La Congregación, y más particularmente la casa de Béziers, tuvieron, el 27 de julio del año de 1739, una pérdida considerable por la muerte del Sr. Benoît Bernard. Una pierde a un excelente sujeto que la ha honrado en todos los empleos que se le confiaron; y la otra un buen superior que la conducía con tanta bondad como firmeza y prudencia, hombre de un verdadero mérito reconocido por sus talentos, y más aún por sus virtudes. Nacido en Saint-Prix-la-Roche, diócesis de Lyon, el 29 de marzo de 1665, había sido recibido en el seminario en Lyon el 29 de setiembre de 1687. Sus primeros años en nuestra Congregación trascurrieron con el fruto que se debe recoger naturalmente. Su corazón dócil y elevado a Dios, se formó con cuidado durante el tiempo de su seminario en la virtud, en la piedad, en los ejercicios espirituales de nuestro estado. Su espíritu bueno y sólido se llenó con emulación durante el tiempo de sus estudios, de la ciencia propia para el cumplimiento de nuestras funciones. Su capacidad fue conocida muy pronto, y lo que la hacía estimar más es que se preveía que sería útil, su emulación por la ciencia no apagando su fervor en la piedad; El Sr. de la Berchère, arzobispo de Narbona, el Sr. Jean Daranthon d’Alex, obispo de Ginebra, el Sr. de Rochebonne, obispo de Noyon, en una palabra todos los obispos bajo los cuales ha trabajado, como el de Chartres, en el tiempo que era director de las Misiones de Saint-Cyr ; los de Auxerre, de Lyon, de Béziers, de Noyon, de Narbona, de Annecy, donde ha sido sucesivamente superior, le honraban especialmente con su estima y su confianza. Muchos incluso habiendo conocido su ciencia, su sabiduría, su prudencia, su caridad, le habían elegido, unos por confidente de sus secretos, los otros por el depositario de su conciencia, y todos recurrían a sus consejos en los asuntos espinosos de sus diócesis. En especial le echa de menos Mons. de Béziers, quien el 30 de julio de 1739, escribía de ello en estos términos: «Hemos perdido al querido Sr. Bernard lo que siento infinitamente perdido al querido Sr. Bernard. Hacía mucho tiempo que yo le tenía en mi seminario, yo conocía todos sus méritos y todo el bien que hacía». Fue este mérito distinguido el que le había vuelto tan recomendable en Bézières, donde era superior por segunda vez, y que ha atraído a sus exequias a un gran concurso de toda clase de gentes que le tenían devoción y que vinieron a encomendarle al Señor. Una parte del capítulo de la catedral ha querido honrar sus funerales. El Sr. párroco de la Madeleine, enfermo como estaba, se invitó a hacerlos con el servicio solemne. Treinta eclesiásticos que se habían unido a él para esta ceremonia se vieron acompañados por más de otros treinta a quienes una misma piedad respetuosa con la virtud del difunto había atraído. Se trataba de ver quién probaría más sensiblemente su dolor y su pesar. «Habéis pedido a un distinguido sujeto, decían unos; el Sr. superior, decían los otros, era un hombre piadoso, distinguido, firme recto y sincero». Muchos decían en voz alta que era un santo. El Sr. obispo de Bézières ha querido hacer a los misioneros el honor de consolarlos en su aflicción, compartiéndola con ellos y hablando con lágrimas en los ojos durante media hora de los raros talentos y de la gran virtud de su querido superior.
Su talento que era raro para las conferencias eclesiásticas, era igualmente propio para las misiones, hablaba siempre con unción, con gracia, con fruto; su manera de hacerlo era siempre sencilla, sostenida, sólida y exacta; su espíritu cultivado; no descuidándose en nada. Perfectamente instruido en los deberes eclesiásticos, los predicaba con dulzura y con fuerza. E el testimonio que dos grandes vicarios le han tributado con lágrimas en los ojos. Oh! lo que perdéis, decían. Oh! lo que pierde la diócesis. Pero una prueba más cierta aún de la solidez de su mérito, es que si era tan estimado en el exterior, no lo era menos dentro. Su conducta siempre prudente y regular, su capacidad, su prudencia su amor por la Congregación le hacían muy digno de la confianza y del amor que recibía. Todos sus cohermanos le respetaban singularmente. El Sr. Pierron, juzgándole digno de su confianza puso los ojos en él para asociarle al Sr. Watel. quien le envió a Roma en 1697. El buen éxito de su comisión no sirvió poco para confirmar la idea ventajosa que se había concebido de la habilidad del Sr. Bernard y de su celo por los verdaderos intereses de su estado. Se le confió también pronto la dirección de los otros. Siendo superior en Narbona, fue encargado al mismo tiempo del gobierno de la provincia de Lyon en calidad de visitador. La atención que ponía siempre según la regla en desempeñar los puestos que le eran confiados hizo que le llegara la dirección de los otros por su gran firmeza y vigilancia. Pero su conducta firme y exacta era también sabia, prudente, discreta, sin nada reprensible. De esta forma no desagradó más que a aquellos a quienes el propio deber no agradaba.
Las virtudes que acompañaban a sus grandes cualidades elevaban su valor. Su fe en los misterios le inspiraba las reflexiones nobles y elevadas que regalaba a su familia en las repeticiones y en las conferencias, y ella le creía tan sumiso a la Iglesia que con ocasión de los asuntos del tiempo, tenía costumbre de decir que estaba listo para firmar con su sangre las decisiones de la Santa Sede. Celoso por la salvación del prójimo, la ha procurado en toda las ocasiones con toda fuerza, valor y caridad. Para no fracasar en las misiones, no perdonaba ni trabajos, ni fatigas, ni gastos justos y razonables, y cuando no ha podido trabajar en ellas personalmente examinaba con cuidado que no les faltara nada a los misioneros que enviaba a los campos; los animaba en sus dificultades y daba a los jóvenes que no estaban aún formados todas las ayudas para que fueran capaces de instruir bien a los pueblos y llevarlos por las vías de la salvación. Al regreso de sus campos los acogía con una ternura que probaba a la vez su amor por ellos, y la estima en que tenía sus funciones. Eran otras tantas pruebas del afecto a la Congregación: además de estas, ya que él la amó siempre como un niño bien nacido debe amar a su buena madre. Lo temporal de las diferentes familias que ha dirigido, fue siempre sabiamente administrado en sus manos. Todos los gastos que hacía eran convenientes. Lo espiritual no era administrado con menos fidelidad. Pobre en la disposición de sus rentas; las empleaba todas, bien en obras piadosas, confome al espíritu de la Misión, bien en el alivio de los pobres, que le han llorado como a su padre, y que el día de su muerte decían de él: «Dios le amará como él nos ha amado «. El deseo de socorrerlos más y más, unido al de la gloria de Dios, le ha hecho contribuir a la vocación de muchas hijas de la Caridad. Cuando encontraba buenos asuntos, jóvenes prudentes y virtuosas, pero a quienes el defecto de medios temporales habría retenido en el siglo, se cuidaba mucho y durante el tiempo que ellas se probaban y que las probaban, les ofrecía lo necesario, y buscaba en su caridad y en la de las demás a las que pedía con celo los medios de contribuir a los gastos de sus viajes.
Nuestras funciones, decía él, llevan todas a Dios: se han de ejercer, no por la propia elección, sino en el orden de la obediencia. Su conducta no desmentía sus sentimientos. Le ocuparon durante sus primeros años en toda clase de funciones diferentes. Ya después de tres meses de regencia, le enviaban a misiones, ya de las misiones le hacían regresar a la regencia, a veces le colocaban en parroquia, algún tiempo después le retiraban para otros empleos, y siempre se prestaba de buen grado a todo; como hombre manejable que no tiene voluntad, partía sin resistencia, sin murmurar, sin quejarse, contento con todo. Animoso consigo mismo era bueno e indulgente para los demás.
Fortalecido con todos los sacramentos que pidió y recibió con la devoción más sensible, ayudado con las oraciones de sus cohermanos que le hicieron dos veces la recomendación del alma, y teniendo el espíritu bien presente, murió diciendo a Dios que le amaba y que le amaba de todo corazón. –Anciennes Relations, p- 248.







