Áureo Merino

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CRÉDITOS
Autor: Corpus Juan Delgado, C.M. · Año publicación original: 2007 · Fuente: Boletín Provincial de Zaragoza.
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P. Áureo Merino

08-02-07

Pamplona

BPZ, Febrero, 2007

Viana, 04/10/1920 – Pamplona, 08/02/2007

1.- Nos hemos reunido hoy para celebrar la Eucaristía unidos en oración por nuestro hermano, el P. Áureo Merino Ruiz, a quien el Señor ha llamado a su presencia después de una larga vida misionera.

El P. Áureo, que nació en Viana (Navarra) el 4 de octubre de 1920, hijo de Aniceto y Felipa, inició su formación en esta casa de La Milagrosa de Pamplona siendo niño; fue ad­mitido en la Congregación de la Misión a los 18 años. Ordenado sacerdote, después de haber superado una grave enfermedad, el 29 de junio de 1947, marchó poco después a México, donde por más de cincuenta años trabajó como misionero «sirviendo al pueblo de Dios en misiones populares y en parroquias, con abnegación y entrega generosa»: con estas pala­bras resumía su vida el Visitador de México al conocer la noticia de su fallecimiento.

2.- El misionero P. Áureo había hecho norma de su vida la propuesta de San Vicen­te de Paúl: «nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia, ni sólo a una diócesis, sino por toda la tierra; ¿para qué? Para abrazar los corazones de todos los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de desear, sino que arda y lo consuma todo?» (SVP XI, 553).

El misionero P. Áureo quiso configurarse con Jesucristo, el Misionero del Padre, el Evangelizador de los pobres. ¡Cuántas veces a lo largo de su vida no habrá meditado en la escena del evangelio que la Iglesia nos propone en este viernes de la quinta semana del Tiempo ordinario y en la profecía de Isaías, inspiradora del lema de la Congregación de la

Misión.

3.- Dejando el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atra­vesando la Decápolis. Todos estos desplazamientos que nos describe el evangelio de Mar­cos nos indican que Jesús se encuentra en territorio extranjero, en pleno país de misión, en el territorio de la Decápolis.

La curación del sordomudo, nos ha dicho también el evangelio de este día, provocó reacciones muy positivas hacia Jesús por parte de los habitantes de Sidón: «Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos». Pero Jesús impone silencio, porque no quiere ser confundido: ciertamente es el Mesías, pero entregándose por nosotros hasta la Cruz.

Jesús curó al enfermo con unos gestos característicos, imponiéndole las manos, tocándole con sus dedos y poniéndole un poco de saliva. Y con una palabra que pronunció miran­do al cielo: «effetá», «ábrete». El profeta Isaías había anunciado que el Mesías iba a hacer oír a los sordos y hablar a los mudos. Jesús está mostrando que ha llegado el tiempo mesiá­nico de la salvación y de la victoria contra todo mal. El evangelista subraya que Jesús cum­ple la gran esperanza prometida por Isaías. Es como una nueva creación, un hombre nuevo, ¡con oídos bien abiertos para oír y con la lengua bien suelta para hablar!

Además, Jesús trata al sordomudo como persona: cada encuentro de los enfermos con él es un encuentro distinto, personal. Ninguno olvidará en su vida que Jesús le curó.

4.- Estos gestos salvadores de Jesucristo, el Misionero del Padre, el Evangelizador de los pobres, los actualiza a lo largo de los tiempos la Iglesia. Cada uno de los cristianos estamos llamados a prolongar estos mismos gestos salvadores de Jesucristo. Y en ello han entregado su vida, y la siguen gastando, los misioneros.

El relato evangélico de hoy nos evoca inmediatamente uno de los signos del ritual del Bautismo: el ministro toca con el dedo los oídos y la boca del bautizado y dice: «El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre».

Un cristiano ha de tener abiertos los oídos para escuchar y los labios para hablar. Para escuchar tanto a Dios como a los demás, sin hacerse el sordo ni a la Palabra salvadora ni a la comunicación con el prójimo. Para hablar tanto a Dios como a los demás, sin callar en la oración ni en el diálogo con los hermanos ni en el testimonio de nuestra fe.

5.-  Meditando el Evangelio de hoy, no resulta difícil resumir la vida del P. Áureo Merino:

Cruzó, no el mar, el océano, para acercarse a una tierra donde no eran bienvenidos los sacerdotes, que debían disimular su condición para poder ingresar en el país y acompañar al pueblo de Dios.

Recorrió los caminos acercándose a las personas, entablando relaciones de amistad para la que tenía una especial facilidad, promoviendo su desarrollo, contribuyendo a su for­mación.

Por encima de todo, presentó a Jesucristo, trabajó con verdadero entusiasmo para darlo a conocer, para animar la vida cristiana, creando nuevas comunidades, promoviendo con destreza y creatividad grupos de niños y jóvenes, construyendo lugares apropiados para la celebración de los sacramentos y de la vida de los pueblos.

Compañeros y feligreses de los diversos lugares donde trabajó reconocen su entrega con el silencio hecho gratitud y oración, como nosotros esta mañana, porque el Maestro no quiso para sí ni para los suyos el aplauso.

Quien tanto anunció y comunicó, en sus predicaciones y publicaciones y escritos, con los dones que el Señor le había dado, pasó los últimos meses dedicado a la escucha y a la intercesión. Así me lo comunicaba él mismo hace tan sólo unas semanas en que me invitó a sentarme junto a él y me habló de sus disposiciones: estoy preparado, ahora sólo escucho y rezo. Y me mostraba el rosario con el que desgranaba oraciones durante horas.

Al conocer su fallecimiento, han escrito sus compañeros de México: «Hombre de fe y esperanza, se va con el Padre y nos deja su espíritu de gran apóstol y misionero en estas tierras mejicanas. Gracias a Dios por este regalo y que pase a disfrutar del gozo de su Se­ñor».

6.- «Mirando al cielo», nos ha dicho el Evangelio, es como Jesús se dispuso a reali­zar la curación del sordomudo, en actitud que era habitual para hablar con el Padre. Y mi­rando al cielo, pedimos nosotros esta mañana al Señor conceda participar de su amistad, de su Resurrección, de su Vida en plenitud, de su felicidad al P. Áureo, que ha participado de su misma Misión en la tierra.

Y ante nuestra Madre, la Virgen Milagrosa, cuya devoción promovió el P. Áureo a través de sus encendidas homilías y de la dedicación en las parroquias de Chihuahua, Gua­dalajara, León, Narvarte, Puebla, Nesagualcoyot o Cuautla, elevamos nuestra mirada para clamar: Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y … muéstranos a Jesús. Que el P. Áureo goce de esa contemplación cara a cara. Y que nosotros seamos, como el curado del evangelio, personas atentas al Señor y a los hermanos y profetas que anunciamos y acerca­mos el Amor de Dios a cuantos encontramos en nuestro camino.

Porque, como el P. Áureo, desde el Bautismo, también cada uno de nosotros somos misioneros.

Corpus Juan Delgado Rubio

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