Conscientes de que la condición humana es limitada (c 36) (II)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Miguel Pérez Flores, C.M. · Year of first publication: 2006 · Source: CEME.
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Jesús obediente

Se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. (Filp 2, 8).

220px-Croagh_patrick_path17) La obediencia de Jesús da una categoría especial a toda obediencia cristiana: la referencia a Dios Padre: En verdad, en verdad, os digo que el Hijo no puede nada, sino lo que ve hacer al Padre; todo lo que él hace, lo hace tam­bién el Hijo (Jn 5, 19). El mismo san Juan puso en labios de Jesús: Mi alimento es hacer en todo la voluntad del que me ha enviado (Jn 4, 34). Jesús aceptó las mediaciones de su familia (cf. Lc 2, 51), las autoridades legítimas e instituciones del pueblo del que formaba parte, aunque lo hiciera críticamente (cf. Mt 17, 25). La obediencia fue para Jesús el medio de vivir la filiación, un modo de sentirse Hijo del Padre, identificado con él. Yo y el Padre somos una misma cosa (Jn 10, 30). Sin duda que, para Jesús, la obediencia filial fue fuente de gozo: El que me ha enviado está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él (in 8, 29).

18) San Pablo y el autor de la carta a los Hebreos ponen de manifiesto el matiz doloroso de la obediencia de Jesús: Obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Filp 2, 8). Siendo hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia (Hb 5, 8). El valor redentor de la obediencia apareció con claridad y así se descubrió cómo por la obediencia se participa de una manera especial en el misterio pas­cual, que es misterio de pasión, muerte y resurrección. De esta doble visión de la obediencia, han nacido, por una parte, la exigencia de la ascesis y por otra, el gozo de haber cumplido filialmente la voluntad de Dios.

19) La obediencia ha sido considerada por algunos como una virtud pasi­va. Si se la entiende mal, lo puede ser. Si se entiende bien, la obediencia es una virtud activa, por lo que ofrece, por lo que renuncia y por lo que se pone en juego, porque no todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, ése entrará en el reino de los cielos (Mt 7, 21). Obedecer es dar prueba de que se ama a Dios: Quien me ama, cumplirá mi Pala­bra (Jn 14, 23). Obedeciendo es como se permanece en el amor de Dios: Si guar­dáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor (Jn 15, 10).

La obediencia consagrada

20) La obediencia consagrada intenta reproducir a Jesús obediente, de una manera más radical que la obediencia cristiana. El que hace profesión de obe­diencia ofrece, desde la propia libertad, su poder de decisión. En este sentido, es difícil que el hombre pueda ofrecer más, porque lo que ofrece es toda su libertad por un acto consciente de la misma. No es extraño que muchos hayan dicho que eso es imposible. No tiene sentido, dicen algunos, que una persona ponga en manos de un Superior, también humano, aunque esté revestido de una parcela de autoridad divina, hasta el punto de dejarle disponer casi por entero su actividad, la organización de su vida e incluso lo que concierne a sus más íntimas relacio­nes para con Dios. Tal actitud expone a la persona a grandes riesgos. Precisa­mente, por evitar esos riesgos, sin quitar nada al valor de la entrega de la liber­tad a Dios, se han revisado los modos de ejercer la autoridad, introduciendo nuevos elementos, como el diálogo, el discernimiento y, sobre todo, dando mayor valor teológico al servicio de la autoridad, y señalando mejor los campos de la obediencia consagrada.

Diversos modos de interpretar la obediencia de Jesús

21) La variedad de formas de vida consagrada lleva consigo diferentes matices en la obediencia. Unas veces, lo que se busca en la práctica de la obe­diencia es el sacrificio del orgullo. La obediencia es vista como ascesis. Otras veces, se requiere la obediencia como conjunción de voluntades, para crear la uni­dad en la comunidad. Otras, los fundadores piden obedecer para crear la dispo­nibilidad que necesita la eficacia del ministerio pastoral. No es, pues, lo mismo el sentido de la obediencia en una comunidad monástica o conventual o apostólica. Se trata de matices, ya que lo sustancial de la obediencia siempre es la ofrenda de la propia libertad a Dios, desde un acto libre, consciente y generoso para hacer presente en el mundo, a Cristo, que fue sumamente obediente para cumplir la voluntad del Padre y llevar a cabo su misión salvadora. Por esto, la obediencia tiene íntima relación con la vocación.

22) Todos los Institutos de Vida Consagrada, todas las Sociedades de Vida Apostólica señalan los contenidos de la obediencia según la propia vocación y también las condiciones que se requieren para exigir obediencia. La fórmula más ordinaria es obedecer según las propias Constituciones. Hay que añadir, no obs­tante dicha fórmula, que la generosidad en la obediencia no tiene fronteras, como no la tuvo la de nuestro Señor que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (cf. Filp 2, 8).

La obediencia, según san Vicente

Voluntad de Dios y obediencia

Entreguémonos a Dios para obedecerlo debidamente y para recibir bien todo lo que venga de su parte (XI, 692).

23) Para entender bien lo que san Vicente dice sobre la obediencia, hay que tener presente que fue Superior de la Congregación de la Misión, desde la fundación, 1625, hasta su muerte, 1660. También fue Superior de la Compañía de las Hijas de la Caridad (1630-1660) y de otras instituciones, como las Reli­giosas de la Visitación, Señoras de la Caridad. San Vicente no fue un teórico de la obediencia. Se limitó a escribir unas cuantas normas sobre ella, en los cuerpos normativos de sus comunidades, a exhortar a la obediencia en sus conferencias y correspondencia, a practicarla desde su puesto de Superior y a hacerla practicar. Como en las otras virtudes, más que novedades doctrinales, san Vicente ofrece experiencias de vida.

24) San Vicente contempló la obediencia desde puntos de vista, distintos. Habló de la obediencia del cristiano, del religioso, de la obediencia eclesiástica y civil, de la obediencia profesional y consagrada, de la obediencia del Misione­ro y de la Hija de la Caridad. Por otra parte, imitando a otros fundadores, esco­gió aquellos valores de la obediencia que más cercanos eran al propio carisma. San Vicente hizo su propia selección, teniendo presente el fin de la Congregación de la Misión, sin omitir los valores comunes de la obediencia cristiana y consa­grada. Siempre, la obediencia cristiana será purificadora del orgullo, creadora de puntos de convergencia y fecunda en la actividad apostólica. En la doctrina de san Vicente, encontramos dichos valores, dando preferencia al sentido apostólico de la obediencia. Las dos comunidades, la Congregación de la Misión y la Com­pañía de las Hijas de la Caridad, habían sido fundadas ante todo para misiones apostólicas de evangelización y de caridad.

25) La base de la obediencia vicenciana no es otra que la aceptación libre de la voluntad de Dios, manifestada de una manera directa o indirecta. San Vicen­te acudió a los teólogos para explicar lo que es la obediencia: Los teólogos dicen que consiste en la disposición de hacer lo que quieren aquéllos a los que estamos sometidos (XI, 691). Por el contexto, se ve que está tratando de la obediencia a la voluntad de Dios manifestada por los superiores. Según esta disposición, se cami­na rectamente hacia donde Dios quiere.

26) Sencilla, pero claramente, san Vicente expuso los dos aspectos esen­ciales de la obediencia cristiana: poner la voluntad de Dios en el origen de las propias decisiones, porque obedecer es entregar a Dios la propia libertad de deci­sión, y aceptar el valor de las mediaciones por la que Dios manifiesta su querer. Por tanto, no se puede hablar de obediencia, si en el fondo no está Dios directa o indirectamente. A partir de esta visión de la obediencia, no aparecen los aspec­tos negativos que algunos han visto en ella, tales como la sumisión resignada, la capitulación de la propia libertad, la renuncia forzada a la iniciativa personal o la instrumentalización de la persona. Al contrario, la obediencia, para san Vicente, es una manera de relacionarse con Dios y de entrar dentro de los designios de Dios sobre uno mismo.

Las mediaciones de la voluntad de Dios

Obedeceremos fielmente a todos los que tienen autoridad sobre nosotros, viendo al Señor en ellos y a ellos en el Señor (RC V, 1)

27) San Vicente siguió la doctrina, entonces en boga. Dios se comunica de diversas maneras, directa e indirectamente. Dios ha hablado directamente, median­te las leyes que ha inscrito en la naturaleza, mediante la revelación, mediante las inspiraciones y mociones interiores del Espíritu Santo e, indirectamente, por medio de los acontecimientos, los signos de los tiempos, la Iglesia, las leyes positivas, los profetas y los Superiores.

28) Para san Vicente, tenía valor la clasificación escolástica de la voluntad de Dios:

  • voluntad significada, es decir, la voluntad de Dios, claramente expresa­da mediante signos moralmente válidos, como son los mandamientos de Dios y de la Iglesia, las reglas y constituciones, los consejos evangélicos y los mandatos ocasionales de los Superiores;
  • voluntad de beneplácito, es decir, la voluntad de Dios no claramente sig­nificada, pero entrevista en los acontecimientos imprevistos, que están por encima de las fuerzas del hombre, tales como las circunstancias de nuestra muerte, el futuro de nuestra vida, las enfermedades, los signos de los tiempos, etc.

29) La voluntad de beneplácito entra dentro del abandono confiado en las manos de Dios, mientras que «la voluntad de signo o significada» entra plena­mente dentro del campo de la obediencia.

30) En el capítulo II número 3º de las Reglas Comunes de los misioneros, san Vicente señaló el modo cómo conocer la voluntad de Dios y cómo comportar­se ante ella. El primer criterio se refiere a la voluntad significada: Cumplir siempre y en todo lo que Dios quiere es un medio infalible para conseguir en poco tiempo la perfección cristiana. Todos intentaremos, en la medida de nuestras fuerzas, el hacer de eso una norma habitual. Para ello: 1º haremos lo que está mandado y evitaremos lo que está prohibido, siempre que veamos que lo mandado o prohi­bido viene de Dios, de la Iglesia, de nuestros Superiores, o de las Reglas y Cons­tituciones de nuestra Congregación.

31) El segundo criterio se refiere a la voluntad de beneplácito. San Vicente ofrece pautas para elegir una cosa u otra:

  • cuando se nos presenten a la vez varias cosas igualmente buenas, ele­giremos más bien la que nos desagrada que la que nos place, a no ser que esta última sea necesaria, pues en este caso, hay que preferirla a las otras… Si se nos presentaren a la vez varias cosas de suyo indife­rentes, ni agradables, ni desagradables, entonces elegiremos sencilla­mente cualquiera de ellas como procedente de la providencia de Dios;
  • aceptaremos con ecuanimidad, como venido de la mano paternal de Dios todo lo que de improviso nos acaezca, bien sea adverso o favora­ble para el alma y para el cuerpo;

32) La referencia a Dios siempre es necesaria. 4º todo esto lo haremos sólo porque Dios lo quiere, y así imitaremos a Cristo, el Señor, que siempre obró así y por el mismo motivo, según él mismo dice: «Yo siempre hago lo que agrada al Padre».

33) También san Vicente, como Pablo VI, previó la posibilidad del conflicto de conciencia por lo que se manda. San Vicente zanjó la cuestión más expedita­mente. Al Superior hay que obedecerlo en todo aquello que no hay pecado, y le someteremos nuestra manera de pensar y nuestra voluntad como una especie de obediencia ciega. Y todo ello, no sólo para cumplir su voluntad formal, sino inclu­so su intención. Hemos de pensar que lo que manda es siempre para bien, y debe­mos confiarnos a su voluntad como la lima en manos de un artesano (RC V, 2).

34) Las disquisiciones sobre la obediencia ciega y sobre ciertas expresio­nes, como la de ser «lima en manos del artesano» u otras semejantes, no fueron planteadas de una manera especial por san Vicente. Empleó dichas frases, según el uso corriente entre los autores espirituales, queriendo significar el radicalismo y perfección de la obediencia. La virtud de la obediencia, como ya dijimos, tiene que ser un acto humano, que salga del corazón, libre y espiritualmente generoso, porque la obediencia es una virtud: la obediencia, como virtud, tiene que tener su principio en Dios, Dios es un Dios de virtudes, y su raíz está en el interior (cf. XI, 691). Como dijimos antes (n. 18), para san Vicente, la obediencia está siempre dentro de la dimensión de la fe.

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