Chistophe Delaunay (1634-1659)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín. · Year of first publication: 1898 · Source: Vincentiana.
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Biografias PaúlesChristophe Delaunay, hermano coadjutor. Nacido en Haute Chapelle, diócesis de le Mans; recibido en la Congregación de la Misión, a la edad de diecinueve años, el 4 de octubre de 1653.

El hermano Christophe Delaunay, «niño tímido, humilde y dulce«, al decir de san Vicente, dio un hermoso ejemplo de valor que contó el propio Santo a la Comunidad, en la repetición de oración del 13 de noviembre de 1656.

Ese día, dice el Compendio de las Conferencias, el Sr. Vicente dio la señal para hacer acercarse a él a la Compañía como se hacía para repetir la oración de ordinario: «Es, les dijo, para comunicarles una gracia que Dios, por su bondad infinita, acaba de hacer a algunos de la Compañía a fin de darle gracias; y por otra parte para decirles el desastre sucedido a otras personas.

«Yo recibí ayer por la tarde una carta que me escribe el Sr. Boussordée, en la que me informa que el barco que debía partir rumbo a Madagascar, y en el que él debía ir, ha naufragado, y fue de este modo: Saben el fuerte viento que hizo al día siguiente a Todos los Santos. Ese día, hallándose los Misioneros ya embarcados, dijeron la misa en el barco que estaba en la rada, y les costó trabajo a causa del viento. Al día siguiente que era el día de los Difuntos, la tempestad aumentó y para evitar el peligro, se hizo bajar el barco hasta colocarse frente a Saint-Nazaire, en el gran río de Nantes. Estos señores, que tenían deseos de celebrar ese día, salieron del navío y se fueron a Saint-Nazaire, que está a un cuarto de legua de allí, para decir la misa. Pero al regresar no vieron a nadie que les quisiera llevar hasta el barco, porque la tempestad era demasiado fuerte, no atreviéndose los marineros a exponerse con aquel temporal.

«Pues, he aquí que por la noche, hacia las once, la tempestad en crecida empujó el barco hasta un banco de arena donde se partió. Sin embargo Dios da el instinto y la idea a algunos del barco de hacer como un cadalso: se trata de unas planchas que ataron unas a otras, dieciséis o diecisiete personas se pusieron encima, a merced del mar y de la misericordia de Dios.

De estos dieciséis o diecisiete personas era nuestro pobre hermano Christophe Delaunay, quien con el crucifijo en la mano comenzó a animar a sus compañeros que estaban con él: «Ánimo, les decía, tengamos una gran fe y confianza en Dios, esperemos en Nuestro Señor, él nos sacará de este peligro». Y comenzó a extender su manto para hacer de vela, el cual tal vez dio para que se lo sujetaran del otro extremo, y llegaron a tierra de esta suerte. Dios por su bondad y particular protección los libró del peligro en que estaban y llegaron a tierra, todos vivos, menos uno que murió de frío y del miedo que había pasado en este lance.

«¿Qué diremos de esto, Señores y hermanos míos, si  consideramos la gracia que Dios ha hecho a los de la Compañía de sacarlos de este naufragio, acaso  no estarían de acuerdo en que en que Dios tiene una protección especial de la pequeña Compañía? Y esto, Señores,  es lo que la debe animar  cada vez más  a darse a su divina majestad de la mejor manera que le sea posible para llevar a cabo su gran obra,  pues, ay, en Madagascar, ¿quién pensaba en ello? No admiran la fuerza del espíritu de Dios en este joven, nuestro buen hermano Christophe, que es por cierto el joven más humilde y más dulce que yo conozca; ahí le vemos, con el crucifijo en la mano, que grita a sus compañeros para animarlos: Ánimo, esperemos en la bondad y misericordia de Dios, y él nos sacará de este peligro. No es él, Hermanos míos, quien lo ha hecho, es Dios quien actuaba por él. Pero después de todo, aunque los Misioneros hubieran muerto a la cabeza de todos los que estaban allí, hay motivos de pensar que hubieran sido felices de morir en el propósito de servir a Dios a la cabeza de sus ovejas; ya que todas aquellas gentes les estaban encomendadas en lo espiritual durante toda la navegación«.

Se supo luego que se salvaron 34 personas en este naufragio, 16 en la balsa de la que se hace mención con el hermano Christophe, y diez que estaban en tierra, entre los cuales los dos Misioneros. Todos los demás, 130 personas, perecieron con el barco.

El hermano Christophe Delaunay fue entonces enviado a la casa de le Mans y se declaró preparado para embarcarse de nuevo para la misión peligrosa pero deseada de Madagascar. San Vicente se lo comunicaba con edificación a toda la Comunidad en la conferencia del 30 de agosto de 1657: «Este buen chico, decía, me escribe con tanta ingenuidad, que os prometo que me ha enternecido su carta; me dice pues que pide con frecuencia a Dios  que le conceda la gracia de hacer siempre su santa voluntad y me añade que a veces se pregunta: ¿Dónde prefieres la voluntad de Dios, aquí o en Madagascar? Y os confieso, Señor, me escribió,  que me parece que prefiero en Madagascar, y no aquí. –Por lo demás, añadía el santo, es una especie de martirio la de exponer su vida, atravesar los mares por el solo amor de Dios y la salvación del prójimo, ya que, si bien no es  mártir realmente, al menos lo es por la voluntad, pues se abandona todo; se está expuesto a no sé cuántos peligros; y de hecho, los santos que han muerto en el exilio a donde fueron enviados por la causa de Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia los tiene como mártires«.

El hermano Christophe se embarcó en 1658 para la gran isla africana; tuvo un segundo naufragio en el que fue recogido por un barco holandés, cerca del cabo de Buena Esperanza. Se había ganado el afecto del capitán con su dulzura, que éste apenas podía separarse del buen hermano, por lo que refiere san Vicente. Al regresar a Francia fue destinado a la casa de Saintes (1658); ignoramos la fecha de su muerte.

 

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