Búsqueda y aceptación de la voluntad de Dios

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Flores-Orcajo · Year of first publication: 1985 · Source: CEME.
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asd«Yo no puedo hacer nada de por mí; yo juzgo como me dice el Padre, y mi sentencia es justa porque no persigo un designio mío, sino el de­signio del que me envió». (Jn 5,30).

«La participación en este misterio de Cristo obediente requiere que todos, comunitariamente, busquemos la vo­luntad del Padre, mediante la mutua comunicación de ex­periencias y el diálogo abier­to y responsable. En éste con­curren las diversas edades y temperamentos, de modo que a partir de él van maduran­do las tendencias coinciden­tes y surgen las que nos lle­van a la toma de decisiones». (C 37,1).

La obediencia evangélica es participación del miste­rio de Cristo, misterio de muerte y resurrección. Por tanto, Superiores y demás miembros de la Comunidad, comunitariamente, deben emprender el camino no siem­pre fácil del discernimiento para saber qué es lo que Dios quiere. Y, conocida la voluntad de Dios, aceptarla con generosidad de entrega. Cristo, aceptando por obediencia la cruz, fue exaltado sobre toda criatura. (I1 2,9 11).

  1. El discernimiento común ayuda a la obediencia.

En nuestro actual modo de relacionarnos se han introducido el diálogo, la comunicación de experiencias, el discernimiento común, quedando a salvo la autoridad del que debe decidir (C 97,2). Los valores que entran en juego son muchos: corresponsabilidad, respeto mu­tuo, colaboración, sin descartar la fe y la caridad. Todo ayuda a conocer el querer de Dios y a realizarlo.

«Autoridad y obediencia (cooperación de todos) son aspectos complementarios de la misma participa­ción en el sacrificio de Cristo: los que mandan sirven a los hermanos dentro del designio de amor del Padre, los que obedecen siguen el ejemplo del maestro y co­laboran a la obra de la salvación. Así, lejos de existir oposición, se camina con paso igual hacia el cumplimien­to de la voluntad de Dios, buscada fraternalmente, me­diante un diálogo lleno de confianza mutua entre el Su­perior y su hermano, cuando se trata de una circunstan­cia personal, o mediante un acuerdo general, cuando se trata de toda la comunidad. En esta búsqueda se deben evitar tanto las excesivas discusiones como el que pre­valezcan sobre el sentido profundo de la consagración las opiniones, sin duda, atrayentes, que actualmente se ventilan. Es responsabilidad de todos… despertar las certezas de la fe que son las que les deben guiar. Se tra­ta de la búsqueda de ahondar en estas certezas para traducirlas a la práctica de la vida cotidiana, según las necesidades del momento y no para discutirlas. Este trabajo de búsqueda común, cuando el caso lo requiera, se debe concluir con las decisiones por parte de los Su­periores, cuya presencia y aprobación son indispensables para toda comunidad». (ET 25).

  1. Libertad y obediencia.

¿Qué es lo que debe prevalecer: la libertad o la obediencia? Esta es la respuesta de Pablo VI:

«El Señor impone a cada uno la obligación de per­der la vida si quiere seguirlo (Le 9,23-24). Este pre­cepto del Señor se cumple aceptando las disposiciones de los Superiores como garantía de la profesión, que es ofrenda total de la voluntad personal como sacrificio de sí mismo a Dios (PC 14). La obediencia cristiana es una aceptación incondicionada del querer divino. Pero la vuestra (la de los religiosos) es más rigurosa, porque la habéis hecho objeto de una entrega especial y el horizonte de las opciones queda limitado por vuestro com­promiso. Es un acto perfecto de vuestra libertad el que está en el origen de vuestra condición presente. Vuestro deber es mantenerlo siempre vivo, bien con la propia iniciativa, bien con la aceptación que prestáis a las dis­posiciones de vuestros Superiores. Entre los beneficios del estado religioso que el Concilio enumera está el de la «libertad fortalecida con la obediencia» (LG 43), que, lejos de disminuir la dignidad de la persona humana, la lleva a la madurez, permitiendo el desarrollo de la liber­tad de los hijos». (ET 27).

  1. ¿Conciencia u obediencia?

La conciencia es el santuario en el que el hombre está solo con Dios, en él se oye la voz divina (GS 16). En caso de conflicto entre la conciencia y la obedien­cia, ¿qué hacer?

Descartados los casos en los que se manda ilegítima­mente (RC V 2), San Vicente nos da esta solución:

«Obedeceremos con prontitud, de buena gana y con constancia al Superior… en todo aquello en que no hay pecado, y le someteremos nuestra manera de pensar y nuestra voluntad con una especie de obediencia ciega. Y todo ello no sólo para cumplir su voluntad formal, sino incluso su intención. Hemos de pensar que lo que í l manda es siempre para bien, y debemos confiarnos a su voluntad como la lima en manos del artesano». (RC V 2).

Pablo VI nos da esta otra solución:

«Fuera del caso manifiesto de mandar algo contra la Ley de Dios o las Constituciones o que supusiera un daño grave y cierto… las decisiones de los Superiores entran dentro de un campo en el que la valoración del bien mayor depende mucho del punto de vista desde el que se considere. Querer concluir que hay conflicto de conciencia porque aparezca lo mandado como menos bue­no es ignorar de una manera poco realista lo oscuro ambivalente de tantas realidades humanas. El negarse a obedecer puede suponer, además, un daño, frecuentemen­te grave, para el bien común. Un religioso no debe ser fácil en admitir que exista contradicción entre el juicio de su conciencia y lo que manda el Superior. Esta situa­ción especial supondrá un verdadero sufrimiento inte­rior, como el de Cristo, quien aprendió mediante el su­frimiento lo que es la obediencia (Hb 5,8)». (ET 28).

  • ¿Soy hombre de diálogo? ¿Participo en las reuniones comunitarias para que se discierna me­jor lo que Dios quiere de nosotros y para ayu­dar a que los Superiores decidan?
  • ¿Me convence tanto la doctrina de San Vicente como la de Pablo VI sobre los conflictos entre li­bertad, conciencia y obediencia?

ORACIÓN:

«¡Oh Salvador de nuestras almas, que has sido Tú mis­mo tan obediente que preferiste morir antes que desobe­decer! Quiera tu divina bondad, por la obediencia de que nos diste ejemplo en la tierra, concedernos la que tanto necesitamos para no hacer nada contra la gloria de Dios». Amén. (IX 589).

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