Al pueblo judío le resultaba poco menos que imposible aceptar que el Mesías tuviese que ser bautizado por su precursor. Ningún profeta lo había anunciado. Era algo que rompía radicalmente con el pensamiento y con la imagen que los siglos habían formado acerca del Prometido, del Esperado, del Deseado. Si el bautismo estaba destinado a los pecadores, ¿por qué el Mesías, el enviado de Dios, el nacido libre de pecado, tenía que ser bautizado? Si el bautismo era la proclamación pública de conversión, de la vuelta a la amistad de Dios ¿qué necesidad tenía de conversión el mismo Hijo de Dios?
Por eso cuando Juan descubre que aquel que se pone a la cola de los pecadores para ser bautizado es Jesús, apenas puede creerlo y lo desconcierta. Él debería ser bautizado por Jesús y recibir el nuevo Bautismo y, sin embargo, es Jesús quien pide ser bautizado por él.
La presencia del Espíritu Santo y la voz del Padre: «Este es mi Hijo, el predilecto», nos señalan su sentido teológico y no sólo el hecho histórico. El bautismo de Jesús es su consagración oficial como Mesías. Él es el enviado del Padre de quien recibe su consagración. Es el enviado del Padre que viene a cumplir una misión evangelizadora y liberadora. Juan solo es el instrumento de Dios, pues es el mismo Dios-Padre quien le entrega sus credenciales.
Jesús quiere empalmar con la misión de Juan Bautista que llama a una verdadera y auténtica conversión pero quiere destacar que su Bautismo va a ser superior, que no sólo va a ser un bautismo de agua y conversión, sino un Bautismo de agua y Espíritu Santo.
Jesús que se hizo hombre en todo semejante a nosotros menos en el pecado, se presenta ante Juan Bautista y ante la muchedumbre de personas que acudían a ser bautizadas, no solo como el «siervo de los siervos», sino también, como el que trae la verdadera liberación.
Por eso compartir el bautismo de Jesús es adentrarnos en su manera de estar en la vida, es comprender y aceptar que todos somos hijos de Dios, que todos somos hermanos en Cristo y con Cristo, que todos hemos sido consagrados y que estamos comprometidos en la obra liberadora de Jesús y en la construcción de su Reino, el Reino de paz, de la justicia y del amor.







