Cinco piedras lisas para escuchar bien la Palabra de Dios

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Peter Griffin, C.M. · Year of first publication: 2014 · Source: Ecos de la Compañía.
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palabradediosNuestras Constituciones, nuestro Documento Inter-Asambleas y tantos otros textos nos invitan a meditar la Palabra de Dios y a vivirla, lo que consiste en la llamada fundamental dirigida a todo cristiano. Jesús, con frecuencia, nos invita a ello:

“Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Pero él dijo: Mejor, bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 27-28)

[Decía Jesús:] “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa y se derrumbó. Y su ruina fue grande” (Mt 7, 24-27)

Podríamos citar otros muchos ejemplos. Por supuesto, prestar atención a la Palabra de Dios y actuar según ella, es el elemento esencial para llegar a ser lo que el Señor quiere que seamos. La forma cómo nuestros hermanos judíos tratan la Escritura nos recuerda el respeto con el que deberíamos acercarnos a nuestros textos sagrados. Ellos colocan el rollo de la Palabra de Dios en un lugar visible y lo veneran con el mismo respeto con el que nosotros veneramos la presencia eucarística.

Las Escrituras constituyen una parte esencial de nuestra liturgia, los salmos, las lecturas del oficio, la Lectio divina u otros… también constituyen una parte importante de la Misa, de los documentos de la Iglesia, de numerosos escritos de nuestros Fundadores, de nuestro modo de hablar y de mirar. Ya sé que no tengo que convencerles de la importancia que tiene la Biblia en nuestra vida y en nuestro vivir.

En esta intervención les invito a examinar el primero de los cinco conceptos esenciales para entender la Biblia. Los cinco han de entenderse juntos, para llegar a comprender el significado de cada uno de ellos. Siempre que doy cursos de Biblia a grupos, le dedico un tiempo a estas ideas y hoy les invito a ustedes a estudiarlas a fondo. Al abordar este tema la Iglesia nos ofrece tres documentos importantes: la Constitución dogmática sobre la Divina Revelación: Dei Verbum (Concilio Vaticano II, 1965), “La Interpretación de la Biblia en la Iglesia” (Comisión Bíblica Pontificia, 1993), la Exhortación Apostólica Verbum Domini (Benedicto XVI, 30 de septiembre de 2010).

Me resultaría bastante fácil contentarme con definir en unas cuantas frases los cinco conceptos, pero realmente deseo analizar lo que significan y cómo se utilizan en un estudio bíblico. Los conceptos son los siguientes: revelación, inspiración, interpretación, inenarrancia (convicción de que la Biblia no tiene error) y canonicidad (regla que procede de la impronta de su divino Autor). Voy a contar con que todos estos términos les son familiares y trataré de decirles algo que pueda darles una visión común de todos, en orden a una comprensión más profunda de la Escritura. Este es mi objetivo y esto es lo que le pido al Espíritu Santo.

I – Revelación

La primera pregunta que podemos hacernos es: “¿Qué es lo que se nos revela en las Escrituras?” La Biblia no es simplemente un libro que nos dice “haz esto y no hagas aquello”, ni es un relato de acontecimientos históricos. Es la manera que emplea Dios para revelarse a la comunidad humana. Lo que se nos revela en la Biblia es el mismo ser de Dios, su voluntad y sus designios.

¿Por qué usamos palabras? ¿Por qué hablamos? Una de las razones es, que podemos exteriorizar lo que tenemos dentro. Al observarme pueden tratar de adivinar cómo me siento, lo que pienso, o dónde quiero ir, pero hasta que yo hable de ello, ustedes realmente no lo sabrán. Puedo decirles cómo me siento y cómo será la jornada; les digo lo que pienso y por qué; les puedo decir a dónde voy y lo que espero hacer. Al hablar y utilizar palabras, exteriorizo lo que está dentro de mí. Me comunico, me rebelo y lo hago con palabras.

Observen cómo hablamos: tomamos aire y al expulsarlo hablamos. El aire pasa por nuestras cuerdas vocales y las hace vibrar, produciendo así un sonido: nuestra voz. En la antigüedad las gentes eran conscientes del hecho de que el aire era necesario para hablar. Sabían que las palabras que pronunciaban las transportaba su aliento de vida. Sin este aliento no puede haber palabras ni conversación. Por ello las palabras están ligadas a la vida incluso cuando son medios para comunicarse uno mismo.

En el primer relato de la creación (Gn 1, 1 ss) Dios crea todas las cosas mediante su Palabra. Dice Dios: “Que exista la luz” y la luz existió. Dios dice “Que aparezca el suelo firme” y el suelo firme llega a existir. En este relato, Dios crea por su palabra. Todo va a existir por el poder de la Palabra de Dios pronunciada en las tinieblas. Esta Palabra aporta creación, orden y luz al universo.

En primer lugar podemos señalar: que Dios habla. En la analogía humana Dios habla enviando su aliento divino. La palabra hebrea para este término es “ruah” y en griego “pneume”, una palabra que significa “aliento, viento, espíritu”. El universo es creado por medio del espíritu divino: el Espíritu Santo, que produce vida y orden. Todo lo que llega a la existencia en el orden creado lo hace a través del poder del espíritu de Dios. Todo se mantiene en la existencia por voluntad de Dios.

Luego, señalamos que Dios se revela en la disposición de la creación. Haciendo nacer todas las cosas, Dios se comunica, se da a conocer, nos dice quién es y lo que quiere. Esto se hace evidente en el mismo relato de la creación.

  1. Dios crea todas las cosas y así expresa el poder y el dominio de Dios sobre toda la creación. Sabemos que Dios es todopoderoso. Lo que en principio es un esfuerzo imposible para un ser humano es fácilmente realizado por el poder de la Palabra de Dios.
  2. La abundancia de la existencia nos enseña que Dios es generoso más allá de nuestra comprensión. Cuando vemos lo que la ciencia nos enseña sobre el universo, nos quedamos sobrecogidos por su envergadura y magnitud; es muchísimo. Cuando vivía en Roma, uno de mis cohermanos y amigo, solía regularmente hacerme la misma pregunta: ¿Por qué creó Dios a los dinosaurios? El tema era que ningún hombre había visto jamás un dinosaurio, puesto que existieron millones de años antes de que fueran creados los hombres. Por eso se preguntaba por qué fueron creados los dinosaurios si nadie los había visto nunca, ni los vería. Mi respuesta era siempre la misma: “Dios creó los dinosaurios para que puedas interrogarte y asombrarte”. Estoy convencido de que es esa la realidad. Hay tantas cosas en el universo que nunca veremos y que difícilmente podemos imaginar, pero Dios las ha puesto ahí para que nos interroguemos y nos admiremos. Esas realidades nos orientan hacia un Dios que está más allá de nuestra imaginación, tanto por su generosidad como por su misma naturaleza. Es lo que el universo nos revela de Dios.
  3. Nuestro mundo nos dice también que Dios ha dispuesto lo que ha creado estableciendo un orden. Crea todo a partir del caos, pone cada cosa en su sitio y les coloca en un cierto orden. La tierra gira sobre sí misma, rota alrededor del sol y el sistema solar efectúa su revolución a través de la galaxia. Existe el día y la noche, las estaciones, las leyes de gravedad, la luz y la velocidad. Las plantas crecen y producen semillas que permiten crecer a otras plantas. El ser humano respira oxígeno y exhala dióxido de carbono que las plantas absorben y a su vez exhalan oxígeno. Ven un poco el cuadro: vivimos en un universo ordenado que nos revela que Dios es un Dios que ama el orden y no el caos.
  4. Y este universo nos revela la inimaginable belleza de Dios. Allí dónde miremos vemos la belleza de la creación: en el cielo, en los campos, en los rostros de los niños, en el microscopio o en el telescopio, en la imaginación humana. “El mundo está lleno de la grandeza de Dios”, como nos dice Gérard Manly Hopkins en su poesía. Todo ello revela la belleza de Dios tal como podemos captarla a través de nuestros ojos. Pero nuestros oídos se unen a nuestros ojos: por la belleza del sonido del viento soplando entre los árboles o el de un pájaro, de la risa de un niño, de los instrumentos de música. Nuestro olfato percibe los maravillosos olores del orden de la creación ya se trate de las flores, de la comida o del frescor de la mañana. ¿Qué es lo que nuestro sentido del tacto nos revela sobre la belleza de la creación? Está claro que la belleza del mundo que nos rodea nos permite ver la belleza del que ha creado todo. Así conocemos a Dios.
  5. Un último aspecto que es esencial mencionar, es que este orden de la creación nos revela la bondad de Dios. A Dios nadie le ha forzado a crearnos ni a crear el universo, y Dios no necesitaba crearlo como lo hizo, de esta forma tan maravillosa, -con los colores, los movimientos y los olores-. Dios ha hecho todo esto únicamente por su gran bondad, y el universo que Dios ha creado revela esta bondad para con nosotros, invitándonos a ser bondadosos y a responderle con nuestra alabanza.

Así cuando nos fijamos en el primer relato de la creación vemos cómo Dios ha creado todas las cosas por su palabra y cómo este orden de la creación nos revela algo de la naturaleza y de la voluntad de Dios. Nos habla del poder de la Palabra y de cómo a través de la creación podemos llegar a conocerle.

El segundo relato de la creación (Gen. 2, 4 y ss.) nos ofrece otra perspectiva de cómo Dios se nos da a conocer. En este segundo relato Dios forma al ser humano del barro de la tierra -lo que con toda certeza, nos recuerda que formamos parte del orden de la creación- pero después Dios insufla su aliento divino en esta forma humana y toma vida. Esto nos enseña que compartimos la misma vida de Dios de forma diferente que el resto de la creación, pero nos sugiere también algo más. Dios nos hace a su “imagen y semejanza”. Cuando Dios insufla su aliento divino en nosotros quiere decir que ahora nos es posible comunicarnos con Él. Nosotros hablamos y Dios nos oye; Dios habla y nos es posible escucharle y servirle. Este Segundo relato de la creación continúa y complementa el primero. Dios se revela en la creación y nos invita a entrar en una relación personal con él. Somos impulsados a reconocer su presencia en el mundo que nos rodea, a hablar con Él. Dios quiere que le conozcamos y que entremos en relación con Él.

Así, los relatos de la creación del A.T nos hablan de cómo estamos llamados a entrar en comunicación con Dios y a aprender a conocerle. Las formas con las que Dios se ha revelado a Israel y especialmente el don de la Ley y los Profetas, sigue siendo revelación de sí mismo que Dios nos hace.

Cuando pasamos al Nuevo Testamento, inmediatamente somos introducidos por el mensaje del Evangelio de Juan y especialmente el Prólogo de este Evangelio:

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió” (Jn 1, 1-5).

Para interpretar los primeros versículos de este primer capítulo se han escrito innumerables volúmenes. El autor de este Evangelio recurrió a los relatos del Génesis para dar sentido y contexto a su Evangelio. Reconoce que Dios ha creado todas las cosas por el poder de su Palabra, pero también señala que el Verbo se identifica con el ser mismo de Dios. Es este Verbo el que da vida y luz al mundo y nada viene a la existencia sino es por este Verbo.

Una vez más el poder de la palabra está presente y en adelante se intensifica porque el autor del Evangelio insiste en pocas palabras en el poder absoluto del Verbo. Todo ello lleva a la frase más fuerte de toda la Escritura: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14) Es el relato de la encarnación que hace Juan tan sucinta y tan maravillosamente formulado: “El Verbo de Dios se hace hombre”. Jesús, que es el Verbo de Dios, se convierte en uno de nosotros.

Lo que tiene que quedarnos claro es que Jesús no solo habla la palabra de Dios y no da solamente testimonio de cómo vivirla, sino que en realidad es el Verbo de Dios. Nace en el seno de María, por el poder del Espíritu Santo. Jesús es literalmente el propio ser de Dios proclamado en el mundo. Mientras que refleja imperfectamente en el mundo el ser de Dios, Jesús es la expresión perfecta del ser de Dios en el mundo. Literalmente cada palabra que pronuncia es palaba de Dios y cada acción que lleva a cabo es acción de Dios. Aprender a conocer a Jesús es aprender a conocer al ser mismo de Dios. Y así aprendemos a conocer el poder vivificante de las palabras de Jesús. Apreciamos la razón por la que concedemos a sus palabras una veneración especial y un poder transformador de nuestras vidas.

Nuestro estudio nos remite al primer concepto que debemos valorar para entender correctamente la Biblia: la Revelación. La Escritura nos ofrece algo más que simples reglas, fórmulas o historia. Lo que se revela en la Biblia es el mismo Dios y por ello debe ser tratada con respeto, como una comunicación personal con Dios. Algunas partes de la Biblia son más fáciles de interpretar que otras, pero nuestra actitud al leerlas tiene que ser reverente y abierta a la escucha de lo que Dios tiene que decirnos sobre su ser divino y su relación con nosotros. Algunos otros conceptos que analizaremos, pueden ayudarnos a adquirir esta actitud. Cuando escuchamos la Palabra de Dios, escuchémosla como a Dios que se nos comunica y como el medio que le permite revelarnos sus designios. Este es el significado de “Revelación”.

II – Inspiración

El segundo concepto es el de la “Inspiración”. El sentido de esta palabra tiene algo que ver con las mociones del Espíritu de Dios en el autor bíblico y en el lector.

“La Sagrada Escritura se destinó a ser redactada bajo la inspiración del Espíritu Santo… En la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y solo lo que él quería” (DV, 11).

Es el Espíritu Santo, quien inspira a los autores bíblicos a escribir lo que Dios quiere dejar por escrito. No quiere decir que sea un dictado, lo que significaría que los autores bíblicos no tienen ninguna parte en la forma como está escrito el texto. Los autores bíblicos escriben en su propia lengua y utilizan expresiones propias de su tiempo. Si el autor bíblico tiene una mala ortografía, si es un escritor mediocre, entonces habrá errores gramaticales o de ortografía en el texto. El autor bíblico utiliza los estilos literarios de su tiempo cuando escribe historia, poesía o mitos. Emplea el conocimiento de las personas de su tiempo; por lo que pueden darse errores de ciencia, de geografía o de historia. El autor bíblico es un verdadero autor en cuanto al estilo y la estructura del texto, pero la intención de lo escrito está inspirada por Dios.

El texto, pues, está escrito bajo la inspiración del Espíritu y nos ofrece el mensaje de Dios a la manera como Dios quiere que se comunique, a pesar de las limitaciones del autor humano. No es solamente el autor del texto inspirado sino que lo es también el texto en sí mismo. Después de que el autor bíblico haya terminado de escribir un texto bajo la inspiración del Espíritu Santo, puede hablarse del texto como de la palabra inspirada por Dios. El texto puede contener un significado que puede ser de intención divina, pero que no había sido la intención del escritor bíblico.

Por último, si podemos hablar del autor y del texto mismo cómo inspirados, podemos igualmente hablar del lector como “inspirado”. Este puede leer la Biblia y llegar a una comprensión querida por Dios para este lector, en este momento y en este preciso lugar. El Espíritu de Dios actúa en el lector del texto. Por lo tanto cuando empecemos a leer un texto de la Escritura, debemos orar para que el Espíritu de Dios actúe en nosotros y nos ayude a comprender el significado que el texto tiene para nosotros, para nuestra vida. Se trata de la acción del Espíritu Santo en nuestras mentes y en nuestros corazones. Jesús habla a sus discípulos de este don que les va a dar:

“Y yo le pediré al Padre que os de otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros.[…]pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. […] Cuando venga el Paráclito que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. […] Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.” (Jn 14,16-17, 26; 15, 26; 16, 12-13).

Observen la función del Espíritu. No se manifiesta para enseñar nuevas verdades sino para ayudar a la comunidad a comprender las verdades que Jesús ya les había anunciado. Durante el ministerio público de Jesús, los discípulos no podían entender todo lo que debía enseñarles. Ni quién era, ni el modo como les invitaba a vivir. Ese don les fue dado después de que Jesús hubiera sufrido, muerto y resucitado a la nueva vida. Y como promete a la comunidad el don del Espíritu Santo (cf. El pasaje del evangelio de Juan). Este Espíritu Santo prometido y recibido en Pentecostés, permanece con los discípulos y les ayuda a comprender el mensaje de Jesús.

“Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas como llamaradas, que se dividían posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse” (Hch 2, 1-4)

Llenos del Espíritu, los discípulos finalmente comprenden, con más claridad, el mensaje y las acciones de Jesús y eso les llena de valentía, les da la capacidad de proclamar con claridad y firmeza el mensaje, y cuando lo hacen, las gentes comprenden lo que se les está anunciando. Este don de comprender el mensaje evangélico con claridad cuando leemos la Biblia, se produce gracias a la inspiración del Espíritu Santo. El Espíritu Santo se derrama sobre las personas y sobre la comunidad; las personas están inspiradas para oír esta palabra y ver cómo encarnarla en su vida.

Gracias al Espíritu la Palabra de Dios resuena siempre nueva en nuestras vidas. Si la lectura de un pasaje de las Escrituras nos hablaba de un modo hace un tiempo, ese mismo pasaje nos hablará hoy de otro modo. Gracias al don del Espíritu entendemos de qué manera este mismo pasaje tiene múltiples significados y aplicaciones en nuestra vida. La parábola del sembrador y de la simiente nos lo sugiere:

“Les habló muchas cosas en parábolas: Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar una parte cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se las comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz, se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una ciento; otra sesenta; otra treinta. El que tenga oídos, que oiga” (Mt 13, 3-9).

El problema en la parábola no reside en la semilla, sino en la tierra. Si no preparamos bien la tierra y no abrimos nuestros oídos a la Palabra de Dios, si no la dejamos penetrar en nuestras vidas, nunca seremos capaces de oírla bien. Es la función del Espíritu. El Espíritu nos ayuda a escuchar y a permitir a la Palabra de Dios que penetre en lo más profundo de nuestras vidas. De esta manera siempre somos capaces de escucharla de manera nueva y vivificante. Estamos inspirados en el modo como debemos acogerla y la manera como le permitimos que penetre en nuestras vidas.

Más adelante, en la parábola, el contraste no está sencillamente entre la semilla que da fruto y la que no lo da. Está también la semilla que da fruto al treinta, al sesenta o al ciento por uno. Cada uno de estos rendimientos sería extraordinario para el sembrador. Y sin embargo, se nos dice que no podemos leer el texto y contentarnos con una sencilla y digna comprensión de interés. Si recibimos el treinta por uno, puede ser que el Señor nos invite a un rendimiento del sesenta por uno; y si recibimos un significado que corresponde al rendimiento más rico de sesenta por uno, puede ser que el Señor nos invite a un rendimiento del ciento por uno. La idea es que el Espíritu continúe actuando en la comunidad cristiana y en cada cristiano en particular, invitándonos siempre a estar más profundamente inspirados, a recibir una mayor riqueza de gracia, con los consejos y el ánimo que la Palabra de Dios nos prodiga. Pablo tenía una gran estima por el poder de la Palabra de Dios y su utilidad para la enseñanza y el crecimiento cristiano. Por ejemplo, escribe a Timoteo:

“Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Letras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios, y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena” (2 Tim 3, 14-17).

Pablo recuerda a Timoteo que toda la Escritura está inspirada por Dios; se recibe gracias al don del Espíritu Santo y por lo tanto puede aplicarse de diversas maneras. Nosotros también podemos recibir este mismo ánimo.

De ahí que cuando hablamos de “inspiración”, estamos hablando del modo cómo el Espíritu estaba presente en el autor bíblico, de cómo salvaguarda el texto, y como continúa actuando en la persona que lee la Biblia en cada época y en cualquier lugar.

III – Interpretación

Después de la revelación y la inspiración, el tercer concepto es el de la interpretación. Mientras que la inspiración centra nuestra atención en el modo en que Dios va creando el texto mediante la acción del Espíritu Santo, la interpretación se fija en el texto partiendo del punto de vista particular del lector. El documento Dei Verbum en el párrafo12 nos indica algunos puntos importantes:

“…hablando Dios en la Sagrada Escritura por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que Él quiso comunicarnos, debe investigar con atención lo que pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y plugo a Dios manifestar con las palabras de ellos”.

Cada lectura del texto bíblico implica al lector en una interpretación. Como sugiere Dei Verbum, hay al menos dos elementos que deben tenerse en cuenta en la interpretación.

Primeramente hay que tener en cuenta la intención del autor humano. ¿Qué pretende comunicar al escribir el texto de esa manera, con esas formas literarias concretas y el vocabulario empleado? Buscar la intención del autor bíblico es una tarea primordial al leer un texto bíblico y lo llamamos sentido literal del texto. ¿Qué enseña y qué expresa realmente el texto? Buscar el significado del texto puede parecer obvio, pero a veces no resulta tan fácil discernir como uno puede pensar o esperar debido a las diferencias de culturas y de lengua entre el autor y el lector. Con frecuencia se ha tratado de aprender a conocer las circunstancias que dieron lugar a un texto por un método bíblico de interpretación llamado “Método histórico crítico” que tiene en cuenta las circunstancias de la época y del lugar, el género literario del pasaje y el proceso que ha llevado a la forma definitiva del texto. Este esfuerzo por descubrir la intención del autor del texto es importante como primer paso.

Pero tenemos también que buscar otro significado en el texto, el un sentido querido por Dios, pero no (completamente) querido por el autor bíblico. A esto se le llama a veces el “sentido pleno” de un texto, el “sensus plenior”. Puesto que Dios es el autor de toda la Biblia, y no solamente de un libro especial, puede querer dar al texto otras interpretaciones que sobrepasan el deseo del autor bíblico. El lector del texto, puede discernir este significado en el seno de la Iglesia.

Hay muchos tipos de métodos útiles para la interpretación de un texto bíblico. Podemos descubrirlos en los distintos documentos de la Iglesia, por ejemplo en “La Interpretación de la Biblia en la Iglesia” (Documento de la Comisión Pontificia Bíblica de 1993). Algunos de estos métodos centran su atención en el autor del texto, otros en el texto mismo y otros en los lectores del texto.

Uno de los tipos de interpretación bíblica centrado en el lector se llama a veces “aproximación contextual”. El contexto aquí, no es el del autor (original del texto) sino el del lector. No es posible leer un pasaje bíblico sin tener presente nuestro propio contexto. Estamos en el siglo XXI, vivimos en un país específico, procedemos de ambientes concretos. Leemos el texto desde esta perspectiva. Algunos han querido dejar de lado esta realidad, pues parece que llevaría consigo prejuicios personales para la lectura, pero las aproximaciones contextuales tienen el efecto contrario. Una aproximación contextual nos invita a leer un texto con entusiasmo a partir de nuestra propia perspectiva: Así, somos invitados a buscar en un texto el sentido que da una orientación especial a nuestra vida y a nuestra misión.

Les invito a interpretar los textos evangélicos con una visión vicenciana. Leer un texto bajo esta perspectiva nos conduce a estar más atentos a lo que se dice de los pobres o del modo como son abordados o tratados. Cuando escuchamos así la Palabra, ¿qué diferente sentido puede tener? ¿qué es lo que el pasaje de la mujer encontrada en flagrante adulterio nos enseña sobre cómo son instrumentalizados los pobres en las luchas políticas? ¿Qué nos dice la parábola de Lázaro y el hombre rico sobre los pobres a los que no queremos ver? ¿Qué nos dice el relato de la hemorroisa con relación a la impotencia de los pobres ante el poder establecido? En el relato de la multiplicación de los panes y los peces o en la parábola de la oveja perdida, ¿cómo nos sentimos impulsadas por la caridad de Cristo? ¿Qué nos dicen el relato de la curación del ciego o el del lavatorio de pies sobre el modo de tratar a los pobres como “nuestros amos y señores”?

Leer las Escrituras con una mirada vicenciana nos invita a interpretar la Palabra de un modo que hable a nuestro carisma y nos conduzca a servir a Cristo en los pobres. Este método quiere buscar una particular “inspiración” y permite una “interpretación” dirigida.

4 – Infalibilidad

Con frecuencia se oye decir que el texto sagrado de las Escrituras está calificado como “infalible” o que contiene una enseñanza infalible. El sentido de esta afirmación debe entenderse con claridad para saber lo que Dios ha elegido revelarnos en el mensaje bíblico. Un pasaje extraído de la Constitución dogmática sobre la Divina Revelación: Dei Verbum (Vaticano II) nos es muy útil en este sentido:

“Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación” (DV 11).

Debemos señalar los calificativos atribuidos a lo que la Biblia nos enseña. El texto sagrado está escrito bajo la guía del Espíritu Santo, y por lo tanto que pueda decirse que enseña “firmemente, fielmente y sin error”, pero el objeto de esta afirmación es “la verdad que Dios ha querido ver consignada en las cartas sagradas para nuestra salvación”. Es esta frase final la que es esencial. La Biblia enseña infaliblemente la verdad que Dios quiere revelar para nuestra salvación.

La Biblia no es un libro de geografía o de historia; no es un texto de ciencia ni de sociología. Describe la historia, la ciencia y la sociología tal cómo la entendía la gente de esa época. Los autores no han recibido la ciencia infusa sobre la creación del mundo ni sobre el origen de la humanidad o la migración de los pueblos. Hay numerosos ejemplos que prueban que esto es cierto y en la época moderna estas ideas se reagrupan en torno a principios científicos. Permítanme comenzar con la historia de Galileo.

Durante la mayor parte de la historia humana, los hombres creían que el sol giraba en torno a la tierra. Cuando observamos al sol desplazarse por el cielo, nos parece que no nos movemos nosotros, sino que es el sol. A esto se añade la aparente verdad de que no sentimos ningún movimiento. Ésta ha sido la creencia común de la mayoría de la gente durante mucho tiempo. En uno de los relatos bíblicos, Josué pide al Señor que detenga el movimiento del sol mientras el pueblo de Israel lucha. Esto fue interpretado por algunos como una enseñanza infalible de que el sol gira en torno a la tierra, ya que Josué lo detuvo (Jos 10, 7-15) e Isaías hizo que se volviera para atrás (Is 38, 1ss). Cuando Galileo demuestra que el sol es en realidad el centro de nuestro sistema solar y que los planetas giran en torno suyo, parece que estaba contradiciendo a la Biblia así como al sentido común de la mayoría de la gente. Pero la Biblia no es un libro de astronomía ni de física sino que simplemente expresa la fe de la gente de aquel tiempo. El que sea el sol el que gire en torno a la tierra o el que sea la tierra la que gire en torno al sol no es necesario para nuestra salvación, -y no es de este modo como Dios ayuda a su pueblo.

Podemos hacer razonamientos similares con relación al tema de la creación o de la evolución. El modo cómo Dios creó el universo o cómo creó a los seres humanos no es necesario para nuestra salvación; lo cierto es que Dios creó estas cosas de un modo acorde con la voluntad divina, no es el “cómo” lo que es infalible, sino el hecho de que Dios nos creó y creó todas las demás realidades.

La Biblia enseña “firmemente, fielmente y sin error, esta verdad necesaria para nuestra salvación”. Si lo que enseña no contribuye a nuestra salvación, no es infalible. No podemos considerar la Biblia, como algo que responde a todas las preguntas ocultas en el texto bíblico como si se tratara de un texto misterioso o exotérico. La Biblia enseña una verdad que, bajo la guía del Espíritu Santo, es clara para el más sencillo creyente. Su significado no necesita ser deformado o transformado para encontrar las respuestas a cuestiones que los autores bíblicos jamás se han hecho ni, incluso, imaginado. Es verdad que tenemos que estudiar el texto bíblico para discernir todo su significado (surgen nuevos significados conforme uno pasa más tiempo con el texto), pero todo depende del nivel de fe de la persona y no de sus conocimientos intelectuales sobre el mundo.

Las enseñanzas infalibles de las Escrituras son las necesarias para nuestra salvación y se revelan verdaderas en todo tiempo y lugar.

5 – Canonicidad

El último concepto para leer y entender bien la Biblia es la “canonicidad”. Quizás es éste el término menos conocido, pero hace referencia a ciertas ideas muy importantes que iluminan el texto bíblico.

“Canonicidad” tiene que ver con la elección de ciertos textos de la Biblia. Todos los textos de la Biblia judeo-cristiana son llamados el “Canon”. En los primeros siglos de la era cristiana existían numerosos textos que podían haber sido incluidos en la Biblia. La Iglesia seleccionó algunos y descartó otros. Es, pues, la Iglesia la que bajo la inspiración del Espíritu Santo, ha escogido los libros que formarían parte del Canon. Esta decisión la toma después de discernir cuales eran los textos que comunicaban mejor el mensaje de Dios. Este proceso de selección no tuvo lugar inmediatamente en el siglo primero Al no contar con las ventajas de poder imprimir los textos, ni con las técnicas de comunicación modernas, las distintas comunidades primitivas tenían en su Canon diferentes libros. Algunas tenían los evangelios de Mateo y Juan, el libro del Apocalipsis y tres epístolas de Pablo; otras poseían los evangelios de Marcos y Lucas, los Hechos de los Apóstoles las cartas de Pedro y Judas… y así sucesivamente. Algunos de esos textos de Cánones locales se han incluido en el Canon definitivo de la “Gran Iglesia”. No es hasta el siglo IV cuando la Iglesia reúne todos los libros que formarán parte del Canon. Fue un esfuerzo considerable que dio lugar al Canon actual.

Existen críticas sobre por qué la Iglesia ha incluido algunos textos en la Biblia y ha optado por descartar otros. Es verdad, pero es la propia naturaleza de la Biblia. No todo lo que fue escrito en los primeros siglos es palabra inspirada por Dios. Es por lo que la interpretación de la Biblia nacida en el seno de la Iglesia no puede hacerse más que en este contexto. La Biblia pertenece a la Iglesia y a cualquiera que se encuentre en el seno de la Iglesia. Nadie puede situarse fuera de ella, es decir, fuera de la comunidad judeo-cristiana, e interpretar con autenticidad la Escritura. Pero en el seno de la comunidad cristiana pueden existir numerosas formas de escuchar las Escrituras y de discernir la voluntad de Dios. La palabra de Dios es superior a la Iglesia, pero su interpretación no se lleva a cabo más que en la Iglesia.

Este primer punto sobre el carácter de la canonicidad conduce a un segundo punto. Todos los libros incluidos en la Biblia son enteramente canónicos; solo todos los libros juntos forman la Biblia canónica. No se puede elegir algunos libros y considerarlos canónicos, del mismo modo que no se pueden seleccionar frases favoritas y rechazar el resto de la Escritura. La Biblia solo es canónica en su totalidad. Solo la Biblia en su integridad es la Palabra de Dios revelada.

Lo que significa que se debe leer toda la Biblia para entender lo que Dios nos ha revelado. Cada parte del texto bíblico ayuda a la interpretación de la siguiente.

Tenemos que señalar también que no existe “el” texto bíblico. No tenemos el autógrafo de los escritos bíblicos, (el texto original escrito a mano por el autor bíblico). Tampoco tenemos fuentes incondicionales en las que podamos extraer. Cada libro bíblico tiene cientos de manuscritos que dan testimonio del texto, pero existen ligeras diferencias entre ellos. Es en su conjunto dónde la revelación tiene lugar y no en cada pasaje sacado de su contexto bíblico. Este es el objetivo y el sentido del Canon. Incluye todos los libros bíblicos en un orden canónico y con un texto canónico tal como ha sido presentado y aprobado por la Iglesia.

Conclusión

Cuando se lee la Biblia no es igual que cuando se lee cualquier otro libro porque estamos en presencia de la Palabra de Dios. Esta debe ser tratada con respeto y fe. Algunas personas se permiten hacer conjeturas o adoptar posiciones que no están justificadas por el texto bíblico. Estas personas no reconocen la realidad de lo que Dios nos ha dado. Podemos concebir la Biblia en los mismos términos que el misterio de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, se trata de una realidad divina y humana. La Biblia contiene la Palabra inspirada por Dios que revela a la comunidad humana su voluntad divina pero es también una construcción humana que contiene las limitaciones propias de lo que pertenece al orden creado. Ambos conceptos juntos nos permiten acercarnos a la Biblia con una mirada apropiada.

Para leer correctamente la Biblia, debemos utilizar los dones que Dios nos ha dado como seres humanos. En primer lugar el don del Espíritu Santo que nos permite leer el texto comprendiéndolo y descubrir su verdadera aplicación. Pero está también el don de la inteligencia para reflexionar sobre el texto, compararlo con otras partes y discernir lo que Dios nos enseña, lo que me enseña, en un momento dado y para un lugar preciso. Utilizar los dones que Dios nos ha dado y abrirnos a la inspiración divina permite la comunicación que el texto está llamado a iniciar. No nos contentamos con leer el texto, lo escuchamos en la presencia de Dios y buscamos la luz y los consejos que da a nuestras palabras y a nuestros actos.

Los cinco conceptos ilustrados en esta conferencia sobre la Palabra de Dios pueden ayudarnos a escuchar esta Palabra con mayor respeto y devoción. Reconocemos que el Señor nos revela su ser divino. Sabemos que este texto ha sido escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo y debe leerse bajo esta misma inspiración. Sabemos que la Escritura tiene un significado para nuestro tiempo y el lugar en el que estamos, y estaremos llamados a interpretarla en consecuencia, permaneciendo atentos al significado que tuvo para las primeras comunidades judeo-cristianas. La verdad infalible que la Biblia nos enseña es que está ordenada a llevarnos a nuestra salvación cuando estudiamos lo que leemos y lo que creemos. Sabemos también que la Biblia pertenece a la Iglesia: es en el seno de la Iglesia, en medio de una comunidad de fe, dónde su sentido está asegurado y salvaguardado.

La Biblia es uno de los maravillosos regalos que el Señor nos ha dado. Es uno de los medios de comunicación divina y humana. Cuando continuamos leyendo la Biblia y orando con ella, pedimos al Señor que abra nuestros oídos y nuestros labios para escucharle y proclamar su palabra con fe.

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