Carta abierta a San Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Eblerino Diez Llamazare · Año publicación original: 2010 · Fuente: Anales.
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Muy querido y recordado Señor Vicente:

Estamos celebrando tu muerte, porque para quienes creemos en  Cristo resucitado, sabemos que ese día empieza la vida definitiva. Esa vida gloriosa y feliz de la que tú estás disfrutando.

Me imagino que de vez en cuando os reuniréis en el Cielo, la Familia Vicenciana, para comentar, cómo es el día a día por esas latitudes siderales. Si las Cortes Generales, o el Parlamento, o como lo llaméis, y el primer ministro, Jesucristo, están ejecutando el plan diseñado por el Padre. También comentaréis cómo estamos respondiendo al clamor de los pobres de este siglo XXI, quienes nos consideramos tus seguidores.

Cuando me contestes me gustaría que me glosaras un poco, cómo te va y cómo les va a aquellos con los que empezaste tu andadura de evangelizador y servidor de los pobres. La Señorita Le Gras, la Vaquera de Suresnes, el tesoro escondido que un día tú y la Señorita encontrasteis en el campo de la Divina Providencia. Cómo se encuentran aquellos compañeros con quienes recorrías la campiña, hablando a los campesinos del amor que Dios les tiene: Portáil, Almeras… ¿Y tu fiel secretario, Ducourneau? ¿Cómo está? ¿Sigue tomando apuntes de tus conferencias y redactando tus cartas?

Han pasado 350 años desde tu partida a la Casa del Padre. En tu galaxia, cuentan, que todo va bien. Por aquí, se han producido muchos cambios. Trescientos cincuenta años dan mucho de sí. Hay cosas que nos preocupan. Pero seguimos disfrutando, como continuadores de la obra creadora del Padre y la tuya, de la capacidad, hecha esfuerzo cada jornada, por construir un mundo más humano, en el que los pobres sean tratados como ciudadanos de primera. Vicente, esa civilización del amor, la solidaridad, a la que tú entregaste lo mejor que llevabas en tu mente y tu corazón, algún día será realidad. Como tú, creemos que el amor es inventivo hasta el infinito. Si tenemos que esperar otros 350 años, lo haremos. Mientras, nuestras mejores energías las emplearemos en hacer de esta tierra un Paraíso para los pobres. Aquellos que tú decías que eran tu peso y tu dolor.

Como quiero que percibas lo que han cambiado las cosas en este hermoso Planeta Azul, te doy este detalle: Viajamos, no en caballo o diligencia como en tu tiempo, cuando ibas a Dax, a Marsella, a París, a Zaragoza, sino en coche, tren, avión, que corren a gran velocidad. Para que veas: de tu pueblo a París se va en unas horas, o poco más de una hora, en un tren que en España llamamos AVE y en tu Francia del alma, le llaman  TGV.

¿Por qué utilizo el estilo epistolar para comunicarme contigo  y comentarte cómo nos encontramos? Porque según uno de tus hijos y extraordinario biógrafo,  José María Román, en tus últimos treinta años, escribiste unas 30.000 cartas. Es señal de que la carta es para ti un excelente medio para acercarte a quienes te pedían una palabra de aliento, un consejo acertado para caminar por la vida con un poco de agilidad y esperanza. Por cierto, ¿has contrastado este dato con José Mª Román? Me imagino que le habrás dicho: Padre Román ¿Tantas? Ten en cuenta, Señor Vicente, que Román cuando escribe un dato, antes lo ha investigado concienzudamente.

Por eso, si la carta era un medio habitual en tu relación con obispos, misioneros, hermanas, políticos, sacerdotes y toda suerte de personas, me ha parecido lo más acertado dirigirme a ti a través de este medio tan familiar y cercano. He empezado tuteándote y así seguiré haciéndolo; te siento como el Padre que me ha enseñado el camino para seguir al Cristo evangelizador de los pobres. Me siento heredero de tu cristocentrismo.

El martes, 25 de agosto, concluyó la XXXIV Semana Vicenciana. En ella, los 260 semanistas,  guiados por expertos estudiosos de Luisa de Marillac, la mujer que compartió contigo la búsqueda de nuevas estrategias para servir al pobre del siglo XVII, pudimos comprobar lo que, fieles al soplo del Espíritu, fuisteis creando los dos para responder a los desafíos de los excluidos de aquella hora.

Hoy, la Familia Vicenciana, a nivel mundial, quiere responder al clamor de los pobres con el cambio sistémico. No sé si en el cielo sabéis de qué se trata. En la página nueve del libro publicado por la editorial La Milagrosa, “Semillas de Esperanza” leemos: “El cambio sistémico intenta ir más allá de proporcionar alimentos, ropa y  vivienda para aliviar las necesidades inmediatas de los pobres. Se centra en asistir a los necesitados, cambiando las estructuras dominantes en cuyo interior viven, y en ayudarles a desarrollar estrategias con cuya ayuda puedan salir de su pobreza.”

Yo creo que esto ya lo hacíais vosotros en el siglo XVII. Recuerdo a Margarita Naseau, de la que tú decías que todo el mundo la quería, porque no había nada que no fuera digno de amor en ella, que iba de pueblo en pueblo, como maestra y catequista itinerante, convencida de que lo más importante para que los pobres, en especial las chicas, salieran de su marginación era que aprendieran a leer y escribir. También sé que el testimonio de la vaquera de Suresnes os animó a ti y a Luisa a recomendar a las primeras Hijas de la Caridad que aprendieran a leer, que se formaran para formar,  y así enviarlas a enseñar, que era una forma privilegiada de servir.

Otra preocupación que tenemos todos es la falta de vocaciones. Vicente, tú que eres un gran y creativo organizador, te pido que convoques un consejo de Familia, podéis invitar a Jesús, el Hijo de María, y tratad en profundidad este tema. Recordadle a Jesús, que si quiere evangelizadores-evangelizadoras y servidores-servidoras de los pobres, que no se descuide tanto, que vamos quedando pocos y un poco mayores. Dile que nos sugiera caminos y estrategias. Recuérdale que, aunque nosotros no nos lo merezcamos, los pobres necesitan Misioneros e Hijas de la Caridad, las veinticuatro horas a su servicio. Lo que tratéis, me lo puedes enviar por correo electrónico, por correo ordinario, o, aunque te cueste un poco más, con sello de urgente. Créeme, que estamos atascados y sin saber hacia dónde caminar. Nos justificamos diciendo que en  este mundo de increencia y desafección religiosa es imposible que broten vocaciones. Seguramente que hay alguna otra causa.

Tú fuiste capellán de las Galeras. Hasta conocemos el testimonio que diste aquel día, cuando un galeote, fustigado por el látigo del guardián, caía extenuado, y cómo tú, lleno de compasión, ocupaste su lugar y le diste con fuerza al remo. Hoy no hay galeotes, pero sí tenemos muchos pateros, que desde África quieren venir a disfrutar de una vida más confortable y digna en la rica Europa. Miembros de la Familia Vicenciana, en especial Hijas de la Caridad, están ayudándoles para aliviar su desamparo  y su dolor. Pero creo que nos falta creatividad y coraje para atenderles y denunciar a esta sociedad europea, cristiana en su origen, y que tiene medios para acabar con la desesperación de esas masas de pobres anónimos, clandestinos, sin papeles, que arriesgan su vida en frágiles pateras, para alcanzar una vida más digna para ellos y su familia. Dile al Espíritu Santo, o la Divina Providencia, como a ti te gustaba llamarle, recordando al profeta Ezequiel, que cambie nuestro corazón de piedra en corazón de carne. Que, empezando por los niños, generemos una cultura donde el compartir y el acoger sean los verbos que conjugamos en todos sus tiempos, personas y modos. Porque, aunque a veces no lo parezca, tenemos un corazón compasivo y misericordioso. Así, acabaremos con las pateras y habrá estallado la civilización del amor.

Sabemos que a ti te preocupaban los niños abandonados, “los niños expósitos”, que se vendían por ocho sueldos, se les quebraban brazos y piernas para despertar la conmiseración de los viandantes y obtener mejores limosnas. Sabemos que eran tantos, que las Damas se sentían incapaces de poder atenderles y te amenazaban con abandonar este servicio. Tú, lleno de coraje, les dijiste que una madre no puede abandonar a sus hijos; que si ellas no podían, tú saldrías todos los días a recorrer las calles recogiendo los niños abandonados y que uno en tu brazo derecho y otro en el izquierdo, envueltos en tu manto clerical, les traerías a un hogar donde pudieran gozar del amor que sus progenitores les habían robado. Según cuentan, estuviste tan claro y te vieron tan convencido de lo que la Divina Providencia te sugería, que no les quedó más opción que seguirte en esta acción caritativa. Se ve que el buen Dios, con quien te comunicabas a diario, te hacía fuerte en la debilidad y creativo hasta el infinito. Vicente, ahora, no hay “niños expósitos”, aunque si vemos, en las grandes ciudades, algunas madres con sus hijos envueltos en una mantita, o exhibiendo su foto, pedir una limosna para comprarle un litro de leche. Pero, sí sigue habiendo niños abandonados, por madres solteras, familias rotas, que las Instituciones públicas confían a tus hijas, las Hermanas de la Caridad, a quienes pedías que fueran vírgenes y madres. Créeme, Señor Vicente, ponen tanto amor y tanta entrega, o más, que aquellas primeras que tuvieron la suerte de enriquecerse con tus encuentros-conferencias. Quieren seguir siendo “profecía y esperanza” para estos niños abandonados del siglo XXI, en esta Europa que no sabe qué hacer con tantos bienes materiales como genera y no los reparte con los más necesitados. Gracias a ellas también podemos decir hoy que los niños sin hogar siguen siendo los predilectos. Pero te informo, por si no lo sabéis en el Cielo, que aunque tratemos bien a los niños nacidos, estamos padeciendo el azote del “aborto” por el que miles de seres indefensos son sacrificados antes de nacer.

Desde el último cuarto del siglo pasado, se ha descubierto una enfermedad, tan odiada y temida como la lepra en tiempos de Jesús, o la peste en tu tiempo y el de Margarita, el SIDA. Como en sus inicios se la consideraba peligrosa y contagiosa, nadie quería acercarse a servir a estos enfermos. Las Hijas de la Caridad, como Margarita Naseau con los apestados, les dieron toda la comprensión y amor que demandaban, además de la terapia que requería su estado. Creo que han sido fieles al espíritu y coraje que tú pedías a las primeras Hermanas. Porque saben que van una y mil veces a atender a un enfermo de SIDA, y saben que a quien sirven es a Cristo.

Hay otros dos grupos de pobres, que van en aumento: los ancianos y los transeúntes. Las residencias, creadas para servirles a los primeros, están llenas y no son suficientes. Son personas que al atardecer de la vida, se sienten solas y desvalidas. Las Hermanas, además de atenderles en sus necesidades materiales y sanitarias, les regalan todo el amor, ternura y delicadeza de que son capaces, para que dentro de su debilidad, encuentren almas limpias y sencillas que les sirven por amor y con amor. El otro grupo, los transeúntes, en este rincón del Planeta Azul ya no son los desplazados por las guerras,  como en tu tiempo, sino los que la droga, sin papeles, desarraigo familiar, etc. va dejando malheridos en la cuneta de la vida. Yo te pido, Vicente, que nos hagas tan creativos y generosos, como tú lo eras, para mitigar las insultantes carencias de estos pobres.

Las Misiones Populares, que fundaste con tanto éxito, al ritmo que te marcaba la Divina Providencia, en Folleville, seguimos siendo fieles a ellas. Así, el carisma fundacional no se extingue. No sé si el “pequeño método” es suficiente para estos tiempos, pero seguimos sembrando entre los hombres y mujeres de hoy, de todas las edades, que Dios es Padre, que nos creó por amor y que envió a su Hijo para salvarnos entregando su vida y resucitando. Y que su Hijo también vino a enseñarnos, que siendo fieles a ti, nuestro Padre, como Él lo fue, seremos dichosos. También les enseñamos, que el amor, la caridad, que tú, Vicente, organizaste tan bien, es el camino para crear la gran familia humana, en la que todos nos sintamos hermanos y solidarios con los más pequeños y débiles.

Tú viviste unos años de fecundo trabajo pastoral en la parroquia de Chatillon, que, además de admiración, siempre ha suscitado en mi envidia; creo que sana. Seguimos colaborando en la edificación de la Iglesia en muchas parroquias. Incluso, hemos elaborado un estatuto de parroquia Vicenciana. Pero creo que andamos un poco perdidos porque no acertamos a darle el tono misionero que deberían tener todas nuestras parroquias. Quizás el mal que sufrimos es que no tenemos el arrojo, el atrevimiento apostólico del que hiciste gala en Chatillón. Ilumínanos para descubrir nuevos caminos para que nuestra acción misionera en las parroquias responda a la inquietud y sed de Dios de las personas de este tiempo de la globalización y de la abundancia  en esta parte del mundo.

Señor Vicente, fiel a aquello que leemos en Mateo  28, 19-20: Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautizadlos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñadles a cumplir todo lo que os he mandado y como el evangelio te estallaba en el corazón, quisiste que los misioneros fueran a Madagascar a comunicar a quienes aún no conocían a Jesucristo, que Éste es el Hijo de Dios y nuestro hermano, que les invita a ser felices siendo fieles a la voluntad de Dios. Vicente, siguiendo tu estela, tus hijos e hijas de hoy, nos vamos a tierras lejanas a decirles a los africanos, asiáticos, americanos, que Jesucristo murió y resucitó para salvarnos a todos, también a ellos. Lo hacemos predicando el Evangelio; dándoles las herramientas para su desarrollo socio-económico. Y también les formamos para que ellos sean misioneros en su propia cultura. Algunos misioneros, como me imagino que sabrás, procedentes de esos países que misionamos, vienen a ayudarnos para desarrollar el trabajo pastoral  que traemos entre manos. Somos pocos y no llegamos.

La rama más joven de la Familia, MISEVI (misioneros seglares vicencianos), se sienten llamados a evangelizar desde su ser laical. Han abierto varios frentes misioneros en misión compartida con otras ramas de la Familia en América y África. Este verano, ante la invitación de tu actual sucesor, P. Gregorio, se han responsabilizado de un centro misionero en Guinea Ecuatorial. Tiene de particular que van solos y no en misión compartida con otras ramas de la Familia Vicenciana. Acuérdate de ellos y ruégale a Dios-Padre que les ilumine y bendiga con su gracia. Que sean recios evangelizadores y servidores de tus preferidos, los pobres. Que la savia nueva que han traído a la Familia se renueve a la luz del Espíritu Santo. Y que Éste,  les haga fuertes y fieles para que no sucumban a la tentación del cansancio, del abandono.

Cuando te escriba la próxima, te contaré más detalles de nuestro caminar por este hermoso y bendito lugar del que hace 350 años emigraste. Sabemos que es tu deseo, que intentemos seguir siendo fieles a nuestra vocación de evangelizadores-evangelizadoras y servidores-servidoras de nuestros amos y señores. Señor Vicente, lo haremos.

Te abraza este hijo que te quiere, te venera y te admira.

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