Charles Boussordée (1619-1665)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices, III.
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Entre las señales de su apostolado, el apóstol san Pablo se gloriaba de trabajos que había soportado y de los peligros que había corrido en particular los del mar, periculis in mari. «He naufragado dos veces», añadía (II Cor. 11, 26). El Sr. Charles Boussordée, destinado a la misión de Madagascar, conoció también los peligros del mar en tres naufragios; murió como verdadero misionero y apóstol, con otros náufragos a quienes evangelizaba en medio de las olas, el 31 de marzo de 1665, en las costas de Cabo Verde.

El Sr. Charles Boussordée, nacido en Chastel-Andrin, diócesis de[342] Tréguier, en 1619, era párroco  en su diócesis, cuando pidió entrar en la Congregación de la Misión. Fue recibido en París, el 21 de agosto de 1654. Después de un año pasado en el seminario interno, fue enviado a la casa de Luçon, donde pronunció los votos. En 1655, san Vicente le rogaba –son sus expresiones- que fuera a servir a Dios y a las almas a Nuestra Señora de la Rose; y el 1º de noviembre se embarcaba en la ribera de Nantes para Madagascar. Había descendido a tierra al día siguiente para celebrar la santa misa, cuando frente a Saint Nazaire el barco en el que había dejado al hermano Christophe Delaunay, cuya heroica conducta ya hemos contado en esta circunstancia, zozobró bajo los golpes de la tempestad.

El 7 de marzo de 1665 se embarcó de nuevo en Brest, en compañía de otros tres sacerdotes de la Misión, en la flotilla que zarpó para Madagascar. Estaba compuesta de las embarcaciones  el Saint-Paul, el Taureau, la Virgen de Buen-Puerto y del Águila-Blanca. Expedida de Francia por la Compañía de las Indias,  llegó felizmente el 30 de marzo de 1665, a la vista de cabo Verde. Las cuatro embarcaciones entraron al día siguiente en la primera bahía después del cabo, y fondearon a media legua de la ribera.

Algunos marineros y pasajeros  de la tripulación del Taureau en número de 30  habían bajado en la chalupa; su intención era ganar la tierra y satisfacer su curiosidad por el interior del país. Durante el trayecto, varios jóvenes, al empujarse unos a otros imprudentemente, y la chalupa sobrecargada de un costado, fueron la causa de que empujada  de lado por una ola se volcara con el oleaje. Las chalupas de los otros barcos acudieron y las que estaban ya en la ribera también, pero no pudieron salvar más que a dieciocho franceses: perecieron doce, entre los cuales el Sr. Boussordée y el hermano coadjutor Jean-Pierre Pomadé, de la diócesis de Langres.

De todos los que fueron víctimas de este triste suceso, ninguno causó  dolores tan vivos como el Sr. Boussordée. Este misionero  se había hecho querer y estimar por sus maneras afables, su celo y su prudencia. Al regreso de las chalupas cuando se tuvo la seguridad de que había desaparecido en el fondo de las aguas, el duelo fue universal en toda la flota; parecía que todos habían perdido a un padre o a un hermano; los escapados del naufragio lo aumentaron  todavía relatando las circunstancias de su muerte.

El Sr. Boussordée no era en un principio del número de los que descendieron  en la chalupa para ir a tierra; pero cuando supo que el proyecto era pasar dos o tres días en la costa, se ofreció a acompañarlos, bien para frenar a aquellos jóvenes, la mayor parte vivos y ligeros, recordándoles la solemnidad del día (era jueves santo, 2 de abril de 1665) y del día siguiente, como para administrar llegado el caso los socorros espirituales. El caso llegó demasiado pronto aquel día, como acabamos de ver. La chalupa hundida, y los que la llevaban convertidos en juguete del oleaje, la ribera y los barcos demasiado lejos para recibir un rápido socorro, este hombre verdaderamente apostólico resolvió sacrificar su vida para salvar la de los demás, o al menos para prepararlos a una muerte cristiana; vigoroso y hábil nadador, no empleó sus ventajas más que por la salvación de los desdichados que veía en peligro de convertirse  en presas del mar. Se lanza en medio de ello, alza la cabeza y les grita a todos  que ofrezcan su vida a Dios, que se acuerden que en estos días de duelo por la Iglesia, Jesucristo había muerto en expiación de los pecados de los hombres; que era de la mayor importancia para ellos, en estos últimos momentos, hacer un acto de arrepentimiento de los que habían podido cometer; añadió que él iba a dar una absolución general. Se la dio efectivamente, con palabras tan impresionantes y tanta efusión de corazón, que todos se sintieron emocionados; luego se dirigió hacia los que le parecían que perdían los ánimos y las fuerzas; y yendo de uno a otro, los sostenía con una mano y, nadando algunos instantes con ellos los exhortaba a no caer en la desesperación y a tener confianza en la misericordia divina. El Sr. Boussordée continuó esta misión durante mucho tiempo ; entonces faltándole las fuerzas, , dio otra ve la absolución a los que estaban a su alcance y, pegando su boca a un pequeño crucifijo que llevaba siempre colgado por delante, se le vio de repente desparecer en las olas.

El relato de esta entrega digna de un héroe cristiano presentaba a la verdad un motivo poderoso de consuelo a los cohermanos del Sr. Boussordée, pero no hacía más que sentir demasiado al mismo tiempo qué pérdida acababan de tener la religión y la tripulación del barco. Por eso las lágrimas comenzaron a correr con mayor abundancia; parecía que hubiera sido solo el Sr. Boussordé el que hubiera  la víctima de este suceso, o que fuera el único que llorar. El Sr. Montmasson, otro misionero que iba con él en el mismo barco, y que había sido su amigo y alumno, quedó tan afectado por esta muerte, que se mostró como desvanecido. Al expresar estos dolores por haberle perdido, no deseaba ya más que poder tributar a su cuerpo los últimos deberes, y morir tan gloriosamente como él. El primero de sus deseos se cumplió ese mismo día; el segundo no lo fue hasta varios años después, cuando los argelinos le ataron a la boca de un cañón.

Más tarde, tras regresar las chalupas, se vio en la distancia, cerca del lugar del naufragio, un cuerpo que flotaba.

Varios marineros fueron enviados para recogerle: era el del Sr. Boussordée. Había conservado la misma actitud que había tenido en sus últimos momentos; una mano en el pecho, y la boca pegada al crucifijo que llevaba. Los restos de este hombre apostólico fueron recibidos en el barco con todos los sentimientos de la veneración y del dolor. Casi todos los pasajeros y los marineros le besaron las manos y los pies regándolos con sus lágrimas.

El cuerpo del Sr. Boussordée estaba ya en descomposición y las aves se habían comido la mitad del rostro. A pesar del deseo que se tenía de  transportar los restos del misionero a la capilla de los Portugueses, en Rufisque, se tuvo que hacer la inhumación en la ribera.

El Sr. Cuveron, uno de los misioneros que formaba parte de esta expedición, consagró en una carta a san Vicente de Paúl, las líneas siguientes al recuerdo del Sr. Boussordée:

«El viernes santo, por la tarde es decir al día siguiente de la catástrofe, nos reunimos, mis cohermanos y yo, para conversar  sobre las virtudes  de nuestros queridos difuntos.  Nos detuvimos principalmente en las que deben  inspirarnos más afecto y son para nosotros más imitables.

«No hemos conocido desgraciadamente al Sr. Bourssordée más que en el viaje, es decir durante los seis meses de navegación. Siempre ha dado muestras de un gran amor a Dios, un vivo deseo de procurarle toda la gloria posible, o de darle a conocer  y amar de todo el mundo, en particular de los infieles. Su dolor más sensible era ver a Nuestro Señor tan ofendido, tan poco servido y honrado de sus criaturas. Los juramentos, como puñaladas, le partían el corazón; las palabras disolutas eran golpes mortales que  no podía oír sin manifestar su aflicción. Sus mayores consuelos eran conversar sobre los medios de anunciar el santo evangelio, hacer conocer  y amar a su Creador. Como el amor que tenemos hacia alguien nos hace querer todo lo que le pertenece, el Sr. Boussordée tenía inclinaciones muy fuertes por la salvación de las almas que Jesucristo Nuestro Señor ha rescatado con su preciosa sangre; él sentía por ellas un celo tan grande que prefería su conversión a sus intereses y a su propia vida. Las incomodidades del mar  no le espantaban, y los naufragios de los había escapado, dos veces, cerca de Nantes, y en el viaje del Sr. Flacourt, a quien debía acompañar, no le han impedido embarcarse por tercera vez, para sacrificarse por completo a la conversión de los infieles. Durante todo nuestro viaje, tenía un gran gozo que no podía disimular pensando que Dios le quería en Madagascar, ya que había conservado, entre todas sus fatigas, una perfecta salud. No habría dejado su empresa por un imperio. Hacía mucho que su corazón estaba lleno del celo por la salvación de las almas; y después de ordenado sacerdote, ha trabajado siempre con fervor en su conversión. Era párroco antes de entrar en nuestra Compañía y, después de ser recibido, se le ha ocupado siempre en las misiones, donde no se cuidaba, predicando varias veces al día, como lo hizo a bordo del barco, y se puede decir que ha muerto en este ejercicio. Lo que le comprometió a ir a tierra fue que un negro, hablando un poco de francés, declaraba que había sido bautizado, y que si hubiera sacerdotes para enseñar a estos pobres infieles, sería fácil convertirlos. Este deseo de anunciar  el Evangelio le hizo subir a la barca, sin pensar en el peligro que corría con este pobre negro, anciano, se dice, de ciento diez a ciento veinte años. Si ha tenido celo por los infieles, no lo ha demostrado menos con aquellos a quienes acompañaba; ya que, cuando el peligro fue inminente, si los hubiera abandonado, habría podido fácilmente llegar a tierra. Pero quién puede pues ver así al prójimo en un apuro tan grande, sin prestarle algún auxilio, en particular, cuando se trata de su salvación eterna! Esto fue lo que le movió tan fuerte que se olvidó de sí mismo, dedicando los últimos momentos de su vida  a exhortar a su pobre gente que se ahogaban, y a inspirarles los sentimientos de piedad de lo que tenía necesidad para tener una buena muerte, no reservándose para sí más que lo que no podía sacrificar para la santificación de su prójimo.

«Su amor para con la santísima Virgen, y el honor en que la tenía, le obligaban a prestarle  respetos muy singulares. Esta devoción le inspiraba muchas santas prácticas. Recitaba todos los días el pequeño oficio y por ocupado que estuviese, nunca lo omitía. Comenzaba de ordinario por ahí; ayunaba todos los sábados en su honor. Recitaba con frecuencia el rosario; y cuando le faltaba el tiempo, por el día, robaba al descanso de noche para cumplirlo. Llevaba también el escapulario. No dejaba pasar sus fiestas sin hablar de sus grandezas, y sin exhortar a su devoción; lo que me hace creer que esta Reina del cielo, este Refugio de los pecadores, la patrona y la abogada de los Misioneros, ya ha obtenido gracia ante Nuestro Señor para su pobre siervo que se había confesado por la mañana, lo mismo que nuestro hermano, y había celebrado la santa misa en la que él comulgó.

No es denigrar a los santos hablar de sus imperfecciones, pues nadie está exento de ellas. Dios las permite a menudo y las sufre en sus siervos para mantenerlos más humildes y para que desconfíen de sí mismos y recurran a su bondad. Nuestro pobre Sr. Boussordée era de un natural vivo, se sentía inclinado a manifestar sus descontentos con menos dulzura, lo que no provenía de una mala voluntad sino tan sólo de la pena sentida porque las cosas no se hacían con la perfección deseada. Pero ¿quién no sabe que nuestro querido difunto, salía pronto de estas imperfecciones, volviéndose enseguida a Nuestro Señor cuya misericordia imploraba humildemente, y suplicando con frecuencia a los que había contristado que le excusaran? Lo que nos hace sentir  vivamente la pérdida de un tan buen misionero, es que todo el mundo la deplora, y particularmente los Srs. Capitanes y varios pasajeros  que conocían sus mérito y esperaban mucho de él. Se tenía gran confianza en su persona a causa de su virtud y de su ciencia que no era mediocre».  –Historia de los naufragios célebres y Memorias de la congregación de la Misión: Madagascar.,

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