Notas previas
1
) Siempre que se intenta estudiar el pensamiento y la conducta de alguien, lejano en el tiempo, es de justicia hacer un esfuerzo para liberarse del presente y centrarse en el tiempo y circunstancias que rodearon al personaje objeto del estudio. Después, en un segundo momento, se puede examinar el resultado del estudio a la luz de lo que actualmente se piensa. Esta actitud es importante cuando se trata de temas que han sufrido grandes y profundas crisis, como es el tema de la obediencia.
2) En tiempo de san Vicente, se estimaban muchos valores que hoy no se aprecian o se aprecian poco: lo tradicional, lo acostumbrado, el testimonio de los ancianos, la sacralidad de la autoridad y la firmeza de la ley. Muchos de los valores llamados objetivos han entrado en crisis profunda y los valores subjetivos han adquirido fuerza especial. En el campo de la obediencia, hoy se prefiere la referencia inmediata con Dios y no a través de sus mediaciones; interesa más la conciencia moral personal que las normas morales; se prefiere la libertad de la persona más que la orientación de las leyes. En la raíz de los cambios, hay dos valores que afectan hoy enormemente a la obediencia: el valor de la dignidad de la persona y su libertad. Casi instintivamente, se rechaza aquello que parece va a menoscabar la dignidad de la persona o va a limitar su libertad.
3) La estima de la persona ha puesto de manifiesto los dones de la misma, los carismas que deben desarrollarse y llevarse a cabo para bien de la comunidad.
La dignidad de la persona, por su parte, exige que se cuente con ella, que se le ofrezcan cauces de diálogo, de participación, y que la autoridad actúe más fraternalmente y más democráticamente. A la luz de estos hechos, la obediencia adquiere matices especiales. Tiene que ser una obediencia que nazca de la libertad y de la generosidad de la persona.
4) Por otra parte, la sensibilidad a la libertad ha hecho que los acontecimientos históricos que la lesionaron se juzguen de una manera exagerada. Los abusos de la autoridad se consideran como necesariamente universales, es decir, que toda autoridad abusa siempre del poder. De ahí, a negar el valor de la autoridad o a mantener una actitud de sospecha ante ella, no hay más que un paso.
5) En un mundo que cambia rápida y profundamente, surge el deseo de crear cosas nuevas y, por eso mismo, se rechaza todo lo que de alguna manera es óbice a su realización. Los permisos son vistos como una rémora a la libre actuación de la persona que se siente limitada por la injerencia de los superiores y de las normas. Otro elemento importante es la cultura secular del hombre de hoy, al menos, en el mundo occidental. Dios ha perdido interés, y el desinterés por Dios ha originado la apatía por los valores religiosos y por los que se justifican sólo o principalmente desde la fe. Ha entrado en crisis el valor de las mediaciones por las que Dios manifiesta de una manera o de otra su voluntad.
6) Obviamente, tales hechos no sólo han originado dificultades para obedecer, sino que también han aportado aspectos positivos en el campo de la obediencia: relaciones más fraternas y menos paternalistas entre lo Superiores y súbditos, mayor corresponsabilidad y colaboración y menos autoritarismo, dar más lugar a los carismas personales que a las decisiones abstractas de las leyes. Si antes se insistía en los valores de la autoridad, del orden, de la ley, de la seguridad moral, de la uniformidad, ahora se insiste en los valores de la iniciativa personal, de la creatividad, de la responsabilidad y del pluralismo.
¿Qué es obedecer?
Obedeceremos gustosos a la voluntad del Padre que se nos manifiesta de muchas maneras (C 36).
7) El término obediencia no es claro y preciso. Conviene, pues, que lo puntualicemos. Unas veces se habla de obediencia en general y otras de obediencia muy concreta. La obediencia, por ejemplo, que se asume mediante un voto no es exactamente la obediencia de un fiel cristiano. Hay coincidencia en los valores sustanciales, pero hay diferencias en aspectos importantes, porque la obediencia no es algo abstracto, la obediencia es compromiso de la persona, con identidad propia, pero, al mismo tiempo, marcada por lo que la rodea.
8) La obediencia plantea cuestiones muy distintas según los campos: civil, eclesial, religioso. Para no perdernos, nosotros tomamos como eje la obediencia en sentido teológico. Sólo desde la comprensión teológica de la obediencia se pueden contemplar las cuestiones que la obediencia cristiana presente en los demás campos.
9) Desde la perspectiva teológica, la obediencia siempre dice relación con la voluntad o querer de Dios. El hombre, criatura de Dios, debe obediencia a Dios, es decir, debe aceptar libremente la voluntad de Dios, manifestada de la manera que sea. Hay ejemplos que nos pueden desconcertar como fue la obediencia de Abrahan, cuando Dios le pidió el sacrificio de su hijo Isaac. O cuando Jesús, en el huerto de los Olivos, acepta el designio del Padre de morir en la cruz. Por la obediencia, el hombre reconoce la supremacía de Dios y reconoce, sobre todo, que la voluntad de Dios es para él el criterio definitivo de su comportamiento. Por esto dijo santo Tomás, repetido después infinidad de veces por los autores espirituales, incluido san Vicente: La voluntad divina es la regla primera, por la que se regulan todas las voluntades racionales. San Vicente usará otro lenguaje: El cumplir siempre y en todo lo que Dios quiere es un medio infalible para conseguir en poco tiempo la perfección cristiana (RC II, 3).
10) Obedecer es, por tanto, aceptar la voluntad de Dios. Cuando se percibe que Dios es el que manda, no debiera haber dificultad, en teoría. La dificultad viene cuando es una mediación la que nos manifiesta la voluntad de Dios. Si una mediación no es trasmisora de la voluntad de Dios, no hay fundamento teológico para la obediencia. El Vaticano II, reconoce que los Superiores son lugartenientes de Dios, pero con la condición de que deben ser dóciles al querer de Dios: Los Superiores… dóciles a la voluntad de Dios, en el desempeño de su cargo, ejerzan su autoridad con espíritu de servicio a los hermanos, de suerte que expresen la caridad de Dios y con respeto a la persona humana, promoviendo la subordinación voluntaria.
11) Dios manifiesta su voluntad de maneras muy distintas. Podemos, no obstante la multiplicidad de modos, hacer dos grupos:
- medios establecidos, como son, por ejemplo, los Superiores legítimos, las Constituciones,
- o los medios ocasionales e imprevistos como son, por ejemplo, los acontecimientos, el parecer de la comunidad y las gracias particulares. Las manifestaciones ocasionales e imprevistas de la voluntad de Dios quedan bajo el dinamismo de la fidelidad a Dios, de la caridad hacia él o hacia el prójimo. Entran de lleno en las exigencias espirituales de la persona que percibe la voz de Dios, mediante dichas mediaciones ocasionales.
12) La dificultad y, hasta cierto punto, el valor de la obediencia, se muestran cuando intervienen las mediaciones establecidas. Obedecer al mandato del Superior, de este Superior o acatar las normas establecidas, en concreto, a esta norma y en estas circunstancias. Por ser humana la mediación, pueden aparecer obstáculos manifiestos e indiscutibles, hasta crear verdaderos problemas de conciencia de si obedecer o no.
13) Puede surgir un problema importante: la objeción moral ante lo que manda el Superior. La cuestión no es totalmente nueva: siempre se dijo que no hay obligación de obedecer cuando se manda algo contra la ley de Dios, las leyes de la Iglesia, las Reglas y las Constituciones, o cuando el mandato del Superior inferior está en contradicción con el mandato del Superior mayor. Pero ¿hay que obedecer cuando, analizando lo mandado o el modo cómo se ha mandado, surge un conflicto de conciencia? Pablo VI ha planteado explícitamente esta cuestión y ha dado criterios que pueden ayudar a resolver el problema. El Papa acepta la posibilidad del conflicto entre lo que manda el Superior y la conciencia —ese santuario del hombre, en el cual está a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de él—. Pero añade el Papa: la conciencia no es por sí sola árbitro del valor moral de las acciones, debe referirse a las normas objetivas y, si es necesario, la conciencia debe reformarse y rectificarse. Fuera de que se mande algo que es pecado o el mandato implicase un daño grave y cierto, lo que manda el Superior entra dentro de un campo en el que el bien mejor puede variar según los puntos de vista. No se puede objetar en conciencia porque la acción mandada sea objetivamente menos buena. Deducir esto, sería desconocer, dice Pablo VI, la obscuridad y ambigüedad de no pocas realidades humanas. Además, el rehusar la obediencia lleva consigo un daño grave para el bien común. No se puede admitir fácilmente la objeción de conciencia. Esta situación excepcional comportará alguna vez, un auténtico sufrimiento interior, según el ejemplo de Cristo que aprendió mediante el sufrimiento lo que significa la obediencia.
14) Otra cuestión que surge es si se obedece cumpliendo estricta y exteriormente lo mandado, sin la aceptación interna o del corazón. Si la obediencia se considera como virtud, es evidente que tiene que haber una aceptación interna de lo mandado. La obediencia es, según dijimos, la aceptación libre de la voluntad de Dios, manifestada por cauces establecidos o por otros acontecimientos o mediaciones imprevistas. El acto exterior puede valer para que no haya desobediencia punible, pero no es suficiente para que haya virtud de la obediencia. La obediencia, virtud, tiene que ser siempre un acto humano y no lo es si falta el elemento interior.
Clases de obediencia
Pondrán empeño… en obedecer a los Superiores con prontitud, alegría y perseverancia (C 37, 2)
15) La obediencia como acto humano y, sobre todo, como virtud, puede estar adornada con cualidades diversas o sujeta a fallos. Una obediencia puede ser pronta y retardada, alegre o triste, activa o pasiva, plenamente responsable o justamente responsable, puede ser signo de amor a lo mandado y a quien lo manda y por lo que se manda, o puede ser prestación de lo justo. Recordemos el dicho: obededer es amar cuando la obediencia es suficientemente perfecta. La obediencia puede ser signo de otros muchos valores, por ejemplo, su integración en el grupo o comunidad, la calidad de las relaciones con la autoridad, el grado de disponibilidad y generosidad al bien común, puede ser signo de situaciones defectuosas o problemáticas. Ante una obediencia remisa, cabe siempre la pregunta del por qué se obedece tan mal.
16) A todo lo dicho anteriormente, hay que añadir la dimensión de la fe, porque toda obediencia que no sea en fe tampoco es obediencia cristiana. Sólo mediante la fe entramos en el misterio de Dios y de sus designios y damos a sus mediaciones la verdadera dimensión. Que a los Superiores hay que obedecerlos a la luz de la fe es una idea muy repetida por san Vicente y recogida en el decreto «Perfectae Caritatis», del Vaticano II: En espíritu de fe y de amor, obedezcan humildemente a sus Superiores, según la Regla y las Constituciones.






