China (1900)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Año publicación original: 1900 · Fuente: Anales españoles, 1900.
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I. Noticias recientes

Después de los acontecimientos mencionados en el último número de nuestros ANALES (pág. 456), a saber, desembarque de las tropas aliadas y la toma y bombardeo de Takou, el 17 de Junio, tuvo lugar la toma de Tien-Tsin, verificada el 14 de Julio.

Pasadas muchas angustias y recibidas las noticias da muchos desastres, se supo al fin que las tropas aliadas habían entrado en Pekín, a causa de los hechos de armas del 14 y 13 de Agosto, y que los Misioneros de Pé-Tang habían sido puestos en libertad el día 16 del mismo mes.

El Ilmo. Sr. Favier y el Sr. Boscat mandaron entonces, por medio de telegramas, algunas reseñas. He aquí el telegrama del Sr. Boscat:

(Shanghai, 3 de Septiembre.—D’Addosio, Garrigneh Doré, Chavanne, Sy (Bartolomé) Nié (Pedro) Sor Jaurias, dos Hermanos Maristas muertos. — Establecimientos Kao-Tcheou y Nan-Ngan arrasados. Firmado: Boscat.»

Otros dolorosos acaecimientos se han verificado en otras partes de China, que más tarde describiremos también.

II. Historia del progreso del cristianismo en China durante el siglo XIX

Todavía viven hoy algunos de aquellos antiguos Misio­neros que no pudieron entrar en China durante el primer tercio de este siglo sino disfrazados a manera de merca­deres chinos, o permaneciendo ocultos en los juncos que los transportaban en connivencia con algunos valerosos chinos cristianos.

La primera etapa de la libertad religiosa siguió a la guerra del opio, habiendo sido confirmada por el tratado Lagrenée; la segunda data desde la toma de Pekín por la armada anglo-francesa en 186o. La tercera se marcará por los trágicos sucesos de 1900, de los cuales, según esperamos, resultarán nuevas garantías para la civiliza­ción y la Religión Católica.

Como quiera que los primeros períodos se pierden ya entre los recuerdos, bastante lejanos para los lectores de hoy día, por esto creemos que con gusto leerán una relación circunstanciada y precisa de dichos aconteci­mientos:

1° La guerra del opio

Estado general; causas de la guerra.- Ya al comenzar el presente siglo se deja sentir sobre China una lucha de influencia entre Rusia e Inglaterra.

Tomamos estos pormenores de la excelente Historia contemporánea, de L. Chantrel.

Rusia, que se extiende al Norte y Noroeste de la China, mediante la Siberia, y que se ha apropiado por estos dos puntos, territorios considerables que antes estaban bajo la soberanía china, había conseguido desde largo tiempo tener crédito en la corte de Pekín, no obstante la desconfianza y perfidia de esta corte, manteniendo en la capital una misión religiosa, que era una verdadera embajada; y la, China, que estaba cerrada para todos los extranjeros, hallábase de este modo abierta a los rusos. Los ingleses no podían ver semejante estado de cosas con indiferen­cia; por esto, sin pretender conquistar la China (las difi­cultades de la conquista de la India les apartaban de esa idea), buscaban, sin embargo, en ese inmenso imperio un modo de poder introducir en él su comercio. La India sería muy pronto aniquilada, si ella sola hubiera de su­ministrar el oro que Inglaterra quiere sacar de ella; la exportación de sus productos a otros países proporciona ese oro, que al fin viene a parar en manos de los dueños del Indostán. China era un mercado harto rico para que los ingleses dejasen de trabajar en adquirirlo; así que, cuando quiso cerrar las puertas a sus comerciantes, le declararon la guerra.

China no estaba quebrantada por las agitaciones políti­cas como Europa; pero la dinastía tártara que la gobierna hállase en decadencia después del reinado de Kia-King (1795 a 182o); una secta llamada «de Nénujar» que tiene por objeto expulsar los tártaros de la China y restablecer la antigua independencia, ha ido tomando tales propor­ciones, que más tarde vendrá a ser causa de una grande insurrección. Bajo el reinado de Kia-King fue cuando adquirieron importancia las relaciones de los ingleses con China.

Comenzó entonces a verificarse en gran escala el co­mercio del opio, que la India produce en abundancia: aficionáronse los chinos a fumar con pasión esta dañosa substancia, que ejerce sobre la inteligencia efectos funestos, y concluye con gastar la salud y la vida la proporción que aumentaba la pasión de los chinos, au­mentaban los envíos de la India, acrecentando los ingle­ses sus ganancias cuanto más extendían su comercio, que tenía por resultado el embrutecimiento de todo un pueblo. En 1815 y 1817 importaron a China hasta 3.210 cajas de opio; en 1837, el número se elevó a la cifra asombrosa de 34.000, resultando un producto de más de 8o millones de pesetas. El Gobierno chino, que desde el fin del siglo pasado había dictado medidas severas prohibiendo la venta y el uso del opio, hallándose apoyado por los rusos en estas disposiciones de desconfianza con relación a los ingleses, trató de poner término a un abuso tan desastroso.

La diferencia, que había de ser causa de la guerra, tuvo origen en el reinado de Tao-Kouang (1820-1850), en 1834, en el momento en que expiraba el privilegio concedido a la Compañía de Indias de negociar con el Celeste Imperio. En esta época, el comercio, declarado libre, trajo a Canton, único puerto de China abierto a los europeos, gran número de ingleses, que su Gobierno no podía dejar expuestos al capricho y rapacidad de los mandarines. Lord Napier fue nombrado Superintendente en jefe del comercio de los ingleses en China, y se diri­gió a Canton; pero los chinos no quisieron reconocer el título de Lord Napier, quien murió sin obtener las ven­tajas que se esperaba sacar de su comisión. Renovó el Emperador las prohibiciones contra el opio, que no po­día ser introducido en China sino corno contrabando. Verdad es que se ejercía dicho contrabando casi impu­nemente, merced a la connivencia de los mandarines, que sacaban muchas ganancias de su prevaricación.

En 1838 introdujeron los ingleses en China 4.375.000 libras de opio, por valor de 100 millones de francos, pa­gados a dinero contante. Por consiguiente, el comercio prohibido arrebataba a la China sumas de consideración, al mismo tiempo que favorecía un vicio que embrutecía y enervaba las fuerzas. El Emperador Tao-Kouang, in­dignado de la audacia de los Bárbaros, que no respetaban sus leyes, resolvió poner fin a dicho abuso, y mandó a Sin (Liun-tsé-sin) a Canton como Comisario imperial, con amplios poderes para ejecutar sus órdenes.

Guerra del opio (1839-1842).- El Capitán Eliot venía siendo Superintendente inglés desde 1836. a fines de Marzo de 1839 se vio de repente encerrado con los ex­tranjeros en las factorías de Canton y amenazado de muerte por los soldados y la población, hasta que en­tregó a las autoridades todo el opio que se encontraba a bordo de los navíos ingleses que se hallaban en las aguas de China; 22.000 cajas de opio nada menos les entregó el mismo Capitán Eliot, lo cual causó tal indignación al Gobierno chino, que se negó a toda clase de satisfacción por una violación tan manifiesta del derecho de gentes (7 de Junio de 1839).

No podía Inglaterra sufrir semejante estado de cosas, a no ser que renunciase a su influencia en China; así que, después de agotar todos los medios de conciliación, resolvióse a la guerra, apareciendo en las riberas de Can – ton, el 28 de Junio de 1840, una escuadra conduciendo una armada de desembarque. De este modo un puñado de europeos iba hasta las extremidades del mundo a combatir con un imperio que contaba por lo menos dos­cientos millones de habitantes. Sostúvose la guerra con vigor, El 24 de Julio se apoderaron los ingleses de la isla Chusan(rcheonchan), sobre la costa de Tché-Kiang, al Sudeste del Nankin, y el 11 de Agosto Eliot entraba en las aguas del río Pei-ho que lleva a Pekín. El Empe­rador, espantado, pareció querer entrar en negociacio­nes; los ingleses volvieron a Canton, impusieron a la ciudad una contribución de 26 millones, en la inteligen­cia de que iba a restablecerse la paz; mas los chinos úni­camente trataron de paz para que los ingleses se aleja­sen de su capital y les diesen tiempo de prepararse para la defensa.

Grande es la deslealtad china; por esto hubo que com­batirla con nuevos golpes. Sir Henrique Pottinger fue nombrado Lord Comisario y Plenipotenciario de la Reina Victoria en China; el Almirante Parker recibió el mando de la escuadra, siendo nombrado Sir Hugh Gough Jefe de las tropas de desembarque. Preparáronse los chinos para una vigorosa resistencia. El Emperador Tao-Kouang pu­blicaba las más insultantes proclamas contra los Bárbaros de Occidente y hablaba de enviar una armada de 300.000 hombres para conquistar Inglaterra. Estas fanfarronadas no impidieron que los ingleses se apoderasen sucesiva­mente de Amoy 6 Emoy, plaza que consideraban los chi­nos como inexpugnable, de Chusan, de Chang-hai, de Ning-po, de Chin-Kin-fou, etc., hasta el punto de pre­sentarse sus buques el 6 de Agosto de 1842 delante de Nankin. El Emperador Tao-Kouang se vió obligado a reconocer la superioridad de los Bárbaros y a entablar ne­gociaciones formales, que fueron continuadas por el mi­nistro Ky-ing. El 26 de Agosto firmaron los chinos el tra­tado de Nankin, en virtud del cual los puertos de Can- ton, Amoy, Fou-Tchou-fou, Ning-po y Chang-hai abrié­ronse a los ingleses, quienes consiguieron, además, la isla de Hong-Kong, en la bahía de Canton, la organización de los derechos de aduana, la admisión de los Cónsules de su nación en los cinco grandes puertos del Imperio, la completa igualdad de los dos Gobiernos en sus relaciones oficiales, y una indemnización de 120 millones por gas­tos de guerra.

En cuanto al opio, no se trató nada ¿n el convenio; pero Inglaterra, victoriosa, extendió su comercio, aunque no pudiese hacerlo sino a manera de contrabando; desde el año 1845 los ingleses introdujeron en China cuarenta mil cajas de opio, que les produjeron más de cien millones de francos, y este tráfico odioso lo van aumentando todos los años.

Embajada francesa en China; Tratado Lagrenée.- El Gobierno francés, que había mirado con bastante indife­rencia la guerra de los ingleses con China, procuró apro­vecharse de los derechos que daba a los extranjeros el Tratado de Nankin. Habíanle ya precedido en esto lo:, Estados Unidos, pues el 3 de Julio de 1844 ajustaron un Tratado de comercio con China. El Sr. Guizot, Presi­dente a la sazón del Consejo de Ministros, siguiendo su ejemplo, envió una Embajada, cuyo jefe era el Sr. de Lagrenée, que a su vez concluyó también, en Wampoa, el 24 de Octubre, un Tratado especial con los Plenipoten­ciarios chinos, en el cual se estipularon los convenios del Tratado inglés. Mas el Embajador de Francia no se con­tentó con estipular las ventajas del comercio, sino que ob­tuvo además tres edictos imperiales a favor de los Misio­neros católicos y de los cristianos, que eran perseguidos desde muchos años atrás. El primero de dichos edictos permitía a los chinos abrazar la Religión (Católica) cris­tiana, la cual fue declarada, no sólo tolerable, sino recomendable; el segundo edicto declaraba como señal del cristianismo el culto de la cruz y de las imágenes; el ter­cero mandaba se restituyesen las iglesias construidas des­pués del reinado de Kang-Hi (muerto en 1722), excepción hecha de aquellas que hubiesen sido convertidas en pagodas edificios públicos. No hay duda de que el Gobierno chino no estaba dispuesto a cumplir los susodichos decretos, y que no tardaría en comenzar la persecución; pero los cris­tianos Misioneros se aprovecharon con diligencia del triunfo de paz; se crearon cuatro Diócesis nuevas, y Fran­cia obtuvo un documento oficial que le concedía el derecho de recibir reclamaciones y defenderlas en caso necesario con la fuerza. Las negociaciones del Sr. Lagrenée honran al mismo tiempo al Gobierno francés y al diplomático, sinceramente católico, que las llevó a tan buen término.

2º Guerra anglo-francesa contra la China y la toma de Pekín en 1860.

Poco después de concluido el tratado de Nankin, a sa­ber; en 1845, estalló en China una insurrección, la de los Ta7-ping, que pretendían echar del trono la dinastía tártara, para colocar en él un Príncipe de las dinastías nacionales. Dicha insurrección, que en un principio se desarrolló poco a poco sin llamar la atención de Europa, se halló bastante poderosa para elegir un emperador en el Kouang-si en 185o, el año mismo en que Hien-foung sucedió a su padre el Emperador Tao- Kouang, ha­biendo así a la vez dos Hijos del Cielo. La insurrección se extendió en 1852 hasta Canton, y en 1853 era dueña de Nankin, segunda ciudad del Imperio. Estás guerras intestinas aconsejaban a los chinos que cumplieran con fidelidad los tratados concluidos con los europeos; pero ellos no tuvieron está táctica y prudencia, sino, por el contrario, dieron muerte a muchos Misioneros; y el Vi­rrey de Canton, Ici, detuvo un navío que llevaba ban­dera inglesa (6 de Agosto de 1856). Uniéronse al ins­tante Francia e Inglaterra para tomar venganza de estas injurias; apoderáronse las fuerzas aliadas de Canton (28 de Diciembre de 1857), hicieron prisionero a Ici, pasaron el Pei-ho, destruyendo las plazas fuertes construídas sobre las riberas de este río (2o de Mayo de 1858), avanzando hasta Tien-Tsin, poco distante de Pekín, ca­pital del Imperio.

Entonces cedió el Gobierno chino. El 26 de Junio firmó un Tratado con Lord Elgin de parte de Inglaterra; el 27, con el Barón Gros, de parte de Francia. Estos dos Trata­dos concedían a las dos potencias occidentales el dere­cho de tener un Embajador en Pekín; además debían los chinos abrir cinco nuevos puertos para el comercio euro­peo, y garantizar la libertad del ejercicio de la religión cristiana en todo el Imperio.

Pero los chinos sólo firmaron dichos Tratados para ga­nar tiempo. El cambio de las ratificaciones debía verifi­carse en Pekín en el término de un año. Cuando los en­viados de Francia e Inglaterra se presentaron enla embo­cadura del Pei-ho para dirigirse a Pekín, se les rehusó la entrada en el río (25 de Junio de 1859), y el Almirante James Hope, que intentó forzar el paso, fue atacado por el fuego de los fuertes de Takou, viéndose obligado a re- tirarse (25 de Junio). Una tal violación de los Tratados no podía quedar impune. Inglaterra envió 23.000 hombres a las órdenes del general Grant, y Francia 12.000, manda­dos por el general Cousin Montauban Al momento las fuerzas aliadas comenzaron sus operaciones, siendo for­zada la embocadura del Pei-ho y tomados los fuertes de Takou, no obstante los 70.000 chinos que los defen­dían (20 de Agosto de 1860). Quisieron de nuevo los chinos entablar negociaciones, pero pronto se vio que procedían de mala fe.

Se continuó avanzando hacia Pekín; el 21 de Septiembre el general Montauban arrolló a 25.000 chinos atrin­cherados en Palikao; el 6 de Octubre las tropas aliadas  se hallaban a la vista de Pekín, y el 7 ocuparon la Granja del Emperador, cuyas riquezas se repartieron los soldados, y los ingleses la pegaron fuego, teniendo en cuenta los crueles tratamientos, que habían hecho sufrir a los miembros de la Embajada, hechos prisioneros por los chinos en un tumulto. Ya se iba a poner cerco a Pekín, cuando los chinos súbitamente se sometieron, y el 13 de Octubre los aliados entraron en la capital.

Cantóse un Te Dewn en la Catedral católica de Pekín, abandonada hacía ya veinte años, para celebrar la victo­ria alcanzada por los soldados de Francia a 6.000 leguas de su país. Confirmáronse los tratados de Tien-Tsin (24 y 25 de Octubre), restituyéronse los lugares religiosos a los cristianos, abriéronse tres nuevos puertos, y, final­mente, estipulóse una indemnización de guerra de 6o mi­llones de francos, que se pagarían a cada una de las dos Potencias. Los ejércitos aliados evacuaron a Pekín el I.° de Noviembre.

El año siguiente murió el Emperador Hien-foung, y tuvo por sucesor un niño de siete años, Chi- siang o Toun-tchi (22 de Agosto de 1861), que reinó bajo la tu­tela del Príncipe Kong, su tío; cuyo gobierno pareció fa­vorable a los europeos. Como los chinos observaban por entonces los diversos Tratados, el Gobierno pidió’el auxi­lio de los aliados contra la rebelión de los TaY-ping. El Hijo del Cielo se encontró de este modo protegido por los Bárbaros de Occidente. Muchos hechos de armas hicieron ilustre esta alianza de China con Francia e Inglaterra; entre otros, bastará decir que el Almirante francés Protet fue muerto en medio de una victoria conseguida atacando una población defendida por los TaY-ping (7 de Mayo de 1861). Desde esta época la rebelión se fue debilitando más y más, perdiendo a Nankin en el mes de Julio de 1863, pudiendo darse casi por concluida en 1865. Pero a dicha rebelión sucedió otra, que, si bien no amenazaba direc­tamente a la dinastía actual, llegó a turbar la tranquilidad del país, y que pudo ser ocasión para que el in) pe rio perdiera algunas provincias. Está rebelión provino de los musulmanes que están extendidos por toda la China (sólo en Pekín se cuentan de ellos zo.000 fami­lias), constituyendo la mayor parte de las poblaciones en las provincias occidentales, como el Turkestán chino y la Dzungaria. Los nuevos sublevados, que llevaban el nombre de Nien-fei, se hicieron casi independientes en el Turkestán; sublevaron la Dzungaria, y en los primeros meses de 1865 ocuparon casi totalmente las provincias de Kan-sou y de FIo-nan. El General chino San-Ko-lin­sin pereció en una batalla, que les dio (25 de Junio de 1865). Estos sucesos y reveses, que por largo tiempo perturbaron a la China, debían servirle de lección y obligarla, al menos, a tratar bien a los europeos, cuyos auxi­lios podían serles necesarios, como lo habían sido en la insurrección de los TaY-ping.

Últimos acontecimientos

En la relación que a continuación copiamos, el Ilustrí­simo Sr. Favier expone las causas y, estado de los acon­tecimientos presentes:

«Cuando la dinastía tártara de los Tsing — dice — se apoderó de China, los partidarios de la dinastía china de los Ming, atacados de nuevo en el Sur, se defendieron aún por espacio de más de treinta arios, sometiéndose por fin los pueblos meridionales, pero como por fuerza, a sus vencedores. Ya desde entonces no han descuidado jamás ningún medio para sacudir de sí el pesado yugo bajo el cual gemían, y para establecer de nuevo la anti­gua dinastía, echando afuera, a las llanuras de la Mand­churia, a la que, según ellos, había sido usurpadora. Di­vididos en numerosas sectas secretas, tales como la de los Nenitpliars (blancos), la de los Ayunadores, la de los Grandes Cuchillos, las de los Protectores del Imperio y mil otras, se unen solamente a un tiempo dado para ir contra el enemigo común: el tártaro. A esto se reducían las revueltas de los primeros reinos; y sin detenernos más en enumerar otras muchas que estallaron en los mis­mos, llegamos a ver a este gran partido, en 186o, elegir un emperador llamado Tien-ouang (rey del cielo), apode­rarse de Nankin y constituir una nueva corte. Además pretendían aliarse con los europeos, para cuyo logro co­locaron en sus estandartes la cruz y protegían a los cris­tianos; pero los europeos juzgaron más prudente, más re­gular y más ventajoso sostener al Hijo del Cielo y la corte de Pekín.

Los europeos apagaron, en los años que se sucedieron, las revoluciones que en ellos fueron estallando, y en la guerra con el Japón hubieran podido los japoneses llegar a Pekín sin la menor dificultad, pues a su paso no se les oponía ninguna fuerza de considerable resistencia.

Tenían preparadas de antemano nada -menos que dos mil carretas para trasladar a las provincias más lejanas del Oeste la corte, y el último emperador de la dinastía tártara hubiera sido reemplazado probablemente o por una dinastía japonesa o por una china, si no lo hubieran impedido tres grandes potencias con su intervención.

El emperador Kouang- su continuó por entonces rei­nando con paz relativa, perturbada solamente por las mismas sociedades secretas de que hemos hablado ya. El partido de la dinastía de los Ming, que eran una ramifica­ción, viendo que todas sus derrotas anteriores eran debi­das a la intervención de los europeos, cambió de táctica, y así se declaró tanto más radicalmente hostil a los euro­peos y a los cristianos, cuanto que el emperador trataba de protegerlos, naciendo de aquí la persecución y asesi­natos de Misioneros, entre los cuales se hallaban dos alemanes; esto dio motivo a que el Emperador Guillermo enviase sus naves y tropas de desembarco , las cuales tomaron posesión de la bahía de Kiao-tcheou sin disparar un tiro ni dar previo aviso. El gobierno chino, culpable de la muerte de los Misioneros, aunque de una manera muy indirecta, pues que había sido comprometido por los revolucionarios, juzgó la conducta de Alemania en este acto como un paso poco premeditado

Su primera idea fue, pues, defenderse, y para este fin mandó venir de Kan-sou cerca de 25.000 hombres de tropa disciplinada; dos meses después llegaron a las fron­teras de Tche-ly; pero para este tiempo se había firmad, ya un tratado con Alemania, y las tropas de Kan-son se vieron obligadas a permanecer en sus cantones. Durante su viaje se decía ser llamados para pelear contra los europeos, y en verdad era así; pero a su llegada sr había mudado ya de pensar; lo cual no dejó de producir una grande conmoción entre el pueblo.

La toma de Kiao-tcheou fue la señal de un cambio completo en la política europea; estableció el sistema de la compensación, expresión muy original, pues que por ella se da a entender la toma de una porción de terreno chino en compensación de otra tomada ya anteriormente por el vecino. Entiéndase como se quiera, el caso es que cada una quería tomar su parte. Rusia se presentó a ocupar el Port-Arthur; Inglaterra, para apoderarse de Ouei-hai -ouei, hizo una demostración naval delante de Ta -Kou.

Por temor de un desembarco inesperado, el Gobierno chinó dispuso que las tropas que estaban en Kan-sou sr colocaran entre Ta-kou y Pekín; pero, como la primera vez, llegaron también ahora, después de firmado ya un tratado.

Durante este tiempo de revueltas, China, minada por las sociedades secretas, que comenzaban a poner en prác­tica sus fechorías, y dividida por los europeos que se compensaban; vino a sufrir una espantosa revolución de parte de la corte, que originó funestas consecuencias.

Subleváronse las sociedades secretas, queriendo, como siempre, aprovechándose de estos trastornos, ir contra la dinastía; empezando la revolución, como de costum­bre, por las provincias meridionales, comenzando las de Kouang-si y de Kouang-tong, estallando luego en las de Su-Tchuen, la de Hon-nan y la de Chang-tong y aproxi­mándose cada vez más a Pekín.

Los gobernadores de provincias, no sabiendo a quién obedecer, dejaban que se propagara el incendio sin opo­ner obstáculo alguno. –

En este conflicto pregúntase uno: El partido de la Em­peratriz, siempre tan fuerte, ¿lo será en adelante? ¿Acaso el partido vencido, afiliado secretamente a las sectas re­volucionarias y apoyado por una nación, rival de otra más astuta y prudente, querrá sostener la dinastía tár­tara? Nada cierto hay sobre esta cuestión.

Los alemanes ponen por pretexto de la ocupación del puerto de Kiao- tcheou la necesidad de vengar la muerte de sus Misioneros y la protección de los cristianos; de donde se sigue que si en China no hubiera ni Misioneros ni cristianos, no irían apoderándose de ella las potencias europeas, y de aquí el odio  y rabia contra los inocentes que no giman parte en manera alguna en los negocios políticos. No es fácil prever el fin que tendrán estos tras­tornos religiosos, salidos de Kiao-tcheou, como en otro tiempo salieron todos los males de la caja de Pandora».

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