3º Domingo de Cuaresma (reflexión de Julio Suescun, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

CREDITS
Author: Julio Suescun, C.M. .
Estimated Reading Time:

Destruid este templo y…

Las lecturas de hoy proponen un cambio de mentalidad sobre la religión, sobre las relaciones que el hombre ha de mantener con Dios. La religión cristiana no nace del miedo a una fuerza superior, sobre humana, ni se cumple como sometimiento a una serie de preceptos insoportables que nos esclavizan. No está puesta al servicio de los intereses mercantilistas del hombre. Nace del amor y está al servicio del plan salvador de Dios para toda la humanidad.

Los hombres del Antiguo Testamento entendieron que el Dios de la alianza les había dado  por medio de Moisés una ley, el decálogo, en el que las dos tablas les recordaban los deberes para con Dios, en la primera tabla, y los deberes para con el prójimo, en la segunda. Lo entendemos mejor los hombres del Nuevo Testamento cuando oímos a Jesús decir que los dos mandamientos del amor compendian toda la ley y los profetas.  Además San Juan escribió que en realidad se trata de un solo mandamiento, porque a Dios no se le puede amar sin amar al hermano.

Los judíos, sobre todo desde la salida de la esclavitud de Egipto, siempre pensaron en dedicar a Dios un lugar en el que encontrarse con Él,  darle culto, expresarle su amor, darle gracias y pedirle perdón por haber quebrantado su ley. Primero fue «la tienda del encuentro», con un espacio reservado, en exclusiva, al sumo sacerdote; luego construyeron «el templo» con espacios más amplios para el pueblo, pero quedando excluidos de ellos los gentiles, que no pertenecían al pueblo de Dios.  La purificación del templo que emprende Jesús va más allá de retirar los puestos de los comerciantes, que después de todo prestaban un servicio al culto al proporcionar los animales para los sacrificios y facilitar la moneda para las compras. Lo que anuncia Jesús es la necesidad de otro templo, de otro espacio para vivir las relaciones con Dios y para vivirlas de otro modo. Así que «destruid este templo y en tres día lo levantaré«.

El nuevo templo del que habla Jesús, es su propio cuerpo resucitado, su Iglesia que «es en Cristo como sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Vaticano II, GS,42). «Cuando se levantó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho» (Evang). En este nuevo templo, el Cuerpo de Cristo resucitado,  cada uno de sus miembros, cada cristiano, es a su vez templo del Espíritu Santo. Animado por el Espíritu, el cristiano viene a ser instrumento de la gracia de Dios, cada uno según el don recibido del Espíritu. Y todos juntos llevan adelante a obra de Dios en la Iglesia. Este signo se manifiesta en debilidad.  También Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los griegos, es para los llamados fuerza de Dios y sabiduría de Dios (2ª lect).

En los templos materiales se reúne la familia de los hijos de Dios. Lo que se recuerda, se vive y se celebra en ellos, ha de hacerse acción salvadora de Dios al servicio de la nueva fraternidad que hay que conseguir. Aun siendo importantes obras de arte, los templos materiales no sirven si en ellos no se reúne la familia de los hijos de Dios, la asamblea de los llamados, la Iglesia convocada para ser presencia de Cristo resucitado que continúa realizando en el mundo la salvación de los hombres.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *