1. El dosier de la imprenta troiana de venta ambulante
Antes de entrar en el análisis temático del repertorio de la Biblioteca azul, se necesitan algunas páginas para situar el fondo: es decir reconstituir –en lo que se pueda- la historia mal conocida de estos impresores audaces, que dejaron de lado, total o parcialmente, la producción ordinaria en beneficio del libro popular; y en un segundo momento, trazar una vista general de este catálogo troiano, estableciendo una clasificación (evidentemente arbitraria), que irá apareciendo luego en el corpus del libro, y que legitima un esfuerzo de comprensión de los temas que recibieron la preferencia del público y de los editores. Esta presentación del dosier troiano permite entrever cuál fue la envergadura de la empresa champañana, aunque sin dar razón de todos los elementos que aseguraron el éxito de esta fórmula nueva. Una parte importante de nuestras conclusiones finales se apoya tanto en esta rápida presentación de las condiciones en las que se constituyó esta Biblioteca azul, como en el análisis del contenido mismo.
A. Un éxito asombroso
Su historia no es en verdad muy fácil de conocer: Ch. Nisard, «historiador» de esta literatura (si vamos a dar crédito a su enorme obra: Histoire des livres populaires ou de la litérature de colportage) no se molestó en reproducirla; le bastó con analizar el fondo como censor desconfiado y gazmoño. Sólo nos ayudan en este particular los eruditos del lugar los Morin y Socard, que realizaron, no sin mérito, buenas monografías breves sobre las principales familias de editores impresores. Desbrozaron el terreno, hasta e incluido el de los archivos notariales. Entre tanto, por imperfecto que sea nuestro conocimiento de este terreno, es suficiente para demostrar el extraordinario éxito de las empresas troianas –y por consiguiente la audiencia de esta literatura.
Conviene no obstante recordar, por de pronto, el marasmo que el comercio de librero conoció a principios del siglo XVII. Montchrestien lo analizó bien en una hermosa fórmula que los estudios de H.-J. Martin confirmaron[1]: «Desde el despertar de las letras , escribe Montchrestien, se llenaron las bibliotecas de libros, de manera que siempre hubo muchos, si bien por causa de las guerras se hayan destruido muchos. Este mueble no se usa como la ropa». Está claro que los editores no tienen parroquianos, en tanto que la concurrencia internacional –Flamencos, Alemanes- entran en el juego en detrimento de los libreros franceses. Para sobrevivir, se han de publicar textos administrativos, clericales o laicos. En estas condiciones difíciles se volvieron los de Champaña hacia os libros de venta callejera.
En cuanto a la cronología genealógica de estas empresas poco queda por reseñar: Troyes, a finales del siglo XVI, al nacer la nueva fórmula del libro popular, posee una decena de libreros impresores, instalados hace mucho en lugar de los copistas y pergamineros que habían contribuido a la reputación de la ciudad medieval. Entre estas familias de impresores figuran destacadas los Oudot y los Garnier. Fue durante los primeros años del siglo XVII cuando un tal Nicolas Oudot tuvo la idea de utilizar caracteres cansados y ( ) anticuadas para editar con los menores gastos cuentos, algunos romances medievales ya escritos en el siglo XVI (Huon de Bordeaux, los cuatro hijos Aymon) y cierto número de vidas de santos (Agustín, Roque, Catalina, Barbe); los textos se repiten, simplifican por decirlo así por obreros tipógrafos, y se publican sin nombre de autor, ni otra indicación que el título y el nombre del editor. La fórmula así establecida funciona bastante bien para que a su muerte, en 1636, la operación se extienda a un centenar de títulos. Los sucesores, y en particular Nicolás II(1616-1692) y Jaime II a principios del XVIII, extiendan más el repertorio y prosigan la explotación sin parar. Nicolás II, que es todavía en 1672 impresor del obispado, parece que renunció al final de su vida a estas funciones para dedicarse por entero al libro de venta de corredor.
Pero, a partir del último cuarto de siglo, los Oudot tienen, incluso en Troyes, imitadores y competidores: los Garnier se convierten en editores de Navidades, obras de piedad, y muy pronto copian también del fondo Oudot (que no está defendido por ningún privilegio). Pierre Garnier (1688-1738) es el homólogo de Nicolas II Oudot; y uno de sus sucesores, Jean Antoine, puede incluso sacar partido en 1769 de dificultades judiciales causadas a la viuda Jean (IV) Oudot para rescatar la empresa rival y anexionársela. Suerte pareja corre la dinastía Garnier (que había sobrevivido con honra a la tormenta revolucionaria) en 1830, en la que Boudot, el último de los grandes editores de ventas troianas, compra a su vez los fondos Garnier que conserva y explota hasta 1863, en que las intrigas policiales sugeridas por la comisión Nissard le obligan a renunciar.
Al menos esta cronología sucinta permite entrever el fenómeno más destacado: la concurrencia que se suscitó en Troyes incluso en torno a la fórmula inventada por Nicolás Oudot. Algo que conviene apreciar en su justa medida: por una parte, se ha de recordar, tras H.-J- Martin y L. Febvre[1], que el libro «ordinario» es in producto de gran lujo, que cuesta caro al impresor y al comprador: de tal manera que los libreros (salvo raras y grandes excepciones como los Plantin, los Estienne, en el siglo XVI por otra parte) se debaten sin cesar entre dificultades financieras terribles de las que únicamente encargos masivos y regulares, los del clero en particular, les permiten deshacerse. Pues bien, en nuestro dominio, la cosa no funciona así al parecer, ya que los impresores se lanzan a la aventura sin dudarlo, y peden multiplicar las ediciones paralelas sin arriesgar la mala venta. Todos encuentran en ello ventaja, ya que, en 1730 por ejemplo, Jean Oudot IV posee seis prensas, Pierre Garnier cuatro, que trabajaban casi exclusivamente para la Biblioteca azul.
Y las dos familias no son las únicas presentes: en Troyes, a finales del siglo XVII, es posible enumerar una decena de competidores menores, Nicot, Briden, Blanchard, Le Febvre, Adenet, Moreau, Michelin, Bourgoin, quienes publican igualmente libritos de cubierta azul. Y en la misma época, fuera de Tryes, otros impresores, copiando sin vergüenza las publicaciones troianas, lanzaron sus productos al mercado nuevo, los Chalopin en Caen, los Lecrêne-Labey, los Oursel en Rouen, los Huguetan en Lyon, los Oudot en París, etc. A mitad del siglo XVIII, toda Francia al norte del Loira, y también en el Centro, está cubierta: cada ciudad importante tiene su librero ambulante. Pierre Brochon, en su libro con título un tanto abusivo, esbozó un mapa de la extensión de esta imprenta en los siglos XVII y XVIII. Únicamente el Sur-Oeste en desventaja por la lengua de oc, y la Bretaña, por idéntica razón lingüística, parecen retrasadas, si bien se han hallado, como ya se ha dicho, en Toulouse y en Quimper, a finales del XVIII impresores traductores. Pero esta reserva no cambia gran cosa el asunto: el contraste es evidente entre esta fiebre de publicaciones y las dificultades de la imprenta «ordinaria».
Pero los archivos notariales del Aube nos proporcionan una prueba más brillante todavía del éxito de la fórmula: el libro de ventas aseguró la fortuna de la familia Oudot durante ciento cincuenta años. Nicolás II que se retira de los negocios en 1688 y renuncia a favor de sus hijos, es ya un gran propietario urbano y rural; posee al menos cinco casas en la ciudad, y tierras en el exterior, con una viña. Pudo en los años precedentes dotar a cada uno de sus cinco hijos con la bonita suma de 4 000 libras: cuando los libritos se vendían por los corredores de 1 a 2 sueldos la unidad (1 libra = 20 sueldos)… Treinta y cuatro años más tarde, la muerte de Jaime II, el inventario tras el deceso nos muestra una fortuna enorme: ¿no necesitó el notario un mes (del 18 de junio al 17 de julio) para recontar la totalidad de estos bienes? Es cierto que las tiendas contenían 3 000 resmas encuadernadas ya impresas, 3 000 docenas de libritos listos para salir, más de 10 000 libras de peso en caracteres de imprenta[1]. Los extractos de la contabilidad en curso transcritos por el notario dan una idea parecida del tejido de relaciones comerciales que mantenía la casa: una decena de clientes en la Champaña misma y cerca de treinta ciudades atendidas desde Saumur a Besançon, de Dijon a Lille y Liège (ver el mapa de enfrente). Por último, a juzgar por las evaluaciones en especie del inventario, obtenemos un total impresionante: el mobiliario está detallado en 3 000libras, l as mercancías en tienda, material, etc., en 17 500, las disponibilidades se elevan a 2 500 y las «deudas activas» a 22 350 (las deudas pasivas son en comparación despreciables, apenas un millar de libras, mientras que los libreros editores se encuentran, de ordinario aplanados). En resumidas cuentas una fortuna de 44 750 libras, el equivalente (muy aproximado) a 200 000 francos oro.
En 1760 todavía, cuando la viuda Jean XIV Oudot, en pleito con el Parlamento de París y amenazada con la supresión de su imprenta, hace intervenir en su favor a los notables de Troyes, una memoria al rey (conservada en la Biblioteca de la ciudad) nos informa que el fondo vale más de 30 000 libras: «Ella enjugaría una pérdida real de más de 10 000 escudos, a falta de poder deshacerse de su fondo de imprenta que es muy considerable, ya por la inmensa cantidad de caracteres y demás utensilios que lo componen, ya por la de los impresos y papeles que son sus accesorios necesarios»; además, asegura «la subsistencia de más de doscientos obreros ocupados directa o indirectamente en la dicha imprenta». Por fin y sobre todo, declaran los autores de la memoria, imprenta y textil están estrechamente ligados; el argumento merece la pena de ser citado por entero, ya que describe bien la prosperidad de este tráfico: «La mayor parte del comercio de mercería de la ciudad de Troyes se realiza con los porta baúles que llegan allí a aprovisionarse de la Biblioteca azul. Si se suprimiera la imprenta de la viuda Oudot, esta rama de comercio de la ciudad de Troyes se secaría y agotaría bien pronto, la imprenta del señor Garnier que trabaja conjuntamente con la de la viuda Oudot en este género de obras no podría nunca hacer frente al debe considerable que tiene lugar todos los años, no encontrando ya entonces los porta baúles cómo surtirse de la Biblioteca azul como antes, no se desviarían a propósito de sutura como lo hacen para venir únicamente para comprar en Troyes géneros de mercería, que encontrarían igualmente en todas partes..
La demostración de los asesores es quizás algo forzada. Además el argumento corrobora todos los que le preceden. A falta de cifras de tiradas y ediciones, que constituirían en este terreno el dosier más convincente, todos estos elementos legitiman la conclusión: el ascenso del libro popular, incontestable, nos autoriza a considerar este fondo de venta ambulante como un alimento intelectual y espiritual de todo un grupo social: al que no podría amenazar, al menos directamente, la producción «sabia».
B. El fondo de ventas
Reconstituir de forma exhaustiva lo que fue este fondo de la Biblioteca azul: empresa imposible. Estos pequeños libros mal encuadernados, mal impresos, no son de conservación fácil, ni siquiera hoy. El conjunto que conserva la Biblioteca municipal de Troyes, y sobre el cual hemos trabajado, no es ya más que un resto, con el mismo derecho, podemos agregar, que otros muchos fondos de archivos. Hemos completado lo mejor que pudimos el repertorio troiano consultando (tras verificaciones de control en los ficheros de la Biblioteca nacional y de la Biblioteca del Museo de las Artes y Tradiciones populares) los repertorios impresos y sobre todo la colección privada de un erudito troiano, M.A. Morin. El presente estudio alcanza, tenido todo en cuenta, unos 450 títulos; un sondeo sobre la décima parte, sin duda, como lo dijimos en la introducción; el informe es suficiente para legitimar la empresa. Nos autoriza también a no adelantar aquí más que números redondos, y porcentajes.
Los cuentos que han dado el nombre a la colección, cuentos sórdidos, cuentos del lobo, cuentos fantásticos –no son los más numerosos; unas cincuenta colecciones reúnen toda clase de relatos, cortos, situados casi todos en el país de «Hadas», y escritos en su mayor parte por autores anónimos, si bien Perrault, Mme d’Aulnoye, Mme Murat, incluso Marmontel están señalados a veces en las páginas de los títulos: a los relatos del estilo Rana verde, Cenicienta, La Bella y la Bestia, se han de añadir algunas historias por episodios, que provienen de una mitología bastante diferente, desprovista de hadas, ya que no de gigantes: Till Eulenspiegel (importado de Alemania) y Gargantúa, ocupan el primer lugar. En total, esta mitología pagana representa menos del 15% del conjunto.
Más importante es el grupo que trata de las obras de la vida pública: calendarios y libritos técnicos y científicos. Sólo los calendarios ya representan una masa considerable: forrados de consideraciones sobre la condición humana y de predicciones astrológicas, parecen haber sido objeto de una predilección particular; en primer lugar, el Gran Abono o Calendario de los pastores, editado en edición sabia en el sigo XVI, y repetido por los editores troianos, con o sin ilustración a lo argo de los dos siglos. No obstante, al lado de este calendario universal y perpetuo, van apareciendo otros poco a poco: el Mathieu Laensberg que continúa su carrera hasta nuestros días, y Coutances y otras partes; y asimismo, calendarios anuales, a partir de 1647, y otros válidos para una quincena de años. Guías de estaciones, doblados con colecciones de historietas, breves y a menudo licenciosas, completados con recetas de cocina, de consejos morales, estos calendarios parecen muy bien pertenecer a la categoría de los best-sellers del fondo. Mucho más que las obras de técnica pura, tan raras en el catálogo: media docena en total y para todo, dos herreros, dos jardineros, dos cocineros, todos aparecen por lo demás en el siglo XVII únicamente. De igual forma, los libritos científicos no son muy numerosos: tratados de cálculo, de aritmética, libros de medicina (Médico de los pobres, Perfecto apotecario), itinerarios copiados de la Guía de los caminos de Francia, de Ch. Estienne (y que dan lugar a tratados geográficos), forman en total una veintena de títulos solamente. Sólo las ciencias ocultas –Secretos del gran Alberto o del Pequeño Alberto, Clavícula de Salomón, Recetas de Agripa o de Alexis el Piamontés- representan con más honra al sector, en un plan que diríamos hoy para o seudo-científico: una decena de títulos, donde se mezclan estrechamente magia negra y magia blanca. En total, unas 80 obras, menos de la quinta parte de este fondo. No es todavía la vena más rica.
Los libros de piedad son los más numerosos: unos 120 sobre nuestros 450; de una gran variedad por otra parte, ya que entre ellos se hallan al menos cuatro géneros de obras destinadas a fortalecer la fe de los fieles (católicos, por supuesto, ya que estos editores de ventas ambulantes no se arriesgan a difundir obras reformadas); unos son simples colecciones de cánticos con frecuencia titulados Noëls, nuevos o antiguos, dedicados a algún santo, a Nuestro Señor Jesucristo, o que celebran la vendimia; los otros son pequeños catecismos, relatos comentados y extractos edificantes de los Evangelios, que exaltan la salvación de las almas; son menos numerosos, unos y otros, que las obras de devociones, indulgencias, oraciones, ordenadas por los obispos de Troyes según las estaciones y las fiestas del año; sobre todo menos numerosas que las vidas de los santos (casi la mitad del grupo, relatos de una hagiografía ingenua, en los que los milagros surgen en cada página, los malos son castigados, y los santos alcanzan la salvación con una conciencia admirable: las tres María, san Antonio, san Alejo. Santa Brígida, etc., rica galería de cuadros, cuyo éxito no parece decaer, a lo largo de los dos siglos.
Este predominio numérico de las obras de piedad no podría sorprendernos: lo contrario habría sido lo extraño. En cambio, parece más raro constatar la existencia de toda una serie de obras, que expresan una verdadera vena artística propiamente popular: sin duda que no estaría fuera de lugar pretender que estas vidas de santos, evocadas en el momento, son también el reflejo de una sensibilidad artística de las clases populares; pero dentro del ámbito, relativamente estricto, de los temas religiosos tradicionales, ya consuetudinarios por una práctica multisecular. Mientras que las ochenta obras agrupadas bajo esta rúbrica no proceden de una tradición comparable: son en primer lugar romances, breves historias rápidas sin otra pretensión que la historieta sin moralidad particular que se cuenta: La paciencia de Grisélidis, El ventorrillo de Suresnes; se trata sobre todo de farsas burlescas, relatos que huelen a las Halles, de lenguaje verde y de estilo picarón del mundo del pescado: ejemplo, El Almuerzo de la Rapée o La Pipa rota; también se ven canciones profanas, pastorales, lamentos de bebedores ( unas quince colecciones, en las que domina la «canción de amor», en el sentido más habitual del término). Por fin, algunas piezas breves de teatro –de nuevo les cae grande la palabra para designar fragmentos de diálogos de algunas páginas, que se relacionan de muy cerca con los relatos burlescos de las Halles. Todos estos libritos presentan además un rasgo común: su estilo tragicómico, con risas y lágrimas incluidas: unidad de tono, más que de temas.
Además, este conjunto de diálogos, relatos, canciones, aparece en toda su originalidad, si le oponemos la decena de obras que pertenecen a la literatura clásica y que ocupan su lugar en el fondo: tres piezas de Corneille, dos selecciones de fábulas de Esopo y de La Fontaine, y algunas traducciones (truncadas) de Quevedo y del Ariosto. Selecciones significativas por cierto por llamativas ausencias; pero que se han de colocar ante todo entre los ochenta libritos que, sobre temas y planos paralelos, expresan una sensibilidad muy distinta.
Lo que viene a corroborar otro grupo –pequeño en número, apenas treinta títulos, de los cuales menos del 10% del fondo- dedicado por entero a la expresión de los rasgos más salientes de esta sensibilidad: el amor, profano se entiende, Jardín del amor honesto, Imperfecciones de las mujeres, etc. –la muerte, es decir en cuanto a lo esencial, La Danza macabra, con frecuencia reeditada con su kaleidoscopio estereotipado de las invitaciones a la muerte, y por fin el crimen, con las hazañas de Cartouche, Guilleri y algunos más.
Nos quedan los cincuenta libritos que describen –más o menos- la vida de sociedad, en cuanto interesaba a los lectores auditores de la biblioteca azul: es decir, por una parte, los juegos, reglas de la chaqueta (de dados) o de los cientos (de cartas), juegos de cartas y de dados exclusivamente; por otra parte, los oficios, o más exactamente el aprendizaje de los oficios lamentaciones lloronas sobre las miserias de los muchachos apotecarios, panaderos, zapateros sobre todo; por fin, los breves tratados de educación, desde el abecedarios hasta el manual del perfecto secretario que contenían cien modelos de cartas para todas las circunstancias de la vida, incluso as más inesperadas. En este grupo, nada refleja (si acaso y de muy lejos, El Bonachón de Miseria) los conflictos sociales de la época.
Por último, el grupo tal vez más apasionante en algunos aspectos, los cuarenta títulos que evocan la Historia de Francia, en forma mitológica (si exceptuamos un solo título, Crónica de los reyes de Francia desde Pharamond a Enrique IV que me parece derivarse directamente de Mézeray); en el centro de estos relatos míticos, Carlomagno y sus fieles compañeros, Roland, Olivier, Turpin, Oger el Danés, Ganelón el Traidor; Carlomagno y sus coriáceos adversarios, los cuatro hijos de Aymon en primerísimo lugar. toda una «historiografía» francesa desconocida, inesperada, viva a través de cien combates y las intervenciones de los encantadores y de los demonios: una parte, la más grande quizás, de la conciencia histórica popular.
De esta sencilla enumeración se desprenden ya, en el plano mismo de los temas, algunos rasgos significativos: esta literatura de venta ambulante es en primer lugar literatura de evasión. La parte de la tecnología, del conocimiento de los oficios o del mundo es ínfima (menos de treinta obras añadiendo técnicas y ciencias positivas); el público de la Biblioteca azul, es evidente, no espera de ella la mejora de su trabajo diario. Sino más bien la evocación de todo lo que no es su universo de cada día: mitología de hadas o histórica, astrología y recetas mágicas, relatos milagreros de una hagiografía tan vieja como el cristianismo, ese es su pasto de predilección: es más de la mitad del fondo.
Vayamos más lejos: este conjunto representa incluso una preferencia marcada por el mundo de lo sobrenatural –con todas las reservas sobre la definición misma de la noción, con la mirada puesta en la mentalidad común de la época. Maravilloso pagano de los cuentos de hadas, maravilloso medio pagano, medio cristiano de la mitología histórica, piedad milagrera de las vidas de los santos, recetas de magia negra o blanca de Alejo el Piamontés o del pequeño Alberto, todos estos rasgos proceden del mismo concepto de las relaciones del hombre y del mundo sobrenatural: una constante presencia, en la que nos sorprendería la discreción de la brujería propiamente dicha si no supiéramos con qué lentitud ha dejado de ser el tema físicamente peligroso para aquel que se metiera no sólo a escribirlo, sino a hablarlo.
Este rápido recorrido por el fondo troiano habla por sí mismo también sobre otro plano: expresa bastante claramente una sensibilidad «barroca» en el sentido más literal del término: en el momento mismo en que la cultura sabia la más elaborada y la más conquistadora pone a punto los cánones del racionalismo clásico, una buena cuarta parte de este fondo habla bien claro de la persistencia «popular» de una tradición patética, que no debe nada al esfuerzo de los clásicos del siglo XVII o de los filósofos del XVIII. El análisis de cada uno de estos grupos va a permitir completar y matizar estas primeras y rápidas deducciones.






