, todos personifican una función ritual y ocupan lugar en una inagotable galería de retratos: el sabio Naimes, duque de Baviera, el buen consejero; el sobrino Roland «descerebrado» de cabeza caliente y de bravura sin igual. Ganelon el traidor y toda su descendencia de perjurios, y así sucesivamente.

Estos relatos épicos encuentran también su originalidad en la intervención constante de l o maravilloso: la mano de Dios no se hace tan sensible aquí, si bien se la ve alguna vez; pero las «hadas», los encantadores y magos son puestos a contribución a menudo para ayudar a los héroes en dificultades: Huon recurre a su tío Obéron, que posee más de un juego mágico en su repertorio; los cuatro hijos Aymon resisten al ejército del Emperador gracias a su caballo Bayard, caballo gigante que los transporta a los cuatro a la vez a través de los espacios -y gracias a su tío Maugis, sabio mago que logra un buen día secuestrar a Carlomagno y transportarlo a la fortaleza de sus sobrinos. Los gigantes solitarios, devastando provincias enteras, están también presentes en este leyendario: como Ferragus (en «Valentín y Orson»») a quienes solamente Roland y Durandal han podido vencer. Los diablos, por último, enemigos del género humano, enviados por Lucifer a estropear el juego, tentar a los caballeros (como Roberto el Diablo es la presa de Brandemor), pueden intervenir también. Una buena parte de estos romances se debe con seguridad a los prodigios de estos espectáculos maravillosos históricos.

2. El mito político y social: la sociedad feudal. El emperador Carlos, rodeado de sus doce Pares y de su ejército; el papa en Roma; el emperador de Oriente en Bizancio, instalado en su Louvre guardado por sus vasallos; los almirantes musulmanes, jefes de ejército; la definición política es sencilla. Los Reyes o Emperadores tienen a su disposición a tropa numerosa de sus nobles que los aconsejan y los ayudan; que se retiran a sus tierras, asisten al Consejo o participan en la guerra. Es una sociedad nobiliaria<, ignora prácticamente a los no-nobles. Como a Michelet le gusta repetir: «Los romances de caballería dan muy exactamente lo contrario de la verdad».

Sin embargo la las gentes de «muy baja condición» existen; evocar orígenes viles es incluso el mejor modo de injuriar a un noble. Pero ellos no están presentes en los relatos: a veces cuando una ciudad es sitiada durante meses o años, se hace mención de los habitantes, estos burgueses, que perecen y mueren, víctimas del bloqueo. Sitios, hambres, carestías, el romance de caballería no usa de ellos más que en frase aparte: así en Ogier el Danés, «la penuria era tal en Mayance que se veían obligados a comer gatos». Y el narrador pasa. De campesinos en el campo y en los pueblos, ni rastro; algunos bandidos de vez en cuando, como Geoffroy Diente Grande, quienes, desde una roca dominante, pillan y chantajean la región del entorno. Solos lo pequeños relatos no carolingios aluden con precisión a la burguesía rica, que en las ciudades adquiere fortunas. Juan de París sale para España disfrazado de burgués de su ciudad, pero le traicionan su atavío, sus cajas de ropajes y le alhajas y su numerosa escolta. Además la nobleza se reconoce sin dificultad por la mirada experta: es cuestión de hábitos a veces, y una princesa puede reconocerse cuando entra incógnito en juego, a la vez que por su belleza y sus vestidos. Pero muchas veces es cuestión de estatura, de porte: la duquesa de Baviera, al ver pasar por a calle a los dos hijos de Helena de Constantinopla, los reconoce por su compostura; y «habiéndoles preguntado, vio que eran de alta extracción». Por último y sobre todo, para los hombres, es el don innato de las armas el que caracteriza a las más «ilustres razas». Como se los representaba Nerval:

«Estos nobles de antaño de quienes hablan los romances,
Estos esforzados de frontis de buey, de figuras dantescas».

La nobleza de los relatos carolingios, es la raza o también la sangre; de la familia noble no dicen nada estas leyendas, si no es que cantidad de aventuras son las de niños de buena extracción abandonados en circunstancias difíciles y que conocen cien tribulaciones antes de hallar su rango y sus bienes. En cambio el matrimonio se evoca en la perspectiva de los casamientos desiguales posibles: Roberto el Diablo, en busca de mujer,, no sabe cómo decidirse, pues no quiere «rebajarse», hacer «mal a su raza». Por lo demás, buena sangre no miente nunca: el destino glorioso de los bastardos en muchos relatos, su vanagloria misma lo prueban bastante: Gallien, por ejemplo, responde a su madre: «Verdad que me preocupan poco estos reproches, pues soy hijo de Olivier; más vale ser bastardo y osado caballero, que ser cobarde y engendrado de legítimo matrimonio».

a) La vida noble: la guerra y los juegos. –Estos relatos están situados con toda naturalidad bajo el signo de la guerra permanente: la defensa de la cristiandad es su gran motivo, pero no el único. Carlomagno parece tener siempre cerca de sí un ejército listo para el combate- y convoca con mucha frecuencia a barones y señores en gran número. Las cantidades citadas para describir los ejércitos en presencia son siempre enormes: la batalla de Poitiers en la que el ilustre marido de Genoveva de Brabante fue la más gloriosa de la que nunca se pudo hablar, dejando los Sarracenos en el sitio 375 000 muertos y a su Rey». Pero eso constituye un récord. La mayor parte de las veces, los combates hacen enfrentarse la cifra más «redonda» de 100 000 hombres. A menos que no haya elección de campeones, delegación de poderes, que pongan en presencia a dos hombres o dos grupos pequeños: Fierabras y Olivier en las Conquistas de Carlomagno ocupan la mitad del relato; en otro lado son las vanguardias, en las que con frecuencia se reúnen los doce Pares para hacer el camino de lo grueso del ejército: es entonces cuando Roland y Olivier caen en grandes emboscadas, sorprenden a los musulmanes en sus fortalezas mejor guardadas, son hechos prisioneros en lo más duro de la refriega -y se salvan un poco más tarde por la astucia (y la conversión) de una bella hija de almirante, seducida por los caballeros franceses.

Entre tanto, entre dos batallas -y cuando los compañeros de Carlomagno vuelven a su caso por algún tiempo- practican algunas distracciones, que son el patrimonio de la nobleza. En primer lugar la caza, de la que nadie se cansa: Ricardo sin Miedo, al día siguiente de una terrible batalla con el rey de Inglaterra, manda nada más despertarse reunir a sus perros y a sus monteros para recorrer el bosque normando. Luego viene la justa, el torneo; hasta el ejército en marcha, entre dos batallas, organiza algunos torneos para sus barones. Con mayor razón, con ocasión de una fiesta cualquiera se permite la organización: la coronación imperial de Carlomagno, el matrimonio de Ricardo sin Miedo con la hija (secuestrada) del rey de Inglaterra son ocasión de justas interminables en las que participan decenas de caballeros, delante de un arriate de damas admiradoras, que se encargan de otorgar los premios decretados al final del torneo. Los redactores no temen contar minuciosamente los combates, las partidas «del interior y del exterior», la colocación de los distintos combatientes, y los esfuerzos desplegados por cada uno «a cual mejor para adquirir honor y gloria». Por último, a estos caballeros les gusta también jugar al ajedrez: Huon de Burdes, con un disfraz de criado de trovador, da una lección a la hermosa Esclarmonda, hija del rey Ivelin, y la mejor jugadora del reino paterno. El juego además no es totalmente pacífico, pues los adversarios no se contentan siempre con mover el peón: el hijo de Ogier el Danés mata de un golpe de tablero en la cabeza a Charlot mal jugador, hijo vengativo del Emperador.

Ya es decir suficiente que toda la vida noble está dominada por el combate: entrenamiento, ejercicio, simulacro, siempre la batalla. El abate Jacquin, en mitad del siglo XVIII, no afirma en sus «Conversaciones sobre los romances» la responsabilidad de estos relatos en la práctica del duelo: «los libros de caballería inspiraron primero el furor de los combates particulares, era para buscar un rival y combatirlo la razón por la que estas clases de héroes emprendían largos viajes, y se exponían a las aventuras más trágicas. Este frenesí se apoderó pronto de los miembros más ilustres del Estado. El menor insulto, el menor equívoco, la menor rivalidad se convirtieron la causa de estas guerras, en las cuales los hermanos y los amigos se degollaban sin compasión». El abate exagera sin duda la influencia de los romances de caballería. Por lo menos la vocación militar de la nobleza queda de esta forma reafirmada en cada página de estas historias.

Las virtudes nobles: lealtad y justicia. –El honor caballeresco invocado en cada página radica en estas dos palabras, estas dos virtudes que cada uno debe practicar. Hasta los adversarios de siempre, los musulmanes se les ve reconocer en la guerra la «nobleza natural» que asegura la sangre, allá como acá, a todos los que combaten: Fierabras y Olivier, que luchan uno contra el otro durante días, dan siempre pruebas de cortesía y lealtad. Es verdad que al término del combate, el musulmán vencido llega incluso hasta convertirse. Pero Roland y Espulard son tan generosos, y el sobrino del emperador, vencedor, decide no acabar con su adversario «porque ello es nota de distinción».

De lealtad se trata sin cesar en estos libros de caballería: aunque sólo fuera por la presencia, quasi necesaria, de su antídoto, la traición. Es el traidor Ganeón, tan presente, pernicioso, detestable quien da la mejor definición, por antífrasis, de la lealtad. Este compañero de Carlomagno, ¿no se vende acaso por dinero a los musulmanes? «¡Oh, malísimo traidor Ganelon! te olvidas de tu nacimiento haciendo obra villana: tú eras rico y gran señor, y por dinero has traicionado a tu amo; tú fuiste elegido entre los otros para ir a los Sarracenos, por la confianza que se tenía en ti, y tú cometes infidelidad y negra traición. ¿De dónde viene tu iniquidad? si no es de una falsa voluntad hundida en un abismo de avaricia para tu Señor. ¿Qué te habían hecho Roland, Olivier y los otros?» Verdadero Judas del mundo feudal, es perpetuamente traidor, como el de nuestros cánticos, y muco antes de Roncesvalles, multiplica las ocasiones de traición. En «Gallien restaurado», yerra sus caballos del revés; en «Valentín y Orson», dirige al Emperador palabras pesimistas para incitarle a abdicar en plena campaña contra los musulmanes instalados en Italia, cuando los Pares están casi todos prisioneros. Traición -y lealtad- están en la sangre: es toda su familia, hijos, sobrinos los que son capaces de los mismos actos. Y cuando Ganelon llega a la rebelión abierta en la víspera de un combate decisivo, le siguen en la defección su linaje y todos sus vasallos, amputándole al ejército carolingio veinte mil hombres.

La exigencia de justicia no es menor. Y ella determina uno de los aspectos más originales de esta literatura caballeresca, la frecuencia de las rebeliones nobles contra el Emperador; lo que es el motor de relatos enteros, sobre todo los más célebres, los más frecuentemente reeditados, Huon de Burdeos y los Cuatro Hijos Aymon. Porque Carlomagno, aun siendo gran Emperador, se muestra con bastante frecuencia colérico, vengativo para con sus vasallos, y ciertamente injusto: persigue con odio al tío de los Cuatro hijos, quien no lleva gran pecado en la conciencia, y la revuelta de éstos en favor de su tío parece plenamente legítima a muchos de los compañeros del Emperador. El caso de Huon es todavía más claro: viniendo a París, encontró en su camino a Charlot, hijo del Emperador, que le ha provocado traidoramente al combate. Huon le mata y Carlomagno quiere vengar a su hijo, sin informarse de las circunstancias. Los Pares protestan, y la voz de la prudencia, el duque Naimes, amenaza con retirarse a sus tierras de Baviera: «Es contra todo derecho, pero en adelante ya que quiere obrar contra derecho y honor, yo no quiero quedarme con él…». El Emperador acaba por entender justicia, acepta que Huon se justifique en un torneo particular, pero le condena finalmente a una prueba más que temible: partir solo a Jerusalén… Carlomagno debe pues escuchar a sus nobles, y practicar una justicia rigurosa si quiere ser oído. De otra forma, se va a encontrar de frene a un partido de oponentes: y los Cuatro hijos Aymon, declarados indignos del imperio, encuentran durante años cantidad de apoyos y de complicidades para sostener su rebelión. Es a la vez la revancha del débil sobre el fuerte y la lucha del vasallo injustamente tratado sobre el señor feudal felón.

De esta forma, en el momento mismo en que la nobleza, confinada en sus castillos o en la representación más vana en la Corte de Versalles, ha renunciado parcialmente a la actividad militar (de suerte que el tema de la oposición entre cortesano y guerrero se ha convertido en moneda corriente) y ha aceptado el reclutamiento de los ejércitos de oficio -en ese momento se difunde (o se mantiene) por el enlace poderoso de la literatura ambulante la imagen de una nobleza militar justiciera, que domina por instantes al Emperador mismo, modelo de las más altas virtudes de caballería. Por lo tanto un mito de la nobleza, único cuadro social y militar en una sociedad dominada por entero por ella -y que vive al nivel de la mentalidad popular, alimentado por estas decenas de romances de caballería, en los que la generosidad, la justicia y las proezas más sorprendentes desfilan en cada página. Paradoja sin ninguna duda que esta supervivencia del mito, no ya sólo en los medios que pueden alimentar su nostalgia de recuerdos y de leyendas que los honran, sino también en los medios menos directamente interesados en esta mitología.

3. El mito político y religioso: la Cruzada. Comunidad de nobles, esta sociedad medieval legendaria es una cristiandad, y más precisamente una comunidad de cruzados. La súplica de Turpin al morir lo dice muy bien: «¡Oh! Padre Eterno que estás en el Cielo, tened piedad de los doce pares de Francia, los cuales han querido siempre exaltar la Santa Fe católica». Todo el ciclo de Carlomagno y hasta cantidad de otros relatos se nutren con la lucha contra los Sarracenos que amenazan por toda Europa, instalados en los Santos Lugares; lucha penelopeana; este recurso de todos los relatos hace quedar en segundo plano las raras notaciones que invocan a la Iglesia propiamente dicha, cuya vida en calma y los clérigos absortos en una oración perpetua apenas merecen la atención del contador: la cristiandad sin cesar sitiada y atacada posee con seguridad una Iglesia; ésta no plantea problemas interiores.

a) Los hombres de fe. Los romances de mitología histórica no distinguen apenas entre clérigos y laicos: los papas son a la vez cabezas de la Iglesia y defensores muy temporales de una capital cien veces sitiad y ocupada por los musulmanes; arzobispos y obispos, muy a menudo reducidos a la misma suerte de sitiados entregados a la fortuna de las armas, participan también en las grandes expediciones de los barones de Carlomagno, el arzobispo Turpin en primera línea, por supuesto; el abate de Cluny, tío del joven Huon de Burdeos, acompaña a su sobrino a través de Francia, le protege con su coraza en la corte del Emperador, le oculta y consuela en su convento en el curso de sus tribulaciones, y no duda en aceptar a guisa de gratitud la manzana mágica de juventud que este sobrina agradecido le trae de su viaje por Persia. Peor aún, los «Cuatro hijos Aymon» y «Maugis el Encantador» cuentan cómo este gran mago, Maugis, después de mil números de alta magia, logra ser papa, y continúa, en la Santa Sede, usando de sus malicias diabólicas durante largos años. Mientras que en «Valentín y Orson , en la corte de Bizancio, un arzobispo representa a Tartufo, tratando de seducir a su emperatriz, declarándose «su pequeño capellán», pasando luego a propuestas más precisas…

Basta con decir que los clérigos no son pintados de otra manera que los nobles guerreros que rodean a Carlomagno: un solo clérigo escapa a esta confusión, el ermitaño. Viviendo en el desierto, es decir más a menudo en el bosque, lejos de todos los hombres, pasando el tiempo en oraciones y en devociones, hospitalarios con los viajeros extraviados, con los vagabundos, animados siempre de caridad, y a menudo despojados, perseguidos, muertos también, los ermitaños de estos romances son los únicos santos en vida. Mientras que los monjes de Cluny pasan por llevar buen tren de festividades en su monasterio, los ermitaños no conocen más que la oración y la caridad. Más admirados unos que los otros por los narradores, que se detienen adrede en su presencia; en «Robert el Diablo», el confesor del papa, vive, lejos de Roma, en Monte Alto albino, donde se le aparece Dios en sueños con frecuencia; cuando Helena de Constantinopla, en fuga con sus hijos, los pierde en el bosque bretón, es un ermitaño quien recoge a estos niños y los cría durante dieciséis años. Por último, cuando tal héroe de nuestros relatos, al atardecer de una larga vida de batallas y de golpes de espada, quiere hallar su paz terrenal, abandona a todos los suyos, compañeros y familia, y se hace ermitaño: es el caso de Raimondín después de la desaparición de Melusina, su mujer; y también de Maugis, retirado a orillas del Rin para vivir con «un poco de pan, agua pura y algunas raíces». Este prestigio de los eremitas no es indiferente a nuestras intenciones. No se da explicación alguna, a no ser por ese desprecio del mundo y de sus vanidades el que aflora también en los libros de piedad. De alguna manera, el ermitaño representa una pureza original del clérigo, de la parte de los fastos y de las taras de la Iglesia: así como la Danza de los muertos no es cosa delicada para los obispos, cardenales y abades, así también, a la inversa, es el hombre de Dios no mancillado por el mundo.

Con todo, estos clérigos que se parecen tanto a laicos no están desprovistos de todos preocupaciones religiosas que no sean la Cruzada. Ellos convierten a los paganos; o más exactamente llaman a Dios en ayuda para probar le fe de los cristianos: a los ojos de estos que incluso tienen necesidad a veces de este consuelo. Es el milagro de la batalla contra los Alemanes el que prueba a Clodoveo la superioridad del dios de Clotilde sobre los suyos; le es suficiente luego a san Remi recitar el Credo ante Clodoveo para acabar la conversión: «Sire, es el momento de invocar a los dioses a los que otorgasteis creencia en otro tiempo, que están llenos de vanidad y de condenación, y debéis creer humildemente en un solo Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en una sola y pura esencia, que ha creado el cielo y la tierra, en quien solo se debe creer; y en Jesucristo su Hijo, etc.». En «Helena de Constantinopla», san Martín de Tours «vuelve a juntar» la mano de su madre, amputada hacía treinta años, al brazo mutilado y demuestra así su propia santidad. Pero el maestro en este dominio es el arzobispo Turpin, que no pierde ocasión nunca de suscitar el milagro convertidor, y de recitar el Credo a alguna hija de almirante musulmán para insinuar en su espíritu la traición que permitirá a los Pares, por un momento prisioneros, salir de un mal paso; y presentar la corona de espinas de Cristo, valientemente reconquistada al almirante Baland, al ejército entero; levantada por encima de su cabeza, se queda en el aire cuando baja los brazos, y el ejército entero, comprendidos prisioneros sarracenos, entra en adoración. De igual forma cuando Carlomagno trae de Tierra Santa la verdadera Cruz, su paso anunciado por Turpin suscita miles de curaciones taumatúrgicas: paralíticos, ciegos, cojos, escrofulosos: además también fueron curados ciegos y mudos sin número, doce endemoniados, catorce cojos, treinta ahogados resucitados, cincuenta y dos jorobados, caducos sesenta y cinco, varios gotosos del lugar, del vecindario y otros…»; no hay enfermedad que resista.

Estas características dispersas retratan a mundo de clérigos, estrechamente comprometidos en las miserias del siglo, practicando un cristianismo simple, en sus exigencias y en sus medios. No existe rastro en todos estos relatos de los problemas que podemos considerar como contemporáneos de los grandes autores de estas epopeyas históricas: ni siquiera la división entre Iglesia de Oriente e Iglesia de Occidente no aparece; tampoco tienen lugar los debates que agitaban a la Iglesia en el tiempo en que se escribieron o rescribieron los romances de caballería; ni la disputa de las investiduras, ni el esplendor del monaquismo, ni los grandes debates teológicos del siglo XVI. En su simplicidad dicotómica el leyendario histórico no conoce más que un problema religioso: la defensa de la cristiandad contra el Infiel.

b) La cruzada perpetua. Fortaleza sitiada por todas partes, la cristiandad sufre los asaltos multiplicados de los musulmanes, que se instalan por todas partes en Europa, fundan reinos feudales muy parecidos a los reinos cristianos por su organización social, envían sin cesar a sus sultanes y almirantes a la conquista de nuevas tierras cristianas. En cada relato (o casi), Roma padece sitio y saco. Sólo en «Helena de Constantinopla», pequeño relato de cuarenta páginas, encontramos este inevitable asedio de Roma, cuatro reinos musulmanes en Baviera, en Flandes, en Escocia y en Guyena, ejércitos sarracenos sitian a Boulogne, Jerusalén y Aire, Grasse y Brujas. Dueños de los lugares santos y de Roma, los soldados de Mahoma se emparan de las reliquias más sagradas. Lo que desespera a la cristiandad entera, hasta el punto que Carlomagno está dispuesto a conceder a vida salvo al almirante Boland, si entrega «las reliquias de las que (él es) indigno de poseer»: se trata de la corona de espinas y de los clavos de la Cruz.

«Morir todos por el celo de la fe cristiana» es pues el deber de todo cristiano, más exactamente, de todo noble soldado. Ya que la Cruzada contra todos los infieles no está abierta a la gente de clase baja. En ningún momento se habla de cruzadas populares, pastorcillos o demás, que tan fuerte han influido la imaginación medieval. En nuestros romances, solos combaten aquellos que son compañeros de Carlomagno; es con seguridad el voto de todo señor, voto renovado tras un combate victorioso, o también con ocasión de un nacimiento, pero es asimismo un privilegio de Estado, que no puede ser compartido con los no-notables: una vocación; y cuando Carlomagno pronuncia con muchas lágrimas el elogio de su sobrino Roland, caído en Roncesvalles, bajo los golpes de los infieles, no tiene mejor fórmula que aplicarle que el título : «Verdadero defensor de la religión católica».

La guerra santa es a la vez áspera y sin fin contra un enemigo inagotable: a pesar de las exterminaciones y las conversiones, la hidra musulmana renace sin cesar, amenazante, molesta: es una guerra de desgaste en la que la paciencia de los combatientes no conoce tregua. Es sin duda la razón por la que los combates son muchas veces singulares: los dos ejércitos se forman frente a frente y un puñado de campeones combate por ellos hasta la desaparición de uno de ellos. Por eso también, a menudo, algunos hombres, y en primer lugar los Pares de Francia que cabalgan en la vanguardia, sorprendidos por una emboscada, hechos prisioneros, arrojados dentro de una torre, consiguen (con la complicidad de alguna princesa musulmana, cierto es), no sólo escaparse, sino invertir la situación, apoderándose a su vez del almirante y de su estado-mayor.

No obstante nuestros relatos son ricos en grandes combates, en los que ejércitos de cien mil hombres entran en lucha, y que acaban en hecatombes. Cuando, en «Helena de Constantinopla», la capital de Escocia (entonces musulmana) es tomada por los cristianos, éstos pasan por el filo de la espada a todos los que encuentran sin distinción de edad ni de sexo». Las grandes derrotas sarracenas van seguidas por lo general de conversiones masivas, extorsionadas en el ardor de la lucha: conversiones-suicidas, de alguna manera -si bien que, de cuando en cuando, algunos musulmanes ceden a la persuasión, como a las princesas felonas, o a Fierbras a quienes llega una iluminación divina («por la virtud de Dios, fue iluminado de tal manera que tuvo conocimiento del error de los paganos»). La regla no está ahí, sino en la fórmula concisa: «Mabrian le cortó la cabeza porque él no se quería hacer bautizar». Carlomagno ha recristianizado así a regiones enteras, a medida que los sarracenos las evacuan: «Puso tanta diligencia en Aifremoire y países vecinos que los que no se querían bautizar, los hacía morir a todos». En este contexto las resistencias individuales cuentan poco, incluso cuando el musulmán se muestra provocativo («Sire, dice el pagano, preferiría ser desollado vivo que abandonar mi ley»). La guerra Santa reconquista de esta manera Europa y los Lugares Santos, trozo a trozo, y el musulmán reaparece en otra parte.

Más que la rebelión de los nobles contra la autoridad imperial, la Cruzada contra el musulmán es pues el gran mito de esta serie del leyendario histórico francés; epopeya cristiana, este ciclo carolingio (y sus anejos) ofrece a su público popular una imaginería medieval, que los Románticos del siglo XIX van a encontrar a su gusto (bien lo hayan recogido en la Biblioteca azul o en obras más sabias). Es, de hecho, toda un representación simbólica de la Historia de Francia que vemos en estas Conquistas de Carlomagno y otras hazañas de sus contemporáneos y adversarios: todo está descrito para gloria del noble caballero cruzado, defensor del justo y del oprimido, protector de la cristiandad. Simbólica después de todo estática, ya que niega todo desarrollo: Carlomagno y su nobleza son toda la historia -y representan en un sentido, una negación de la historia; «el sentimiento de la tradición histórica», tal como lo entendía ya Cournot en sus Recuerdos, falta aquí; por último la imagen está en oposición a la realidad vivida por los lectores-auditores de los siglos XVII y XVIII: no es necesario subrayarlo más.

En suma, abecedarios reglas de Piquet, lamentaciones de aprendices, todo como los relatos de subido color de las hazañas de Roldán y Olivier, todos estas obras que tratan esencialmente de la vida en sociedad, no evocan nunca más que aspectos menores; o bien trasnochados hace mucho tiempo; las más realistas serían todavía las descripciones de las reglas de conducta (por antífrasis) y las de las penas y miserias del aprendizaje. En todo caso, el lector-auditor queda lejos de las realidades sociales que constituyen la trama de su existencia cotidiana: en ningún momento, el diezmador, el receptor del pecho o la gabela no son ni siquiera citados; mucho menos descritas las tensiones entre nobles y burgueses, entre parlamentarios y nobles de sangre que no cesan de manifestarse durante estos dos siglos. Las representaciones de la sociedad, que contiene la Biblioteca azul, fueron escritas con un extraño pudor.

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