Desde el año 1790, fecha en que regresan a España las seis jóvenes que fueron enviadas a Francia por los padres Nualart y Durán, para que se formaran en el estilo de las Hermanas, se puede afirmar que las Hijas de San Vicente de Paúl reciben carta de ciudadanía tanto en la Historia como en la Literatura de nuestro país.
Los políticos les dieron un trato de favor, y los literatos las incorporan a sus obras, casi unánimemente, con el sencillo nombre de Hermanas de la Caridad.
En el año 1795, el Conde de Cabarrús, que seguramente las conoció durante su destierro en Francia, al reflexionar sobre la reforma sanitaria de España, dice: «Para todos estos objetos convendría que en cada partido hubiese hospitales dirigidos por otros principios; y en esta parte, nuestros vanos reglamentos nunca reemplazarán los institutos sublimes de San Juan de Dios, o de las Hermanas de la Caridad’.
El Conde de Cabarrús ha mencionado a los Hermanos de San Juan de Dios. Pues bien, la guerra de la Independencia diezmó a estos Hermanos Hospitalarios, y su vacío fue cubierto rápidamente por las Hermanas.
El Concordato de 1851 entre España y la Santa Sede concedió un trato de favor a las Hermanas. Sin duda que mediaron los buenos oficios del Padre Codina, pero el hecho es que, cuando fueron suprimidas en España todas las órdenes y congregaciones religiosas, menos unas pocas, entre esas pocas se encuentran las Hermanas y los clérigos de San Vicente de Paúl.
El texto del Concordato de 1851, artículo 30, dice así: «Para que haya también casas religiosas de mujeres en las cuales puedan seguir su vocación las que sean llamadas a la vida contemplativa y a la activa de la asistencia de los enfermos, enseñanza de niñas y otras obras y ocupaciones piadosas como útiles a los pueblos, se conservará el instituto de las Hijas de la Caridad, bajo la dirección de los clérigos de San Vicente de Paúl, procurando el gobierno su fomento».
Don Emilio Castelar tiene una novela que lleva por título «La Hermana de la Caridad», en dos volúmenes. Lástima que no pueda dar la fecha, ya que la edición antigua que poseo tampoco la lleva.
En el año 1882, tres Hermanas de la Caridad cuidan a Carlos Valera, en Lisboa. Admirado por el trato exquisito que las Hermanas dispensan al joven, su padre, el novelista Juan Valera, escribe a Menéndez Pelayo: «Otras de mis observaciones antipesimistas es lo bueno que es el linaje humano y lo calumniado que está los misántropos y ascetas. ¡Qué Hermanas de la Caridad!’.
El día 8 de octubre de 1931, Fernando de los Ríos, en su Discurso a las Cortes Constituyentes de la II República Española, al abordar la cuestión religiosa, dijo: «La Cámara tiene que discernir dentro de esa aparente unidad de Ordenes y Congregaciones religiosas. ¡No olvidad —y no lo digo por vía de ejemplo—! que dentro de ella están lo mismo las Hermanas de la Caridad que los Hermanos de San Juan de Dios, y que ante ellos toda discrepancia dogmática desaparece para no ver sino un testimonio de la abnegación de que es capaz un alma enfervorizada… Digo, señores, que necesitamos discernir, porque ante ejemplos de esta naturaleza, el problema dogmático desaparece para no quedar sino el común divisor humano y el reconocimiento de aquello de que es capaz un alma ferviente por una idea de abnegación y el valor de las promesas escatológicas. Cabe una pluralidad de posiciones en torno a este problema de Ordenes y Congregaciones: o la actitud eliminatoria, o la actitud en virtud de la cual en la Constitución se aplace para una ley especial lo relativo a Congregaciones. Si lo primero, a la Cámara le digo que medite antes de tomar su resolución. La Historia de España tiene un rumbo eliminatorio, desde 1492 con la expulsión de los judíos, a quienes, en esta primera hora consagrada por la Cámara a hablar del problema religioso, rindo un tributo de respeto y el homenaje de nuestro desagravio’.
Par terminar con este pequeño recorrido sobre las Hermanas de la Caridad en la Literatura y Política españolas, quiero decir que uno de los cuadros de la CasaMisión de García de Paredes está firmado por Blanca de los Ríos, mujer que perteneció a una de las familias más liberales y cultas de España.
¿Cuándo conoció Benito Pérez Galdós, el gran novelista de nuestro siglo xix y primeros años del xx, a nuestras Hermanas? No lo sé, pero aseguro que cuantos curas y monjas profesores de Literatura Española hubieran conocido esta faceta habrían dudado del sambenito de anticlerical con que revistieron al novelista los pésimos críticos de la Compañía de Jesús y de la Orden Agustina de tiempos pasados. ¿Quién no recuerda el bodrio de «Novelistas buenos y malos», del jesuita Ladrón de Guevara, por no citar más que un ejemplo?
La Cultura Española está empedrada de traumas que únicamente pueden ser disueltos acudiendo a las fuentes, ya que, a estas alturas, no cabe otra alternativa.
En la novela «Tormento», obra publicada en 1884, Marcelina Polo, al enterarse de que su hermano Pedro, sacerdote y en relaciones con Amparo, ha sido desterrado a Filipinas por el obispo, exclama: «Hágome la cuenta de que estoy en un convento muy grande, que las calles de Madrid son los claustros, que mi casa es mi celda… Voy y vengo, entro y salgo, aisladita en medio del mundo, callada entre tanto bullicio».
La sospecha o resonancia del texto vicenciano casi se confirma cuando, páginas más adelante, Ido del Sagrario, personaje famoso de la novelística galdosiana, y refiriéndose a Amparo, la amiga del cura Polo, exclama: «En fin, no le queda más recurso que hacerse hermana de la Caridad… Esto, sobre ser poético, es un medio de regeneración… No te digo nada… Curar enfermos y heridos en hospitales y campamentos… pasar grandes trabajos… Figúrate si estará guapa con aquellas tocas blancas»….
Para escribir «La desheredada», 1881, el novelista visitó repetidas veces el Manicomio de Leganés, y en ella hace uno de los grandes elogios de las Hermanas: «La numerosa servidumbre de la casa emprende la faena de limpieza, y estrépito de escobazos corre por salas y pasillos, confundiéndose con el sacudir de ropas, el arrastrar de muebles. A misa llama la campana de la capilla, el director administrativo sale de su despacho a inspeccionar los servicios, y las hermanas de la Caridad, alma y sostén del asilo, por estar encargadas de su régimen doméstico, van y vienen con actividad de madres de familia. Sus faldas azules, azotadas por enormes rosarios; sus blancas tocas aladas, respetables y respetadas como enseña de paz, se ven por todas partes, entre el verdor de la huerta, entre los estantes de la botica, en la enorme cocina, cuyos hogares de hierro vomitan lumbre; en la despensa, llena de víveres, en el lavadero, donde ya saltan los chorros de agua; en el alto secadero que domina la huerta, y en el patio de mujeres, en la región de las locas, que es el departamento de trabajo más penoso y de las dificultades más terribles.
¡Las locas! Estamos en el lugar espeluznante de aquel Limbo enmascarado de mundo. Los hombres inspiran lástima y terror; las hijas de Eva inspiran sentimientos de difícil determinación. Su locura es, por lo general, más pacífica que en nosotros, excepto en ciertos casos patológicos exclusivamente propios de su sexo. Su patio, defendido en la parte del sol por esteras, es un gallinero, donde cacarean hasta 20 ó 30 hembras con murmullo de coquetería, de celos, de cháchara frívola y desacorde que no tiene ni principio, ni términos claros, ni pausa, ni variedad. Oyese desde lejos cual disputa de cotorras en la soledad de un bosque. Las hay también juiciosas. Algunas pensionistas, tratadas con esmero, están tranquilas y calladas en habitación clara y limpia, ocupándose en coser, bajo la vigilancia y dirección de dos hermanas de la Caridad’.
En «El amigo Manso» (1882), novela en la que Galdós vierte sus ideas pedagógicas, Peñita, en su discurso en favor de la Beneficencia, citó a «las Hermanas de la Caridad, con sus tocas blancas», entre las glorias de la Humanidad’.
En el año 1885, y con motivo del cólera que se desató en Aranjuez, vuelve a decir: «El pánico ha sido inmenso, y las escenas de desolación, horrorosas. Durante ocho o diez días Aranjuez ha sido un hospital. La cuestión de subsistencias ha venido a complicarse con la sanitaria, produciendo dificultades tales que sólo el espíritu de caridad y los expeditivos recursos de la asociación han podido vencerlas. Han llegado a faltar médicos y farmacéuticos, y aún se han visto diezmadas las valientes filas de las Hermanas de la Caridad, las verdaderas heroínas de estos fúnebres tiempos. Pero de Madrid han ido facultativos, y la valerosa Orden de San Vicente de Paúl ha enviado nuevas heroínas para ocupar el puesto de las que habían sucumbido.
La Hermana de la Caridad aparece en la obra galdosiana como sinónimo de asistencia al enfermo, consuelo de mujeres encarceladas», alma de la Beneficencia, como verificación de la piedad privada y pública, directores de Hospitales y Casas de Maternidad.
Lo curioso es que las Hermanas le sirven a Pérez Galdós como referencia vocacional. Así, Guillermina Pacheco, personaje famoso de «Fortunata y Jacinta», y que no fue otra que la aristócrata madrileña Ernestina Manuel de Villena, dice el novelista que: «no se reconocía con bastante paciencia par encerrarse a estar todo el santo día bostezando el gori gori, ni para ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad».
«Esta mujer», sigue hablando el novelista, «estaba muy acostumbrada a revolverse entre enfermos y difuntos, como las Hermanas de la Caridad’.
De Leré, la coprotagonista de la novela «Angel Guerra» (1890-1891), afirma «que no tiene más ambición que ser hermana de la Caridad»’.
Con Ernestina Manuel de Villena, la aristócrata y trotacalles, que aparece en cientos de páginas de «Fortunata y Jacinta», las Hermanas de la Caridad y la Familia Vicenciana tienen una fuerte deuda. Además de fundadora del Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón de Madrid, y de traer a España a los Hermanos de Lasalle, trabajó con las Conferencias de San Vicente de Paúl, organizando, además de las famosas Cocinas Económicas, para alivio del paro obrero madrileño, así como las revolucionarias Tiendas-Asilo, o grandes supermercados para los pobres. Las Hermanas de la actual provincia de Santa Luisa estuvieron muy relacionadas con ella. Su causa de santidad está introducida, y Galdós asegura, porque la trató mucho, que fue una gran mujer, honra de Madrid y del siglo xix español. El novelista, conmovido por sus milagros sociales, no duda en proclamarla santa, aunque Roma no se haya pronunciado.
Otras noticias sobre las Hermanas ya no tienen tanta importancia como las anteriores, pero son indicativas del clima social que despertaron en España.
Aunque esto no queda claro en la obra galdosiana, pero casi se concluye por el paisaje urbanístico, sin saberlo las Hermanas, colaboraron con la Junta Revolucionaria, en 1910, cediéndole un local para sus reuniones».
Las imprentas tiraban «prospectos de cuatro tintas en que se pintaban las figuras altamente conmovedoras, con Hermanas de la Caridad conduciendo mendigos al Asilo ideal con columnas griegas y un sol con la insignia triangular de Jehová…’
Esto puede sonar a sarcasmo, pero ya comprobaremos su trascendencia social al comentar la obra «Pedro Minio».
Las Hermanas se hicieron tan populares que, según comenta Calderón, un personaje de «La incógnita» (1888-1889), un industrial había ideado «hacer el matute en gran escala por medio de los carros fúnebres, de unos cuantos hombres vestidos de curas y de unas mujeronas disfrazadas de hermanas de la Caridad»».
Incluso hasta el tocado es sinónimo de elegancia. Por eso, Evaristo Feijóo, realzando el atractivo de Fortunata, la piropea en estos términos: «Y que está usted guapísima con ese pañolito, ya, ya. No se le ven ni el pelo ni las orejas. Parece una hermana de la Caridad»».
Pero es en tres obras de teatro donde destaca Pérez Galdós a las Hermanas.
En «Amor y ciencia» (1905) traza el novelista una rica semblanza de Sor Eloísa Mora. En primer lugar, es una Hermana experta en botica; familiarizada con el clorhidrato amónico, el suero Roux, el benzoato de cafeína para inyecciones, y la tintura de eucaliptus para conseguir una atmósfera húmeda y antiséptica. Ha trabajado durante años en la Farmacia del Hospital de Niños, y está familiarizada con la desgracia y la muerte, pues, como dice: «¿quién pone puertas al campo del morir?».
Su sobrina Paulina, de la que está un tanto alejada por haber roto su matrimonio con el doctor Guillermo Bruno, y amancebada con el marqués de Abdalá, la ha llamado a su casa para que asista al pequeño Cristín, en peligro de muerte.
El caso es que el único que puede operar a Cristín es el doctor Bruno, pero Paulina se resiste porque odia a su ex-marido y, además, porque es ateo.
Sor Eloísa, que ha conocido al doctor Bruno en el Hospital de Niños y en el General de Madrid, aconseja a su sobrina que se ahorre los escrúpulos porque,
no dice, «la ciencia es de Dios», «y Dios te envía la ciencia». En consecuencia, «rechazarla será locura y pecado».
Cuando el doctor recuerda a Sor Eloísa que Paulina lo ha dejado por otro, responde la Hermana que, a pesar de la situación anómala, su sobrina ha mejorado con su amante, y aduce esta preciosa lección: «Dios permite que el mal y el bien anden alguna vez por el mundo cogidos del brazo. Con su talento y su bondad, este señor ha transformado a Paulina, haciendo de ella una mujer honrada; es decir, que sería o acabaría de ser honrada si ella y él estuvieran unidos en el santo vínculo».
La Escena X del Acto Segundo es hermosa. Ante las zozobras de si sanará Cristín, tía y sobrina mantienen este diálogo:
«Elisea.—Ten confianza.
Paulina.—(Llorando). ¿La tienes tú?
Elisea.—Tengo confianza y fe.
Paulina.—¿Crees que Guillermo salvará a mi hijo?
Elisea.—Así lo creo.
Paulina.—¿Crees en su ciencia?
Elisea.—Tengo en ella toda la fe que podemos poner en las cosas humanas. Paulina.—¿Y confías en que mi pobre Cristín vivirá?
Elisea.—(Como inspirada). Sí.
Paulina.—¿Quién te lo dice…, quién te lo asegura?
Elisea.—Una voz secreta, lejana: Dios.
Paulina.—¡Oh, qué aliento me das! Venga a mí la fe; venga la esperanza. Elisea.—Para hacerles sitio en tu alma, arroja de ella tus rencores. Paulina.—Arrojaré todo lo que pesa en mi pobre alma, fatigada de aborrecer.
(Mirando temerosa a la puerta de la derecha). Ya…
Elisea.—Ya…, sí.
Paulina.—(Con voz queda y medrosa). Más allá de esa puerta, la ciencia y la muerte forcejean… ¿No te sobrecoge ese silencio? ¿No oyes en él los latidos de nuestros corazones?
Elisea.—Sí.
Paulina.—¿No ves, sin ver nada, el acto doloroso?
Elisea.—Veo las manos de Dios descender a las manos del hombre.
Paulina.—(Arrodillándose ante Elisea y besándole las manos). ¡Oh, santa mía! Ante ti, conciencia pura, virtud inmaculada, que ahora me pareces la imagen de Dios, pongo mi corazón, pongo mi alma. Seas tú testigo de esta ofrenda, que es también juramento, y oblígame a cumplir lo que ofrezco y juro. Si el saber humano salva de la muerte a mi querido niño, olvidaré mis agravios, menores que los de Guillermo, y le estimaré y le perdonaré, aunque él a mí no me perdone ni me estime; creeré que mías son todas las culpas, y suyas todas las perfecciones. Mi gratitud hará de él el primero y más grande hombre del mundo, aunque él a mí me considere la más indigna de las mujeres.
Elisea.—¡Hermosa ofrenda, Paulina! Reciba Dios tu corazón y bendígalo.
Paulina.—(Poseída súbitamente de ansiosa curiosidad, mirando a la derecha). ¿Y ahora? ¿No habrá concluido ya? (Se levanta).
Elisea.—No, hija mía. Ahora empiezan. Sólo han pasado minutos. Paulina.—Siglos dirás.
Elisea.—Ten calma…, no tiembles.
Paulina.—(Rehaciéndose). ¡Si ya soy fuerte! ¿No me ves? (En voz alta y briosa, mirando a la puerta). Hijo mío, ya tenemos valor… y esperanza.»
Según el drama, la operación es un éxito. Paulina se reconcilia con su ex-marido, y Sor Elisea, cumplida su misión, se retira a su casa».
* * *
Después de una seria deliberación, la Junta fundadora del «Asilo de Nuestra Señora de la Indulgencia» opta por confiar la dirección del centro a las Hermanas de la Caridad, por ser la encarnación de la modernidad y de la alegría, en contra del obscurantismo de los Capuchinos, en quienes habían pensado varios miembros de la Junta.
Tanto la superiora como Sor Bonifacia y Sor Vicenta son mujeres que contagian confianza y alegría.
Con relación al recreo de los residentes, dice la superiora: «El recreo es aquí tan importante como el alimento y el abrigo. Con él se procura dar satisfacciones a los que o no las tuvieron nunca o las olvidaron al caer en la extrema pobreza».
De acuerdo con este principio, el Centro organiza sesiones de cine, teatro y un periódico, cuyos actores y redactores son los ancianos. Tampoco falta la cafetería y, lo más curioso, celebra carnaval una vez por semana.
Las Hermanas, además de mujeres hermosas y comprensivas con los enamoramientos de los abuelos, son tan realistas que al decir de Sor Bonifacia, hay que saber «dar al altar lo que es del altar y a la mesa lo que es de la mesa».
Para el buen funcionamiento del Centro, y con el fin de que los ancianos manejen su dinerillo, las Hermanas han acuñado moneda, válida únicamente en el interior de la casa, y hasta una Caja de Ahorros donde los ancianos abren sus libretas.
Las grandes lecciones que se desprenden de la obra son: 1. Las Hermanas son el símbolo de la modernidad en contra del obscurantismo capuchino. 2. La terapia ocupacional. 3. Abelardo, un hombre inmensamente rico y casado con la cursi de Hortensia, acude al Asilo para visitar a su tío Pedro Minio, personaje que da título a la obra (1908), y, al percatarse de lo contento que está su tío, deja la mitad de sus bienes a su esposa, e ingresa en el «Asilo de Nuestra Señora de la Indulgencia».
«Sor Simona» (1915) es una obra de mayor densidad, dentro de la levedad del género dramático, y más conocida del público vicenciano, aunque no sea más que por el folletín del padre Gancedo.
Lo cierto es qúe la historia de esta mujer de carne y hueso llegó a Galdós, y a Viana se trasladó el novelista para recopilar datos.
Sor Simona es la protagonista de la obra y, según el autor, es una mujer de treinta y cinco a cuarenta años, hermosa y dotada por Dios y la naturaleza para hacer curaciones prodigiosas.
Contando dieciocho años, estuvo enamorada de Angel Navarrete, pero el mozo prefirió a Pilar Amézaga, hija de los condes de Salvatierra.
Destinada al Hospital de Viana, destruido por un incendio, y donde es muy estimada por su virtud y dulzura de carácter, un día, debido a una enajenación mental, se le mete en la cabeza que es una persona que ha vivido en una época anterior a la suya, y se echa del Hospital en busca de la libertad perdida.
Galdós se sirve de «Sor Simona», fundamentalmente, para hacer un canto a la paz, pues la obra transcurre durante la primera guerra mundial, y lo hace según estas ideas motoras:
1.- «Navarra es un país armonioso y trágico».
Sor Simona.—Ya les oigo, y oyéndoles veo correr la sangre humana. Navarra es un país armonioso y trágico: el país de la música y el país de las guerras; desde que Dios hizo esta tierra, los hombres cantan como ángeles y se despedazan como demonios».
2.- «Quien dice el amor dice paz».
Sor Simona.—¡Matar, matar!… Vosotros creéis que vivís en un siglo que llamáis diez y nueve, o no sé qué. Yo digo que vivimos en la Edad Media, grandiosa y terrible edad… Guerra, santidad, poesía… Hijos míos: como criaturas nacidas en la edad trágica y bella, purificad vuestras almas; mantened siempre limpias vuestras conciencias; socorred al pobre; haced bien a todo ser viviente, sin excluir a los que os aborrecen; perdonad toda ofensa; sea vuestra ley el amor, el amor en todo lugar y en toda ocasión…, y quien dice el amor dice la paz.
3.- «La verdadera y única patria es la Humanidad».
Sor Simona.—¿Sabéis vosotros cuál es la verdadera, la única patria? Pues la verdadera y única Patria es la Humanidad».
4.- «Busca la Humanidad en lo pequeño».
Sor Simona.—Busca la Humanidad en lo pequeño, en lo que está más cerca de ti; en la masa enorme de los humildes, de los desvalidos; en los que no tienen alimentos, ni ropa, ni hogar».
5.- El hombre y la mujer son el Rey.
Sor Simona.—(Riendo). Amigo Sacris: te he confundido, te he trastornado al querer ilustrarte. De las dos primeras palabras de tu tela, Dios y Patria, ya te he dicho mi parecer. Falta decirte lo que pienso del Rey. Pues el Rey eres tú, el hombre; y quien dice el hombre, dice la mujer, el ser humano, que practicando la ley del amor se hace dueño del mundo. (Sacris, contemplándola alelado, parece no entender lo que oye). Pobre Sacris. No entiendes, ¿eh? Practica la ley del amor, la ley de la humanidad, y lo entenderás».
6.- La Caridad está por encima de todo.
Sor Simona.—Le dices a Gaztelu que quiero ver a ese estudiante que han cogido; que me le traigan para curarle. No es cuestión de guerra, ni de policía, ni nada de eso; es cuestión de caridad, de amor al prójimo. ¿Te has enterado bien?».
Dramáticamente, la obra alcanza su techo cuando Sor Simona se entera que un estudiante liberal, Angel Navarrete, natural de La Guardia, ha sido apresado mientras espiaba en el ejército carlista. Interesada por él, manda que se lo traigan, para curar sus heridas, y entonces es cuando nota que el joven es el vivo retrato de su antiguo novio.
Con el fin de que no lo trasladen al Hospital y librarlo del fusilamiento, finge Sor Simona que Angel es hijo de un desliz suyo, y se proclama alfonsina para enredar más el asunto.
Conducida ante la Junta Militar, afirma su liberalismo y añade que el mensaje que han encontrado en los bolsillos de Angel es el mismo que le dio a ella el general Moñones.
Cuando la Junta Militar delibera si fusilar al joven o a Sor Simona, entra en escena el general Ulibarri, tío de Sor Simona, con la orden de canjear prisioneros: cuatro carlistas por cuatro alfonsinos. Sor Simona y Angel entran en el cupo.
El carlista Sacris, que se ha enamorado de Sor Simona, le ruega que se vaya con él, pero Sor Simona le responde que ha decidido consagrarse en Viana al socorro de los infelices, pero libremente, pues: «Quiere ser libre, como el soplo divino que mueve los mundos’.
* * *
El éxito dramático de «Sor Simona» fue todo un acontecimiento. Ramón Pérez de Ayala dice que «al finalizar cada uno de los actos de Sor Simona el público rompió en un aplauso férvido, vehemente, desapoderado’.
Los 300.000 ejemplares vendidos en 1916 acreditan su éxito y acogida popular.
Además del antibelicismo, pues «Sor Simona» transcurre durante la primera guerra mundial, Joaquín Casalduero, uno de los grandes estudiosos de Galdós, ve en «Sor Simona» la encarnación del holocausto «que no se ofrece a Dios en el silencio de la clausura, sino en el tumulto del mundo»». Lo cual manifiesta que tanto el autor como el comentarista entendieron muy bien la índole seglar, según el casticismo castellano, y no secular, según la jerga jurídica, de las Hermanas de la Caridad.
«Amor y ciencia» y «Pedro Minio» también merecieron la crítica de los periódicos del momento, pero con lo dicho creo que ya es suficiente.







