Beatas María Ana Vaillot y Odilia Baumgarten

Francisco Javier Fernández ChentoMaría Ana Vaillot y Odilia BaumgartenLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Carolina Flores, H.C. .
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Hijas de la Caridad del Hospital San Juan, de Angers, fueron ejecutadas durante la Revolución Francesa, el 1 de febrero de 1794, junto con otros muchos mártires.

María Ana Vaillot nació en Fontainebleau el 13 de mayo de 1736 y entró en la Compañía de las Hijas de la Caridad el 25 de septiembre de 1761.

Odilia Baumgarten nació en Gondescange, Lorena, el 15 de noviembre de 1750 y entró en la Compañía de las Hijas de la Caridad el 4 de agosto de 1775.

Fueron beatificadas por Juan Pablo II, junto con otros 97 mártires, el día 19 de febrero de 1984.

AnaVaillotEl sábado primero de febrero de 1794, en el pequeño pueblo de Angers, Francia, dos Hijas de la Caridad -Sor María Ana Vaillot y Sor Odilia Baumgarten- van en un largo convoy. Son 398 personas, mujeres en su mayoría. Van atadas de dos en dos a una cuerda central y custodiadas por gendarmes. Avanzan hacia el campo donde serán ejecutadas.

Conozcamos esta historia de las Hijas de la Caridad. San Vicente nos impulsa a ello: «Piensen en cómo eran, qué es lo que hacían y animense a imitarlas». (IX-2, 1159).

¿Por qué estaban las Hermanas en Angers?

El Hospital de Angers fue fundado en 1153 por Enrique II, Conde de Anjou y Rey de Inglaterra, en reparación del asesinato de Tomás Becket.

El 6 de diciembre de 1639 se establecen las Hijas de la Caridad en el Hospital de Angers. Santa Luisa de Marillac llega con 3 Hermanas a finales del mes de noviembre.

Con la institución de la comunidad en el gran Hospital de San Juan Evangelista de Angers, culminó la evolución de la Cofradía de la caridad de las jóvenes, a la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Angers era la capital y el corazón de Anjou. No era una ciudad cualquiera, era una ciudad de gran categoría, reconocida y envidiada por muchas ciudades del reino

La situación que se vivía en el Hospital hizo que los administradores acudieran a la señora Goussault como intercesora ante Vicente de Paúl para que las Hijas de la Caridad se hicieran cargo del Hospital. A la muerte de la señora Goussault, Luisa de Marillac recogió el compromiso. Era el primer hospital del que se hacían cargo las Hijas .de la Caridad como hospitalarias y la primera obra importante lejos de París y de los superiores. Lo más significativo era el hecho de que por primera vez se actuaba con independencia de las Damas de la Caridad. Angers se presentaba como un reto a la nueva Compañía. Se comprobaría ahí su capacidad, su efectividad y su futuro.

El reglamento de vida para las Hijas de la Caridad de Angers vino a ser como las primeras Reglas Comunes de las Hermanas. A su imitación se hicieron los demás reglamentos.

Un especial cariño por Angers hace decir a Santa Luisa: «Las almas que buscan a Dios no estarán en ningún sitio mejor que en Angers» (LdeM, CEME, Carta 432, pág. 408).

En Agosto de 1640 Santa Luisa escribe a las Hermanas del Hospital de Angers una carta que parece una premonición. Leerla pensando en el martirio de Sor Odilia y Sor María Ana es darle una dimensión muy especial: «Qué corta es esta vida y qué larga, amable y deseable es la bienaventurada eternidad, a la que no podemos llegar si no es siguiendo a Jesús en sus trabajos y sufrimientos. Y aún no nos habría podido llevar a ella si su perseverancia no le hubiera llevado a El a la muerte de cruz. Ya ven queridas Hermanas si podemos, sin engañamos, escatimar ningún esfuerzo. iOh! Guardémonos bien de ello, porque aún habiendo trabajado cuarenta y nueve años, si dejáramos de trabajar el quincuagésimo y Dios nos llamara, sería como si no hubiéramos hecho nada en toda nuestra vida. La perseverancia, pues, mis queridas Hermanas, tiene que ser el último florón de nuestra corona ya que tenemos que adquirirla en el último momento de nuestra vida en la gracia y amor de Dios…»

Las crónicas del martirio de nuestras Hermanas ponen en sus labios una expresión muy semejante a la que Santa Luisa usó en su carta: «Nos está destinada una corona, no la perdamos hoy».

Uno de los aspectos puestos de manifiesto en las actas del martirio de nuestras Hermanas fue el gran apoyo que se dieron la una a la otra. Encontramos gran consonancia entre este testimonio de fraternidad y una carta de Santa Luisa escrita a las Hermanas del Hospital de Angers: «Renuévense, pues, mis queridas Hermanas, en su primer fervor y empiecen por el verdadero deseo de agradar a Dios recordando que El las ha conducido por su Providencia al lugar en que se encuentran y las ha unido para que se ayuden mutuamente en su perfección, pero para cumplir su divino designio, del que depende su salvación, tienen que tener una gran unión entre ustedes que les hará tolerarse una a otra» (Carta 115)

¿Quiénes eran Sor María Ana y Sor Odilia?

Sor María Ana Vaillot

María Ana Vaillot nació en Fontenebleau y fue bautizada el 13 de mayo de 1734 por un Sacerdote de la Misión, el P. Francisco Brunet. Hacía dos años que había nacido un hermanito suyo pero murió al cabo de unos meses, así es que el nacimiento de María Ana colmó de gozo a toda la familia. El padre, albañil, murió el 8 de junio siguiente. María Ana conoció desde pequeña el sufrimiento.

No se sabe nada de los años que pasó con su familia ni del origen de su vocación. A los 27 años empezó el postulantado con las Hijas de la Caridad y el 25 de septiembre de 1761 ingresó en el Seminario de París. Estuvo sucesivamente destinada a Saint­Louise-en L’lle, en Fontenay-Le-Comte, en Vendreé, en Longue y en Saint Pierre Montlimart. Se desconoce la fecha en que llegó a Angers, destinada al Hospital San Juan.

Fue fusilada en el «Campo de los Mártires», el 1 de febrero de 1794.

Sor Odilia Baumgarten

Odile Baumgarten nació el 19 de noviembre de 1750 en Gondescange, de Lorena. Fue bautizada al día siguiente. La habían precedido en su hogar dos hermanas y un hermano, pero los tres fallecieron apenas de un año.

Odile fue una gran alegría para su familia. A los 24 años dejó el molino familiar por el postulantado que hizo en Metz. Entró en el Seminario el 4 de agosto de 1775. Fue destinada a Brest en 1776, partió para Angers a comienzos del año siguiente, donde le confiaron la responsabilidad de la farmacia.

Fue fusilada en el «Campo de Mártires» el 1 de febrero de 1794.

¿Cuál fue el contexto historico?

La Superiora General de aquel tiempo. Sor Dubois, expresaba así su preocupación ante la situación de Francia: «EI tiempo es breve, malos los días que nos toca vivir, sin embargo, todos los momentos que los componen son preciosos, no perdamos ni uno solo. Llenémoslos útilmente con nuestro adelanto en las virtudes sólidas que nos prescriben. Los sufrimientos, las cruces pesadas, son alimentos del amor divino…»

Para palpar estos tiempos malos de los que habla la Superiora General a las hermanas, retrocedamos hasta la Revolución Francesa, uno de los acontecimientos de mayor resonancia en la historia de la humanidad. Sus causas, unas remotas y otras próximas, no sólo provocaron las más radicales reformas en el régimen francés, sino que extendieron su efecto poco más tarde a Europa y América. Antes de estallar la revolución, Francia vivía la más aguda crisis de su historia debido a factores muy diversos.

Uno de los acontecimientos decisivos en este proceso fue la reunión de la Asamblea de los Estados Generales en la que el tercer Estado (el pueblo de Francia, burgueses, obreros, campesinos) se afirmó como único representante de la nación y se erigió en Asamblea Nacional con la consigna de establecer una Constitución para el Reino.

Una de las cuestiones más difíciles que se plantearon a la Asamblea Constituyente fue las relaciones entre la Iglesia y el Estado. De acuerdo con la Declaración de Derechos del Hombre, se proclamó la más absoluta libertad de cultos y se admitió el goce de los derechos civiles y políticos, en pie de igualdad con los católicos, protestantes y judíos, pero conservando para el culto católico el carácter de culto nacional.

La Asamblea Constituyente, fiel a los principios que acababa de proclamar y estimando como un deber reformar las instituciones de la Iglesia, como había reformado las del Estado, suprimió las antiguas diócesis, como antes se suprimieron las provincias, e instaló en los 83 departamentos recientemente creados, otros tantos obispos que colocó bajo la autoridad de diez de ellos, quienes elevados a obispos metropolitanos sustituían a los antiguos arzobispos. También introdujo el principio de la elección de los obispos y los párrocos por los electores civiles. Los conventos fueron suprimidos y la Iglesia pasó a depender del Estado. El Papa Pío VI se opuso a estos decretos. Muchos revolucionaron titubearon. La Asamblea Constituyente trató entonces de imponerse por la fuerza obligando a los miembros del clero a jurar obediencia a la nueva organización civil.

En 1792 se proclama la República de Francia. Durante los siguientes tres años la Convención, quien gobernaba al ser disuelta la Asamblea Legislativa, realizó la doble tarea de consolidar la Revolución dentro de Francia y pelear con éxito en la guerra extranjera. Logró estas obras por medio del terror, el derramamiento de sangre y la dictadura.

En abril de 1792 la Superiora General, Madre Ma. Antoinette Delau, da a conocer a la Compañía el decreto de supresión de todas las corporaciones eclesiásticas y de sus hábitos. La encomienda es, como lo fue a lo largo de la crisis: «No abandonen el servicio de los pobres si no se ven forzadas a hacerlo… Para poder continuar el servicio de los pobres préstense ustedes a todo lo que, honradamente, se les pueda exigir en las presentes circunstancias, con tal que no haya en ello nada contra la religión, la Iglesia, y la conciencia.»

De 1793 a 1794 Maximiliano Robespierre se fue apoderando gradualmente del poder hasta llegar a ejercer una verdadera dictadura. Fue en este período cuando se crearon los Comités y Tribunales que en forma arbitraria juzgaron e hicieron caer miles de cabezas, no sólo de aristócratas o privilegiados del antiguo régimen, sino de todos aquellos que, según el partido que tenía el poder, eran sus enemigos o representaban un peligro.

Los representantes del pueblo parten para las provincias a fin de velar la ejecución de sus leyes de excepción. Tienen plenos poderes y las autoridades locales caen bajo su poder: El miedo se apodera de todos, que se prestan a sus exigencias sanguinarias. El comité revolucionario y la comisión militar son instrumentos de la tiranía. A partir del 10 de julio, estos dos tribunales funcionan en Angers con ardor, cinismo y crueldad. El rigor de la persecución se va a hacer presente en el Hospital de Angers.

El martirio

El 2 de septiembre la Sociedad popular del Oeste, que tiene una reunión en la Iglesia de Santiago, se alborota al saber que las Hermanas siguen tranquilas en el Hospital. Se envía a la municipalidad una petición para que a todo precio y lo más pronto posible se hiciera prestar el juramento a las Hermanas y se las despojase del hábito.

Los administradores del hospital entran en conflicto. Muchas veces han tratado ya de convencer a las Hermanas de que cedan ante la tormenta. Para evitarles la persecución violenta, que ven ha comenzado ya, insisten una vez más, lo hacen con todo respeto y cariño. Su intención es salvar a las Hermanas.

De estas entrevistas queda como constancia en el proceso verbal las razones que aducen las Hermanas para mostrar que no es necesario hacer el juramento ya que comprendía a los funcionarios públicos y ellas no lo eran. Para no quitarse el hábito, expresan que para los pobres necesitados de atención representaba un signo que las identificaba, pero en esto estaban dispuestas a ceder, cosa que sucedió algunas semanas más tarde.

El final del año 1793 Angers veía regresar la terrible comisión militar, instrumento del terror. 1794 se inició con la caída de víctimas diariamente. Las hermanas perciben claramente lo que significará una negativa a las exigencias que se les presentan.

El 5 de enero apareció un decreto que hacía obligatorio el juramento para todas las religiosas. La labor de convencimiento hacia las Hermanas del Hospital de Angers se volvió más insistente. 3 de las 39 Hermanas prestaron el juramento. El Alcalde del ayuntamiento, al informar sobre este hecho, señala el que las demás Hermanas harían el juramento pero se lo impide la pérfida influencia y malos consejos de las Hermanas Antoniette, superiora, María Ana y Odilia. La conclusión a la que se llega es la siguiente:

«Es urgente excluir a estas tres personas tan peligrosas para el susodicho hospital como para sus compañeras. Que las dichas Antoniette, María Ana y Odilia sean arrestadas inmediatamente en la Casa de detención del Calvario «.

El arresto tuvo lugar la tarde del domingo 19 de enero de 1794.

Dos días más tarde soltaron a Sor Antoinette Taillade. La razón era que «se había decidido sacrificar a Sor María Ana y a Sor Odilia pensando así impresionar a la Superiora y a las demás que habían rehusado prestar el juramento.».

Ocho días después de su arresto, el 28 de Enero, Sor María Ana y Sor Odile comparecen ante su juez, el comisario Vacheron y su ayudante Bremaud. El interrogatorio quedó registrado de la siguiente manera:

«María Ana Vaillot, de sesenta años de edad, natural de Fontenebleau, Hija de la Caridad del Hospital de San Juan de Angers, donde residía y donde fue arrestada el domingo hace ocho días por unos ciudadanos, ha dicho que el motivo de su arresto fue el no haber prestado el juramento y no querer prestarlo. No teme nada de lo que puedan hacerle, en sus respuestas se reconoce fácilmente que es una fanática y rebelde a las leyes de su país, no ha oído nunca la Misa de un sacerdote juramentado «.

«Odilia Baumgarten, de cuarenta y tres años de edad, natural de Gondesconge en Lorena, Hija de la Caridad del Hospital de San Juan de Angers, donde residía y donde fue arrestada el domingo hace ocho días por unos ciudadanos, ha dicho que el motivo de su arresto fue el no haber prestado el juramento, no quiere prestarlo, no teme nada de lo que puedan hacerle, en sus respuestas se reconoce fácilmente que es una fanática rebelde a las leyes de su país».

Estos interrogatorios, los números 32 y 33, van acompañados de una cruz y una T. ¡Serían fusiladas! Nuestras Hermanas fueron ejecutadas como los pobres, la guillotina era para la gente acomodada. Prefirieron morir antes que hacer algo en contra de su conciencia.

Estas sencillas «actas martiriales» constituyen un testimonio de la verdad de sus vidas, de la verdad de su fe. El martirio es el supremo testimonio, que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo al cual está unido. Soporta la muerte por la fortaleza que Dios le da. «Todo coopera al bien de los que aman a Dios» (Rom. 8, 28) en palabras de Santa Luisa: «Si amásemos como debemos la santa voluntad de Dios nada nos afligiría porque bien sabemos que nos ama y quiere nuestro bien en todo» (C. 433). También Santa Luisa había escrito:

«Las siervas de Dios no deben temer nada con tal de que le sean fieles». (C. 260)

Amaneció el sábado 1 de febrero. En este día, pero de 1640, Santa Luisa de Marillac había firmado el convenio oficial de fundación de la comunidad que prestaría sus servicios en el Hospital de San Juan en Angers.

El comisario de la prisión se presentó con una lista en la mano, empezó a llamar a las víctimas. Nuestras Hermanas y el resto de los condenados iniciaron la marcha hacia el lugar de la ejecución.

Sor Odilia mostró miedo al salir de la prisión, apoyándose en el brazo de Sor María Ana se sintió fortalecida por la firmeza de su Hermana.

Los condenados avanzaban los 3 kilómetros hasta el lugar de la ejecución cantando cánticos y salmos. Las Hermanas se animaban y fortalecían mutuamente y animaban y fortalecían también a los que con ellas iban a morir por la fe. Este largo recorrido fue una confirmación de su valor y de su confianza puesta en Dios.

El rosario acompañó a Sor Odilia. Al caer éste al suelo intenta ser recogido por la Hermana, que recibió un violento golpe que le destrozó la mano. Una valerosa mujer lo pudo rescatar como una preciosa reliquia.

La pequeña explanada recibió al grupo con fosas abiertas el día anterior. Para llegar al lugar destinado a las nuevas víctimas había que pasar por las tumbas dejadas por 6 ejecuciones anteriores.

En ese momento, ya tan próximo a su martirio, Sor María Ana entonó con voz firme las letanías de la Santísima Virgen: Esta piadosa escena hizo salir de los labios de un furioso revolucionario: «Duele ver morir a mujeres como éstas».

El numeroso grupo se alineó a lo largo de las fosas. Al ser reconocidas por los que con ellas sufrirían el martirio se elevó un clamor, pedían gracia para las Hermanas.

¡Cómo debió ser su servicio en el Hospital que provocó esta reacción llena de admiración y cariño hacia ellas! Santa Luisa, en su carta del 28 de noviembre, 1657 había expresado: «Las Hermanas de Angers han recibido una bendición especial de Dios para servir a los pobres enfermos». (C. 613)

El hombre responsable de la ejecución se siente impulsado a salvar a las Hermanas.

–Ustedes han prestado servicio a la humanidad. ¿Quieren dejar de hacer las buenas obras que siempre han hecho? No hagan el juramento y yo me comprometo a decir que lo han hecho.

Sor María Ana se encargó de dar la respuesta:

–No solamente no queremos hacer el juramento, ni siquiera queremos que se crea que lo hemos hecho.

Se dio la orden de disparar.

Los grupos se sucedían ante el pelotón de ejecución. Los cuerpos caían en las fosas, otros agonizaban al borde de ellas.

Sor María Ana no cayó a la primera descarga, como lo había predicho a su compañera, únicamente se rompió el brazo. Pudo entonces sostener a Sor Odilia, inanimada y sangrando, mientras llegaba su hora.

San Vicente había expresado que sucederían cosas como éstas: «Hay entre ustedes, mis queridas Hermanas, lo sé muy bien, algunas que, por la gracia de Dios, aman tanto su vocación que se harían crucificar, desgarrar y cortar en mil pedazos antes que sufrir algo en contra de ella» (IX-1, 417).

¿Qué nos dicen con su vida y su muerte Sor María Ana y Sor Odilia?

Con su muerte ellas expresaron cómo era su vida. Lo atestiguado con su sangre lo venían atestiguando con su fe y su acción. Al morir proclaman a quién habían servido durante la vida.

Nos dicen algo muy sencillo: que ser cristiano es seguir a Jesús y seguir a Jesús es acompañarlo cargando su cruz diariamente.

Nos hacen ver que Dios:

  • nos invita a vivir nuevas en renovación diaria: «Ustedes pueden, hoy, oír su voz: no se resistan en sus corazones» (Sal. 94,8).
  • nos invita a vivir con coherencia personal hasta en los detalles menores: «porque has sido fiel en lo pequeño yo te voy a poner al frente de grandes responsabilidades» (Mt. 25,23).
  • nos invita a vivir preocupados por ser verdaderos ante Dios, no por buscar la gloria, ni por aparentar ante los hombres: «El que cumpla estos preceptos mínimos y los enseñe así a los hombres será el más grande en el Reino «(Mt. 5,19).

La vida nos reclama realismo cotidiano en la realización de nuestras aspiraciones y responsabilidades. El sentido y él destino de nuestras vidas nos los jugamos diariamente.

Nuestras Hermanas nos llaman a vivir radicalmente la fidelidad que lleva a superar muchas «prudencias». Fidelidad que va por encima de la vida personal.

Nos enseñan la importancia del «lugar» desde donde dieron su respuesta. Habían servido a Cristo en los Pobres al modo como San Vicente lo captó de su modelo Jesús. Su vida estaba en el mundo de los pobres, es decir, en la realidad de miseria, opresión y exclusión que sufren los pobres. Desde allí sintieron y palparon el mensaje de Dios y dieron su respuesta. El lugar más apropiado para darla, como lo fue en la práctica de Jesús, fue el mundo de los pobres.

Estas mujeres nuevas nos ofrecen rasgos que son lecciones de vida:

  • A la luz de la fe miran la realidad, no se dejan engañar por las apariencias ni por las promesas, caminan con los pies en el suelo, con el oído atento, con los ojos abiertos.
  • Se abren al misterio de Dios que es Vida y amor.
  • Son pobres, son libres.
  • Acogen, comparten, sirven.
  • Viven la fraternidad.
  • Abrazan la cruz salvadora.
  • No huyen de la renuncia que el Reino exige.
  • Mantienen la coherencia de los testigos fieles.

El 19 de febrero de 1984 Juan Pablo II beatificó a Sor María Ana y a Sor Odilia, junto con otros 97 compañeros, que dieron su vida en fidelidad a Cristo y a la Iglesia.

Leamos el siguiente texto de la Carta a los Hebreos como un llamado que nos hacen nuestras Hermanas por el testimonio de su vida: «Innumerables son estos testigos, y como nube nos envuelven. Dejemos pues, toda carga inútil y en especial las amarras del pecado, para correr con perseverancia en la prueba que nos espera. Levantemos la mirada hacia Jesús, el que motiva nuestra fe y la lleva a la perfección. El se fijó en la felicidad que le estaba reservada, y por ella no hizo caso de la vergüenza de la cruz, sino que fue a padecer en ella, y en adelante ‘está sentado a la derecha del trono de Dios’. Piensen en Jesús que sufrió tantas contradicciones de parte de la gente mala, y no se cansarán ni se desalentarán. Ustedes están enfrentados al mal, pero todavía no han tenido que resistir hasta la sangre. » (Heb.12, 1-4)

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