China 1900 (segunda parte)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

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Autor: Sr. Javier · Año publicación original: 1900 · Fuente: Anales españoles, 1901.
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Diario

Las últimas noticias que os he podido enviar de Pekín estaban fechadas el 30 de Mayo. Permitidme que os escriba hoy una breve relación del terrible sitio que hemos tenido que sostener en Petang, hasta el día en que Dios Nuestro Señor nos ha concedido la libertad.

Miércoles 30 de Mayo.— Hoy tenemos pruebas de que los boxers son secundados por el Gobierno chino y las tropas regulares, pues acaban de incendiar por sí mismas los establecimientos del camino de hierro. El Tsong-ly-ya­men trata de diferir el envío de las tropas; mas los Minis­tros europeos se mantienen firmes, respondiendo que si no quieren dejar libre el camino de hierro vendrán a pie. Desde las nueve hasta las once de la noche, se ven algunos pe­queños globos rojos lanzados por los boxers atravesando la ciudad: son señales de reunión; los soldados chinos aca­ban de hacer nueva provisión de municiones.

Jueves 31 de Mayo. — Mi Vicario general, Sr. Guilloux, a quien había yo llamado, vuelve a partir con el Sr. Capy para Tien-tsin. ¿Podrán llegar a la estación? No sabe­mos. Se dice que el camino está interceptado por los sol­dados. Nos llega un telegrama del Sr. Dumont a las diez: «¡Siete aideas más de cristianos incendiadas!» Poco des­pués del medio día recibo una carta del Embajador en que me dice que ha sido necesario que desplegase con su colega de Rusia una energía poco común, para obtener que los marinos franceses y rusos desembarcados anoche en Takon, subiesen a Pekín por el ferrocarril. A las tres y me­dia, uno de nuestros amigos mandarines nos viene a ver, diciéndonos que la Emperatriz no puede resistir a la co­rriente antieuropea, y que los mandarines conciliadores son depuestos o hacen dimisión. a las tres y media han partido de Tien-tsin para Pekín 75 franceses, 75 rusos, 75 ingleses, 40 italianos, 22 japoneses y 6o americanos; se les espera esta noche.

Viernes 1 de Junio.— Nos llegan de todas partes re­fugiados; nuestras Misiones de Patcho quedan destruidas casi totalmente. El bravo Sr. Lou Gregorio se ha quedado el último en su Residencia, y ha podido escapar de los bo­xers huyendo. Han sido asesinados Hermanos de San José y niños de la Santa Infancia. El Embajador de Francia viene a vernos a las nueve y media, anunciándonos, la llegada de treinta marinos que entran, en efecto, en el Pe-tang a las diez, acompañados de casi todos los franceses de Pekín. El Tsoung-ly-Yamen había dicho «que las tropas estaban destinadas a la sola guarda de las Embajadas». Mas el se­ñor Pichón nos ha traído él mismo casi la mitad de su des­tacamento. ¡Que Dios se lo pague! El Sr. Guilloux nos te­legrafía a media noche que llegan refugiados en gran nú­mero de Pa-tchoo a Tien-tsin, y que el río acarrea nu­merosos cadáveres de cristianos asesinados.

Sábado 2 de Junio.—Colocamos guardias por todas par­tes; el Alférez del barco, D. Pablo Henry, que manda a los marinos, es un joven de 23 años, tan piadoso como bravo, un verdadero bretón. Las noticias de Tien-tsin son malas: hasta los establecimientos europeos están en peligro. Los ingenieros han dejado la ciudad de Pao-ting-fou, y los mandarines quisieron igualmente hacer partir a nuestros herma­nos europeos, pero ellos rehusaron, diciendo que deben per­manecer en medio de sus cristianos hasta el fin. ¡Que el Se­ñor los proteja!

Domingo de Pentecostés, 3 de Junio.—Habiéndome dele­gado el Soberano Pontífice para ofrecer a la Emperatriz una carta y un regalo de su parte, tenía indispensablemente que cumplir esta misión de confianza. Su Majestad, por no encontrarse en la Corte, había designado al Príncipe Tsing para recibirme en su nombre, lo cual ha hecho hoy a las dos en su palacio. Este Príncipe estaba rodeado de sus altos Mandarines: carta y regalo fueron remitidos con todo el ce­remonial imperial y aceptados con grandes demostraciones de respeto y reconocimiento. Había yo redactado además un memorial para la Emperatriz, en el que le exponía nuestra situación actual, y pedíale protección para nuestros cristianos y castigo para los boxers. El Príncipe tuvo a bien encargarse de ello, y yo supe que al día siguiente este me­morial había sido remitido a S. M.

Lunes4 de Junio.  Habiendo examinado el Pe-tang nuestro comandante, parécele imposible que pueda defen­derse sólo con 30 hombres, pues tiene cerca de 1.400 me­tros de muralla. Se decide que, en caso de ataque violento en demasía, todos se reúnan en la iglesia, y se prepara el plan de defensa. Aquí somos, además de 70 europeos, com­prendiendo a las Hermanas y Hermanos, cerca de 1.000 cristianos y como 2.200 mujeres y niños.

Á la una recibimos la visita de algunos señores de la Le­gación, que nos dicen que hay que retirar a los 15 soldados enviados a Nan-tang, como sacrificados a una muerte cierta por la imposibilidad de una defensa eficaz. ¿Qué va a ser de nuestros hermanos, las Hijas de la Caridad, las Hermanas de San José, los Maristas y tantos cristianos que habitan en esta Parroquia en caso de ataque? ¡Dios los guarde! a las seis de la tarde se arma una veintena de cristianos para ha­cer la guardia; el peligro aumenta.

Martes 5 de Junio.—Desde la mañana he telegrafiado al Superior General que en Pekín y en Tien-tsin el peligro es extremo para todos. Un telegrama del Sr. Guilloux nos anuncia muchos incendios y no menos numerosos asesina­tos de cristianos; aquí todos trabajan en las barricadas; pre­páranse lanzas y auméntanse las provisiones. El Embajador de Italia envía a las seis de la tarde I0 de sus marinos para defender el establecimiento de las Hermanas que per­tenecen a la Santa Infancia, y en donde se encuentran mu­chas Hermanas italianas. A las siete y media el mandarín de la ciudad viene a verme y me dice: — «Nada tienen ustedes que temer; los boxers no se atreverán a atacar el Pe-tang».

Este gran Mandarín puede que sea sincero; pero, por mi parte, su aserción me parece absolutamente falsa.

Miércoles 6 de Junio. Multiplicamos los medios de defensa. Sabemos que la Emperatriz ha enviado a dos miem­bros del Gran Consejo para detener a los boxers por la persuasión. Esto es completamente inútil.

Jueves 7 de Junio.—Estamos construyendo una torre para proteger el muro de la parte del Este de nuestra Re­sidencia. Voy a las Embajadas, en donde queda aún alguna esperanza, porque acaba de publicarse un nuevo decreto imperial mejor que los precedentes. En cuanto a mí, yo no me hago ilusiones acerca de esto, y no ceso de repetir que es inminente un nuevo ataque. A las ocho, los Ma­ristas de Cha-la vuelven a entrar en el Pe-tang.

Viernes 8 de Junio.—Están ardiendo aldeas en todas partes, multiplicándose los incendios durante la noche. Por todas partes se oyen detonaciones de fusil, y todos alarma­dos pasamos la noche en vela.

Sábado 9 de Junio.—Aparecen en el K’ou algunos bo­xers. (Este «K’ou» es la parte Norte del gran Parque, del cual el Emperador nos ha dado la parte Sur para construir nuestro Pe-tang.) Voy otra vez a los Consulados, de donde no ha desaparecido aún del todo el optimismo. La Empe­ratriz vuelve a entrar en la ciudad con su corte y da un nuevo decreto muy enérgico. El Gobernador mismo me escribe que ha recibido una, orden especial de proteger las iglesias de Pekín; casi no cuento con ello; antes bien, tengo para mí que los boxers se desbordarán por todas partes.

Domingo .ro de Junio. —Telegrafío hoy a París, porque temo que ya no lo podré hacer más tarde; en seguida voy a las Embajadas, en donde reina una gran inquietud a causa de la rebelión de los soldados del General Toun-fou­ruang. Nuevas tropas han partido esta mañana de ‘Tien­tsin bajo el mando del Almirante Seymour; se espera ver­les aquí mañana; los boxers todos se han salido de la ciudad; los soldados regulares están sobre la muralla con la artillería. A las ocho queda cortado el telégrafo entre ‘Ten-tsin y Pekín, así como entre Pekín y Pao-ting-fou. Estos hechos son de mal agüero; será maravilla que nos puedan llegar los recursos.

Lunes 11 de Junio. Desde lo alto de nuestra iglesia vemos arder las residencias de verano de los europeos en las colinas del Oeste. A las nueve y tres cuartos pasan con su estandarte muchos boxers el lago de la muralla de la Ciudad Amarilla; serios temores; todos están en su puesto. Parto, a pesar de esto, a las Legaciones; hay más ánimo en todos; espéranse los destacamentos del almirante Sey­mour y numerosas tropas, porque los almirantes han reci­bido la orden de enviar todo lo que está consigo tan luego como el telégrafo fuera cortado; y ya lo está. El Príncipe Toan, jefe mayor de los boxers, y algunos altos Mandari­nes, sus amigos, acaban de ser nombrados miembros del Tsong-ly-yamen. a las cinco de la tarde el Canciller de la Legación japonesa, al ir al encuentro de las tropas espe­radas, es asesinado cerca de la puerta del Sur por los sol­dados de Teun-fon-sian, los cuales forman causa común con los boxers y quieren impedir a todo europeo salir de Pe­kín o entrar en él.

Martes 12 de Junio. Los boxers incendian hacinas de paja contiguas a la casa de las Hermanas de Cha-la. Una nueva alarma seria hizo tomar las armas a las siete de la noche, pero no tuvo consecuencias. Media hora después nos escribía el Sr. Pichón que los nuevos miembros del Ya-men habían ido a verle, que habían estado muy obse­quiosos y que el almirante Seymour entraría en la ciudad sin dificultad alguna. ¡Quiera Dios nuestro Señor que las palabras de los Mandarines sean sinceras; pero no podemos persuadirnos de ello!

Miércoles 13 de Junio. —El general Toun-fou-sian está en plena rebelión; los cristianos de Pekín dejan sus casas, siendo tres de entre ellos asesinados en la ciudad china por los boxers. Sabemos por los Consulados que el Almirante Seymour pernoctó ayer con sus tropas en Lang-fou: esta aldea está aún a 6r) kilómetros de aquí; la vía férrea ha sido destruida; apenas nos atrevemos a esperar que pue­dan llegar las tropas. a medio día recibimos la noticia de que el cementerio francés está completamente quemado y destruído, habiendo sido asesinados el guarda, su esposa é hijos. Mala noche; no se ven ni se oyen más que incen­dios y gritos de muerte por algún tiempo en todas partes; las mujeres se refugian en la iglesia.

A las nueve y media vemos arder nuestra bella iglesia de San José en Toung-tang. Hacia las diez, ruidos sinies­tros; óyese a los boxers que dan la voz de mando al Oeste de nuestro establecimiento. A las once dos cristianos de Toun-tang nos confirman el incendio de este monumento. Estamos en continua vela hasta la mañana, porque suenan por todas partes las trompas de los boxers.

Mueves 14 de Junio. Solemne día del Corpus. A las ocho de la mañana vemos de lo alto de la iglesia al Toung-tang que está ardiendo, y otros muchos incendios. Ya no podemos comunicarnos con nadie; las puertas de la Ciudad Amarilla están cerradas y custodiadas por las tropas del Príncipe Toan. AAlas once y media la antigua Catedral de la Inmaculada Concepción en Nan-tang, la Residencia, el Colegio, el Hospital, el Orfanatorio, todo es presa del fuego; ¡qué espectáculo tan horrible!

Á la media noche numerosos tiros de cañón y fusil hacia el Sur; ¿llegará, por fortuna, el Sr. Seymour?.. Gritos de mueras de los boxers alrededor nuestro: «¡Cha, cha, matemos, matemos!!! ¡Chao, chao, incendiemos, incendiemos!!!

Todos siguen en pie hasta las dos de la mañana; después los gritos van disminuyendo y los boxers parecen alejarse.

Viernes 15 de Junio. Las Hermanas todas esperan la muerte; ahora van a fortalecerse con el Sagrado Pan de los fuertes; las mujeres y niños se refugian en la Catedral.

A las ocho sabemos por un cristiano escapado que los Misioneros, Hermanos, Hermanas é Hijas de San José de Nan-tang están en seguridad en las Embajadas. Un desta­camento de voluntarios, tan audaz como abnegado, ha ido a salvarlos ayer a la una de la mañana. a las once y media descubrimos la torre de Nuestra Señora de los Dolo­res, en Si-tang, cuyos ladrillos están enrojecidos por el fuego; todo absolutamente está quemado. A las tres re­gresa un correo enviado por nosotros a la Legación, tra­yendo una carta del Sr. Pichón y otra del Sr. de Addo­sio, Párroco de Nan-tang: «Ninguna noticia de los desta­camentos; combate con los boxers. Se nos asegura que el Sr. Garrigues, Párroco de Tun-tang, ha sido muerto; mu­chos cristianos se han refugiado en el palacio del Príncipe Sou, al Norte de los Consulados».

A las seis recibimos la noticia, demasiado cierta, de que el Sr. Doré, Párroco de Si-tang, ha sido asesinado. A las siete una muchedumbre innumerable de boxers cerca el Sur, Este y Oeste de nuestros establecimientos. Media hora después se oyen sus horribles gritos; vamos a ser atacados sin remedio.

Las Hermanas y todos sus niños vienen a la Catedral, en donde se encuentran ya 1.80o mujeres y niños, locos de miedo. Era la hora crítica: los boxers llegan por el Sur, a las ocho menos cuarto; su jefe, a caballo, es un lama o un banzo; precede una inmensa bandera roja, rodeado de jó­venes boxers, después de haber sufrido las encantaciones,

vestidos igualmente de rojo. Queman palos de olor; ha­cen postraciones a la entrada de nuestra calle del Sur; en seguida avanzan en montón. Los marinos de nuestra puerta mayor los dejan acercar hasta estar a 200 metros; en seguida descargan sobre ellos una salva nutrida que echa por tierra a 47 de esos que se decían «invulnerables» y ha­cen huir a los miles de boxers que seguían. Se sale a todo escape, trayendo cinco sables y una lanza. Los boxers re­chazados pegan fuego inmediatamente a las casas que nos rodean del lado del Sur. Nosotros somos preservados por Dios Nuestro Señor, que hace cambiar al viento su direc­ción en favor nuestro; por lo demás, mantas mojadas, bombas, nada había sido puesto en olvido para secundar la acción de la Providencia.

Los boxers, furiosos por el mal resultado, a cuyo espec­táculo había concurrido el populacho en número de 10.000 personas prontas a saquear, hasta después de media noche, redoblaron su camorra y sus feroces aullidos, pero no se atrevieron a atacar de nuevo.

Esta primera acción seria, que tuvo por resultado mani­festar la cobardía de nuestros enemigos, nos dio esperanza. Los cristianos, a quienes habíamos acabado por armar con cerca de 500 lanzas, tenían también siete u ocho malos fusiles; llenos de valor por este primer resultado, prometen velar con los marinos sobre los 1.400 metros de muralla.

Sábado 16 de Junio.—Sabemos por un fugitivo la cons­tancia admirable de muchos cristianos asesinados fuera de la puerta P’ing-tzé-men, de los que ni uno solo ha querido renegar de su fe; ¡esto es muy consolador! Poco después de medio día, de nuevo alarma seria; gritos de los boxers; llegada de los soldados regulares que guardan la puerta de Si-hoa; están, evidentemente, no para defendernos, sino para atacarnos. Amenazan de muerte a nuestro procurador de granos si nos da la menor provisión. Hacia las cuatro y media se declara un voraz incendio en Tsien-men; los boxers, después de haber quemado todas las casas de los cristianos, queman ahora las tiendas donde venden algunos objetos de Europa.

A las cinco regresa un correo enviado a la Embajada, sin traer la menor noticia acerca del Almirante Seymour. A las siete y media, todos en su puesto; más de trescientos soldados y muchos boxers están rodeando nuestra Residencia; las Hermanas y los cristianos pasan aún otra noche en la Iglesia. Un decreto imperial, publicado en el Diario, da a conocer oficialmente a toda la China que las iglesias de Pekin han sido pasto de las llamas.

Domingo 17 de junio.–De dos a tres y media de la ma­ñana, muchos cañonazos y tiroteos del lado de las Emba­jadas; hacia las diez, los boxers y las tropas nos bloquean completamente. Sin embargo, un cristiano, que se ofrece incondicionalmente, parte y nos trae una nota del señor Pichón: «En Tsien-creen han sido incendiadas más de dos mil casas, de las cuales 26 eran grandes Bancos chinos». Noche muy alborotada: vense en todo nuestro derredor los boxers y sus fuegos.

Lunes 18 de Junio. —Nos fortificamos contra algún ata­que que podría darnos la artillería, porque han conducido muchos cañones al Sur de nuestros establecimientos. El mismo Príncipe Tuan sabemos que no está lejos. A las cuatro y media llegan en vehículos muchos boxers, prepa­rándose el ataque. Dios Nuestro Señor lo impide, envián­donos una lluvia torrencial a las cinco y tres cuartos.

Martes 19 de Junio. — Un doméstico de Si-tang, des­pués de haber andado errante muchos días por la ciudad, al cabo llegó a nosotros y nos contó que el Sr. Doré mu­rió quemado en su cuarto con una veintena de cristianos; que no quiso servirse de sus armas. Algunos días antes, este valeroso Padre me había dicho:

—Excmo. Sr.: si soy atacado, ¿puedo servirme de mi fusil? — Sin duda—le respondí;—esto es permitido en caso de legítima defensa.

—Pero — añadió — si esto fuera para defender mi sola persona, ¿no sería más perfecto no servirme de él?

—Seguramente–le dije;—morir por Dios sin defender­se, es ser mártir.

Esto es precisamente lo que ha hecho este querido her­mano.

Diez piezas de artillería en la calle se han pasado de nuestro lado. ¿Están ahí para defender el palacio, o para atacarnos?

Miércoles 20 de Junio. —Nos llega un cristiano, a pesar del bloqueo, diciéndonos que el Embajador de Alemania ha muerto al ir a Ya-men, y que los demás Embajadores han recibido orden de partir en el término de veinticuatro horas.

Jueves 21 de Junio. –(Trigésimo aniversario de los ase­sinatos de Tien-tsin.) — Un valeroso cristiano que se ofre­ció a ir a las Embajadas, vuelve trayéndonos esta pequeña nota del Sr. Pichón:

«La Legación francesa y los demás Embajadores deben retirarse a la de Inglaterra: es cierto que el Embajador ale­mán ha sido muerto y herido su intérprete. Ha sido eva­cuado ya y va ser quemado el Consulado de Austria. Se ha abandonado el proyecto de salir de Pekín; preparémonos para el último viaje; mas esperemos aún.»

Por su parte, el Sr. Darcy, lugarteniente del barco, superior de D. Pablo Henry le escribe: «Aunque haya usted recibido la orden de retirarse, siga en su puesto hasta nuevo aviso». Dios Nuestro Señor ha querido que esta orden no haya llegado jamás; de otra suerte, estaríamos todos perdidos. La situación es grave: ¿iremos, por ventura, a reunirnos con nuestros mártires de Tien-tsin? Nos prepa­ramos a todo.

Viernes 22 de Junio, fiesta del Sagrado Corazón, — Estamos completamente bloqueados, sin que ya podamos tener comunicación alguna con el exterior.

He aquí la lista de los sitiados:

Excmo. Sr. Favier, Obispo; Ilmo. Sr. Jarlin, Auxiliar; Sr. D. Colombier, Procurador general del Vicariato; señor Girón, Director de los Seminarios; Sr. Chavanne, Profesor nuevamente llegado; Sr. Gartuer, Estudiante, aún sin Órde­nes; hermano Dionisio y hermano Maés. El Visitador de los Maristas; el Superior y cuatro Hermanos de la misma Cor­poración; 22 Hermanas de la Caridad, ocho de las cuales son indígenas; 30 marinos franceses del Entrecasteaux; el Alférez del barco, del que es Jefe D. Pablo Henry; 10 ma­rinos italianos, más un Ayudante y un Alférez, Sr. Olivieri;

30 alumnos de los Seminarios mayor y menor, 900 refu­giados; 1.800 mujeres y niños; 45o niñas de las escuelas y orfanatorios; 51 criaturas de pecho; total, unos 3.420, de los que 71 son europeos.

A libra por persona cada día, tenemos víveres para más de un mes; como armamento, los 40 fusiles de los marinos, siete u ocho fusiles de todo género en manos de nuestros chinos, algunos malos sables y 500 lanzas, o más bien, 500 bastones largos guarnecidos de hierro: esto es todo. El pe­rímetro que hay que defender es exactamente de 1.360 metros.

Había yo dispuesto que se hiciese hoy la consagración del Vicariato al Sagrado Corazón; pues bien; a las seis y media, estando el Sacerdote de rodillas al pie del altar, una formidable bala de cañón vino a romper una vidriera de la iglesia en donde todos se habían reunido, y mató a una po­bre mujer. Apoderóse un pánico, por cierto bien excusa­ble, de toda la asistencia, amontonándose en las capillas y sacristías del Oeste, porque éramos atacados por el Este. Cada minuto siguen los cañonazos; evácuase prontamente la iglesia; catorce piezas Krupp tiran sin interrupción bom­bas Shrapnel del último modelo. Vuelan hechas pedazos muchas columnitas de ladrillo y de ventanas dobles; pero la cruz de mármol queda siempre en pie; la fachada de nuestra Catedral queda muy maltratada; los esquilones es­tán hechos añicos. a eso de las tres y media era tan violento el ataque, que creíamos haber llegado nuestra última hora. Hacia las cinco, un cañón ordinario chino, abocado a 300 metros de nuestra puerta principal, nos envía una granada que hace saltar una hoja.

Indignados por tanta audacia, el comandante Henry y mi Auxiliar Sr. Jarlin, llevan cuatro marinos consigo, que, unidos a treinta cristianos, se precipitan afuera después de una salva muy nutrida, apoderándose del cañón, que traen consigo, a pesar del intenso tiroteo de los fusiles. En esta acometida mueren dos cristianos quedando otros heridos. Poco después paran todos los cañones, los boxers dan ho­rribles aullidos, entregándose al incendio de las casas de nuestros vecinos del Sur; no hacen más, porque este día han cedido el lugar a sus amigos, los soldados del príncipe Tuan. En este solo día nos han tirado nada menos que 530 cañonazos. Únicamente tenemos que deplorar la pér­dida de tres hombres y una mujer. Para tanta pólvora consumida, esto era nada.

Sábado 23 de junio.–E1 día está relativamente en cal­ma, pero el ataque vuelve a comenzar a las nueve de la mañana tan violento como la víspera. Estaba yo sentado con el Comandante sobre un banquillo, cerca de nuestra puerta mayor, mirando volar en trozos los mármoles de la fachada de nuestra hermosa iglesia, cuando tiraron una bom­ba al pie de la cruz, que cayó a pedazos al suelo. ¡Qué lásti­ma! ¡Yo que había tenido la dicha de fijar esta bella cruz de mármol en lo más alto del edificio hacía solamente trece años! En fin, si Dios Nuestro Señor nos salva de esta tor­menta, ella recobrará su lugar.

Á las cuatro de la tarde cesa el bombardeo; este día re­cibimos 36o cañonazos, sin tener ni un herido; todos habían orado con fervor, dispuestos a morir. Dios y la Santísima Virgen nos protegen visiblemente.

Domingo 24 de Junio. —Los soldados regulares, escon­didos tras las paredes de las casas quemadas, nos tiran des­de la madrugada millares de balas de fusil Maüser; sus fusi­les son de cargador y del último modelo. Hasta el medio día solamente contamos 30 cañonazos, que relativamente hacen pocos estragos, a pesar de sus granadas llenas de metralla. Hacia las cuatro de la tarde viene a instalarse en el Kou, al Norte de nuestros Establecimientos, una batería de cuatro piezas: los tártaros lanzan sobre la iglesia y los patios obuses mortíferos, cogiendo en hilera todos nuestros puestos del Este, muriendo de resultas dos cristianos.

Teniendo ya muy pocos cartuchos nuestros italianos, el Comandante Henry va a dar una acometida con 10 marinos franceses, Nuestras salvas, enviadas de 750 metros, consi­guen hacer parar el fuego de las piezas: los tártaros, ha­biendo perdido más de 50 hombres, se apresuran a retirar sus cañones. Recóbrase el estado moral de los ánimos; el estado sanitario es excelente, la protección divina mani­fiesta; y ahora podemos esperar resistir a los ataques, que no han de ser más serios que los de estos tres días. ¡Dios quiera que tengamos bastantes víveres y que el ejército de socorros no se haga esperar demasiado!

Lunes 25 de Junio.— La noche, como la mañana, han estado relativamente tranquilas; pero parece que del lado de las Embajadas se da una gran batalla; los cañones de ayer están callados tras sus trincheras. Sufrimos una lluvia de proyectiles lanzada por fusiles de muralla; estamos tan habituados hace tres días a tanta camorra, que casi ya no se hace caso. Los boxers ponen algunos maniquís so­bre el techo de las casas; esta estratagema casi infantil no nos hace desperdiciar nuestras municiones. Sólo nos que­dan 275 cartuchos por hombre, por lo que procuraremos no gastar de ellos sino en los mayores apuros.

Martes 26 de Junio—Los boxers incendian todas las ca­sas que nos rodean, y trabajan tras la muralla imperial, en donde colocan escalas y entablados para poder tirarnos más fácilmente. De todos lados se nos hace fuego de fusi­lería, bien que inútilmente. Por la noche óyese gran combate del lado de las Embajadas.

Miércoles 27 de Junio.—Desde las seis de la mañana, los boxers nos atacan aún por el Sur; entran en nuestra calle con una gran bandera roja, pensando que tal vez la guardia de nuestra puerta de entrada ha desaparecido por las balas de los días precedentes. Como la primera vez, una salva de tiros bien dirigidos les hace tomar las de Villa­diego a todo correr; se les persigue, recogiendo las armas que van dejando. En esta salida, de cerca de cien metros, el segundo Maestre desgraciadamente es herido en la es­palda por una bala. Durante seis horas, el enemigo, desde lo alto de las casas, de las escaleras y andamios, cubre de proyectiles nuestros patios, siendo muerta una joven y una mujer herida en la cabeza. A las once de la noche nos sor­prende una bandada numerosa de boxers que lanza bom­bas incendiarias y flechas  inflamadas contra nuestra puerta principal, la cual es rociada al mismo tiempo de petróleo por medio de las bombas incendiarias que están arrojando. Durante este tiempo los soldados regulares descargan una lluvia de balas con los fusiles Maüser; todos, sin embargo, están bien; salvase la puerta principal y solamente tene­mos un cristiano herido. Nuestros marinos son verdade­ramente admirables; todos llevan un escapulario y un Cru­cifijo, experimentando con esto la protección de Dios Nuestro Señor.

Jueves 28 de Junio.—Después de un día bastante tran­quilo, nos vemos atacados vigorosamente a las seis de la tarde, contando hasta cuarenta y dos tiros de fusil por mi­nuto; noche verdaderamente terrible. Los boxers vuelven a la carga contra la puerta principal. Los nuestros, furio­sos, se deciden hacia media noche a salir, precipitándose sobre los boxers que nos rociaban de petróleo a menos de 30 metros de distancia; matan a diez, hacen correr a los otros y traen dos mangueras llenas de petróleo, recogiendo pólvora, plomo y algunas maletas de vestidos. A pesar de la espesa lluvia de balas arrojada por los soldados re­gulares, logran los nuestros incendiar las casas más peli­grosas.

Las mangueras tomadas contenían aún cien libras de petróleo cada una.

Viernes 29 de Junio, fiesta de San Pedro y San Pablo.— Felicitamos a nuestro valiente Comandante Pablo Henry; hablamos de Angers, su país, y de la satisfacción que sus padres tendrán de volverá verlo. Él nos dijo: » Veréis cómo, con el favor de Dios, salvamos el Pe-tang: tal vez moriremos algunos. ¡Dichoso de mí si se me concede morir por una causa tan bella, pues espero en la bondad de Dios que me recibirá en su Gloria! Si debo desaparecer, no suce­derá esto hasta que ya no tengáis necesidad de mí.»

Le supliqué, como todos los días, que no se expusiera tanto; temo mucho por él. ¡Es tan valiente, bravo y abne­gado’

Cualquiera diría que los boxers quieren dejarnos disfrutar de este día de alegría y regocijo. Exceptuando las balas, que rompen nuestras vidrieras o quedan aplastadas contra nuestras murallas, como de costumbre, todo está en calma y no tenemos que sufrir ataque alguno serio. a las diez de la noche estalla una horrible tempestad, y no parece sino que va a caer algún rayo Sobre el Palacio imperial; a pesar de esto sigue el intenso tiroteo de fusilería del lado de los Consulados.

Sábado 30 de Junio.— La mañana ha sido de luto para nosotros, por la muerte del pobre segundo Maestre Juanics; le creíamos ya salvo, cuando en breve se le gangrenaron las heridas y murió en pocas horas. Nos hallamos — ¡paciencia! — sin médico ni cirujano. Ha muerto como un bravo bretón, auxiliado con todos los Santos Sacramentos.

A las once y media nos ha sorprendido vernos aún bombardeados. En efecto; estalla en el aire una docena de bombas, de muy grueso calibre, sin hacer mal a nadie, gra­cias a Dios. Después de un cuarto de hora, esta cañonada, acompañada de una descarga de fusilería muy nutrida que parte del Este, cesa de repente. ¿Qué significa esto? Veo sobre la montaña de la Torre Blanca, que se encuentra en medio de los lagos de Palacio, una veintena de personas magníficamente vestidas; parece que el Príncipe Tuan, la Emperatriz y otros altos personajes han venido a asistir al bombardeo como a un simulacro. Nuestros marinos tenían gran deseo de enviar una salva de lebels (cartuchos) sobre ese grupo; pero me ha parecido deber impedírselo, para no excitar un odio ya demasiado enconado.

A las cinco y media enterramos al segundo Maestre sen­cillamente y lo más pronto posible en nuestro jardín, por­que las balas llueven sin misericordia en torno de los asistentes. Nuestros bravos cristianos están tristísimos, y dicen:

—Mejor hubiese sido que hubiéramos muerto ciento de nosotros en lugar de este bravo marino.

 Domingo I° de Julio.—A eso de las ocho oírnos nume­rosos cañonazos hacia el Sur; ¿serán los refuerzos? Aún se espera contra toda esperanza.

Por primera vez ‘comenzamos a comer carne de asno; las mulas y caballos vendrán después, si Dios no lo reme­dia; tenemos 18. Se ha declarado la viruela entre los niños, muriendo siete u ocho cada día.

Lunes 2 de Julio.—Los ataques son menos vivos que los días precedentes, pero el alimento es bien malo; ya no hay legumbres ni hierbas saladas para nuestros pobres cristianos, los cuales comienzan a perder su buen semblante; calor de 38 grados, atmósfera húmeda; ya hace doce días que no tenemos noticia alguna. ¡Qué largo se va ha­ciendo esto!

Martes 3 de julio.—Una lluvia que cae muy fuerte nos causa gran inquietud, puesto que si comenzara ya la esta­ción lluviosa sería necesario abandonar toda esperanza de libertad. En China, como es sabido, todos fuman; y como ya no tenemos tabaco, nuestras gentes se lo fabrican con hojas de peral secas y pulverizadas. La mortalidad va au­mentando, enterrándose ahora hasta quince niños por día.

Miércoles 4 de Julio.—Esta mañana atacan a las Emba­jadas más fuertemente que otras veces. Hacia el medio día vernos que los soldados y boxers establecen una ancha plataforma en tierra al Norte del Muro Amarillo. Todo nos hace creer que quieren montar allí algunos cañones para bombardearnos por detrás a distancia de 800 metros. Nues­tros tiradores descargan sobre ellos, matando una docena de estos bandidos.

Á las cinco de la tarde llegan de nuevo los boxers frente a nuestra puerta principal. El cañón que habíamos tomado estaba cargado y abocado; el artillero chino, antiguo arti­llero cristiano del ejército del Príncipe Tuan, descarga sin mandato y demasiado pronto, siendo esto causa de que el enemigo huya, llevando sólo algunos heridos. Los reloje­ros cristianos, refugiados entre nosotros, hacen excelentes cartuchos Lebel, Maüser y otros; así es que, por ahora, no carecemos de municiones.

Jueves 5 de Julio.- Hemos podido fabricar pólvora para el cañón quitado al enemigo y colocarlo en casa de las Her­manas, a fin de responder a las piezas que nos amenacen del Norte; pero es bien pequeño en comparación de los que descargan sobre nosotros. Todo el día nos están ti­rando de la parte del Sur, desde la Muralla Amarilla, sin gran resultado.

Viernes 6 de julio. — Comenzamos a temer el hambre; arroz, trigo, habas, mijo, todo se pesa estrictamente; el total es mayor de lo que esperábamos: cerca de 60.000 libras. A libra por persona y por día, esto nos ofrece, a lo más, veinte días de seguridad, pasados los cuales seremos hechos prisioneros probablemente, o puestos en salvo. A las cinco de la tarde se ha dejado oír un ruido espantoso; lo ha cau­sado un cohete lanzado a nuestra iglesia, en la cual ha pe­netrado por el cristal de una ventana, dejando tras de sí una senda de fuego. Nos le hemos examinado, y consiste en un tubo de casi 0,70 metros, de cobre martillado y guarnecido de una punta triangular; la cola, en forma de mango, es de madera, de 3,50 metros de larga. Tales co­hetes penetran en los techos tan bien como una granada, y además son muy a propósito para causar un incendio.

Sábado 7 de Julio. — Esta mañana han comenzado los boxers, a las cuatro y media, a arrojar materias inflamables a nuestros tejados hasta más de las seis y media, habiendo ardido unos 250 combustibles; sin embargo, el incendio no ha podido declararse por completo, gracias a las precau­ciones que ya antes habíamos tomado, pues teníamos los toneles, bañeras, cubetas y demás llenos de agua, y gente prevenida con ganchos y bombas.

A las seis comenzó a disparar el cañón del Norte; al principio disparaba balas; por nuestra parte se le respondió con algunas descargas y algún tiro de cañón; al ver esto los tártaros, al momento cambiaron, poniendo en lugar del primero un cañón Krupp. Al primer disparo quedó nuestro artillero hecho trizas; pronto se vio que la situación era in­sostenible; todos los edificios de la parte del Oeste del Jen-tsé-tang sufrieron este día algún estrago, cayendo du­rante todo el día en nuestros tejados, varios centenares de cohetes; fue seguramente este día el más terrible de nuestro sitio. Por la tarde sucedieron, a las bombas de obús, las bom­bas chinas, no habiendo estallado muchas de ellas; descar­gándose 360 tiros de cañón en 12 horas; por nuestra parte tuvimos más que un muerto y algunos heridos. Sin una protección milagrosa, todo hubiera ardido en este día.

Domingo 8 de Julio. — Hoy se han reforzado muy de mañana los puestos que quedaban más débiles a conse­cuencia del cañoneo de ayer; éste ha comenzado hoy a las nueve, habiendo sido los primeros disparos de bala; luego han seguido de otras clases: la torre del reloj ha quedado cortada; se han disparado 102 cañonazos y nuevos cohetes, que, como los de ayer, gracias a Dios, tampoco han produc­ido incendio alguno.

Lunes 9 de Julio.—Á las cinco de la mañana han comenzado los boxers a arrojar sus frascos de fuego; el fusileo ha sido intenso todo el día; se han disparado 107 cañonazos, hiendo sido heridos solamente dos cristianos; nuevamente comienza la inquietud y el desasosiego, pues se ve que el enemigo se prepara y parece que nos va a bom­bardear por la parte del Sur y del Oeste. Desde las once de la noche estamos oyendo un combate horroroso hacia la calle de las Embajadas.

Martes 10 de Julio. — Después de una mañana completamente tranquila, ha comenzado a las diez el combate; los cañones del Norte siguen derribando nuestras casas; hace dos horas que el ataque ha arreciado sobremanera; dos piezas que han colocado en la parte del Sur, causan horribles estragos en la Puerta Mayor y en la iglesia: se ha respondido con algunas descargas, y han parado por un momento; entretanto los chinos han puesto planchas de hierro para defender a sus artilleros. En la Puerta Mayor ha recibido el soldado marino David un balazo en la cabeza, habiendo muerto a la media hora en manos de un Sacerdote, que le ha administrado los Santos Sacramentos: cinco hombres tan solamente quedan en tan peligroso puesto; los demás se han refugiado en las casamatas; han arrojado hoy 107 bombas de 25 libras cada una; ha penetrado una en nuestro cuarto por la ventana, llevándola delante de sí, y ha caído en la cama que momentos antes habíamos aban­donado. ¡Ha sido un verdadero milagro! No es éste sólo.

Miércoles 11 de Julio.- Se ha hundido una casamata, y a toda prisa se ha levantado, no, obstante la fusilería. A Mons. le ha calado el sombrero una bala Maüser, de­jándole algún rastro en la cabeza; si hubiera pasado algunos milímetros más abajo, me hubiera quedado sin Auxiliar; mas la Virgen Santísima ha salvado a este querido y vale­roso Obispo. El bombardeo ha comenzado a la una y me­dia, y a los pocos minutos una terrible explosión ha hecho temblar todos nuestros Establecimientos, levantándose de su lugar una columna de tierra y piedras de más de 30 me­tros al Este del Jen-tse-tang. Allí acudimos todos; gracias a algunas casas quemadas, las cuales bastaba apuntalar, la mina no había pasado más adelante: ha habido un muerto y algunos heridos.

Continúa el bombardeo; en la Capilla de las Hermanas ha entrado una granada, cayendo en los bancos que ellas habían abandonado para ir a cenar; por la noche pusimos fuego a las casas que ayer ocuparon los boxers; encontra­mos en ellas 20 cajas de petróleo, sables y fusiles, que igualmente entregamos a las llamas.

Jueves 12 de Julio.—La mañana de hoy ha sido muy tranquila, tanto, que creíamos que los soldados habían sa­lido; pero a eso de las diez y media han comenzado a llo­ver balas sobre nosotros hasta las seis de la tarde; venían de larga distancia, no habiendo llegado más que unas 50 a su destino, esto es, a nuestra Puerta Mayor, que se halla en un estado muy deplorable.

Viernes 13 de Julio.—El temor de las minas nos ha obligado a hacer una exploración a eso de las dos de la mañana, habiendo encontrado y cegado algunas abertura» de minas comenzadas; también hemos encontrado algunos rollos de hilo eléctrico de guttapercha cubiertos, que sin duda los tenían destinados para sacar la tierra.

A medio día ha comenzado el cañoneo, habiendo sido herido gravemente un marino en la cabeza por algunos tro­zos de ladrillo, y otro ha recibido algunas contusiones. Desde las siete a las nueve de la noche no ha cesado el bombardeo ni fusilería en el distrito de las Embajadas.

Sábado 14 de Julio.- Algunos cristianos van a incen­diar las casas que impiden la puntería de la Puerta Mayor. En Jen-tse-tang ha muerto de un balazo en la cabeza, a eso de las once, un marino italiano: un cristiano que ha que­rido averiguar de dónde había salido el tiro, desgraciadamente ha pagado el mismo tributo. Salvo algunos cente­nares de tiros de fusil, el día ha sido bastante tranquilo.

Domingo 15 de Julio.—Se dice que a los chinos les pesa no habernos bombardeo ayer; así que hoy han comenzado su obra de destrucción a las nueve. Los cañones del Sur y Sudoeste hacen terribles estragos en la Puerta Mayor e Igle­sia; sólo en el día de hoy han disparado 140 cañonazos; es ya de noche y aún continúa el cañoneo. Se ha hecho otra exploración, habiéndose encontrado y cegado dos minas, lile aún no estaban terminadas.

Lunes 16 de Julio.— Los boxers comienzan otra vez a arrojar frascos de combustibles encendidos, pero sin resul­tado; desde las nueve de la mañana hasta las diez de la no­, he nos han arrojado algunos centenares de balas, habien­do muerto un cristiano, y un marino recibido heridas en ambos ojos, causadas por algunos cascos y trozos de la­drillos; uno de ellos le tiene completamente perdido.

Martes 17 de Julio.—Hoy ha sido tal vez el día más pacífico que durante el sitio hemos tenido; no se ha oído ningún cañonazo, habiendo también sido pocos los tiros de fusil; quizá los boxers estén preparando alguna cosa; hoy se ha comenzado una novena en honor de Santa Ana, Pa­trona de nuestros valientes bretones, habiendo quedado nuestro querido Comandante Henry en presentar a la Santa el exvoto que la hemos prometido si quedamos libres.

Miércoles 18 de Julio.—Estamos activando los trabajos de una contramina comenzados días atrás, porque desde entonces venimos oyendo golpes sordos hacia el lado del Jen-tse-tang bajo la Muralla Amarilla. A eso de las once hemos observado una mudanza extraña en la pagoda de los lamas que está vecina a nosotros; hemos visto pasar cin­cuenta carretas cargadas de cajas, paquetes, boxers y sol­dados, y nos hemos preguntado: ¿Será esto señal de que se acerca el ejército libertador? ¿Será que los lamas creen que va a volar el barrio? Misterioso parece.

Por desgracia, esto último ha llegado a ser verdad; a las cinco horas ha explotado la mina: han quedado muertos veinticinco y heridos veintiocho, y la parte Oeste del Jen. tse-tang amenaza ruina; estamos temiendo por momentos un ataque de los boxers; hasta ahora no han venido. Entre los muertos hemos encontrado al hermano José, Marista, el que dirigía a los trabajadores de la contramina, joven de 25 años y no menos piadoso que valiente, querido y llorado de todos; esta explosión ha sembrado el pánico y por todas partes parecen oirse los ruidos subterráneos; las mujeres y niños, del todo amedrentados, corren por todos lados, no obstante el gran peligro, a refugiarse la mayor parte en la Catedral, hállase ésta en medio de nuestros Establecimientos.

Mueves 19 de Julio, fiesta de San Vicente.—Hoy se ha dado sepultura al cadáver del Hermano José; se ha res­pondido a los tiros de fusil de los boxers, y el marino Franco, por haberse expuesto demasiado, ha recibido un balazo en la cabeza, del cual ha muerto momentos des­pués, no teniendo tiempo más que para recibir la santa absolución.

Viernes 20 de Julio.—Hoy han quemado los cristianos algunas casas peligrosas; también los boxers, a las seis de la tarde, han quemado otra al Sur de nuestra Puerta Mayor. Hemos sabido que se está trabajando en una mina en casa de las Hermanas; pero sentimos el tener que mandar trabajar a nuestros cristianos, que no podrán olvidar la ca­tástrofe del día 18.

Sábado 21 de Julio.—Comienzan a escasear los víveres; con mucha economía nos podrán bastar para quince días. Hemos tratado de ir en busca de ellos a una pequeña tien­da distante de aquí unos 300 metros; pero perseguidos por los boxers y soldados regulares, nuestros cristianos se han tenido que volver con las manos vacías.

Domingo 22 de Julio:—La fusilería ha durado toda la no­che; el enemigo cree que nosotros saldremos en busca de provisiones; han quedado heridos dos cristianos, y un ma­rinero lo ha sido también por una bala que, pasando por detrás de la oreja, se introdujo en el ojo derecho. Uno de nuestros chinos dice que los boxers están haciendo una gran fosa detrás de la Muralla Amarilla; cuatro hombres se han apresurado a subir con escaleras y han muerto a unos veinte de ellos y a dos mandarines. Esta tarde ha llovido a torrentes, no pudiéndose habitar las casamatas por la mucha agua.

Lunes 23 de Julio.—Después de haber gozado de paz hasta pasado medio día, a las cuatro de la tarde nos han atacado algunos miles de boxers y soldados regulares, llamados por las concas y trompetas, que no cesan de oírse.

Han atacado al mismo tiempo por el Norte, el Este y el Sur; entre muertos y heridos no han pasado de cinco, habiendo parado en manos del enemigo sus armas; el ataque no sido de los más recios. Los boxers, los lamas y los soldados regulares, en número de más de mil, quisieron dar un asalto, pero quedaron 150 muertos en tierra, huyendo los demás: los soldados del Príncipe Tuan, de rabia, descargaron todas sus municiones contra la Puerta Mayor, sin lograran herir a nadie, no obstante haber arrojado, sin ninguna exageración, más de 5.000 balas de Maüser.

Después de esto tocaron a retirada, quedando nosotros en paz; eran ya las nueve de la noche.

Martes 21 de Julio.—Hoy hemos visto hacia la parte del Norte, cerca de la pagoda, a muchos boxers con tur­bante y cinturón amarillo; son éstos lamas que estaban for­mando brigadas; llevan una bandera francesa; esta astucia pueril nos ha causado mucha risa, aunque estemos en mo­mentos muy tristes. A las cuatro y media las trompetas han reunido otra vez a los boxers; esperábamos un ataque, pero no le han dado; la lección de ayer les ha sido prove­chosa: hoy han quedado heridos tres cristianos; se ha in­utilizado una nueva mina que se ha descubierto en la parte del Sur. Desde lo alto de la iglesia se han visto, durante el día, muchas banderas en las murallas de la ciudad, y por la noche igual número de linternas.

Miércoles 25 de Julio.—Hemos tenido un día muy pací­fico; nuestros cristianos han salido y han quemado algunas casas almenadas, sin ser molestados de nadie; los boxers están abriendo brechas, y haciendo trincheras muy hondas detrás de la Muralla Amarilla, no sabemos para qué; nuestros marinos acaban de matar una docena de estos bandidos.

Jueves 26 de Julio.— A  la una se ha oído una fuerte de­tonación; creíase que era una mina que había explotado y así todos corrían a su casa; pero no ha sido nada: un bo­xer atrevido ha querido echar una bomba a la fortaleza del Este que ha estallado, pero sin hacer ningún estrago. A las tres ha muerto, casi de repente, el Sr. Chavanne, Sacer­dote de nuestra Congregación, que días atrás había sido herido en su puesto de guardia por una bala sin duda en­venenada, pues de resultas de la herida ha tenido la viruela negra, de que ha muerto.

Viernes 27 de Julio. — Hoy hemos oído muy bien los cañonazos de la parte del Sur y del Este; se espera el ejér­cito libertador; por la noche han tirado algunos cohetes, que nos parecen ser señales con que las Embajadas comunican con las tropas que están fuera de la ciudad. Créese fácilmente lo que se desea.

Sábado 28 de Julio. — Otra vez nos volvemos a ocupar en la cuestión de los víveres; hemos fijado como ración cotidiana para cada persona 8 onzas, así podremos pasar diez días más. El cañoneo ha empezado a las diez: han co­locado un cañón a 100 metros de distancia solamente del Jen-tse-tang, por cuyo motivo los artilleros han comen­zado el derribo a toda prisa, obligándoles así a retirarse un poco más, desde donde acaban de echarnos 75 proyectiles; parece que el enemigo tiene escasez de municiones, pues carga el cañón con cualquier cosa, hasta con piedras: du­rante la noche han arrojado 35 bombas, y un sinnúmero de balas de fusil desde la muralla.

Domingo 29 de Julio.—Continúa el bombardeo, habien­do tirado 115 cañonazos; y los tiros de fusil han sido tantos, que han destrozado nuestras almenas, habiendo sido heridos de muerte tres cristianos.

Lunes 30 de Julio.— Hemos pasado muy mala noche; no han parado de hacer descargas contra el Jen-tse-tang. Desde las siete de la mañana han comenzado los cañones su tarea, protegidos por los fusiles de los regulares.

El Comandante Henry ha estado con 12 hombres en la brecha; por ella han entrado numerosos boxers con haces de leña rociados de petróleo, los que han quemado junto a la muralla del Norte.

El Sr. Henry ha aumentado el número de sus soldados, y con ellos ha matado a algunos centenares de boxers; nos­otros hemos perdido dos soldados marinos heridos por una hala, que ha rozado el cuello del Comandante, quien, al ba­jar del andamio, ha recibido otro balazo de Maliser en un costado; a pesar de estas dos heridas mortales, ha perma­necido en pie; lo intenso del dolor lo ha rendido, cayén­dose en brazos de un Sacerdote, que le ha administrado los últimos Sacramentos. Después de veinte minutos ha expirado el valiente soldado y fervoroso cristiano. Una sola vez hemos llorado durante el sitio, que ha sido hoy. Nunca habíamos sentido tanta pena ni tristeza. El simple Contra­maestre Elías ha tomado el mando del destacamento; pero el Ilmo. Sr. Jarlin está allí para animar a nuestros bretones, que lloran como niños la muerte de su Capitán. Hoy han tirado 150 cañonazos; tenemos esperanza de vernos libres, porque el Comandante nos había dicho: «Yo no desapare­ceré hasta que ustedes no tengan necesidad de mí». Ha ido a protegernos desde el Cielo con San Mauricio y San Jorge, a quienes se ha unido indudablemente.

Martes 31 de Julio. —Hoy nos han tirado los boxers mu­chas flechas, de una de las cuales pendía una carta que, poco más o menos, dice así: «Vosotros, cristianos cerrados en el Pe-tang, os veis reducidos a una extremada miseria, hasta tener que comer cortezas de árbol. ¿Por qué resistís con tanta tenacidad, siéndoos preciso rendiros en breve? Nosotros tenemos cañones y minas; así que dentro de poco vais a volar sin remedio. Los diablos de Europa os han engaña­do; volved cuanto antes a la antigua religión de Confucio; entregadnos a Mons. Favier y a los demás, y así salvaréis vuestras vidas y os daremos de comer; mas si así no lo hacéis, a vosotros, a vuestras mujeres y a vuestros hijos os haremos trizas.»

Inútil es decir que ni uno solo de nuestros fieles y valien­tes cristianos ha caído en la tentación de estas promesas, no obstante lo escaso de la ración que reciben para el sus­tento de cada día, que no pasa de 300 gramos. Hoy nos han descargado 80 cañonazos, sin que hayan causado mucho daño, a no ser en los tejados de nuestras casas, que por todas partes están horadados.

Miércoles I.° de Agosto.— Hoy a las seis de la mañana han vuelto otra vez los boxers por la parte del Norte; no son más que de 300 a 400; se les ha resistido con denuedo y han tenido por lo menos 50 bajas. Poco después hemos oído cerca de la pagoda de los lamas, gritos, y parece que hay una disputa entre boxers y soldados, y que estos últimos han fusilado a algunos de los otros.

Jueves 2 de Agosto. —Hoy hemos acortado las raciones de nuestros cristianos y las nuestras; el desfallecimiento es  general, pero confiamos que no moriremos de hambre; co­memos hasta los perros que se alimentan con los cadáveres de los boxers, los matamos y nos los comemos; a esta as­querosa comida añaden nuestros pobrecitos cristianos unas cortezas de árboles de raíces de todas clases. Estamos en la estación de las lluvias, pero apenas llueve; Dios quiere dejar los caminos transitables para el ejército salvador.

Viernes 3 de Agosto.— Cualquiera diría que ya no vivi­mos; tan escasos son los tiros de fusil. Al medio día hemos hablado de hacer una salida a las dos de lamañana; pero para esto tendríamos que exponer las dos terceras partes de nuestros soldados marinos; así que no lo haremos hasta que no tengamos nada que comer en casa.

Sábado 4 de Agosto.— Como de costumbre, desde hace cuatro días se nos deja en paz hasta la noche, en que de nuevo comienza el tiroteo. Los boxers y los soldados regulares saben que nos hallamos en el último extremo, y quieren obligarnos a salir. Algunos cristianos, obligados por el hambre, salen, recorren las casas que han sido in­cendiadas y vuelven con un poco de arroz medio que­mado que han encontrado entre los escombros: esto es muy triste.

Domingo 5 de Agosto.—La cuestión de los víveres es la que más nos preocupa; se resiste a las balas y a las bom­bas, pero al hambre no se puede resistir. Hemos hecho pesar con mucho cuidado todo lo que es comestible, y entre todo no pasa de 7.000 libras. Hemos determinado que para las 3.000 personas que somos se den l.000 libras, cada día, y con esto todavía podremos vivir siete días.

Esperamos que esta semana  llegarán las tropas que vienen a ponernos en libertad y nos traerán víveres. ¡Hasta ahora Dios Nuestro Señor nos ha protegido!

Lunes 6 de Agosto.—Algunos cristianos, no pudiendo ya sufrir el hambre, siguen haciendo correrías y rebuscas; los boxers han cogido a tres de ellos y se los han llevado con­sigo para hacerlos cortadillas. a esta desgracia hay que añadir otra: el marino que estaba de centinela en la Puerta Mayor ha sido herido por una bala enemiga en el ojo de­recho. ¡Ya hay tres tuertos entre nuestros pobres soldados!

Martes 7 de Agosto. — a lo lejos se oye un gran caño­neo. Los soldados y boxers no nos atacan sino muy débil­mente, y esto nos hace creer que nuestra Armada está ya cerca; pero nuestros cristianos están tan extenuados, que se acuestan debajo de las verandas, flacos, pálidos y casi sin vida. Si el enemigo atentara un asalto contra nuestros 50 lanceros, apenas podrían oponérsele 25.

Miércoles 8 de Agosto. — La misma tranquilidad que siempre, sin que cese, sin embargo, la fusilería. Un cristiano que estaba sobre un árbol recogiendo hojas, ha sido herido por una bala, cayendo como un pajarito.-

Jueves 9 de Agosto.—Estamos en continuo sobresalto a causa de que los boxers nos han amenazado con hacernos volar a todos; pero a pesar del peligro, los nuestros han marchado hacia el Este de la Puerta Grande para explo­rar  Ha sido muerto un cristiano y dos quemados; nos­otros hemos descubierto una mina que no hubiera tardado mucho en explotar.

Viernes lo de Agosto.—Con no poco espanto notamos que no nos quedan víveres más que para dos días; hemos puesto a un lado 400 libras de arroz y una mula, para que nuestros defensores tengan que comer para diez días; hemos preguntado sobre si podíamos reservar alguna cosa para nosotros y para las Hermanas, y todos a una han respon­dido que no: «Moriremos, pues, con nuestros cristianos», – dijimos para nosotros; una cosa hay que notar, y es que nosotros estamos en un estado más lastimoso que las po­bres gentes, que al menos pueden comer cortezas de árbol, cosa imposible para nosotros; y en atención a esto, se nos ha concedido que nos reservemos un pan de dos libras, que guardamos bajo llave en nuestro cuarto; hemos reducido la ración a dos onzas por persona; así podremos pasar diez días; ¡pero qué días! el agua no nos falta, y así podremos vivir algún tiempo más, mientras esto no nos falte. A me­diodía ha comenzado el cañón a arrojar sobre nosotros y hacia la parte del Este hasta So balas; parece que solamente los boxers manejan el cañón; a las tres de la tarde se ha visto un globo cautivo: nuestra confianza aumenta.

Sábado 11 de Agosto.—Aún han tirado hoy 60 cañona­zos, que han arrojado, en vez de bombas, trozos de mar­mita, clavos, piedras, ladrillos, etc. Al anochecer hemos descubierto y cegado una mina al Sur de la Puerta Mayor.

Domingo 12 de Agos. to.—A las seis y cuarto de la ma­ñana ha habido una explosión terrible de una mina mucho mayor que las que hasta aquí han explotado, habiendo reventado en casa de las Hermanas, adonde hemos ido in­mediatamente; por fortuna, casi todos los niños y Herma­nas estaban entonces en la Capilla oyendo la Santa Misa; a no ser así, hubiera sucumbido la mitad del personal.

Los estragos son espantosos: la parte Este del Jen-tse­-tang no es más que un montón de escombros; el cráter de la explosión tiene 40 metros de diámetro y 7 de profundidad; han desaparecido cinco soldados marinos italianos con su Oficial; igualmente se cree sepultados entre los escombros a 80 cristianos y 51 niños; a pesar de la lluvia de balas que sin cesar tiraban, se ha acudido a socorrer a los he­ridos.

El Hermano Julio-Andrés, Visitador de los Maristas, ha muerto por sacar a una mujer casi enterrada; era un hom­bre de mucho valor, de gran inteligencia, como lo había mostrado durante el sitio, de sacrificio y de ánimo como ningún otro. Los soldados marinos franceses han volado al lugar del siniestro y han muerto a 50 boxers que intentaban entrar; los demás han escapado; todo el día se ha estado trabajando por desenterrar a los sepultados; hemos rogado al Sr. Olivieri que se retirase del mando del destacamento ita­liano, por estar lleno de heridas; sin embargo, esperarnos que saldrá. De los cinco marinos, dos se han encontrado vivos aún, pero tan heridos que no tenemos ninguna espe­ranza. Se ha puesto una guardia de marinos franceses y seminaristas en el Jen-tse-tang para que defiendan la brecha, pues tiene 80 metros de ancho. Desde las ocho de la maña­na no han cesado de cañonearnos, despidiéndonos, además, unos cien proyectiles. Hemos llegado al último extremo.

Lunes 13 de Agosto.— Todos padecemos hambre, siendo el decaimiento general; el ruido de los cañones que allá lejos oírnos nos da alguna esperanza. A las once ha esta­llado otra mina en el Jen-tse-tang; los estragos que ha causado son relativamente pequeños. Esta tarde iban gri­tando los boxers: «Los diablos de Europa se acercan; mo­riremos si es necesario; ¡pero antes moriréis todos vos­otros!» A las cuatro ha muerto, herido en la frente por una bala, el valiente marino Róbours en su puesto de guardia. No nos quedan víveres más que para dos días; pero ¡qué víveres!

Martes 24 de Agosto. — Hoy se debe haber dado un gran combate en el Suroeste; hemos oído los cañonazos, ametralladoras y descargas, y desde la iglesia hemos visto desaparecer de las murallas algunas banderas chinas; a las once de la mañana ha sido mucho más recio el combate; por aquí han pasado algunos fugitivos que cambiaban de vivienda. Si bien hoy también nos han echado muchas bombas de todas partes, la esperanza, empero, renace en todos los corazones. Otra vez ha vuelto la animación, comenzando a hablar y alegrarse, porque se ve que las tropas libertadoras están atacando a Pekín.

A las cinco de la tarde hemos visto también sobre las murallas cinco Oficiales extranjeros y un marino haciendo señas en el aire; próximo a la flota está el pabellón ame­ricano; las descargas han durado hasta las, nueve de la noche; a los chinos se les ha visto llevar unos 200 o 300 heridos.

Miércoles 15 de Agosto, fiesta de la Asunción de Nuestra Señora.—Antes que amaneciera ya había ardido una de las puertas de Pekín. De las siete a las nueve de la mañana los cañonazos y las descargas han sido muy frecuentes y fuer­tes, sin duda porque en ese tiempo han dado las tropas el asalto, hoy se ven muchos soldados europeos donde ayer se veía a los cinco Oficiales. Hasta las nueve de la noche hemos esperado que vendrían a librarnos. La Virgen San­tísima, que ha querido que las tropas entraran en Pekín el día de su Asunción, las enviará mañana, así lo esperamos. No nos quedan más que unas 400 libras de arroz para 3.000 personas; parece que la divina Providencia ha contado hasta el número de los granos; ¿pues quién nos lo podía haber dado tan justo?

Jueves 16 de Agosto.— Acababa de decir la santa Misa a las seis, y estaba dando gracias debajo de una veranda, cuando he oído fuertes descargas de numerosa tropa que venía por la parte del Sur. A las siete y media estaba el fuego ya muy cerca, y antes de las ocho se oía como a unos 300 metros de nosotros, detrás de la puerta de la Ciudad Amarilla, llamada Si-Hoa. Esta puerta estaba ce­rrada y la custodiaban muchos soldados regulares; en la calle que desde ella partía para el palacio imperial, había grandes barricadas de sacos de arroz, defendidas por más de 1.500 hombres, armados de fusil de tiro rápido, sin contar los boxers y los regulares, colocados en las casas almenadas y convertidas en troneras.

Nuestros cristianos, subidos a las tapias, creían unos ver a los soldados europeos detrás de la puerta, y otros a los chinos; esto nos hizo pensar si se iría a dar el ataque decisivo, o si era que venían a ponernos en libertad. Sin pérdida de tiempo toqué yo por tres veces el clarín, sin que respon­dieran a su sonido los de fuera; en pago los de dentro hi­cieron caer sobre nosotros una granizada de proyectiles. Una bomba vino a estallar a mis pies; tuve empero, tiempo para ponerme detrás de una columna de ladrillos. Al cabo de media hora un osado cristiano subió a la muralla de la Ciudad Amarilla y al momento corrió hacia mí diciéndo­me: «Sí, son europeos; sí, yo he visto un Oficial vestido de blanco con galones.» Habíamos puesto ya en lo más alto de la iglesia una bandera grande francesa que decía: «Pedimos inmediato socorro.» El Rector del Seminario y sus alumnos habían también puesto otro pabellón 200 metros más al Norte, é igualmente habían tocado el clarín. Un Oficial que vio la bandera, dirigióse hacia ella, y habiéndole puesto una escalera mi Auxiliar, le dio la mano desde el otro lado. Era un Capitán japonés, que preguntó:

—¿Pueden ustedes abrir la puerta de la Ciudad Amarilla?
—Nos es imposible—se le respondió,—dado el número tan corto de los que somos.
— Está bien—dijo entonces; — ya procuraré hacer que desaparezca.

Y volvió a pasar al otro lado de la muralla.

Estando en esto, vióse venir a toda prisa con un cañón alguna tropa con traje azul.

—No hay duda—me dijeron,–son franceses; corrieron éstos hacia la bandera, pusieren escaleras en su parte, y nosotros en la nuestra; y al cabo de algunos minutos esta­ban con nosotros So hombres de la compañía Marty con su jefe. Entretanto los japoneses escalaban la muralla más al Sur, y abrían una hoja de la puerta; la artillería francesa, colocada frente por frente, puso fin al intento, y por entre una lluvia de fuego que cada minuto caía, avanzó furiosa so­bre las barricadas.

Los soldados de infantería de marina, que se unieron a nosotros tuvieron tiempo de atravesar nuestros estableci­mientos e ir a apoderarse a tajo tirado de la barricada mayor, después de haber escalado y quemado las casas alme­nadas y pasado a cuchillo a sus defensores.

La batalla ha concluido. Más de 800 cadáveres de boxers y soldados regulares chinos yacen en el suelo; por nuestra parte no hemos tenido más que, dos muertos y tres heridos con el Comandante Marty.

Eran ya casi las diez; de allí a poco vino el Embajador de Francia y el General Frey al Pe-tang. Excusado es decir que se les hizo una acogida del todo cariñosa y alegre por ambas partes. Estábamos libres, y libres por los soldados franceses.

A. FAVIER, Vic. Ap.

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