Cultura popular francesa en los siglos XVII y XVIII (01)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Robert de Mandrou · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1975 · Source: Edic. Stock, Troyes.
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Prefacio a la nueva edición

mendigosBajo un título que es bien conocido ahora y que no ha contribuido poco a atraer la atención de los historiadores sobre los problemas que plantea el porvenir de las culturas populares, la obra que reeditamos hoy retoma lo esencial del librito publicado hace diez años a partir del fondo constituido por la Biblioteca azul (fantástica) de Troyes. El texto presente lleva consigo no obstante importantes complementos y arreglos, por dos razones que merecen alguna explicación.

La primera es que el asunto ha suscitado diversos trabajos importantes desde hace diez años, libros o artículos cuya lista se ofrece en la bibliografía. Algunos aportes se han tomado en consideración, de forma crítica, como se debe, y serán citados en su lugar: Geneviève Bollème, Marc Soriano, H.-J. Darmon en primer lugar. En el análisis «etnológico» de las culturas antiguas, el debate sobre la cultura popular forma parte ahora de un saber científico. Este nuevo texto toma nota de ello.

En segundo lugar, me ha parecido necesario revisar cuidadosamente este texto, desde el título a la última línea, y traer pruebas complementarias conservadas hasta ahora en mis ficheros, para hacer frente a algunos molestos malentendidos provocados por la formulación adoptada en 1964: quiero decir no los humores de pluma manifestados por algún periodista con el mal de copia semanal, sino las discusiones científicas provocadas por lecturas rápidas que se dirigen al proceso de intención: que un joven buscador que argumenta sobre un escaso dossier que lleva consigo algunos apuntes dispersos concluye demasiado pronto que esta literatura de divulgación es de lectura más burguesa que popular –sin otras pruebas, es pecado de juventud. Que un erudito, miembro de comisiones culturales oficiales, se enrede tesoneramente sobre un texto sin ambigüedad, merece reflexión y puestas a punto que se harán en su lugar.

El texto presente se ve pues limpio de formulaciones sobre las que se han presentado argucias bizantinas en dos o tres ocasiones. He creído necesario además completar ciertas demostraciones en función de mis propias pesquisas a lo largo de diez años; ofrecer a modo de anexo textos más abundantes y extractos sacados de los archivos que los autores citados antes (J.-J. Darmon, para el siglo XIX, aparte).no han frecuentado, sus textos lo demuestran suficientemente. He sacado partido por igual de algunas memorias de maestría, sostenidas estos últimos años en la Universidad de País X, que han contribuido a precisar cierto número de hipótesis y deducciones iniciales: por esta colaboración, las gracias en particular a E. Martínez, S. Besson, M. Verneuil.

En la primera edición, señalaba yo desde la tercera página del texto que «este cuadro sin terminar… [sería]… con toda seguridad retocado, rectificado enseguida». Los trabajos originales citados anteriormente han sido la prueba de ello; la presente puesta a punto es una contribución suplementaria a esta perpetua llamada al orden que es el oficio de historiador.

Schulenberg y París, verano de 1974.

Proemio: Cultura popular y Antiguo Régimen

Cultura popular, cultura de masa: las dos expresiones son hoy la tarta de crema, y sociología cultural, y del ministerio de Asuntos culturales. No son sinónimos, ni mucho menos. Cultura popular tiene cartas de antigüedad, ya que no de nobleza, puesto que ha designado durante más de un siglo la cultura de las clases populares –por oposición a la cultura burguesa o aristocrática. Los contemporáneos de Vardin, de Tolain, que la han utilizado, entendían además designar así la cultura creada por el pueblo, en un sentido activo de alguna manera. La cultura popular ha seguido siendo, todavía hoy, para toda una corriente de pensamiento que podría llamarse populista, la cultura que es obra del pueblo: apoyándose en la riqueza de las artes y tradiciones populares, tal y como los hallazgos de los folkloristas desde hace un siglo las han reconstruido, salvaguardado, también exaltado, esta definición se sitúa en su origen en el plano de la creación, artística o literaria: en realidad, no merecería a sus ojos el nombre de cultura popular más que la obra auténticamente creada por la gente del pueblo (en el sentido estricto de este término), la obra elaborada por él.

Los trabajos de los sociólogos, de los etnólogos, han acreditado ahora una definición más amplia de la expresión: la cultura de las masas populares es también la cultura de la que «se alimentan» estas masas, sean las que sean por otra parte sus actividades creadoras. En el propio lenguaje, el empleo corriente de términos como necesidades, u objetos culturales, traduce bien la admisión de esta acepción nueva, más amplia, de la expresión –que corresponde a una realidad muy antigua: la cultura de los medios populares en la Francia del Antiguo Régimen , la entendemos bien aquí como la cultura aceptada, dirigida, asimila da por estos medios durante siglos: después de todo, tierra desconocida, difícil de descubrir.

Algunos, a partir del seísmo de 1968 (que parece haber descubierto de pronto cantidad de problemas), se preguntaron detenidamente sobre este concepto de cultura popular, y de ahí con las mismas sobre lo «auténticamente popular». Algo así como en una sociedad tan compleja como la sociedad francesa de Antiguo Régimen, niveles culturales separados pudieran ser definidos, a partir de los cuales se justificase una búsqueda de lo popular indiscutiblemente popular. Remitamos al lector a estas querellas sin fin y sin gran utilidad. Como muy bien lo ha advertido Marcel Maget en su contribución a la Ethnologie générale de Jean Poirier, «la combinación de los criterios para caracterizar lo popular no funciona dicotómicamente.

La ambición de este trabajito es precisamente es ensayar una exploración sistemática en este territorio; contribuir a situar en su lugar, en una perspectiva de historia total, los grupos sociales más numerosos, y los más difíciles de alcanzar, en el interior de las Sociedades de Antiguo régimen. A medida que nuestro conocimiento de sus actividades económicas se perfecciona sin cesar, gracias a los trabajos de G. Lefebvre, E. Labrousse. P. Goubert, P. de Saint-Jacob ayer, de R. Gascon, M. Garden, Ch. Carrière hoy, cuando la colocación de las «infraestructuras» se realiza a grandes pasos –cuando por otra parte podemos, aquí y allí, aclararon luz meridiana ciertas manifestaciones de orden social y político, las revueltas populares de principios del siglo XVII, gracias a B. Porchnev, las ambiciones y las actividades de los Sin-Calzones en el año II, gracias a A. Saboul, al contrario lo ignoramos todavía todo, o casi, sobre las mentalidades, la sensibilidad de estos mismos medios. Los comportamientos económicos de los campesinos del Norte, de Borgoña o de Provenza nos son conocidos ahora; también los comportamientos sociales y económicos de los ciudadanos. Innovación y rutina tecnológica, resistencias fiscales, revueltas o jolgorios, todos estos datos se ordenan bastante bien en una reconstitución de los mecanismos socio-económicos; frente a estas realizaciones, se trata, a la par que lo aislamos provisional y artificiosamente de este contexto ya elaborado, de presentar un dosier, ciertamente incompleto: el de una superestructura, por así decirlo; el de las creencias y de las ideas recibidas, de los hábitos mentales tal y como nos es dado reconstituirlos, prudente y parcialmente, a partir de un documento (o más bien de un conjunto de documentos) particularmente significativo. Este cuadro parcial de una cultura popular francesa bajo el Antiguo Régimen no puede quedar sino inacabado ya que tradiciones orales, saberes profesionales se han perdido en gran parte; no nos queda otro remedio más que proporcionar una base de partida, una primera aproximación en una dirección de exploraciones que reclama aún muchos trabajos de este orden para llegar al nivel de los resultados y de los éxitos obtenidos en el plano económico y social.

La cultura popular en Francia bajo el Antiguo Régimen es según nuestro sentir un nivel cultural desconocido, olvidado, que los historiadores, deslumbrados por los éxitos de la cultura sabia, y víctimas de los silencios, de las lagunas de la información inmediatamente accesible, se han descuidado en estudiar. De manera que, cuando hablamos de la civilización francesa, de la cultura de los siglos XVII y XVIII, entendemos, tácitamente, la cultura de los grupos dominantes; con los «monumentos» más clásicos, literarios o artísticos, detrás de Racine o Montesquieu, Poussin o Le Nôtre, quienes constituyen la gloria de los siglos de Luis XIV y de Luis XV, tan aireados, nos sumergimos constantemente en los datos de una cultura compleja en la que se yuxtaponen y a veces se mezclan por lo menos tres tradiciones de clases dominantes: en primer lugar las supervivencias de la cultura feudal medieval, romances de caballería, canciones de gesta heredadas de un pasado lejano y no olvidadas aún, ni siquiera cuando la nobleza cesó tiempos atrás de conformarse colectiva e individualmente a estos ideales caballerescos… En segundo lugar, la continuidad mucho más viva de la cultura clerical, tal como teólogos y clérigos de todas órdenes la formaron a lo largo de la Edad Media, tal como intenta renovarse aún desde la Reforma; por fin y sobre todo, la cultura burguesa, laicizada en gran parte, nutrida con las riquezas de la herencia grecorromana, recuperada, conquistadora y hasta agresiva, al menos en el siglo XVIII cuando los filósofos sistematizan sus lecciones esenciales, y cuando la superficie social de la burguesía se incrementa de forma decisiva en detrimento de las antiguas clases dominantes. De Corneille a Beaumarchais, de Ronsard a Rousseau, de Montaigne a Pascal y Voltaire, las voces de la cultura sabia se consideran por lo general como las de la cultura francesa entera. Por lo menos como las de la única cultura que cuenta.

No se trata aquí -¿habría que decirlo?- de contestar las irradiaciones de estas obras, de discutir el prestigio, pasado o presente, de las Luces, o de la era clásica; ni tampoco de poner en discusión el papel de los filósofos o de los clásicos en la formación de la conciencia francesa contemporánea. Nuestro empeño es simplemente constatar la existencia de otra cultura y procurar una reconstitución incompleta a partir de los escasos documentos seriados subsistentes. De estas diferencias culturales ya eran además perfectamente conscientes los Franceses del siglo XVII y XVIII: en 1783, el editor de una Nouvelle Bibliothèque bleue, rescrita en francés del siglo, cuidadoso en legitimar su proyecto, escribía en prefacio a su primer volumen: «Parecerá sin duda muy singular que se haya tomado la molestia de rejuvenecer obras que, desde hace más de dos siglos, han estado abandonadas al pueblo; romances que la escasa burguesía no osaría jactarse de haber leído, no por el estilo y el lenguaje… sino precisamente por haber sido la diversión del más vil populacho». Lo que habla a las claras del desprecio indudable que profesaban en este asunto, hacia las gentes del pueblo, las clases superiores. Pero el sentimiento de pertenecer a otro mundo, de no participar en esta tradición cultural compleja, que era el patrimonio de la alta sociedad, estaba también difundido; hasta los criados (y no sólo los campesinos y los compañeros de los oficios) acusan esta separación, tienen conciencia de ella. Podemos también tener en cuenta este prefacio de 1783: «La Señora de N. llamó a su doncella y le pidió la historia de Pedro de Provenza. La sirvienta, atónita, se lo hizo repetir hasta tres veces, y recibió con desdén esta orden extraña: tuvo que obedecer a pesar de todo; bajó a la cocina, y le llevó el folletín llena de rubor». Testimonios importantes porque nos hablan con claridad de una doble circulación de lo que nos vamos a encontrar con otros ejemplos, más cargados que éstos: por una parte, los impresores y los «letrados» se interesaron por esta literatura tiempo hacía abandonada al vulgo; en el siglo XVIII con toda seguridad, si no fue antes. Por otra parte, a medida que se desarrolló el empleo de nodrizas en las grandes ciudades, éstas no dejaron de «relatar» a los niños a ellas confiados estos cuentos que constituían la base de la venta ambulante. Lo que recordaba Voltaire en sus «Remarques sur l ‘histoire» en una de sus salidas: «Un hombre maduro que se dedica a asuntos serios no repite los cuentos de su nodriza».

Esta literatura de puerta en puerta, y su fondo principal, la Biblioteca azul de Troyes, constituyen seguramente el mejor acervo de información de que disponemos en la actualidad para tratar de representarnos la parte recibida de esta cultura popular bajo el Antiguo Régimen. Naturalmente que otras muchas fuentes podrán proporcionar complementos y retoques a esta primera tentativa de inventario: la predicación, cuando se nos conservan textos vivos, y no modelos oratorios estereotipados; el despojo sistemático de los detalles de los festejos populares urbanos; las memorias de contemporáneos, cuando añaden interés a las manifestaciones de la vida popular… Las canteras nuevas no faltarán. Pero la Biblioteca azul de Troyes posee la ventaja de constituir un fondo coherente (de consulta y más teniendo en cuanta que la mantenedora de la Biblioteca azul de Troyes, Srta. Francisca Bibolet, es la cortesía en persona); sobre todo sus editores fueron los primeros en tomar la iniciativa de fabricar y vender libros populares a principios del siglo XVII; compusieron el catálogo durante el siglo; y cuando los libreros de Rouen, París, Amiens, Caen se dan cuenta del éxito, y los imitan, escancian en el mismo fondo, sin escrúpulos. La Biblioteca azul de Troyes estuvo pues en el origen de la literatura de venta callejera, y completó el repertorio; y si es verdad que los pocos centenares de títulos que se conservan actualmente en Troyes no representan sino un residuo de lo que pudo ser el catálogo de esta librería, al menos podemos, analizando este ejemplar, llegar a una parte de las mentalidades de la época.

El inventario exhaustivo de estas ediciones debe aparecer pronto en las ediciones Droz: el bibliotecario adjunto de Troyes, M. A. Morin, heredero de uno de los historiadores locales de Champagne, que posee a su vez una hermosa colección de libros azules, completó un catálogo de conjunto de los títulos y de las ediciones conservadas, tanto en Troyes como en París, y en ciertas colecciones particulares este precioso repertorio permitirá fructuosas comparaciones.

Es decir que nuestro estudio reviste el aspecto mismo de un sondeo: a partir de los cuatrocientos cincuenta títulos que constituyen los restos troianos, analizar la temática general de esta literatura, en tanto que soporte de una tradición, oral y escrita, a la vez; sin sobre-valorar la importancia del testimonio, es, mediante un inventario sistemático de los contenidos, establecer cuáles eran las coordenadas esenciales de esta mentalidad «recibida»: esta literatura no es en absoluto el reflejo de la cultura sabia de la época, puesto que ni Descartes, ni Bayle, ni los filósofos, ni siquiera en el apartado abundante de los libros de piedad, Fléchier, Aranauld, Bossuet o Massillon figuran en el catálogo; los temas de las creencias y de los pensamientos de las masas populares están pues fuera del movimiento de las ideas y de las artes de la época. De donde la importancia de la de descripción; es preciso primeramente identificar, caracterizar, reconocer estos temas.

Aparte de esta descripción, se deben aportar quizás algunos elementos de respuesta, de explicación a problemas históricos más vastos. Los historiadores franceses «modernistas» han discutido muchos estos últimos años (a propósito de la publicación por Boris Porchnev de su estudio sobre las sublevaciones populares en Francia de 1623 a 1648) de conciencia de clase, y de toma de conciencia, en los medios populares franceses de Antiguo Régimen. Si hubiera que resumir el debate en una sola frase, podríamos llevarlo a esta fórmula: ¿se puede hablar de clase en tanto que no hay conciencia de clase? El propio historiador soviético reconoció una «fuerza ciega» en la mayor parte de estos motines: en estos incesantes movimientos de brutal cólera, faltaba precisamente la toma de conciencia, intereses, objetivos políticos y sociales, que habrían permitido a esta revueltas sobrepasar su propia espontaneidad, y que habrían dado a la revuelta endémica un alcance político[1]. En la misma dirección, una exploración, por sumaria que sea, de la sensibilidad de estas multitudes que tomaron parte en los sucesos revolucionarios de finales del siglo XVIII, puede ayudar a comprender sus actitudes: la parte que tomaron los medios populares en la elaboración de las cartas de agravios, y los silencios del paisanaje tras la explosión del Gran Miedo; el acercamiento manifestado a través de los años revolucionarios a la religión tradicional, y la amplitud de la renovación católica a la firma del Concordato por Bonaparte en 1801, entre otros ejemplos. Para elucidar estos problemas, puede este estudio sin duda aportar una modesta contribución.

Tales investigaciones son trabajos de larga duración: el balance que ofrecemos hoy bajo una forma rectificada fue en primer lugar la conclusión de las discusiones que animaron al principio de los años 60 mi seminario del E.P.H.E. ; luego los diversos cuestionamientos que se suscitaron, año tras año, por las nuevas publicaciones referidas a estos problemas, en la continuidad de una búsqueda siempre abierta.

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