Catalina Labouré: una testigo para hoy

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

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Author: Anne Prevost · Year of first publication: 1997 · Source: Ecos de la Compañia.
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El año 1996 ha sido ocasión de celebrar la canonización de Juan Gabriel Perboyre, poniendo de relieve su pasión por Jesucristo y por la Evangelización hasta el punto de aceptar morir por El.

El año 1997 nos invita a reflexionar en la santidad de Catalina Labouré, con ocasión del 50 aniversario de su canonización, el 27 de julio de 1947.

Santa Catalina es un don que Dios ha hecho a la Compañía. Este don hemos de acogerlo incesantemente y descubrir toda su riqueza.

En primer lugar, dejémonos interpelar por algunos aspectos de su santidad y después por dos puntos del mensaje de 1830 que coinciden más especialmente ron nuestra vida de Hijas de la Caridad.

I. La santidad de Catalina Labouré

Unas palabras de Catalina, unos meses antes de su muerte, pueden resumir su vida y confiarnos el secreto de su santidad.

En efecto, en 1876, Catalina se siente apremiada por María para confiar a su Hermana Sirviente, sor Dufés, la realización de la imagen que representaba la primera fase de la aparición del 27 de noviembre de 1830.

Sor Dufés, admirada por su relato, dice a Catalina: ¡Ha sido usted muy favo­recida! «¡Oh! —responde Catalina, yo no he sido más que un instrumento; no es por mí por quien se ha aparecido la Santísima Virgen; si me ha escogido a mí, que no sé nada, es para que no se pueda dudar de Ella.

«Yo no he sido más que un instrumento;

no es por mí por quien se ha aparecido la Santísima Virgen;

si me ha escogido a mí, que no sé nada, es para que no se pueda dudar de Ella».

Todas las palabras de esta frase nos muestran que Catalina no es el centre.

Como Maria, Catalina está «fotalmente orientada hacia el Señor», «totalmente entregada a Dios- por emplear una de nuestras expresiones de Hijas de la Ca­ridad.

Consideremos unos instantes las palabras de Catalina antes citadas:

1. «Yo no he sido más que un instrumento…»

Catalina, a ejemplo de san Vicente y de santa Luisa, se reconoce como un instrumento en las manos de Dios. Su pretensión no es otra que la de ser un «instrumento».

«San Vicente y santa Luisa tenían la convicción profunda de no ser sino instrumen­tos en manos de Dios, quien de manera imprevista e imprevisible, se había servido de ellos para instituir la Compañía» (Constituciones, p. VIII).

A través de algunas de sus cualidades, Catalina nos enseña lo que es «un instrumento al servicio de Dios». En efecto, su preocupación constante fue estar al servicio del designio de Amor de Dios hacia los hombres.

Su bondad y, sobre todo su imparcialidad, hacen que reine un buen espíritu en su servicio a los ancianos, servicio difícil. Ella respeta a cada uno, es equitativa y hace frente a los que intentan explotar su bondad en detrimento de los demás.

«Nunca se quejó nadie de su acogida», dice sor Combes.

«Nunca he oído decir que hubiera causado pena a nadie», dice sor Cantel.

Su comprensión hacia las Hermanas jóvenes, recientemente llegadas, les ayuda a superar sus dificultades.

«¡Vamos, es Dios quien permite eso. No se desanime!» «¡Animo, Hermanitas, hay que hacer algo por Dios!»

Su vigilancia para cortar enseguida toda crítica o indiscreción crea en torno a ella un clima de caridad.

«Sor Catalina se abstenía de juzgar a quienquiera que fuere, dice sor Charvier. Si se le pedía que se pronunciara sobre las personas, decía invariablemente: «Dé­jeme tranquila, eso no es asunto mío»».

Su solicitud por el bien de los pobres le da esa inteligencia del corazón que sabe acudir a los ricos con el fin de suscitar su generosidad. Lejos de hacer que se enfrenten unos contra otros, tiene la preocupación de permitir a cada uno que se abra al sufrimiento de los demás y que haga todo lo posible para contribuir a aliviarlo.

«Sor Catalina contaba a la Mariscala de Mac Mahon que se había visto obligada a despedir sin ayudarle a una mujer que pedía 60 francos para pagar su alquiler. Al ver su pena, la Mariscala le dio esa cantidad».

Su compasión hacia los que sufren contrarresta la tendencia al triunfalismo que reina al principio de la guerra de 1870. Hace descender a la realidad la exaltación patriótica de algunas Hermanas. Al ver marchar a los soldados, dice:

«Pobres corderos, los llevan al matadero…

Su pasión por la unidad fraterna le comunica el valor de dar el primer paso. Cuando sor Dufés, su hermana Sirviente, le hace reproches injustificados, una vez que pasa la andanada, Catalina restablece ella misma el contacto, pidiéndole algún permiso sin importancia.

«Hagamos algo por Dios».

Su arrepentimiento era pronto y sin complacencia.

«Un día, durante el recreo, una Hermana joven sostenía lo contrario de lo que decía sor Catalina. Como ésta defendiera su punto de vista, intervino la Superiora: «Veo que sostiene usted con energía sus opiniones».

Sor Catalina se puso de rodillas en medio del patio y pidió perdón… «Bien veo que no soy más que una orgullosa»».

Su espíritu de fe le lleva, en la primavera de 1876, a tomar a sor Dufés como confidente, aunque esta última fue durante tanto tiempo despectiva con ella. Catalina le confía la realización de la Virgen del Globo, que María había pedido.

La transparencia de su vida le hace repetir con frecuencia:

«No hay que poner la confianza más que en Dios y no esperar nada más que de El».

Su oración humilde refleja igualmente su disponibilidad para con Dios:

«Cuando voy a la capilla, me pongo delante de Dios, y le digo: «Señor, heme aquí, dame lo que quieras». Si me da algo, me pongo muy contenta y se lo agradezco. Si no me da nada, se lo agradezco también, porque yo no merezco más. Y después, le digo todo lo que me viene a la mente: le cuenta mis penas y mis alegrías y escucho».

Al decir: «Yo no he sido más que un instrumento», Catalina canta a su manera el Magnificat: el Señor ha mirado la pequeñez de su esclava. En efecto, en su acción de gracias, María decía de una manera implícita -No soy más que un instrumento al servicio de Dios».

2. «No es por mi por quien…»

Durante toda su vida Catalina no buscó nunca cumplidos u honores para sí misma. Invadida solamente por el deseo del bien de los demás, sin buscar su interés personal, sabe dirigir su mirada hacia Dios y hacia María,

Cuando un anciano vuelve ebrio, lo acuesta y espera al día siguiente para hacerle razonar. Cuando éste pide perdón, ella responde: «No es a mí a quien hay que pedir perdón, es a Dios». Si Catalina reacciona, no es por ella. No es a un nivel afectivo. Lo que es importante para ella es que el anciano se dé cuenta de que Dios quiere que sea todo un hombre.

En lugar de sumarse al parecer de su entorno en algunas críticas, Catalina dice, sencillamente: «No faltemos a la caridad. La Santísima Virgen no estaría contenta. ¡Sepamos ver las cualidades!»

Es de resaltar la pureza de intención de sor Catalina; sus acciones, sus reac­ciones, sus palabras no están orientadas hacia ella, sino hacia Dios.

Catalina sabe descubrir a Dios en los pobres, en los ancianos, incluidos los más desagradables. Cuando se le reprochaba su demasiada indulgencia hacia los ancianos que bebían, ella respondía: «Que quiere usted, yo veo a Nuestro Señor en ellos».

Espera contra viento y marea la conversión de los pecadores. Los ve como «heridos», a quienes quiere devolver el coraje y la estima. «Siron, jefe de los asaltantes, un antiguo galeote, dirá un día: «Estoy totalmente cambiado».

Catalina ve también a Dios en los sacerdotes y en los Superiores y los considera como los representantes de Dios:

«¡No murmuren. Nuestros Superiores representan a Dios!» «¡No refunfuñe! ¡La Superiora es Dios!»

Catalina mira igualmente los acontecimientos con esa mirada de fe. Todo lo que va en el sentido de la voluntad de Dios le alegra. En el caso contrario, hace cuanto está en su poder para que eso cambie. Amplía esta perspectiva a los acontecimientos públicos en los que no puede influir: «Deje obrar al Buen Dios, El sabe mejor que nosotros lo que necesitamos».

3. «Si la Santísima Virgen me ha escogido, a mí que no sé nada..»

Cuando Catalina dice: «la Santísima Virgen me ha escogido», se diría que ha oído a María decirle: «No eres tú quien me ha escogido; soy yo quien te ha escogido para que produzcas mucho fruto» (cf. Jn 15).

En el corazón de Catalina no hay ningún sentimiento de complacencia en sí misma ni de vanagloria. Catalina reconoce que ella ha sido escogida en razón de su ignorancia: «Si me ha escogido a mí, que no sé nada, es para que no se pueda dudar de Ella».

En realidad, no fue en la ignorancia de Catalina en lo quo Maria so filo, sino en su humildad. En efecto, esta expresión do Catalina, al final do su vida, es reveladora del sentimiento que la invadió día tras día, a saber, que ‘Hinca cesó de aprender de Dios y de los pobres. Los pobres son nuestros maestros»; esta expresión de san Vicente quedó grabada en su vida Recordemos también su experiencia espiritual del 18 de julio do 1830 en que debió aceptar el dejarse guiar por un niño y aprender de él a «ver do otro modo» para reconocer a María, -ya que ella dudaba si era le Santísima Virgen».

Catalina nos recuerda que la santidad es también emprender el humilde cami­no de aprender de los demás, especialmente de los más pequeños.

II. Dos «secretos» del mensaje de 1830

Después de habernos detenido en algunos aspectos de la santidad de Cata­lina, veamos lo que ella vio y descubrió durante la primera aparición, la del 18 de julio de 1830. Escuchemos lo que el Señor nos dijo por labios de su Madre.

Retengamos dos secretos de este mensaje que se refieren especialmente a nuestra vida de Hijas de la Caridad:

María, única Madre de la Compañía.

María, Madre de los pobres.

1. María, única Madre de la Compañía

  • María, Tú estabas allí

En esta primera aparición del 18 de julio, ocurre algo como en las bodas de Caná. «La Madre de Jesús estaba allí», María estaba allí, en su nombre, pero para nosotros. Pues necesitamos ser educadas para estar más atentas a lo que Dios nos da para poder cumplir con nuestra vocación de Hijas de la Caridad.

La clave de la acción de Marta consista en decir a Jesús: -No tienen vino». Indudablemente. Jesús ve. Oye y sabe Poro, nosotros necesitamos oír a Maria que lo habla de nosotros y, sobre todo. María añade: -Haced lo que El os diga-.

Cuando dice: «Me gusta derramar gracias sobre la comunidad«, Maria corrobora la seguridad de su presencia a nuestro Iado y el porqué de esta presencia. Está presente para ayudarnos a llevar a cabo nuestra misión entre los pobres. Al hablar de las gracias que le gusta derramar, María nos recuerda que la Compañía es obra de Dios No estamos solas para prestar nuestro servicio a los pobres; Dios nos da su ternura pera compartirlo con ello.

  • María, maestra de vida espiritual

¡La comunidad, la quiero mucho, felizmente!» María nos repite su amor hacia cada una de nosotras. No obstante, enseguida añade: «¡Pero tengo pena! ¡Hay grandes abusos en la regularidad. No se observan las reglas!»

Dicho de otra manera, no se viven bien las Constituciones. Y por esta razón, María tiene pena. Dios tiene un designio sobre la Compañía y ésta parece que lo olvida. Felizmente, Dios la ama mucho y quiere ayudarle a rencontrar el fervor y la vitalidad de los orígenes. María también.

A través de su presencia operante a nuestro lado, María nos hace nacer de nuevo a nuestra vocación. Nos invita a esa conversión permanente que supone una actitud humilde de acogida de la gracia que nos transforma. Nuestra vocación es un don de Dios que hemos de acoger cada día y una tarea que hemos de llevar a cabo con su gracia.

2. María, Madre de los pobres

María hace desfilar ante Catalina los acontecimientos dolorosos que van a pasar y que van a llevar consigo muchos sufrimientos: «Correrán malos tiempos. Las desgracias se cernirán sobre Francia… el mundo entero se verá amenazado por desgracias de todas clases». (La Santísima Virgen tenía cara de pena al decir todo esto.)

Después, hace entrar a Catalina en el misterio de identificación de Cristo que sufre en el pobre.

«La Cruz será despreciada. Se la tirará por tierra, la sangre correrá, se abrirá de nuevo el costado de Nuestro Señor…»

  • A través de estas conversaciones con la Virgen, Catalina descubre la profundi­dad y la universalidad de la mirada de María. Por esa mirada, Catalina comprende la perspectiva mundial del mensaje. Es la misma invitación que se nos recuerda en las Constituciones, la de orar por toda la humanidad marcada por la violencia y el sufrimiento. «La oración por los pobres y en nombre de ellos es el primero de sus deberes» (C. 2,9).
  • Catalina se ve también interpelada en su propia fe. María le recuerda la necesi­dad de desarrollar una  mirada de fe en su servicio a los pobres. Jesús no se deja ver, pero nos permite reconocerle en los heridos de la vida. «…los pobres les repre­sentan a Cristo… El servicio de las Hijas de la Caridad es, al mismo tiempo, mirada de fe y puesta en práctica del Amor, del que Cristo es fuente y modelo» (C. 2,1).
  • Por último, María le comunica otra preocupación que tienen en su corazón: la situación miserable de algunos niños.

En Reuilly, Catalina constatará, lo mismo que las Hermanas de su comunidad, cómo se encuentran abandonados los jóvenes y entregados a ellos mismos. Ve «rodar por la calle a niños que han hecho la primera comunión completamente ebrios. Son «tiradores» —así se les llama–: niños explotados por las fábricas de papel pintado que prosperan en la miseria do Houilly. Los muchachos son tratados en ellas como «bestias de carga» La mayor parte ni siquiera han hecho la primera comunión».

Maria no hace un largo discurso con relación a osos niños, sino que indica la manera de poner en práctica alguna cosa en su favor, Catalina dirá al P. Aladel: ,‹La Santísima Virgen quiere encargarle de una misión… usted será el fundador y director. Es una cofradía de hijos de María…»

María llega, incluso, a sugerir que se celebren algunas fiestas para ayudar a estos niños con dificultades a descubrir quién es Ella para ellos. Entonces, podrán vislumbrar, a través de Ella, un camino que les conducirá hasta su Hijo y hacia condiciones de vida más humanas.

Después de haber compartido sus inquietudes, María invita a Catalina a diri­girse hacia su Hijo, que tiene un corazón manso y humilde.

«Venid al pie de este altar. Aquí las gracias se derramarán…»

María parece hacer eco a unas palabras de Jesús: «Venid a Mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,28-30).

Esta invitación es la misma que encontramos en las Constituciones: acudir cada día a la Fuente para obtener las fuerzas necesarias a fin de renovar y afian­zar nuestra mirada de fe y ensanchar nuestro corazón a las dimensiones del mundo.

«En la alabanza á Dios, la atención a su Palabra, la súplica, no obran sólo en su nombro propio, sino que son portadoras de los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de toda la humanidad» (C. 2,12).

Conclusión

A través de su vida y del mensaje de María que nos ha transmitido, Catalina es un «signo profético» para nosotras, Hijas de la Caridad, y para el mundo de hoy en el umbral del tercer milenio.

Como Catalina que se dejó «subyugar» por la belleza de María, especialmente el 27 de noviembre de 1830, no temamos mirar detenidamente a nuestra «Unica Madre». Es la Obra Maestra que Dios nos da para estimularnos a vivir cada vez mejor nuestra vocación de Hijas de la Caridad. «En su servicio, la Compañía se fija con razón en Aquélla que engendró a Cristo… La Virgen fue en su vida ejemplo de ese amor maternal con que es necesario estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres» (C. 2,11).

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