Charles Jouvenon (1677-1741)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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El 6 de julio de 1741 tuvimos una pérdida bien considerable en la muerte del Sr. Charles Jouvenon, nacido en Jouy-sur-Morin, en la diócesis de Meaux, el 9 de enero de 1677. Fue recibido en París en el seminario interno el 22 de julio de 1696. Después de comportarse prudentemente igual que en sus estudios, donde conservó una constante y sólida piedad en un exterior y maneras correctas y naturales, fue dedicado a las diferentes funciones de nuestro Instituto y en particular a las misiones para las cuales Dios le había dado celo y talento. Las bendiciones que el Señor derramó sobre sus trabajos determinaron al difunto Sr. Bonnet, superior general, a colocarle, en septiembre de 1711, superior de Nuestra-Señora de la Rose cuyo principal empleo es la instrucción de los pueblos del campo. Ha conducido a esta familia con mucha paz y sabiduría.

En julio de 1719, el mismo superior general confió al Sr. Jouvenon el cuidado de la parroquia de Rochefort. Donde no le falta trabajo y a menudo que sufrir de diversas maneras.  Los que le han tratado por más tiempo han advertido siempre en él un gran fondo de piedad, de religión y de temor de Dios, con una rectitud, un candor, una sencillez que le hacían amable y respetable a la familia y a todos los parroquianos. Por su parte, él los amaba a todos tiernamente y, como conviene a un pastor, estaba siempre preparado a prestarles servicio, en sus necesidades espirituales o en sus necesidades materiales, cuando creía poder remediarlas.

Uno de los grandes objetos de su caridad pastoral ha sido la fundación de un hospital (el hospital de San Carlos) para un número considerable de pobres, de criados y de obreros que, al no poder ser recibidos  en el hospital de la marina donde se admiten tan sólo a personas que están al servicio del rey, eran reducidos a languidecer y perecer de miseria en sus enfermedades, por no poder darles los alivios necesarios. Este establecimiento para el que se ha dedicado no poco durante años, le ha ganado los corazones de toda su parroquia y ha difundido la reputación de su caridad por todos los alrededores.

Era un sacerdote según el corazón de Dios y un perfecto misionero. Su piedad tierna y sólida ha brillado hasta los últimos momentos de su vida en el fervor y en la atención con las que desempeñaba sus ejercicios espirituales. No se le debía interrumpir durante la recitación de los divinos oficios, a menos que se tratara de cosas importantes  y que no podían sufrir retraso. Celebraba los santos misterios  con tanto respeto, gravedad y religión que los asistentes se sentían impresionados y decían algunas veces: » Nuestro señor párroco está penetrado de la grandeza de nuestros misterios, y se le ve incluso llorar en el altar «. Muy exacto en rendir a Dios lo que le debía no descuidaba lo que el prójimo tenía derecho a esperar de él. Sus inferiores le demuestran que los llevaba a todos en su corazón y que le encontraban siempre dispuesto a atenderlos. Recomendaba con frecuencia a su asistente procurar a cada uno lo que necesitaba, que nadie tuviera razón de murmurar. Raramente hablaba como superior, y si alguna vez se ha visto obligado a hacerlo para poner en orden a algún espíritu difícil de tratar, tenía cuidado de avisarle luego y no dejaba pasar el día sin hacerle recapacitar y contentarle. De esta manera ha conservado en su vocación a sujetos que bajo una dirección menos paternal no habrían dejado de romper, y aunque durante el gran número de años que ha sido superior, haya tenido a la vista a personas difíciles, ha sabido tratarlos y sacarles partido para la regla y para las funciones, sin llegar nunca a extremos molestos.

Hemos visto ya en el establecimiento del hospital una prueba de la caridad  del Sr. Jouvenon por sus parroquianos; conocían esta caridad, eran sensibles a ella. Por eso su acompañamiento se ha visto honrado con sus lágrimas y gemidos. » Adiós, padre de los pobres, se les oía decir, el buen Dios os ha llevado diez años antes!» Tales aclamaciones, honrosas a la memoria del pastor, prueban bien sensiblemente la gratitud del rebaño. No era tan sólo el pueblo el que lloraba a este venerable sacerdote; era también que se había conciliado la estima y el afecto de toda la marina y no hay oficial alguno que no haya mostrado dolor por su pérdida.

Este vigilante pastor ha prestado siempre una atención particular a los enfermos. Quería que se visitaran con exactitud, así lo hacía él mismo; que se les administrara temprano los sacramentos; que se les atendiera en sus necesidades, y sobre todo que no se los abandonara cuando estaban a punto de morir. Su caridad con los pobres ha sido siempre sin acepción de personas, porque los juzgaba a todos  como los miembros de Jesucristo a quien únicamente buscaba satisfacer. Se cuentan más de cuatrocientas jóvenes huérfanas a quienes ha hecho aprender un oficio pagando a los maestros y a las maestras, y dando pan a estas niñas hasta el momento que se lo puedan ganar. » Ellas se abandonarán, decía él, si no nos cuidamos de ellas «. También ha socorrido a muchas familias de pobres vergonzantes e incluso de la nobleza, dando a unos pan, ropas a los otros, pagando el alquiler  de las casas de éstos, y dando a aquéllos dinero para regresar a su país. En la práctica de tan buenas obras es como este digno hijo de san Vicente de Paúl ha empleado la mayor parte de sus días. Murió habiendo recibido todos los sacramentos con un entero conocimiento de grandes sentimientos de religión. – Anciennes Relations, p. 375.

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