Tal es el tema que me propongo desarrollar con ustedes esta mañana. Estas reflexiones continúan dentro de la línea del tema del año: «VIDA FRATERNA EN COMUNIDAD».
«Cuando Dios une de corazón y de inteligencia a las que están llamadas a trabajar juntas a su servicio —lo que ocurre con frecuencia y es sumamente deseable—, al darle las gracias por este beneficio, cada una debe pedirle a diario, y con el mayor interés, el favor de mantener siempre la relación autoridad-obediencia al nivel de la Fe».
Esta frase de Nuestra Madre Guillemin está sacada de su Circular del 2 de febrero de 1967 sobre La Obediencia. En ella leemos también estas otras: «La obediencia es la plenitud del Amor…» «la obediencia es el fruto de nuestra libertad», porque «está motivada por la Fe con miras a la Caridad». No entra en mi intención el detenerme hoy en este tema tan importante de la obediencia, aunque las remito de muy buena gana a la mencionada Circular, que conserva toda su fuerza y su valor después de transcurridos veinte años. Deseo, sin embargo, tomar como punto de partida esta noción verdadera de la OBEDIENCIA EN LA FE.
Efectivamente, tenemos que reconocer que en el contexto actual la obediencia resulta una virtud difícil, a veces mal comprendida, otras, «contestada» o discutida… No obstante, es y sigue siendo la cumbre humana y sobrenatural de la Caridad: no hay dominio de uno mismo más perfecto que ese abandonarse, de manera totalmente razonada y libre, al servicio de la voluntad de Dios a través de las «mediaciones» o intermediarios suyos que El nos presenta.
Iluminándolos con esta luz, cito ahora dos párrafos de la Constitución 2.8:
«La autoridad y la obediencia las llevan a una búsqueda en común y a una aceptación humilde y leal de la voluntad de Dios, que se manifiesta a la Compañía por el clamor de los Pobres, las llamadas de la Iglesia, los signos de los tiempos, las Constituciones.
Autoridad y obediencia se viven como un servicio que une a todas las Hijas de la Caridad en un clima de confianza y de diálogo. En Fe, las Hermanas obedecen a los Superiores, y éstos aceptan el deber de guiarlas y tomar las decisiones finales».
Inmediatamente nos damos cuenta de la urgente necesidad de una acción común. Cada una de las Hermanas de la Comunidad local es verdaderamente responsable —en el plano personal— y debe participar activamente, con todas sus demás Hermanas, en la construcción de esa Comunidad a la que pertenece. Sólo con esa condición podrá la Comunidad cumplir eficazmente su misión junto a los Pobres, esa misión que los Responsables Provinciales le han encomendado.
La Constitución 2.19 afirma también enérgicamente que:
«La vida comunitaria establece entre las Hermanas una coparticipación que abarca desde las condiciones materiales de la existencia hasta los compromisos espirituales y apostólicos. Mediante el diálogo, se comparten las experiencias, las diferencias quedan atenuadas, se preparan las decisiones».
La Constitución 3.26, que no voy a citar pero a la que las remito, habla igualmente de «la participación efectiva en las responsabilidades», lo que exige una colaboración estrecha y una información recíproca dentro de una CORRESPONSABILIDAD verdadera y un intercambio en todos los planos. Esta corresponsabilidad en la Comunidad local será posible y provechosa, repitámoslo, con la condición expresa de que se mantenga vitalmente la RELACION AUTORIDAD-OBEDIENCIA dentro de una MIRADA de FE. Sin esta noción básica, nada se podrá hacer.
Ser responsable, según la definición clásica, es «garantizar, responder de las propias acciones o de las de aquellos de quienes se está encargado». En la Comunidad local, la Hermana Sirviente es sin duda la primera responsable… es la que ha aceptado en Fe esa misión confiada por la Compañía. Por el hecho mismo, está decidida a poner a todo su corazón, todas sus facultades, al servicio de sus Hermanas de la Comunidad local, así como de los Pobres de la Casa o del barrio. Pero esta misión tiene que cumplirla CON SUS HERMANAS, en un espíritu de corresponsabilidad real y de subsidiariedad, en los tres planos de la vida espiritual, de la vida fraterna y de la vida de servicio: JUNTAS… hacia un MISMO FIN, EN UNA MISMA DIRECCION, dentro de la línea del carisma de la Compañía. Tomo unas líneas del Padre Lloret en los Ecos de la Compañía (n .° 9, noviembre de 1984), sobre la VIDA FRATERNA:
«— unidas, juntas, es como las Hijas de la Caridad quieren continuar e imitar la misión de Jesucristo, Evangelizador de los Pobres,
- unidas, juntas, quieren contemplarle y encontrarle en los Pobres,
- unidas, juntas, quieren servirle en los Pobres,
- unidas, juntas, quieren anunciarle y revelarle a los Pobres.
… La reunión es indispensable para que la dispersión (requerida por las necesidades del servicio) conserve su auténtica finalidad. Juntas en esa reunión es donde han de poder rehacerse las fuerzas, con la oración, con la reflexión, intercambiando y COMPARTIENDO bajo todas las FORMAS y, en general, gracias a un clima fraternal… y en la medida de la fidelidad al Espíritu del Amor unificante … El es como el «aceite» que lubrica los engranajes comunitarios»… El Espíritu nos comunica todo cuanto necesitamos para «sobrellevarnos mutuamente, para soportarnos, aceptarnos, comprendernos, promocionarnos recíprocamente… Por tanto, una verdadera Comunidad de Hijas de la Caridad vivirá sobre todo las actitudes interiores y exteriores que el Espíritu Santo le confiera como a tal Comunidad de Hijas de la Caridad y dará testimonio de ellas… Los Fundadores solían hablar del «espíritu de corporación». Si se llega alcanzar la «unidad de vida», es porque el mismo espíritu impregna todos los aspectos de nuestra existencia y, en particular, esa «unidad de la vida», esa unión entre nosotras a partir del servicio a los Pobres y con miras a él: «Para eso es para lo que Dios os ha puesto juntas, os ha asociado; para eso es para lo que Dios ha hecho vuestra Compañía».» (San Vicente, Conf. esp. núm. 196).
Partiendo de esta mirada espiritual, podemos ahora tratar de ver cómo poner plenamente en juego este nivel de corresponsabilidad. Me parece importante hacer una consideración en doble corriente:
- por una parte, lo que cada una de las Hermanas tiene derecho a esperar de su Hermana Sirviente.
- por otra parte, lo que la Hermana Sirviente, a su vez, tiene que pedir a sus Compañeras y vivirlo ella misma con las demás.
La Hermana Compañera tiene que encontrar en su Hermana Sirviente ciertas cualidades esenciales. Quiere ver en ella:
- A una verdadera animadora,
- A una Hermana en medio de sus Hermanas,
- A una persona atenta y disponible.
- A una persona veraz y sencilla para que pueda nacer la confianza recíproca. La Hermana Sirviente animadora.
Esta Hermana sabrá siempre ser muy humana; no será ella la que arrastre tras sí a Sus Compañeras, ni menos la que las empuje o las obligue a caminar delante de ella. Más bien será la que sepa comunicar a los demás su propia vida, su pensamiento, su entusiasmo, la que imprima tal impulso, tal fuerza, que no habrá ya ni primera ni última; cada una marchará a su propio ritmo, según su propia naturaleza y la gracia recibida, pero al final todas llevarán el mismo paso. De esta manera será la verdadera animadora, la que permite a cada una ser ella misma, expresarse, aportar una nota específica. Es la que «reúne», la que crea los lazos, la que crea la unidad: catalizador de unidad, encargada de dar a su Comunidad el sentido agudo de su misión y de su RESPONSABILIDAD.
Una Hermana en medio de sus Hermanas
Si la Hermana Sirviente se muestra verdadera animadora, es ella también la que hace mucho más sugiriendo, predicando con el ejemplo, que actuando lino lo quiera Dios!) con autoritarismo o de manera intempestiva. Con esto quiero decir que hace mucho más quedando en la sombra —en el buen sentido de la palabra—, humilde y sin embargo estando presente a todo y a todas, que imponiendo de entrada sus miras y su personalidad. Ella es el corazón y la memoria de la Comunidad, siempre con dulzura, con flexibilidad, con humildad: una Hermana en medio de sus Hermanas.
Una persona atenta y disponible
Testigo de un Dios a quien ama y sirve el Primero, mujer de Fe, la Hermana Sirviente está siempre atenta, dispuesta a escuchar a sus Hermanas, a ayudarlas, a afianzarlas, a alentarlas y estimularlas si es necesario. Siempre está dispuesta a maravillarse con sus Hermanas por sus entusiasmos o, al contrario, a compartir con ellas los momentos difíciles. A ella le corresponde crear el clima favorable para conseguir un ambiente comunitario verdadero, una vida de comunicación que permita que los intercambios surjan espontáneamente. Más que la cabeza, la Hermana Sirviente es el corazón cuyas pulsaciones animan todo el cuerpo, el corazón que vibra, que ama a cada una y que sabe hacer que todas vibren, sientan y amen juntas.
Una persona veraz y sencilla, para que pueda nacer la confianza recíproca.
Con su sencillez se encuentra siempre y espontáneamente dueña de sí en todas las situaciones, cercana a cada una de sus Hermanas, pero al mismo tiempo y de manera visible, sabe permanecer muy independiente y autónoma. Su vida transparente no encierra misterio alguno, por ejemplo, a nivel del presupuesto comunitario, de los ingresos de que se dispone, de los gastos, de las relaciones o cualquier otro aspecto. Si tiene que tomar alguna decisión, da los motivos que la mueven a ello sin disimular o desviar la verdad, y sabe reconocer, llegado el caso, que se ha equivocado en tal o cual circunstancia. En el diálogo, su SI es SI y su NO es NO, con toda lealtad; no trunca la verdad, no acude a medias verdades para conseguir tal cosa o hacer aceptar tal otra. Eventualmente, se atreve a dar los motivos de una negativa; de esta manera es como nace la confianza. Al mismo tiempo, la Hermana Sirviente sabe demostrar la confianza que tiene en cada una, reconocer sus cualidades y sus posibilidades. La confianza atrae la confianza, y sólo cuando ésta existe es cuando se puede compartir la responsabilidad. El régimen horizontal y fraternal en el desempeño de la autoridad favorece dentro de la Comunidad el clima indispensable de apertura y de lealtad; hace caer las barreras artificiales que podrían separar. Esta manera de comportarse ayuda a las Hermanas a vivir ellas también, sin temor, esa claridad necesaria sin que les asalte el deseo o la tentación de buscar desvíos o maniobras poco claras: una atmósfera de ese tipo falsificaría irremediablemente las relaciones fraternales.
Lo que la Hermana Sirviente debe pedir a sus Compañeras que vivan juntamente con ella en el plano comunitario y con miras a establecer esa necesaria corresponsabilidad:
Hay varios puntos que me parecen importantes; son éstos:
- La información recíproca y una consulta amplia,
- el compartir realmente las responsabilidades y una colaboración auténtica,
- el espíritu de iniciativa que habrá que adquirir o simplemente desarrollar,
- el estudio y la elaboración, hechos por todas juntas, del proyecto de vida: el Proyecto comunitario.
Información y consulta recíprocas
Una información suficiente, sin misterios intempestivos, es absolutamente indispensable en los dos sentidos; permite, gracias a la claridad creada, el poner al corriente a todos los miembros de la Comunidad de las responsabilidades y misión de unas y de otras, de los proyectos que se tienen entre manos. Esa información es también una llamada que se hace a la opinión y al juicio de todas acerca de las prioridades que deben establecerse en determinados asuntos o problemas que se presenten en cualquiera de los aspectos. Suscita una amplia participación, mediante la consulta lo más amplia posible, antes de tomar una decisión, porque afortunadamente hay variedad de competencias y de complementariedades. Así es como cada una escucha a la otra o a las otras y cómo de la reflexión de todas brotará la luz que permita tomar, con conocimiento de causa, la decisión que se imponga, pero que, en último término, corresponde a la Hermana Sirviente. Esta puede tener, por otra parte, datos, conocimientos que quizás no tenga por qué comunicar o no deba hacerlo… Bien sabemos, en efecto, que, en la clave de Fe, no es forzosamente la opinión del grupo la que debe inclinar la balanza en algunos casos particulares.
Me parece conveniente hacer o señalar otra reserva necesaria ante esa frase que se oye con frecuencia y que tiene intención plenamente positiva: «En nuestra Comunidad, lo ponemos todo sobre el tapete»… ¡Pues no!, todo no se puede poner «sobre el tapete» sin hacer que antes entre en juego un mínimo de discernimiento… Se dice todo lo que es posible comunicar y se dice dentro de los límites requeridos para poner a salvo la flor de la delicadeza, esa preocupación por el respeto al otro, por la discreción elemental… Es cuestión de buen juicio…
Me complazco en terminar este punto con estas palabras de Santa Luisa, que se expresa en los siguientes términos en su carta a Sor Cecilia Angiboust de 17 de julio de 1655 (Escr. esp. C. 495, p. 461):
«Lo ordinario en las Compañías es que la Hermana Sirviente se aconseje y tome los pareceres que sea necesario y, luego, por su conducto, lo haga llegar hasta las Hermanas; así es como se robustece el espíritu de unión en las Comunidades y se introduce sólidamente en ellas la confianza, para gloria de Dios y santificación de las almas. Sin esto, queridas Hermanas, el Reino de Jesucristo no podría estar en nosotras; con esto, la paz y su amor nos llenarán por completo».
Y ¡cómo no citar también estas palabras tan conocidas de San Vicente en relación con lo que él llamaba «la mutualidad»! (Sig. X, p. 773):
«¡Dios mío, desde luego… sí que se necesita: gran comunicación de una con otra, decírselo todo mutuamente. Nada hay tan necesario. Eso une los corazones y Dios bendice el consejo que se toma, de tal manera que los asuntos marchan entonces mejor … cuando hay uno que se encierra en lo suyo y actúa particularmente por su cuenta, eso echa un candado a los corazones y no hay nadie que se atreva a acercársele. De modo, hija mía, que hay que hacerlo así: que no pase nada, que no se haga nada y que no se diga nada sin que lo sepáis la una y la otra. HAY QUE TENER ESA MUTUALIDAD (esa relación mutua) «.
Sí, «decírselo todo mutuamente»… con la reserva que hemos señalado, por supuesto.
Compartir realmente las responsabilidades y una colaboración auténtica.
Como ya hemos observado, a cada una incumbe el deber de aportar toda su competencia y sus posibilidades a la obra común. Las responsabilidades que se comparten, se distribuyen entre personas conscientes y libres y los esfuerzos conjugados de todas permiten realizar, juntas, un proyecto previsto y llegar a la meta que de antemano se habían propuesto. Cada una de las Hermanas aporta así su propia originalidad y toda su personalidad, y se siente tanto más motivada cuanto más se cuenta con ella, cuando ve que merece la confianza de todas y que se estiman debidamente sus posibilidades. En efecto, todas tienen que sentirse valoradas en su condición de personas responsables. Quizá haya un escollo que evitar y es el de que la responsabilidad en determinado campo de acción que una u otra asumió al principio con el más puro espíritu evangélico… no llegue a convertirse con el tiempo en «propiedad individual», en «coto cerrado»… Es grande a veces la tentación de querer asegurar la propia autonomía, por no decir independencia… en la que el derecho a una mirada de supervisión se hace difícil, si no imposible…
Espíritu de iniciativa que adquirir o desarrollar (a veces, que canalizar…)
Es preciso poder contar con colaboradoras equilibradas, competentes, eficaces. Una Hermana Sirviente que quisiera reservarse demasiadas cosas para ella sola, se agotará en la tarea y no saldrá adelante… se encontrará tensa y de ello se resentirá el clima comunitario. En cambio, con una justa distribución de las actividades y la contribución activa de todas, se consiguen resultados positivos palpables, con la alegría de haberlo logrado juntas. Por lo tanto, hay que suscitar y utilizar al máximo las fuerzas disponibles, dinamizar a unas… frenar, acaso, a otras. Observemos también que no hay ninguna oposición entre obediencia responsable y espíritu de iniciativa, puesto que las decisiones, como ya hemos puntualizado, corresponden a la Hermana Sirviente, quien —lo hemos dicho también— habrá tenido antes que consultar ampliamente a sus compañeras. Observemos igualmente que, en la práctica, pueden darse muchas diferencias: diferencias notables de apreciación, maneras de obrar diversas, según el género de Comunidad de que se trate, de su modo de presencia, del número y edad de las Hermanas. Por lo tanto, la obediencia no debe suprimir las iniciativas individuales, sino suscitarlas, por el contrario, con miras al bien común y al de los Pobres a quienes se sirve: colaboración total mediante una OBEDIENCIA RESPONSABLE y ACTIVA.
Estudio y elaboración del proyecto de vida: Proyecto Comunitario
¿Qué cosa mejor puedo hacer sino leer aquí la Constitución 2.20?
«Con miras al servicio de Cristo en los Pobres, la Comunidad local elabora un proyecto de vida. Toda Hermana, cualesquiera que sean su edad, su función, la forma de su apostolado, sabe que es responsable de contribuir con todas las riquezas de su personalidad, a la misión común, sin dejar por ello de valorar y aceptar el pensamiento de sus Hermanas».
Las Directivas para las Hermanas Sirvientes ofrecen también algunas precisiones complementarias. Cito las que se refieren a nuestro tema:
«En un PROYECTO de VIDA, la Comunidad concreta las prioridades misioneras a que quiere entregarse y las actitudes evangélicas que la ayudarán a vivir más auténticamente el servicio a los Pobres.
Dicho PROYECTO se concibe haciendo referencia:
- a la Compañía y a su carisma en la Iglesia,
- a la Provincia y a las prioridades por las que ha optado,
- a la pastoral de la Iglesia local.
Se propone a la Visitadora y a su Consejo para expresar la voluntad de vivir en obediencia y de estrechar efectivamente los lazos con la Provincia».
Algunas observaciones complementarias, antes de terminar:
Vuelvo a subrayar que me he limitado voluntariamente a algunas reflexiones en relación con el ejercicio de la corresponsabilidad DENTRO de la COMUNIDAD LOCAL y a las cualidades básicas indispensables a unas y a otras para vivirla. Es evidente que esa corresponsabilidad entra en juego a diario en muchos otros lugares, durante el servicio, desde el punto de vista profesional, pastoral, en tareas benévolas o gratuitas y en todas las formas de presencia de una Hija de la Caridad, quien siempre está en colaboración o en corresponsabilidad con otras personas: sacerdotes, seglares… etc.
Y en todo lo que acabo de decir, hay que saber relativizar algunas cosas: nada hay absoluto en algunos puntos. En el desempeño de la corresponsabilidad, no hay oposición ni aislamiento o compartimientos estancos, sino, al contrario, interferencias, entre las cualidades necesarias para todas las Hermanas y las que conciernen más especialmente a la Hermana Sirviente. Por ejemplo: la atención, la disponibilidad, la veracidad, la lealtad, la confianza, la información, el espíritu de iniciativa, son para todos los miembros de la Comunidad local, tanto para la Hermana Sirviente como para las Compañeras…
Corresponsabilidad es sinónimo de comunicación. Por consiguiente, cuanto he dicho y escrito estos últimos meses con el título de «Unión, intercambio y diálogo en la vida comunitaria» proporciona asimismo medios para vivir serenamente y como Hija de la Caridad esta responsabilidad común.
A cada una de ustedes corresponde ahora ir más allá por medio de la oración, de la reflexión, de la búsqueda leal, los intercambios comunitarios y poder llegar así a la práctica de una auténtica CORRESPONSABILIDAD.
Y para terminar, tomo el DOCUMENTO FINAL DE LA ASAMBLEA 1985: es también muy explícito al invitarnos de manera apremiante a vivir la corresponsabilidad, ya que nos pide:
«Fomentar en nosotras una obediencia activa para responder a las llamadas de los Superiores y seguir sus orientaciones».
Todo el capítulo de «Vida Fraterna» nos incita igualmente a «Compartir gozosamente la Fe», al «dinamismo para el servicio». Nos invita a:
Revalorizar por la caridad las relaciones interpersonales, en un clima de verdad, de confianza y de alegría».
Nos repite el valor del PROYECTO COMUNITARIO PARA LA MISION, proyecto en el que «cada una empeña su responsabilidad». Insiste en la necesidad de «revisarlo periódicamente para adaptarlo a las necesidades de la misión».
Muchas cosas he dicho… He señalizado el camino poniendo balizas… Nos queda ahora a todas profundizar todo esto para intentar vivir más intensamente todavía esa CORRESPONSABILIDAD ACTIVA que la Compañía pide, expresándola en lo ESENCIAL y recordando que:
la obediencia es el fruto de nuestra libertad «.
ya que está motivada en la FE, CON MIRAS A LA CARIDAD «.
Que María, la que fue totalmente libre por ser totalmente obediente al proyecto de Dios sobre Ella, nos ayude a vivir mejor todavía nuestra vocación de Hijas de la Caridad:
TOTALMENTE ENTREGADAS A DIOS PARA EL SERVICIO A CRISTO EN LOS POBRES «.:






