El carisma vicenciano en la enseñanza (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. LA ENSEÑANZA SE INSCRIBE EN EL ORIGEN DE LA COMPAÑÍA

2.1. Vicente de Paúl – Luisa de Marillac y la Enseñanza

En las obras que tratan de la educación en el s. XVII, las escue­las vicencianas apenas se mencionan, sin embargo, podemos obser­var cómo pintores y escultores representan siempre a san Vicente y a santa Luisa de Marillac con niños. ¿Por qué este contraste? Una mirada a la historia puede explicarlo.

De hecho, la obra de los fundadores en favor de la educación es una obra modesta en relación, por ejemplo, con la de los Jesuitas que, en 1629, tenían alrededor de 40.000 alumnos en sus colegios; con la de las Ursulinas, Carlos Demia o Juan Bautista de la Salle, importantes promotores de la educación.

La obra de san Vicente en cuanto se refiere a la enseñanza, se ins­cribe dentro del marco de toda su acción en favor de los pobres de su tiempo. Ninguna miseria humana le dejó indiferente. A todas ellas se acercó para comprenderlas mejor, para aliviarlas, y en la medida de sus posibilidades y de su influencia ante los grandes, para hacer­las desaparecer. Lo encontramos en todos los frentes de la caridad: los niños expósitos, los mendigos, los galeotes, los esclavos, las víc­timas de la guerra, los enfermos de todas clases. Es «ese santo, que en expresión de Verdier, se le encuentra en todas partes en donde hay un bien que hacer, una obra que promover, una ayuda que organizar, una reglamentación que dar a las buenas voluntades».

Una obra, no menos importante que otras es la de las «Escue­las». Conocía san Vicente el problema de la ignorancia tanto en los adultos como en los niños. Está convencido de que el analfabetismo es una forma real de pobreza.

Podemos encontrar con frecuencia en la correspondencia y con­ferencias de san Vicente el interés que muestra porque las Herma­nas se instruyan a fin de ser capaces de enseñar a otros. Así el 8 de febrero de 1658 se expresaba diciendo:

«Exhorto a nuestras Hermanas a que se ejerciten en hacer bien el catecismo. Si las que están en las Parroquias saben de algún sitio donde se haga bien, tienen que preocuparse de ir a escucharlo, cuando sea posible» «Hemos de procurar formaros bien para que tengáis el Catecismo con los niños».

En dos ocasiones pone en paralelo a las Hijas de la Caridad con las religiosas de santa Úrsula. ¿Es que quiere realzar el nuevo empleo que va a dar a la Compañía de instruir a los niños pobres? e insiste siempre sobre la característica de la Compañía:

«Vuestra Compañía mis queridas Hermanas, tiene también la finalidad de instruir a los niños en las escuelas en el temor de Dios, y esto lo tenéis en común con las Ursulinas. Pero corno ellas tienen casas grandes y ricas, los pobres no pueden ir allá y han acudido a vosotras»’.

El 2 de noviembre del año 1655 insiste de nuevo: «Las Ursulinas atienden al prójimo instruyendo y recibiendo alumnas, que, de ordinario, son de elevada posición, mientras que vosotras tenéis que instruir a los pobres en todas partes y siempre que tengáis ocasión, no sólo a los niños que van a la escuela, sino en general a todos los pobres a los que asistís, de forma que tenéis que tener la virtud de las Damas de Santa Ursula, puesto que hacéis lo que ellas hacen…». Pronto san Vicente se da cuenta de que no se puede ser­vir bien a los pobres si no hay una cierta especialización: «hay que pensar… en la manera de enseñarles a dar la clase a las niñas’.

Cuando se lee a santa Luisa se advierte cómo Dios la había pre­parado para realizar una hermosa tarea educadora sobre todo con las Hijas de la Caridad, a través de los múltiples acontecimientos de su vida.

En Poissy, Luisa adquirió una cultura básica: cristiana, huma­nística, filosófica (como dice su primer biógrafo Gobillon). Estudió latín, Biblia, música, pintura…

En casa de la Señora «maestra hábil y virtuosa», de quien habla Gobillon, Luisa se inicia en una vida más práctica y en los queha­ceres domésticos, al mismo tiempo que vive la experiencia de la pobreza material.

En su vida de casada, descubre el amor humano del marido y del hijo. Vive también dificultades económicas y aprende el ahorro nece­sario. Prosigue su formación mediante la lectura de autores espiritua­les de la época: Fray Luis de Granada, Bérulle, Francisco de Sales, etc.

Luisa de Marillac, cuya personalidad ha sido forjada por la vida, está impregnada por el amor a Jesucristo y pone todo su ser de mujer al servicio de esta función de educadora con las Hijas de la Caridad. Su pedagogía es sencilla. Descansa sobre tres bases:

  • Personaliza la formación que da, es decir, presta gran atención a la persona, tiene en cuenta su carácter, se adapta a cada una, sabe sugerir, estimular, también corregir y a veces con firmeza.
  • Parte de la realidad de la vida concreta. No funda nunca en lo abstracto su acción educativa. Sus cartas dejan ver el conocimiento profundo que tiene de las realidades que viven las Hermanas a quie­nes se dirige.
  • Transmite el dinamismo que hay en ella. Vive profundamente lo que pide a las Hermanas, valora lo que hay de bueno en ellas, las mira con mirada positiva que les ayuda a crecer. Contagia su amor por los pobres, quienes quieran que sean, porque en ellos está Cristo; de ahí el reconocimiento de su dignidad ya se trate de los niños expósitos, de los dementes, etc., invitándonos a la dulzura, la tolerancia, la bon­dad y el respeto, cualidades que debe ejercitar un buen educador.

2.2. Acción de san Vicente y santa Luisa en favor de la juventud pobre: Breve marco histórico

Para comprender esta acción es preciso situarse en su tiempo:

  • Un tiempo de grandes miserias
  • Un tiempo post-conciliar.
  1. a) Un tiempo de grandes miserias

La desigualdad social y la guerra crean toda clase de pobrezas y han echado por tierra los intentos de instrucción a causa de los pilla­jes, los incendios, la destrucción, la carestía de la vida… El hambre, el éxodo, el paro, las epidemias, el abandono de los niños y de los ancianos, la mendicidad y la inmoralidad se dan cita al final del siglo XVI y principios del siglo XVII. Frente a esta lista de calami­dades, la instrucción no aparece a primera vista como una urgencia.

Sin embargo, en un periodo de desconcierto, los niños, sobre todo los niños pobres, son con frecuencia, las primeras víctimas; la instruc­ción, la educación, el catecismo constituyen las bases sólidas sobre las que podrán construir su vida. Este fue el pensamiento de los grandes educadores del siglo XVII, el de la Iglesia sobre todo después del Con­cilio de Trento y el de san Vicente y de santa Luisa. Para ellos la igno­rancia hunde a los pobres en su pobreza, sobre todo la ignorancia de Dios; es preciso enseñarles primero a conocer a Dios y a rezar.

  1. b) Un tiempo post-conciliar

En aquella época, instruir quiere decir más bien educar, lo que equivale a: formación intelectual, moral, sobrenatural y humana. En la mayoría de los casos, el fin fundamental y hasta único de toda instrucción es la formación moral y sobrenatural. Ciertamente es necesario enseñar a leer pero con el fin de poder leer y comprender la Palabra de Dios.

La reforma católica va a poner de relieve la importancia de la enseñanza de la Palabra de Dios. San Vicente entra de lleno en las miras del concilio. En un sermón de 1616 sobre el catecismo dice: «Aunque sólo fuera verdad que vemos a los hugonotes (protestantes), nuestros enemigos, cómo nos han quitado las armas de las manos para destruirnos, ¿no deberíamos volver a cogerlas para defendernos de ellos? Y ya sabéis cómo ellos tienen tanto interés en aprender y enseñar. Enseñan el catecismo todos los domingos, después de comer, a sus hijos, de forma que no hay uno solo de ellos que no sepa dar razón de su fe y no dispute sobre ello con tino y hasta con pertinacia. Los que han sido mordidos por una áspid, cogen al mismo áspid, lo aplastan sobre la herida y de esta forma recobran la salud. Los hugo­notes se sirven del catecismo para destruir nuestra fe. Volvamos a coger nosotros el catecismo y aplastémoslo sobre la herida»16.

Para ello hace falta un clero que conozca bien la doctrina, que sea capaz de explicarla al pueblo y para ello se crearon los semina­rios. Pero es necesario también que el pueblo pueda leer la Palabra de Dios, de ahí la importancia que el Concilio va a dar al aprendi­zaje de la lectura con la ayuda de libros de catecismo.

2.3. Finalidad de las Escuelas

Es ante todo dar a conocer mejor al pueblo la religión católica para que no se adhieran al protestantismo. Es interesante en este sentido la frase entresacada de las constituciones de la Compañía de la Doctrina Cristiana:

«El enseñar en las escuelas a los niños a leer, escribir y también la gramática, tiene por finalidad atraerlos a que aprendan la doctri­na cristiana».

Hay, sin duda, otras razones políticas y sociales que no están siem­pre en armonía con los deseos de la Iglesia. En este sentido es revela­dor este pasaje del testamento de Richelieu: «como el conocimiento de las letras es del todo necesario a una república, hay que tener en cuenta que no deben enseñarse indiferentemente a todo el mundo; del mismo modo que un cuerpo que no tuviera sino sólo ojos por todas partes sería monstruoso, del mismo modo lo sería también un estado si todos sus súbditos fuesen sabios. En el mismo se daría tan poca obe­diencia como ordinarios serían en él el orgullo y la presunción. El comercio de las letras desterraría por completo el de las mercancías que son las que aportan las riquezas; quedaría arruinada la agricultu­ra, verdadera madre nutricia de los pueblos; en poco tiempo desapa­recería el vergel de los soldados, que crecen más bien en la rudeza de la ignorancia que en la urbanidad de esas ciencias; el país quedaría lleno de esos trapaceros más aptos para arruinar las familias y turbar la paz pública que para procurar ningún tipo de bienes al Estado».

Hubo administraciones que fundaron muchas escuelas gratuitas destinadas a los pobres con la finalidad de preservarlos de la ocio­sidad y vagabundeo frecuentes en esa época: «Las escuelas gratui­tas adiestran a los pobres en la obediencia y sumisión… medios excelentes para que nazcan en ellos el gusto por el trabajo, el esfuer­zo y la disciplina apaciguando su espíritu dado a la rebelión»».

2.4. Las escuelas vicencianas

Se inscriben en la misma preocupación del concilio de Trento y a partir de la ignorancia que hay sobre todo en el campo. Así vemos cómo los sacerdotes de la Misión, mientras dan una ilusión, tienen previstas dos horas cada día para enseñar las ver­dades de la fe a niños y adultos. El mismo Vicente de Paúl com­puso un catecismo.

En las Cofradías, la instrucción de los pobres es una de sus fun­ciones como lo es la visita a los enfermos y Luisa de Marillac, que visita las cofradías, presta atención a todos estos niños.

«Si había una maestra de escuela en el lugar, la instruía en su ofi­cio; y si no había, trataba de establecerla».

Las Hijas de la Caridad desde su fundación, participan en la obra de las Cofradías y las completan si es necesario.

«Vosotras os habéis entregado a Dios para el servicio a los pobres enfermos y la instrucción de la juventud y esto principal­mente en el campo».

En general, donde se hace una nueva implantación, junto al cui­dado de los enfermos, se abre una escuela para enseñar a la juven­tud. Así se van abriendo escuelas a través de Francia e incluso en Varsovia en tiempo de los fundadores.

Proyecto pedagógico de san Vicente y de santa Luisa

Puede parecer pretencioso hablar de un proyecto pedagógico en el siglo XVII en las escuelas de las Hijas de la Caridad, pero hay sin duda un espíritu común, unos contenidos a trasmitir y un plan peda­gógico que contribuye a educar mejor a los alumnos, a pesar de que las escuelas están dispersas y algunas tienen muy pocos alumnos.

¿Cuál era ese «proyecto pedagógico» en los orígenes?

Se fundamenta especialmente en el fin de la Compañía, expresado claramente por san Vicente y santa Luisa en las conferencias y cartas:

«El espíritu de la compañía consiste en entregarse a Dios para amar a Nuestro Señor y servirle en la persona de los pobres corpo­ral y espiritualmente…, para instruir a las jóvenes pobres, a los niños y en general a todos los que la Providencia os envíe».

Objetivos

El primero es la instrucción religiosa, el Evangelio debe ser anunciado a los pobres. ¿No es una gran pobreza la ignorancia y no debemos esforzarnos en hacerla desaparecer por la enseñanza de las «verdades necesarias a la salvación» y por el aprendizaje de la lec­tura y de la escritura? Objetivo también primordial es preparar a las alumnas para la vida mediante una formación profesional.

De la finalidad de las escuelas vicencianas, podemos deducir quiénes son los destinatarios y qué contenidos se imparten:

  1. a) Los destinatarios:

Serán siempre los niños pobres. Esta palabra se repite continua­mente en las cartas de san Vicente y de santa Luisa y en las confe­rencias, cuando hablan de las alumnas a quienes instruyen las Hijas de la Caridad.

«Sabrá que no deben admitir a toda clase de niñas… sino sola­mente a las pobres»22.

Los fundadores tienen en cuenta las diferentes pobrezas: las ado­lescentes que trabajan para ganarse la vida, los niños expósitos, las pastoras «tomando a las unas y a las otras en el tiempo y lugar donde las encuentren…», las que piden limosna. «Cuidarán de ins-lruir a las niñas pobres, no sólo a las que vayan a su escuela….» especialmente a las que mendigan su pan.. «»Las estimularán a que vayan a la escuela, invitándolas con dulzura y afecto cuando las encuentren por las calles o por los caminos».

  1. b) Contenidos:

Giran en torno a tres ejes: la educación cristiana, el aprendizaje de la lectura y el aprendizaje de un oficio.

Las reglas de la maestra de escuela precisan la importancia de la Formación cristiana, la prioridad que hay que darle:

«Pondrán más cuidado en instruir a las niñas en la doctrina cris­tiana, la devoción, la modestia, la obediencia, la pureza y otras vir­tudes necesarias, que en enseñarles a contestar en el catecismo cosas menos importantes o demasiado elevadas para ellas».

En la autorización dada por el Chantre de «Nuestra Señora» a Luisa de Marillac para abrir la primera escuela está bien especificado el contenido de las disciplinas a impartir: «Educar en las buenas cos­tumbres, letras gramaticales y otros piadosos y honestos ejercicios».

En las conferencias dadas a las Hermanas sobre el espíritu de la Compañía san Vicente insiste:

«Vuestra Compañía… tiene también la finalidad de instruir a los niños en las escuelas… en el temor y amor de Dios».

Como conclusión diría que el primer objetivo de una escuela vicenciana es hacer que Dios sea conocido o dicho con palabras de santa Luisa, «cooperar a la salvación de las almas rescatadas por la sangre del Hijo de Dios».

Si comparamos la prioridad dada a la educación cristiana, el aprendizaje de la lectura no tiene un gran desarrollo en los escritos de los fundadores. En las Reglas particulares no encontramos nada.

Espigando en las «cartas» podemos hallar alguna alusión al material pedagógico utilizado en el aprendizaje de la lectura: «Me gustaría tuviésemos esos carteles alfabéticos que pondríamos en las paredes…» y a la formación profesional que para las niñas se redu­ce a la costura y al encaje. Los niños aprenderán un oficio «como de tejedor… o bien se levantará un taller de alguna obra fácil, como un telar» o se les pondrá junto a un maestro-obrero como aprendices.

  1. c) Actitudes pedagógicas:

Luisa de Marillac utiliza la pedagogía del estímulo, centrada en la atención al alumno, una pedagogía flexible; motiva la coordinación, la unidad de criterios y métodos. Se preocupa por la formación de las maestras y pide testimonio y coherencia entre lo que se vive y se enseña porque los valores no se comunican en abstracto, proclamán­dolos o definiéndolos, sino en concreto viviéndolos personalmente y haciendo referencia a las personas que los encarnan en sus vidas.

Las Reglas particulares de la Maestra de escuela son un expo­nente claro de las actitudes que debe tener una maestra que ama su vocación:

  • Hacer la escuela agradable.
  • Acoger con dulzura y afecto sobre todo «a aquellas que por timidez no se atreven a ir a la escuela procurando atraerlas con amabilidad…».
  • Bondad delicada incluso al corregirlas, confiando siempre en la capacidad de cambio.
  • Atención respetuosa a cada niño y a cada joven, reconociendo sus valores, sus capacidades, su originalidad; siempre estimular.
  • Sencillez en los locales y sencillez en el lenguaje.

Hemos visto que tanto san Vicente como santa Luisa se preocu­paron por la formación de las maestras, poniendo a su disposición su experiencia y procurándoles una formación integral y profesional adecuada. Asociaron a los seglares a su obra y proyectaron su acción educativa a los padres de los alumnos. «Vosotras, mis queri­das hermanas, que hacéis profesión de instruir a las niñas, instruís también por este medio a sus padres y a sus madres porque los niños les refieren lo que ellos han aprendido; los pequeños enseñan a los mayores lo que éstos deberían haberles enseñado».

Sor Maria Luisa Morante. CEME.

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