Cinco años con los indios aymaras en Bolivia

Francisco Javier Fernández ChentoMisiones «Ad gentes»Leave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Manuel Blanco, C.M. · Año publicación original: 1976 · Fuente: V Semana de Estudios Vicencianos, Salamanca.
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Me encuentro sin pueblo y sin una verdadera relación pasto­ral con un grupo humano. En este momento me siento perdido y sin raíces en ninguna parte; y sólo vengo a hablar de recuerdos. Esta charla podría titularla: «Memorias de mi pasado reciente». Supone, pues, añoranza y nostalgia de una etapa importante en mi vida. Estos meses inactivos entre el 28 de noviembre del 75 y el 11 de septiembre del 76 pueden ser frustrantes, si se prolon­gan indefinidamente sin una opción inmediata, que vuelva a po­nerme en contacto con el pueblo pobre y marginado que ya encontré.

Se ha dicho que: «Lo no asumido, no es redimido». Ahora bien, difícilmente se asume lo que no se siente, y sólo sentimos como nuestro lo que nos toca de cerca. En mi proceso de acer­camiento al pueblo aymara necesité sensibilizarme en sus valores, preocupaciones, intereses, cultura; en todo lo que constituía su modo propio de ser persona, distinto del que ya conocía como mío. Me exigió convertirme a ellos en un esfuerzo lento de encar­nación en las estructuras de su vida. La ilusión del comienzo me ayudó en el cambio brusco de lo mío a lo de ellos, expresado en la renuncia a este ambiente español para la entrega a aquel ambiente indio. Luego, ante los sucesivos choques entre ellos, necesité toda mi decisión, entusiasmo, optimismo, esfuerzo, resignación y aguante para continuar allí sin abandonarles. Con rupturas y re­conciliaciones, ayudado de unos y otros, fui encontrándome en aquel ambiente con una opción clara al formularla, pero difícil y lenta en la realización. A este lento caminar lo llamo mi senda ( Camino es de Monseñor Escrivá), que corre junto a otras.

La interpretación que hago de estas vivencias mías es la mía; criticable, por tanto, desde otras perspectivas. Asumo desde ahora todos los otros juicios de los hechos que aquí quiero exponer y también me permito la libertad de estar en desacuerdo.

Hay una senda propia desde el momento de llegada al de salida; entre el 26 de agosto del 71, que me embarqué en Barce­lona, y el 28 de noviembre del 75, que salí del aeropuerto de El Alto de La Paz, capital de Bolivia. Comencé insertándome en un movimiento que quería evangelizar al indio. Luego me sentí con el indio interpelando al equipo evangelizador. Más tarde el miedo a morir y una errónea valoración de los acontecimientos me em­pujaron a dar un paso en falso y tuve que salir. Desde aquí des­cubrí que aún no estaba preparado para la opción final y retro­cedí, abandonando.

Ahora me presento aquí ante ustedes como infiel a los cam­pesinos aymaras para hablarles de lo profundamente fieles que son ellos.

Qué encontré al llegar

Solíamos hacer entre nosotros reuniones pastorales de pla­nificación y evaluación. En una de esas reuniones del principio nos planteamos el problema de las finanzas, y en particular la cuestión de los estipendios.

Leyendo por aquel entonces a Ezequiel, tropecé sin preten­derlo con este pasaje: «Me fue dirigida la Palabra de Yavé: Hijo de hombre, habla de parte mía contra los pastores de Israel; háblales y diles: Pobres de ustedes, pastores de Israel, que se apa­cientan a sí mismos. ¿No deberían los pastores dar de comer al rebaño ? Ustedes se han tomado la leche, se han vestido con lana y se comieron las ovejas más gordas. Pero no se preocuparon del rebaño. No han fortalecido a las débiles, ni atendido a las enfer­mas, ni vendado a las heridas. No han reunido el rebaño, a la oveja apartada, ni buscado a la perdida. Al contrario, ustedes las han maltratado con violencia y dureza. Ellas se han dispersado por falta de pastor y se han convertido en presa de las fieras. Mis ovejas se han perdido por todos los cerros y por las altas lomas de todo el país, sin que nadie las cuide ni las busque» (Ezequiel, XXXIV, 1-6).

Este pasaje, leído en aquellas circunstancias, me abrió los ojos sobre la actitud de algunos sacerdotes, que salían al campo y sacaban con su ministerio sacramental el dinero del indio. Vol­vían, luego, a la ciudad y lo gastaban con su mujer y con sus hijos, a quienes educaban en colegios de religiosos. Con estas premisas el problema de los estipendios era prácticamente insoluble y así se quedó.

Bastante más tarde, casi al final de mi estadía entre los aymaras hice otro hallazgo decepcionante: «La Iglesia, instrumento co­lonizador a nivel de conciencia en las manos o por lo menos al servicio del poder blanco». Tal vez sea un juicio demasiado pre­cipitado y atrevido. Sin embargo, significa que en un pasado no muy lejano el sacerdote ha sido utilizado en beneficio de una pequeña clase dominante o de sí mismo, manteniendo al campesino aymara en la esclavitud. Resulta inexplicable que el indio no se haya encontrado con Cristo, después de tantos años de presencia de su Iglesia entre ellos. Sólo puedo interpretar este hecho triste achacándolo a la costumbre religiosa y al hombre blanco del poder, que estorbaron el encuentro del indio con Cristo.

Soy consciente de estos dos hechos por haberme insertado desde mi llegada a Bolivia en una línea pastoral distinta. Puedo llamarla un verdadero plan pastoral pensado seriamente para convertir al indio. Dos días después de llegar a La Paz, el equipo de sacerdotes de San Luis, del que formé parte, me llevó a la zona que luego sería mi campo de trabajo. Fue mi primera frus­tración —luego vendrían otras— : no entendía a aquella gente; hablaban otra lengua. Tenía que aprenderla; y con la lengua fui adentrándome en el método de trabajo de este equipo.

El núcleo de su actividad evangelizadora lo constituían las reuniones de catequistas en cuatro centros distintos. Queríamos que estos catequistas indios afrontasen la evangelización de su pueblo aymara, ya que nosotros nos sentíamos incapaces de com­partir la miseria de una comunidad aymara. Estos cursillos o reuniones de catequistas —agentes de la pastoral— estaban pen­sados en función de una iglesia local, laica, autónoma, indoameri­cana con ministros propios para el pueblo aymara. Según las ne­cesidades específicas de la pastoral del continente se buscan hoy otros servicios a la comunidad cristiana. Sintetizo con una cita:

«Dentro del ministerio presbiteral en América Latina, se esboza un pluralismo en varios sentidos. En cuanto al grado de dedica­ción al ministerio. En cuanto a la formación —universitaria o puramente apostólica— que reciben. En cuanto a estar ligados a una comunidad concreta o itinerante. En cuanto al ejercicio de trabajos profanos. Respecto al grado o forma de compromiso temporal. Para muchos, en cuanto al celibato, etc…» (Folleto CLAR: Información teológica y pastoral sobre América latina, p. 74). Estas reuniones de catequistas intentaban lo más impor­tante pastoralmente.

Junto a ellas había programadas unas visitas a las comunida­des aymaras. La mayoría de las visitas no se hicieron por falta de tiempo.

Continuábamos, también, centralizando nuestra actividad pas­toral en el centro parroquial, el pueblo de los Wirajochas, alrededor del gran templo y de la casa del gran Tata Kura.

Otra preocupación más eran las grandes fiestas de estos cen­tros, los pueblos. Un amigo decía que la atención a las fiestas de los pueblos «era el precio a pagar para continuar trabajando con las comunidades aymaras».

De toda esta amalgama pastoral tan compleja partí yo después de dos años a una opción más personal. Necesité dos años para descubrir otro plan y madurar mi opción. Me decidí en dos días, después de haberme provocado el sacerdote que me acompañaba.

Qué descubrí en este plan pastoral

Las sorpresas son frecuentes en mi vida. Una de ellas en toda mi trayectoria en Bolivia ha sido ir trasladando una iglesia al pueblo aymara e ir descubriendo al mismo tiempo su ineficacia evangelizadora, a pesar de todos los buenos y grandes esfuerzos. Esto me llevó a enjuiciar, ya desde aquí, la labor misionera de la Iglesia que conocí allí.

Siempre me intrigó la actitud resignada y a veces indiferente del indio, a todo lo que le llegase de fuera. De haberse encontrado con Cristo sería un pueblo libre. ¿Por qué no llegó todavía a pesar de algunos esfuerzos? A ver si puedo encontrar los fallos de esos esfuerzos.

En el hombre aymara hay una vivencia religiosa, puesta al ser­vicio de unas necesidades sentidas por él mismo o proyectadas sobre él según los intereses particulares del que hace la proyec­ción. Su experiencia religiosa la vive y la expresa en un área ne­tamente natural, pero en niveles distintos.

Un primer nivel natural-animista. En él se relaciona con sus Achachila, Pachamama y Ajayunaka por intermedio del Yatiri. Un segundo nivel seudo-cristiano, de Imágenes-santunaka, Sa­cramentonaka-Ritos servidos por el Tata Kura. A través de estos dos niveles mantiene una relación de temor con un poder divino tirano y caprichoso, al que ya está acostumbrado y que no le molesta excesivamente. Esta vivencia religiosa le hace imper­meable a todo intento un poco serio de evangelización en nom­bre de Cristo.

Todos nuestros planes pastorales rebotaban en él como pe­lota sobre roca. Lo nuestro no le atraía excesivamente. Tal vez fuésemos nosotros culpables al hacer nuestro plan pastoral sin una previa encarnación en su sensibilidad de pueblo agrícola.

La Conferencia Episcopal Boliviana reunida en Aiquile, ma­yo, 73, definió programáticamente su línea pastoral en estos tér­minos: «La solución no es sólo buscar sacerdotes. La solución misionera a nuestro alcance, con las fuerzas que ahora tenemos, parece más bien: hacer nacer la Iglesia en grupos humanos, hacer comunidades cristianas apostólicas; de ellas saldrán los ministros para los servicios que les correspondan, también para su dilatación misionera. No se trata tanto de buscar personas a poner en nuestras instituciones para que funcionen como lo pen­samos, sino que las personas que viven el Evangelio hagan na­cer la Iglesia en el corazón de los hombres para realizar y mani­festar la comunión. Dios, que da el crecimiento, dará a estas comunidades que ya viven la comunión, los ministros que nece­sitan, hasta llegar a la celebración eucarística, expresión más fuerte de la Iglesia y la comunión. En ningún momento la Iglesia es tanto Iglesia como cuando celebra la Eucaristía». Es un pro­grama bonito como canto de alondra, que no se hace oír todavía por los campesinos aymaras.

Esa solución misionera intuida en Aiquile quizá la dificulta­sen nuestros planes pastorales indecisos, expresión de otra super-estructura pastoral en línea misionera. Tengo la impresión de que aquellos planes pastorales aplastaban el alma india y alienaban al catequista, que no entraba a planificar con nosotros. En una de nuestras reuniones pastorales un diácono aymara, ante la perspectiva de abandonar todos los sacerdotes y religiosas de la zona, tuvo miedo de quedarse solo y aplastado por nuestro montaje misionero. El que un catequista se pareciese más a nos­otros que a su hermano indio de comunidad era un peligro cons­tante.

Con el tiempo fui enjuiciando nuestros planes pastorales, como medios para justificar actitudes misioneras y la ayuda eco­nómica extranjera.

Creemos que la Iglesia es misionera por naturaleza; pero pocas veces llegamos a encarnar el Evangelio en nuestra propia vida para luego explicitarlo con nuestras palabras. Toda palabra, también la de Dios en nuestra boca, dirigida a un grupo desde fuera de su sensibilidad, empobrece, aliena y daña. Para liberar hay que estar liberado; para redimir hay que sentirse redimido Una evangelización a distancia, que no llega a encarnarse en los sentimientos del pueblo a evangelizar, está hecha para justificar el modo de vida del evangelizador o de la institución eclesiástica que le envía y le respalda. No creo que eso sea un fruto auténtico de la naturaleza misionera de la Iglesia de Cristo. Necesitamos desintoxicamos de tantos prejuicios misioneros acumulados so­bre nosotros en el correr de la historia. Habrá que terminar con el ir a conquistar aún en nombre de Cristo.

En esta perspectiva las misiones católicas habrán sido progra­madas para hacer justicia a la estructura eclesiástica en vez de servir a los pobres que necesitan de Cristo. El hombre occidental llega con sus planes, programas, plata, cálculos, números, años de servicio, fotos, agrandando su archivo con los resultados, y ya se cree eficiente y justificado. Busca la eficacia, pero puesta a su servicio.

Por el contrario, el indio pierde su tiempo en un saludo, en unas palabras, en un contacto directo, en un trabajo juntos, en un momento de descanso, o acogiendo al otro. Por eso, con la prisa del misionero por bautizar al mayor número de infieles, el indio nunca fue evangelizado; sino manipulado como un dato útil a tener en cuenta en las estadísticas misioneras de la Iglesia.

Aplicar todas estas observaciones al equipo que me recibió entre ellos y a su plan misionero es injusto y desagradecido; y me abstengo de hacerlo. Pero más allá de mi pequeña zona de trabajo pude observar una doble actitud en algunas actuaciones misioneras. Por un lado pretendían evangelizar al pobre; querían ser la Iglesia de los pobres; de los marginados. Por otro, no su­frían con los débiles y permanecían con el poder, al que también servían. Arturo Paoli tiene algo de razón al escribir: «Muchos que se presentan como evangelizadores, no evangelizan, porque no han descubierto a «los otros», poniéndose valientemente de su parte. La diferencia está sólo en que los evangelizadores han mirado con misericordia, con compasión, con «bondad» a aquellos que los grandes miran con altanería, con violencia, con codicia» (Arturo Paoli, La perspectiva política del Evangelio de Lucas, p. 80).

Por qué hice mi opción

Hubo un momento en que ya no era capaz de continuar preso en la estructura parroquial y tampoco en el sistema que habíamos implantado, yendo de reunión en reunión sin tiempo suficiente para quedarse con el campesino. Rompí y planifiqué mi actividad desde otra perspectiva en colaboración con los catequistas. Partí de esta vivencia religiosa: «El aymara, consumidor de productos religiosos, que le proporcionaba yo, igual que cualquiera otro tendero del lugar». Quería llegar a una Iglesia localizada en un grupo humano, que encontrase a Cristo presente donde dos o tres fuesen capaces de reunirse en su nombre. De este modo no necesitarían trasladarse de lugar para visitarlo en el templo o en la casa del cura del pueblo.

En el intento pastoral así intuido, contaba con la colabora­ción de los catequistas, a quienes iba a dedicar lo mejor de mi tiempo e ilusión tanto en el centro parroquial como en las comu­nidades aymaras. Opté, pues, por reducir mi área de trabajo, que­dándome en un solo centro de veinte comunidades campesinas. Eran todavía demasiadas y terminé trabajando solo con aquellas que mostraban algo de interés y designaban uno o dos posibles catequistas. Nunca pasé de ocho comunidades visitadas. Sin prisa por querer convertir a todos, dispuse de más tiempo para unos pocos.

Al hacer esta opción me quedé solo, sin compañero, porque no había quien me acompañase. Dos meses antes de comenzar este nuevo tipo de vida, me preocupaba no tener a quien desear los buenos días tan pronto como me levantase de la cama.

Me quedé solo, porque quería la amistad del campesino aymara; quería ser su hermano. De haberme faltado el entusiasmo de los catequistas y la acogida cariñosa de las comunidades ayma­ras, me habría hundido en el intento. Terminé siendo un símbolo entre ellos, sin pretenderlo. Comenzaba a ser más aymara que vecino del pueblo.

El equipo de sacerdotes y religiosas en cuya zona continuaba mi actividad pastoral me advirtieron que uno solo no evangeli­zaba. Para una misión así, se necesitaba un equipo que significase la Iglesia que enviaba y era enviada. Tenían razón. Pero en mi caso particular les faltaba conocimiento del pueblo aymara y al mismo tiempo descubrían el fallo de toda la programación pas­toral de aquel momento. Ellos proyectaban un equipo numeroso ambulante. Un equipo de seis agentes de la pastoral, formado por dos sacerdotes, dos religiosas —ninguno aymara— y dos ca­tequistas aymaras en una comunidad india se parecería a una tormenta de piedra sobre un viñedo en julio. El campesino es un hombre tranquilo, con una vida diaria llena de rutina, lenta y con sus ritmos propios. El campesino aymara lo es mucho más. El equipo estremecería esa vida sedentaria sin ayudarla a crecer. Aquel equipo se volvería un proyecto precipitado y brusco en la vida calmada de aquel campesinado.

Había aún otro condicionamiento en el equipo en formación. Se volvería incapaz de romper la ligazón afectiva existente entre sacerdotes y religiosas para entrar en una verdadera comunión de sentimientos con el hombre aymara.

Sin embargo, Cristo envió de dos en dos, y nunca a uno solo. Un hombre solo no hace Iglesia, como una golondrina sola no hace verano. Entonces ya era consciente de ello. Por este motivo, quise formar equipo evangelizador con los catequistas. Sabía también, que iba a un pueblo bautizado, y de algún modo era ya Iglesia. Intenté entonces que esa Iglesia incipiente se autoevange­lizase en contacto con el Cristo del Evangelio. Descubrí así que debía seguir un proceso lento de acercamiento, incorporación y encarnación en la Iglesia aymara, que me iría evangelizando y convirtiendo al mismo tiempo.

Los Hermanitos del Evangelio y los Hermanitos de Jesús de Carlos de Foucault influyeron también en mi opción. Llegar al corazón de un pueblo es lento y forzosamente largo. Este proceso de identificación y encarnación de la mística de Carlos de Fou­cault «amigo de los hombres» lo continúan hoy las fraternidades postfoucaultianas en ambientes marginados y secularizados. Allí también hay una.

Durante una semana de reuniones con los catequistas de mi centro hicimos nuestro plan pastoral. El pimer paso era descen­tralizar la parroquia y reducir la importancia que el templo del pueblo de vecinos había tenido hasta entonces. Se abrirá sólo los segundos y cuartos domingos de mes, concentrando en esos dos días toda la atención sacramental a la zona en atención a la gran masa bautizada.

El núcleo de nuestro proyecto continuaba siendo las reunio­nes de catequistas en el centro parroquial. Nos reuníamos las tardes de los sábados anteriores a los segundos y cuartos domin­gos de mes. El domingo los catequistas colaboraban conmigo en atender a los que sentían alguna necesidad religiosa.

La semana siguiente a esos dos domingos me iba a una comu­nidad de lunes a viernes desapareciendo del pueblo y según un calendario fijado con ellos. Mi deseo era ayudar a nacer una co­munidad cristiana en cada comunidad humana aymara. En estas comunidades el catequista era normalmente rechazado. Entonces buscaba con mi rol de Tata Kura reconciliar la comunidad con el catequista y viceversa, poniéndome al servicio de ambos y apo­yando al catequista, que carecía de importancia ante ellos por ser indio entre indios. Quería así que fuese naciendo la comunidad y su ministro en una mutua relación de ayuda, amor y autocontrol. Durante mi permanencia en la comunidad vivía con una familia. Durante el día hacía como ellos, y por la noche nos reuníamos una o dos horas en reflexión sobre sus costumbres a la luz del Evangelio. Solían ser más o menos libres. El viernes salía física­mente cansado, pero psicológicamente fortalecido.

Regresando un día de una comunidad, con la mochila a cues­tas y acompañado de un palo para caminar, me encontré con un patrón blanco montado en su caballo y la escopeta clavada en la montura. Nos saludamos, y me pidió que lo acompañase a su hacienda para bautizar, casar y misar. Tuve que responderle que no acostumbraba a visitar una comunidad aymara acompañado de su patrón. Entonces empezó a hablarme del abandono en que yo tenía el templo y sus santos. Cuando le dije que no me había hecho cura para cuidar paredes ni santos de barro o madera, se sorprendió. A continuación me informó de todos los rumores que corrían sobre mí. Que si era protestante, evangélico; que si… Intentó continuar entreteniéndome; pero yo me sentía cansado, permaneciendo de pie junto a aquel antiguo profesor sentado en su caballo. Le invité a visitarme en mi casa para tomarnos al­gunas botellas de cerveza y poder hablar con calma. Me prometió hacerlo; y lo hizo algunos meses más tarde, acompañado de otros para echarme; y me echó de allí.

El medio ambiente en que me movía era pobre. A ese medio debí adaptar mis métodos de trabajo, pensados también para ser utilizados por el catequista en sus reuniones de comunidad. Me valía de un N. T. en aymara, un cancionero aymara, un pizarrón, el dibujo, la pregunta, láminas, recortes de revistas, dinámicas de grupo y fotolenguaje.

Qué descubrí en esta opción más personal

Había dado mis primeros pasos por el camino del abandono, del ir dejando cosas y casas. Forzosamente había de llevarme a una ruptura, a un enfrentamiento, a un sufrimiento, quizá a la derrota y a la muerte. La última no se produjo físicamente.

Esta opción por el campesino aymara me hizo descubrir una mayor y más profunda necesidad de conversión de toda mi vida al Evangelio. No podría permanecer mucho tiempo entre ellos sin Cristo. Sabía que no contaba con la fuerza de un partido político que me respaldase, ni con la eficacia convincente de las armas, ni con el poder del dinero. Sólo era un pobre hombre ilu­sionado con Cristo y empeñado en compartirlo con el otro, tan distinto de mí como el campesino aymara del Altiplano boli­viano. El riesgo era grande. Cada paso que daba por acercarme al pueblo aymara, sentía que me acercaba también a Cristo. Sin Cristo no hubiera podido avanzar hacia los aymaras y menos aún quedarme con ellos. Llegué a unir la fidelidad a Cristo con la fidelidad a los aymaras. En esta situación recordé muchas veces estas palabras de San Vicente de Paúl: «Il faut se donner á Dieu… pour servir les pauvres».

Sé que también necesito de los demás para vivir. A pesar de todo no soy un solitario. Para bien o para mal tengo necesidad de los otros. Al sentirme solo en aquel ambiente tuve que salir de mi casa e irme a las comunidades aymaras para convivir con ellos. Sabía que si no les amaba de verdad no podría continuar allí. Ellos también me ayudaron, porque sentí que les alegraba mi presencia. El camino para amar es saberse amado. Y nadie ama como los pobres cuando son amados. Me acogieron y me amaron, porque quería amarlos como amigos y hermanos.

Hasta ese momento no había descubierto los sentimientos del corazón aymara por falta de tiempo. No me había sentado aún junto a él para que pudiese comunicarse conmigo. Supe entonces que si ese hombre aymara no me sensibilizaba, nunca sabría sintonizar con él; si no me evangelizaba no acertaría a hablarle de Cristo. Aprendí también que Cristo necesitaba del corazón de los pobres y sencillos para amarnos a lo pobre.

El hombre aymara que descubrí era distinto del que ya cono­cía. En su comunidad se revelaba hombre libre, cariñoso, autó­nomo, responsable, acogedor. En el pueblo parecía cobarde, sumiso, halagador, pordiosero, molesto. También reaccionaba así en el templo. En su comunidad se sentía seguro con su casa, su esposa, sus hijos, sus animales, sus tierras. En ese ambiente suyo de comunidad aparecía yo como marginado, más alienado y necesitado de él, sin casa, sin esposa, sin hijos, sin animales, sin tierras, sin nadie y sin nada. Y él podía acogerme, me acogía y yo se lo agradecía, ya que entre ellos era yo el pordiosero. El y yo pudimos descubrir que el Padre de la Iglesia Católica no era el redentor, el libertador, el salvador. Este liberador surgía desde dentro del indio como deseo, vida, verdad, fuerza, compañero, amigo. Este Cristo encarnado en ellos me interpelaba también desde ellos. Llegué a sentir junto a mí a un aymara noble, sufrido, acogedor, compasivo, sincero, amigo, compañero, comunicativo, atento, servicial, callado.

Ese campesino aymara amigo me convenció de que el pobre es capaz de vivir a plenitud y en comunidad el Evangelio. Era un colaborador entusiasta, responsable y alegre si se sabía moti­varlo descubriendo sus intereses. Cerca de mi parroquia un grupo misionero italiano levantó un hospital, llamado Aymara, para los aymaras. Sin embargo, el campesino aymara se mostraba des­confiado y permanecía alejado del hospital; apenas entraba por sus puertas. Por el contrario, visité comunidades aymaras muy in­teresadas en todo tipo de cursillos. Ellos mismos los organizaban y querían mi colaboración en su misma comunidad. Esto me hizo saber que una comunidad en su proceso de liberación llegaba a descubrir sus necesidades y encontraba el camino para solucionar sus problemas. Sólo hacía falta esperar sin precipitación y a su ritmo.

Sin embargo, el proceso de conversión evangélica es más que un programa humanamente realizable. El folleto de CLAR, antes citado se pregunta: «¿Qué significa llevar al latinoamericano a un cristianismo de conversión, de fe personal? ¿Qué significa aquí la conversión? Supone varios cambios personales, pero no es nin­guno de ellos aislado. Supone por de pronto un cambio de ideas, de ideología, de sistema intelectual… Hay además un cambio psicológico, es decir, de centro de interés en la vida. Antes los valores centrales eran el dinero, el trabajo, el prestigio… Ahora hay un deslizamiento hacia los religiosos, la caridad, la persona de Jesucristo. Un cambio moral o de costumbre. Se abandonan vicios, rencores, se lucha contra el egoísmo. Se pasa de la «moral de vergüenza» a la moral del pecado. La conversión cristiana incluye eso y es más que eso. Es un cambio de orientación de la vida. Es visualizar todo en Jesucristo y actuar en referencia a El. Es ver el mundo y sus tareas al mismo tiempo relativizadas y dignas de mayor compromiso» (F. C., p. 59). Algunas páginas después este folleto, con la autoridad que le asiste, vuelve a afir­mar: «En América Latina el Evangelio no es visto ni aceptado como un absoluto ni como una exigencia total y existencial» (F. C., p. 94).

Sería ingenuo por mi parte, si ahora defendiese que todo hombre aymara se dejaba concientizar fácilmente por el Evange­lio, personalizando su fe en Jesucristo. No era tan fácil la tarea. Recuerdo a una anciana moribunda que quería confesarse y no nos pudimos entender. La confesión para ella era curarse de sus dolores físicos. Terminó echándome de su lado. Me encontré por todas partes muchos opositores católicos y tenaces, que re­chazaban el Evangelio por ser —según ellos— un escrito de curas. No era palabra de Dios. No creían, aunque estaban bautizados, y se burlaban de los que tomaban el Evangelio seriamente para convertirse. La conversión evangélica todavía hoy continúa siendo un don de Dios, y nadie está seguro de esa conversión, de ser un convertido ya; ni siquiera la misma Iglesia de Cristo. Sólo algunos pocos entienden esto.

Qué quedó después

Por todos los medios a mi alcance me propuse llegar a una Iglesia católica encarnada en el pueblo aymara. Deseaba que aquella iglesia de rostros morenos sintiese, viviese y expresase su entrega a Cristo en indio. Pero no lo logré. Puede que aún se esté lejos de alcanzarlo. Ahora me preocupa que el lento proceso aymara de acercamiento a Cristo sea frustrado por la precipita­ción y por la falta de cuidado. Continúa necesitando hombres de fe, que le acompañen en su duro caminar con el Señor.

Mi mejor amigo aymara, el joven Gabino Quispe, me dijo en agosto del 75: «Si te vas, se harán todos protestantes; y nuestro trabajo sólo les habrá servido a ellos». Me vine y no sé si son ya protestantes. De todos modos, católicos o no, algo quedó en aquel ambiente, que también fue mío. Comienzan a saber que son hom­bres libres, iguales a los otros blancos; y que no deben esclavi­zarse a nadie. Les queda la esperanza de un futuro mejor, hecha carne y hueso en algunos hombres sensibilizados evangélicamente.

Una tarde los blancos del pueblo encarcelaron al catequista Gabino Quispe. El estaba solo y tuvo miedo. Lo tuvieron preso una tarde, una noche y una mañana. Sólo lo soltaron cuando tres campesinos reclamaron su libertad y después de firmar, coaccionados, un documento para el Ministerio del Interior y en contra de mí. Al otro día, la comunidad lo envió a encontrarse conmigo y caminó todo el día hasta toparme. Su visita dio origen al informe que envié al arzobispo de La Paz, causa de mi salida. Este joven catequista, reflexionando sobre este acontecimiento suyo, se expresaba así: «Me sentía un palito tirado en el camino, que temía ser pisado por los que pasaban, ya que podía romperse. Pasaron, lo pisaron y no se rompió. Y el palito se sintió más fuerte y se alegró, porque no se había roto».

La parroquia quedó descentralizada al cerrarse el templo del pueblo, inutilizado para todo acto litúrgico. Los catequistas y sus comunidades pidieron un período de tres a cuatro años para su reapertura. Durante ese tiempo habrían de darse signos claros de un cambio de actitud en los llamados «vecinos». Debería pro­ducirse una reconciliación con los campesinos aymaras para un reencuentro en el templo, signo de la comunión del Pueblo de Dios, peregrino en este mundo. Pero los del pueblo presionaban sobre el obispo para abrirlo lo antes posible. No sé si lo habrán logrado ya.

Todos aquellos acontecimientos también dejaron en mí su huella. Me convencí de que es humanamente imposible recon­ciliar al que oprime y al oprimido entre sí. La Iglesia lo intentó siempre y continuará intentándolo. Hasta hoy lo hizo cediendo a la presión de los fuertes y aumentando el dolor de los débiles, porque aún no ha podido prescindir del poder constituido.

Sin embargo, nuestra Iglesia se siente enviada al mundo para predicar a todos la conversión al Evangelio. Luego son los ricos los que se sientan en ella, y los pobres quedan fuera. Se ha olvidado la Misión de Jesús proclamada en Nazaret: «Me envió a traer la Buena Nueva a los pobres, a anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los opri­midos…» (Lc IV, 18). Y se ha olvidado eso, porque el demonio del poder nos ha convencido de que también los ricos quieren convertirse al Evangelio, y tal vez más que los pobres. Pero los ricos no sienten necesidad de Cristo. Cristo para ellos es un pa­satiempo, o en el mejor de los casos algo que contribuye a su felicidad o a calmar sus conciencias, interpretado desde la pers­pectiva de los pobres, la gran mayoría del mundo.

La marginación del hombre del Altiplano boliviano me ha convencido de que es imposible reconciliar al rico y al pobre, mientras el rico no deje de serlo. El utópico Arturo Paoli escribe: «La liberación de los pueblos ricos está en manos de los pueblos pobres. En esta hora trágica del mundo, es urgente que surjan evangelizadores que miren finalmente a los ricos, a los opresores, con la mirada de los pobres. Sólo esto puede liberarles. No se evangelizarán jamás los pobres si se les mira con los ojos de los poderosos, aun cuando fuesen ojos de misericordia, de bondad y de dulzura. Sólo se evangelizará a los ricos, mirándolos con los ojos de los pobres y denunciándolos con su mirada, con la dig­nidad y la conciencia de ser verdaderamente los otros… Todas las decisiones que puedan tomar quienes tienen la responsabilidad de anunciar al Cristo, serán inútiles y frustrantes sin este cambio radical de perspectiva, sin la aceptación de que el poder de de­cisión, la iniciativa de la salvación, viene de los pobres y de los oprimidos. No basta para expresar este cambio de óptica la sim­patía platónica y la camaradería fácil; es necesario asumir la his­toria de los pobres, sus fatigas, su silenciosa paciencia» (A. P., o. c., p. 89-90).

Un miembro solitario de la C. M.

Tuve momentos nada fáciles en Bolivia. Pero los días más tensos fueron del 26 de julio a la noche del 7-8 de noviembre. Durante estos tres meses largos, tomé decisiones, que me des­cubrirían luego no integrado en el proceso que había iniciado año y medio antes. La más importante la hice los primeros días de agosto. En un momento de lucidez vi que debía irme con los campesinos aymaras a una comunidad para permanecer unidos ante los blancos. Esta decisión me exigía entonces romper con todo mi pasado. Tuve miedo y retrocedí buscando el apoyo de la jerarquía eclesiástica reconciliadora, de la que me sentía tam­bién parte, para que nos apoyase en el enfrentamiento protago­nizado por los no indios. Ese fue mi error. Había sobrevalorado la estructura eclesiástica y en ella me había sobrevalorado a mí mismo. La noche del 7-8 noviembre esa jerarquía me pidió que me retirase y me retiré. En realidad ya me había retirado antes en agosto.

También pesaba sobre mí el estar solo. Psicológicamente me desconcertaba la falta de otro u otros compañeros que conti­nuasen el camino iniciado por mí. Es un síntoma más de mi falta de integración en aquel proceso.

A pesar de todos mis buenos deseos no me había encarnado en el pueblo aymara. Era bastante más difícil de lo que me había imaginado al comienzo. Estos descubrimientos han sido mo­mentos duros en mi vida. Y sobre todo en esos momentos sentí necesidad de la comunidad. Pero mi comunidad evangélica de la que formo parte estaba lejos.

Las comunidades evangélicas motivadas por el Evangelio y no por evasiones o impotencias, viven visiblemente lo absoluto de Dios y la radicalidad del Evangelio, convirtiéndose en levadura de sus comunidades eclesiales. Viven de la esperanza y proyec­tadas hacia el Reino futuro, que intentan hacer presente ya, encarnadas en una comunidad eclesial. Las comunidades evangé­licas son carismas de Dios para situaciones difíciles de su Iglesia. De ahí que deberían estar presentes en situaciones humanamente difíciles, casi imposibles.

Cuando esta comunidad evangélica pierde el sentido abso­luto de Dios, se convierte en ghetto, en algo artificial y margi­nado en sí mismo, en círculo cerrado para masoquistas y sádi­cos; o de lo contrario es digerida por la sociedad de consumo, diluyéndose en ella. «La vida consagrada —dice el documento de la CLAR—, como estilo evangélico en contraste con los «valores humanos», debería ser protesta y profecía en medio de sociedades que buscan formas más humanas, libres y fraternales» (D. C., p. 77). Deberían estar más presentes y más encarnadas en el tercer mundo que en los países superdesarrollados. A veces no entiendo las comunidades evangélicas hechas a imagen y seme­janza de los países ricos en que viven encarnadas. Tampoco en­tiendo aquellas comunidades religiosas, dulcemente vividas en sí mismas, que evitan la molestia del otro, porque les inquieta, si invade sus refugios. Las comparo a las tres tiendas que Pedro quiso levantar sobre el Tabor, cuando la Transfiguración de Cristo.

En cuanto a nuestra comunidad opino sinceramente que se mueve fuera del área de renovación propia de nuestra funda­ción; fuera, por tanto, de la experiencia vivida por San Vicente de Paúl. Cada vez me gusta más la actitud realista y exigente de Vicente de Paúl entre tanta juerga renovadora y folklórica. El es el hombre que más directo lleva a encarnarse en el mundo cam­pesino.

En esta hora de América Latina tanto Medellín como las dis­tintas Conferencias Episcopales latinoamericanas han hecho ya sus declaraciones pastorales programáticas. Sin embargo faltan todavía los medios necesarios para encarnar todos esos buenos deseos en el hombre latinoamericano con la urgencia del momento presente. Allí aún continúa siendo la hora de Vicente de Paúl, hombre de acción, fe y prudencia.

Un final

En un atardecer de luz rosa sobre el Lago Sagrado de los In­cas, el Titicaca, me reunía en Carabuco con las Hijas de la Ca­ridad para la Eucaristía. Eran mis últimas tardes de Altiplano aymara. Una de las lecturas decía: «Los hijos de Israel empezaron otra vez a quejarse. Decían: «¿Quién nos dará carne para co­mer? ¡Cómo echamos de menos el pescado, que comíamos gratis en Egipto, y los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! Aquí, en cambio, ya no tenemos ganas de vivir»… Moisés oyó llorar y reclamar al pueblo y le dijo a Yavéh: «¿Es que te he desagradado para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo ? ¿Acaso he concebido a todo este pueblo y lo he dado a luz? ¿Y ahora tendría que llevarlo en mi regazo como lleva la nodriza al niño de pecho, hasta la tierra que prometiste a sus padres ? ¿De dónde voy a sacar carne para dársela a todo este pueblo, que me llora diciendo : Danos de comer? No puedo cargar yo solo con todo este pueblo, es demasiado pesado para mí. Si me tratas así, prefiero que me mates, si es que realmente me quieres, antes que seguir viviendo en estos apuros»» (Núm XI, 5-15).

En aquel momento de la lectura me sentí aludido en este pasaje. Estaba cansado y sin saber por donde tirar. Me confortó descubrir en el gran Moisés un momento psicológico parecido. Trabajar para que un pueblo asuma responsablemente su destino no es nada romántico; resulta muy duro y a veces se llega también a desear la muerte.

Se busca en esta cultura occidental cristiana y capitalista una opción por el campesino empobrecido. En este grupo humano del que somos parte, el poder económico sólo invierte en áreas ren­tables, que le proporcionan mayor beneficio. Esclaviza al hom­bre sometiéndolo a un salario injusto e injustamente repartido. Lo valora en cuanto puede ganar un sueldo y lo obliga a exhibirse para probar que vale, porque tiene. Crea así el «hombre econó­mico». El que no entre en esta perspectiva, porque no puede o no quiere, queda marginado, desposeído, devaluado y debilitado. El campesino y su área sufren esta marginación. Tendrá que saberlo el que opte por el hombre del campo, ya que su opción va en contra de todos los valores establecidos por la sociedad de consumo y se condena a quedarse marginado. Debe ir, además, sin poder, sin valer y sin tener, para que el campesino pueda recibirlo en su casa y ayudarle a ser más persona.

En esta nueva encarnación podrá experimentar el momento psicológico de Moisés antes recordado. Llegará a sentir cansan­cio, deseos de huir, y aún deseos de muerte. Pero no hay otro camino. Es el camino de la cruz de Cristo.

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