CAUSA DE BEATIFICACIÓN DE LA VENERABLE LUISA DE MARILLAC

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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El proceso apostólico sobre la heroicidad de las virtudes de la Venerable Luisa de Marillac llega a su fin; es el último proceso que debe preceder a la beatificación. Todos han reconocido la santidad de la vida y obras de la piadosa fundadora; ahora es necesario que se unan los milagros a las múltiples y señaladas gracias obtenidas por su interce­sión, para que atestigüen su poder y valimiento delante de Dios. Para obtenerlos se ha hecho una exhortación a las oraciones de todos aquellos a quienes interesa especialmente dicha causa.

RELACIÓN DE LA CURACIÓN MARAVILLOSA OCURRIDA EL DÍA 13 DE MARZO EN LA CASA CEN­TRAL DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD DE ESPAÑA.

Sor María Ferrer y Nin, de veinticuatro años, natural de Barcelona, hija legítima de D. Odón y de Antonia, ingresó en la Compañía el 28 de Mayo de 1904. Vistió el santo hábito el 13 de Noviembre del mismo año, y a los cuatro días sufrió una caída que le produjo fatales resulta­dos; cayó hacia atrás y sintió un crujido cerca de la cintu­ra; desde aquel momento tuvo un malestar general grande, pero sobre todo dolores en la espalda y en la cabeza, que casi no le permitían estar de pie; anduvo, a pesar de esto, algunos días; pero el 25 tuvo que rendirse y guardar cama, pues le era imposible sostener la cabeza, en la que sentía golpes fuertes y mucha tirantez; el tratamiento que le puso el médico logró disminuir un tanto estos dolores; mas los de la espalda aumentaban todos los días, de manera que le impedían moverse, y cuando por necesidad tenían que ba­jarla, las piernas no la sostenían un momento; la reconoció el médico y declaró que a consecuencia de la caída tenía una fuerte inflamación en la espina dorsal y hasta un des­vío en la misma; puso dicho señor cuantos medios estuvie­ron a su alcance, sin conseguir aliviarla; antes al contrario, los dolores se hicieron tan intensos que casi no le permi­tían conciliar el sueño.

Viendo por la marcha de la enfermedad que desgra­ciadamente la hermana se nos iba a quedar paralítica, llamamos a otro señor especialista en esa clase de enfer­medades; la observó detenidamente y confesó que el caso era dificilísimo, por lo que nos prevenía que a su parecer la hermana no curaría; sin embargo de esto, procedió a suspenderla y le puso un vendaje escayolado, que llevó du­rante un mes, al cabo del cual seguía mucho peor, pues el sueño había huído por completo; se le trastornó de tal modo el estómago, que no le permitía alimentación de ningún gé­nero; los vómitos eran frecuentísimos y varias veces arrojó sangre; a todo esto se le agregaron los dolores y molestias de la retención de orina, que se la extraían con la sonda; en vista de esto optó el doctor por quitarle el vendaje; hízolo y se retiró, confesando su impotencia.

Hacía tiempo que veníamos pidiendo a Dios Nuestro Señor, por intercesión de nuestra venerable Madre Luisa de Marillac, la curación de nuestra buena y amada hermana; pero al oír el dictamen del médico se avivó nuestra fe é hi­cimos una tras otra tres novenas a nuestra Venerable funda­dora, empezando la tercera con el deseo de que el de ca­becera desahuciara a Sor María como el otro médico, a fin de que si obteníamos la curación se declarase como milagro y sirviera para la beatificación, que tanto anhelamos, lo que sucedió, efectivamente.

Por indicación de Nuestra Superiora General comen­zamos otra novena para terminarla el 15, aniversario de la muerte de la Venerable, y se encargó a la Comunidad que hicieran una súplica especial durante ella con el ob­jeto que vamos refiriendo; el día 14 se renovó el encargo y se determinó pasar por la espalda de la paciente un pe­dacito de tela de la camisa con que murió nuestra funda­dora y otro del cofiado que usaba; además vestirla y lle­varla al coro en un sillón con ruedas, lo que se verificó a la letra; este día, según asegura nuestra querida hermana, es­taba peor que nunca; sentía que la vistieran, porque no tenía ánimo para nada, mas no puso inconveniente alguno; dice asimismo que no pudo tener atención en la Misa, pues se lo impedían el malestar y los dolores; la volvieron a la cama y se quedó como aletargada; al despertar sintió ne­cesidad de bajar, lo que hizo ayudada, y ahora no hubo necesidad de la sonda; los dolores que sintió en aquellos momentos fueron terribles, notando una opresión como si le apretaran fuertemente con una piedra en la espalda; rogó a la enfermera que se retirara, y así pudo probar a levantarse, lo que hizo, desapareciendo en aquel momento todo dolor; fue tanto lo que se impresionó, que lloraba mucho y gritaba como fuera de sí: «¡Es posible que Nuestro Señor quiera hacer esto conmigo!» Pidió la ropa, y una vez vesti­da comenzó a hacer uso de todos sus miembros con toda facilidad.

La hermana, gracias. a Dios, continúa muy bien, siguien­do en todo a la Comunidad.

¡Gloria a Dios! ¡Gloria a María Inmaculada! ¡Gloria a la Venerable Luisa de Marillac, por cuya intercesión se cree obtenida tan prodigiosa curación!

 

DOCUMENTOS RELATIVOS A TAN PRODIGIOSA CURACIÓN CERTIFICADO DE D. JOSÉ GALLUD Y MOLINA, MÉDICO

  1. JOSÉ GALLUD Y MOLINA, médico por oposición de la clase de primeros de la Beneficencia municipal de Ma­drid, del Asilo de Santa Cristina, sito en el Paseo de la Moncloa, y de la Casa Central de las _Hijas de San Vicente de Paúl, en la calle de Jesús, núm. 3, con pa­tente núm. 138.

CERTIFICO: Que el día 9 de Diciembre de 1904 me pre­sentaron en la enfermería de la Casa Central de las Hijas de la Caridad a Sor María Ferrer y Nin, de veinticuatro años de edad, soltera, natural de Barcelona, la que en el día 17 del mes anterior había sufrido en la casa donde es­taba destinada, llamada Santa Cruz, en el pueblo de Carabanchel, una caída, quedando sentada en el suelo.

Antecedentes patológicos no los tiene, ni de familia o hereditarios; estaba bien desarrollada, bastante nutrida, y antes del traumatismo todas sus funciones eran fisiológicas; reconocida en la cama, la hallo en decúbito supino, único que le es posible; se queja de vivísimos dolores en la región lumbar, insomnio, vértigos, ruidos intracraneales, náuseas, vómitos, algunos de sangre, disuria y aun retención de orina, paresia intestinal, imposibilidad completa de la po­sición bípeda; el síntoma que más la domina por su inten­sidad y carácter continuo es el dolor, el cual no la deja dormir.

Diagnóstico.—La observo faz contraída por el dolor; éste se exacerba a la palpación, localizado en el espacio de las vértebras última dorsal y primera lumbar, dolor que ni al principio ni más tarde ha podido calmarse con los múltiples medios que se le administraron, tanto por la vía bucal como por la subcutánea, y menos producirle el sueño; también observo la paresia de los órganos abdominales, intolerancia del estómago aun a la leche, vómitos de sangre (esto por acción refleja), disminución de calor y tonicidad muscular de las extremidades inferiores, pulso y respiración casi normales. Explorada la región lumbar, causa o motivo de todo ese síndrome a falta de la radiografía, por la palpación encontré desviación de las apófisis espinosas vertebrales de las dos mencionadas con ayuda de una esponja caliente, exacerbación del dolor localizado; todo esto me indujo a considerar esta afección, señalándola por la de «lilielitis por compresión; está causada por la luxación de dos vérte­bras y de naturaleza traumática»; dada esta claridad, de­seché confundirla con cuantas pudiesen tener relación y ser de carácter de las llamadas poliamorfas.

Curso.  Fue siempre el mismo, agravándose por la intensidad, siempre creciente, de los síntomas, en particular insomnio, dolor y gastrorragias.

Pronóstico.—Desde el primer momento consideré esta lesión de carácter grave, y si hubiese tenido alguna remo­ta esperanza en su mejora, atendiendo a la causa, edad y falta de estigmas hereditarios, ésta la perdí por la imposi­bilidad de animarlos, no sólo por mis medios, si que tam­bién por los suministrados por otro dignísimo compañero durante un mes lo menos.

Tratamiento.—Tanto el exterior como el interior fue di­rigido a poner las vértebras en su posición normal, calmar

el dolor y producir el sueño, sin poderlo conseguir; por lo que manifesté a sus señores Superiores la fatal noticia de que aquel estado sólo podía terminar por la muerte, teniendo en consideración la índole del mal, su tan larga duración y las grandes energías perdidas.

Terminación.—El día 15 de Marzo, a las ocho de la ma­ñana, y en el momento de estar pasando yo la visita, siente esta enferma (que, como sabemos, estaba imposibilitada de todo movimiento) intensísimo dolor (si más cabe), acom­pañado de una ligera lipotimia, de duración minutos; reac­cionada, pide la ayuden a vestir y levantarse, como lo hacen; marcha como si tal enfermedad no hubiese pasado, el estómago tolera toda clase de alimentación y orina con facilidad; me sorprende tanto el caso, la veo y quedo ab­sorto, no explicándome científicamente cómo esta joven ha podido resistir una dolencia de tan larga duración, cómo han desaparecido todos los síntomas sin prodromos de me­jora, habiendo perdido tantas energías musculares, pueda hacer toda clase de movimientos y corresponder a los que la felicitaban por su incomprensible y rapidísima curación, no hallando, como posteriormente comprobé, nada fuera de la debilidad que recuerde su mal.

Y para que conste, como para dar fe de mi intervención diaria en este caso, en prueba de verdad lo manifestó en esta forma, para que hagan el uso que mejor estimen.

En Madrid, a 26 de Marzo de 1905,—Don Yosé Gallud y Molina.

II.- CERTIFICADO DE D. AURELIO RÍO Y MOZAS, DOCTOR EN MEDICINA Y CIRUGÍA.

DON AURELIO DEL Río Y MOZAS, Doctor en Medicina y Cirugía, premiado por la Universidad Central, Caba­llero de la Orden de Alfonso XII y de la Real y Militar Orden portuguesa de Nuestro Señor Jesucristo etcé­tera, etc., y con ejercicio en esta villa y Corte, según patente de 4.a clase núm. 469.

CERTIFICO: Que en el día 12 del pasado Enero fui llamado al Noviciado de las Hijas de la Caridad para ver a Sor María Ferrer y Nin, natural de Barcelona, de veinticuatro años de edad, la que había sufrido una caída el día 17 de No­viembre del pasado año de 1904, por la que tenía que per­manecer en cama, pues no podía ponerse en pie y sufría de fuertes dolores en la región lumbar.

Reconocida la enferma y más detenidamente la espina dorsal, pude apreciar una ligera desviación de las aprófisis espinosas de la I2.a vértebra dorsal y La lumbar, desviación que hacía sospechar en una luxación de ambas vértebras que determinaba una compresión de la médula espinal, fuente de origen del cuadro de síntomas que presentaba la enferma y de los sufrimientos que tenía, aunque, a decir verdad, los soportaba con excepcional resignación.

Solicitada una entrevista con el reputado médico de la casa nuestro distinguido amigo el Doctor Gallud, la cele­bramos al siguiente día 13, de Enero último, y después de hacer éste una brillante historia desde el día que se encargó de la enferma (10 de Diciembre de 1904) y de todos los medios terapéuticos empleados para combatir tan terrible afección etc., etc., le propuse, y así aceptó, emplear los quirúrgicos, comenzando por la colocación de un vendaje Sayde, que la fue aplicado previa suspensión el día 25 de Enero del corriente año; poco ó ningún alivio se obtuvo en los treinta y cinco días que tuvimos a la paciente con el vendaje, pues seguían los acerbos dolores de la región lum­bar, el insomnio, la disuria, el estreñimiento y persistía la parálisis completa de la sensibilidad y motilidad de los miembros inferiores; en cambio, se exacerbaron los vómi­tos, con los que arrojaba, no sólo los alimentos, sino tam­bién sangre líquida. En esta aflictiva situación, dejé de ver a la referida Sor María Ferrer, y bajo los cuidados y única dirección de mi distinguido comprofesor el citado Sr. Gallud, y por él y por las Hermanas tenía noticias de la en­ferma, que lejos de mejorar empeoraba de día en día, ha­ciendo presagiar un fin triste, y no remoto, para la paciente, puesto que no se alimentaba y la escasa cantidad de leche y agua de Vichy que ingería las vomitaba, y a más tenía una continua gastrorragia, y durante su enfermedad no, pudo, ni aun con los hipnóticos, conciliar por breves instan­tes el sueño.

En vista de lo que había observado y de las noticias que tenía de la desgraciada Sor María, la consideré un caso perdido de completa incurabilidad, y sobre todo de que nunca más volvería a andar por su pie.

Así que cuando el jueves 16 de los corrientes fui llamado a la casa Noviciado de las Hijas de la Caridad y me pre­sentó la Rvda. Madre Visitadora y otras Hermanas a Sor María Ferrer andando perfectamente como si nunca hu­biera estado enferma, tan contenta y satisfecha, fue extra­ordinario mi asombro, y a no verlo no hubiese nunca creído hecho tan sobrenatural.

Por satisfacer justificada y natural curiosidad, solicité permiso para reconocer de nuevo a Sor María; el día 24 de Marzo lo verifiqué, y reconociendo detalladamente la columna vertebral, no aprecié ya la desviación de las apó­fisis espinosas de la 12,a vértebra dorsal y La lumbar, ni tampoco pude apreciar la más ligera sensibilidad en toda la región en que antes eran agudísimos los dolores.

Es cuanto puedo justificar, según mi leal saber y enten­der, sobre este maravilloso caso clínico.

Madrid 26 de Marzo de 1905. —Dr. Aurelio del Río y Mozas.

III.- CARTA DE D. ODÓN FERRER a su HIJA SOR MARÍA FERRER NIN

Barcelona, 20 de Marzo de 1905. QUERIDA HIJA MARÍA:

Es tanta la sorpresa que me causó la noticia de tu cura­ción, tanta la alegría que tuve y tengo, tanto lo que qui­siera decirte, que no sé por dónde empezar ni lo que te voy a decir. Es la primera vez que me sucede no saber lo que he de escribir a mi hija, pero es lo cierto.

No me había hecho ilusiones, María; desde que estuve a verte me pareció que estabas bastante mal; y a pesar de ha­cer todo lo posible para lograr tu curación, de los desvelos y exquisitos cuidados que las buenas Hermanas te prodiga­ban, creía imposible poder lograrla. Mejor que yo, sabes que no eran equivocados mis pensamientos.

Pero Dios, en su infinita bondad y misericordia, y para los altos fines que se ha propuesto, nos tenía reservado lo contrario, y lo que a los hombres fue imposible no lo es para Él, otorgándote por la intercesión de la fundadora de la Congregación, y con las súplicas y oraciones de todos, principalmente de las Hermanas, a ti la salud del cuerpo, a los demás el consuelo de ver tu curación, que parecía im­posible. ¡Bendito sea Dios! ¡ojalá sirva, María, el beneficio que te ha concedido para su mayor honra y gloria!

De mí sé decirte que he cambiado de pensar: Decía siempre que mientras viviera no estaría contento de que fuerais Hijas de la Caridad, que no podía avenirme a tener fuera de mi compañía a mis dos únicas hijas, y que viviendo ellas tuvieran que ser manos extrañas las que cerraran mis ojos en la hora de mi muerte; pues bien, María, he cam­biado de parecer: el milagro (permíteme que así lo llame) que se ha operado con tu curación me parece demostrar, yo así lo creo, que tu vocación es la de Hija de la Caridad, que Dios quiere que lo seas, y no me rebelo, acato y digo a boca llena que estoy contentísimo de que, tanto tú como Dolores, lo seáis y procuréis, por todos los medios que vuestras pobres fuerzas consientan, darle mayor honra y gloria.

Hoy contesto a la carta de la M. Visitadora participán­dome tu curación. Contesto hoy mismo expresándole mi más profundo agradecimiento; no sé si es bastante expre­siva, en cuyo caso, cuando tengas ocasión, manifiéstale que puesto que no se alimentaba y la escasa cantidad de leche y agua de Vichy que ingería las vomitaba, y a más tenía una continua gastrorragia, y durante su enfermedad no pudo, ni aun con los hipnóticos, conciliar por breves instan­tes el sueño.

En vista de lo que había observado y de las noticias que tenía de la desgraciada Sor María, la consideré un caso perdido de completa incurabilidad, y sobre todo de que nunca más volvería a andar por su pie.

Así que cuando el jueves 16 de los corrientes fui llamado a la casa Noviciado de las Hijas de la Caridad y me pre­sentó la Rvda. Madre Visitadora y otras Hermanas a Sor María Ferrer andando perfectamente como si nunca hu­biera estado enferma, tan contenta y satisfecha, fue extra­ordinario mi asombro, y a no verlo no hubiese nunca creído hecho tan sobrenatural.

Por satisfacer justificada y natural curiosidad, solicité permiso para reconocer de nuevo a Sor María; el día 24 de Marzo lo verifiqué, y reconociendo detalladamente la columna vertebral, no aprecié ya la desviación de las apó­fisis espinosas de la 12.8 vértebra dorsal y I.» lumbar, ni tampoco pude apreciar la más ligera sensibilidad en toda la región en que antes eran agudísimos los dolores.

Es cuanto puedo justificar, según mi leal saber y enten­der, sobre este maravilloso caso clínico.

Tu padre, Odón Ferrer.

ANALES 1905

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