Aprender de mí que soy manso y humilde corazón

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Autor: Antonino Orcajo .
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asdLa humildad y la mansedumbre «son dos hermanas ge­melas que van siempre unidas, lo mismo que la sencillez y la pru­dencia, que no se pueden separar». Jesús se presenta ante los pobres cargados y agobiados por el peso de la Ley como maestro «manso y humilde de corazón» (Mt 11,28-30). Su yugo suave y su carga ligera son un alivio en comparación con los fardos inso­portables de los escribas y fariseos.

Algunos biógrafos han considerado la humildad como la vir­tud más característica de san Vicente. Y lo es, al menos si nos atenemos a las formas chocantes con que se rebajaba en público. Decía de sí mismo que era «un ignorante», «un bribón», «un mi­serable y pecador, peor que el demonio», «un estúpido y un ton­to», «una bestia pesada». Delante de todos, hombres de alta alcur­nia o de baja condición, confesaba su origen humilde: «hijo de un pobre labrador», «pastor de rebaños de ovejas y cerdos». Pero no son los vilipendios con que se mofaba de sí mismo lo que le dis­tingue como hombre humilde, sino la relación con Jesús encarna­do en nuestra naturaleza humana.

Otros biógrafos del Santo estiman que fue la mansedumbre la que más destacó en él. Desde los años remotos del retiro de Soissons hasta su muerte, trabajó ascéticamente en la adquisición de un espíritu dulce y afable que reemplazara .su «carácter seco co­mo un espino».

I LOS CAMPOS PROPIOS DE LA HUMILDAD Y DE LA MANSEDUMBRE

No es fácil fijar las lindes de estas dos virtudes; sus campos son amplios y comprenden actos comunes. Vemos en la Escritura y en los tratados de teología que ambas virtudes se exigen y se complementan. Según san Vicente, el área propia de las tres pri­meras virtudes que componen el espíritu del misionero abarca ob­jetivos concretos: «La sencillez nos lleva directamente a Dios; la humildad se refiere a nosotros mismos y la mansedumbre nos conduce a soportar los defectos de nuestro prójimo».

La humildad tiene a su favor, según la tradición espiritual, que es el fundamento y nudo de la perfección y la que atrae y conserva todas las demás virtudes.

II LA HUMILDAD DE JESÚS Y DE SUS SEGUIDORES

Sólo cabe entender la humildad evangélica desde el ejemplo y doctrina de Jesús, que «se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz» (Flp 2,8). Los filósofos antiguos no la conocieron: «Aristóteles nada dijo de ella, a pesar de que habló tan bien de las demás virtudes. Solamente nuestro Señor ha podi­do decir: «Aprended de mí que soy manso y humilde de cora­zón». Él sólo comprendió, al practicarla, su altura, su profundi­dad, su anchura y toda su amplitud, y supo la relación que guarda con la perfección de Dios, su Padre, y con la bajeza de la criatura y del hombre pecador».

«Toda la vida de Jesús fue una continua humillación activa y pasiva; él la amó tanto que no se apartó nunca de ella en la tierra, y no sólo la amó mientras vivía, sino incluso des­pués de su preciosa muerte, ya que nos dejó un monumento inmortal de las humillaciones de su persona divina, un cru­cifijo, para que lo recordáramos como criminal y ajusticia­do…».

La humildad del Hijo de Dios consistió en el vacío de sí mis­mo —kénosis—, al encarnarse en nuestra naturaleza y sufrir nues­tros dolores. Su anonadamiento llegó hasta el extremo de morir crucificado en cruz. De ahí que los seguidores de Jesús hayan de vivir la humildad principalmente sabiendo aceptar la propia limi­tación humana y la verdad de lo que son delante de Dios y de los hombres, sin estimarse en más de lo que tienen.

III. «DICHOSOS LOS POBRES DE ESPÍRITU, PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS»

Los pobres de espíritu poseen en la tierra la dicha prometida por Jesús, porque confían en la providencia de Dios y lo esperan todo de El. Los pobres de espíritu (mejor para entendernos, los pobres con espíritu, los humildes) se asemejan a un niño que comparte su gozo y su riqueza con los demás; tienen siempre en sus labios el cántico del Magníficat o la oración del salmista: «Mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo gran­dezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre» (Sal 120,1-2). La dicha del pobre o humilde se consumará en el Reino eterno.

La promesa de Jesús coloca al pobre en una situación atracti­va, pero difícil. San Vicente se pregunta de dónde proviene que el cristiano sienta tanta atracción por la humildad y, por otra parte, experimente tan gran dificultad en su práctica. A ambas cuestio­nes responde: «La gracia que hemos recibido en el bautismo nos da esta apetencia. Sí, el espíritu de nuestro Señor pone en noso­tros la misma inclinación hacia la virtud que la que pone la natu­raleza hacia el vicio». La lucha enconada entre el espíritu y la carne convierte al hombre en protagonista del bien y del mal. San Pablo describe esa lucha: «Veo claro que en mí, es decir, en mis bajos instintos, no habita nada bueno, porque el querer lo exce­lente lo tengo a mano, pero el realizarlo, no; no hago el bien que quiero; el mal que no quiero, eso es lo que ejecuto» (Rm 7,18).

  1. a) Vicios contrarios a la bienaventuranza de la pobreza

Sobresalen, en primer lugar, la soberbia y el orgullo, que le­vantan al hombre contra Dios (cf. Gn 3,5) y le hacen confiar en sí mismo. Los soberbios y orgullosos son una especie de idólatras de la propia estima, esclavos de sus pretensiones, monstruos ocul­tos y peligrosos, «pues no se presentan nunca más que bajo la apariencia de bien».

La ambición anda emparentada con los dos vicios anteriores. Los ambiciosos ocultan también su verdadero rostro para adue­ñarse hábilmente de las personas, de las riquezas y de los oficios más honrosos y lucrativos. La ambición es un vicio tan mezquino como la envidia. Los envidiosos ven con malos ojos que otros crezcan y no toleran que los demás tengan tanto como ellos, con­sumiéndose por dentro de amargura.

 

  1. NATURALEZA DE LA HUMILDAD

La humildad no consiste «en una simple modestia educada, en un recato honesto o en una deferencia respetuosa, sino: «en anonadarse ante Dios y en destruirse a sí mismo para agradar a Dios en el corazón, sin buscar la estima y la buena opinión de los hombres, y en combatir continuamente todos los impulsos de la vanidad».

El anonadamiento ante el Padre fundamenta la verdadera y única humildad evangélica. El humilde se considera hechura de Dios y dice en su interior: «Sólo tú, Dios mío, eres el que tienes que reinar. Si en mí hubiese algo que no te pertenece, me despojo con gusto para dártelo y anonadarme totalmente ante ti».

La destrucción de uno mismo y el anonadamiento son inter­cambiables en el lenguaje y en la realidad espiritual. Despojarse de sí mismo es otra fórmula equivalente, que indica la naturaleza de la humildad.

 

  1. GRADOS DE HUMILDAD

Vicente de Paúl jerarquiza los grados o condiciones de la hu­mildad. Para ello se inspira en la obra de A. Rodríguez: Ejercicio de perfección y virtudes cristianas. El lenguaje vicenciano so­bre los grados de humildad, lo mismo que sobre el ejercicio de la voluntad de Dios, pertenece a otra cultura religiosa. Se lee tex­tualmente en las Reglas de la Misión:

«La humildad que con tanta insistencia nos recomendó Cris­to de palabra y de obra… exige tres condiciones. La primera es creerse con toda sinceridad merecedor del desprecio de los demás; la segunda alegrarnos de que los demás vean nuestras imperfecciones y por ello nos desprecien; la tercera, si el Señor hace algo a través de nosotros o en nosotros, ocultarlo, si se puede, movidos por la conciencia de nuestra nada. Si no se puede, atribuirlo todo a la gracia de Dios y a los méritos de los otros…».

A más de uno podrá extrañar semejante modo de concebir la humildad; quizá alguien piense que Vicente de Paúl saca de qui­cio la virtud y que se contradice con lo dicho anteriormente sobre la base de la humildad. No faltará, incluso, quien considere esta jerarquización como alienante y antievangélica. Sin embargo, dichos grados responden a razonamientos serios y no a proposicio­nes de masoquistas del espíritu.

La primera de las condiciones se basa en el principio clásico de la filosofía griega «conócete a ti mismo» —gnothi seautón—, que los latinos tradujeron nosce teipsum. Posteriormente, este principio de sabiduría fue bautizado por san Agustín, introdu­ciéndolo en la ascética cristiana; su aplicación a la psicología es­piritual contribuyó a que el creyente tendiera a conocerse en lo que tiene y es «en verdad» respecto al don recibido gratuitamente de Dios y a lo que le aporta la naturaleza humana. Mediante el propio conocimiento, el cristiano no puede menos de sentirse «pobre y pecador» frente a la santidad, poder y hermosura del Creador; llega a tal descubrimiento a través de la propia observa­ción y limitación, ya que «la verdad y la humildad se avienen muy bien las dos juntas».

«Estudiémonos bien y veremos que en todo lo que pensa­mos, decimos o hacemos, en la sustancia o en las circunstan­cias, estamos llenos y rodeados de motivos de oprobio y me­nosprecio. Estudiémonos bien, pero bien: no sólo nos senti­remos peores que los demás hombres, sino peores que los diablos».

En relación con Dios, el hombre no es sino «nada y pecado», aunque haya sido hecho a «imagen y semejanza» del Creador, re­dimido por la sangre de Jesucristo y sellado por la gracia del Es­píritu. Pese a esta Nueva Creación, en el hombre habita el forres peccati, causa real de la debilidad y limitación humana. De ahí proviene «la corrupción de nuestra naturaleza, la ligereza de nuestro espíritu, las tinieblas de nuestro entendimiento, el desor­den de nuestra voluntad y la impureza de nuestros afectos». Todo lo cual nos hace dignos de desprecio.

El segundo grado de humildad se deriva lógicamente del pri­mero. Hay que reconocer que «alegrarse de que los demás conoz­can nuestras imperfecciones… no resulta agradable al hombre vie­jo. Es algo muy difícil. Pero es necesario llegar a ese extremo». Difícil, pero no imposible. Existen muchos testigos que vi­vieron esta condición de la humildad. San Pablo y san Agustín, por ejemplo, no tuvieron inconveniente en confesar públicamente sus pecados y en gloriarse de sus flaquezas «para que la fuerza de Cristo destacara en ellos» (cf. 2 Cor 12,9). El propio Jesús de Na­zaret pudo haber evitado las burlas, injurias y reproches que reci­bió de los poderes religiosos y políticos, y no los evitó.

Finalmente, el tercer grado o condición de la humildad supo­ne que el cristiano tiene conciencia de ser instrumento en las ma­nos de Dios para continuar el plan divino de salvar a todos los hombres. El humilde hace producir al máximo los talentos recibi­dos, no los entierra, pero tampoco hace ostentación de ellos ni se deja llevar del orgullo, sino que bendice a Dios, como María, por­que el Todopoderoso se ha fijado en la pequeñez de su siervo y ha hecho maravillas en él. La condición de siervo no le priva de la otra cualidad de ser «hijo de Dios», cualidad que espolea su ca­ridad y servicio.

 

  1. LA HUMILDAD DE CONGREGACIÓN

Un caso típico de la humildad vicenciana es la humildad de congregación. No conocemos a ningún fundador de comunidades religiosas que resaltara tanto ese talante grupal como san Vicente. La humildad colectiva es consecuencia de la individual. No bastan, en efecto, los testimonios aislados, se necesitan los comunita­rios. Y si no, «pensad un poco, ¿pueden Pedro, Santiago y Juan amar y buscar con sinceridad y verdad el desprecio, mientras que la congregación, que no está compuesta más que de Pedro, Santiago y Juan y otros cuantos individuos, tiene que amar y buscar el honor? No queda más remedio que reconocer y confesar que estas dos cosas son incompatibles».

Vicente de Paúl se alegra profundamente de que otros institu­tos aventajen a su propia familia espiritual en ciencia, en virtud y en trabajo apostólico:

«Hemos de considerarnos como los mozos de carga de esos dignos obreros, como unos pobres idiotas que no saben decir nada, y que son el desecho de los demás, como esos peque­ños espigadores que van detrás de los grandes segadores. Demos gracias a Dios de que acepte nuestros humildes ser­vicios».

Por tanto, «si la sencillez es la primera y muy propia virtud de los misioneros, la humildad es su sello, la que los distingue entre los cristianos. Cuando nos pregunten sobre nuestra condición, que el Señor nos permita decir: «Es la humildad». Que ésta sea nuestra contraseña».

 

VII. «DICHOSOS LOS MANSOS, PORQUE ELLOS POSEERÁN EN HERENCIA LA TIERRA»

El trato de Jesús con sus discípulos y con todo el pueblo evi­dencia el amor y paciencia del Salvador, revelación de la manse­dumbre de Dios Padre (cf. Mt 12,18 ss; Tt 3,4). El profeta Isaías había predicho el talante manso del futuro Mesías: «No vocifera­rá ni alzará el tono… Caña quebrada no partirá y mecha mortecina no apagará; se alimentará de manteca y miel, para rechazar el mal y elegir el bien» (Is 7,15; 42,2-3). Jesús practica la mansedumbre en el más alto nivel durante su pasión y muerte; entra en Jerusa­lén sentado en un pollino, de asna acostumbrada al yugo (Za 9,9); en el suplicio «no abre la boca como oveja que es llevada al ma­tadero» (Is 53,7); desde la cruz sólo pronuncia palabras de perdón y de confianza. Jesús añade a su conducta amable y paciente la bienaventuranza de la mansedumbre: «Dichosos los mansos, por­que ellos poseerán en herencia la tierra» (Mt 5,4).

Los mansos —praeis— serán dichosos, porque van a heredar no una parte de la tierra que les ha sido arrebatada injustamente por los violentos y ambiciosos, sino toda la tierra, y esto sin res­ponder con las mismas armas con que otros abusaron de ellos. Los mansos se rigen por la justicia nueva, superior a la antigua: «ojo por ojo y diente por diente» (Mt 5,38); vencen el mal con el bien gracias al fruto recibido del Espíritu (cf. Gal 5,23); su dicha estriba en la experiencia del salmista: «Desiste de la cólera y abandona el enojo… Los mansos poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz» (Sal 37). «El manso avanza por el camino seguro de la paz, su alma vive feliz y su estirpe poseerá la tierra» (Sal 24,12-13).

La felicidad de los mansos contiene tres expresiones. La pri­mera es la paz, una paz semejante a la de Dios y que el mundo no puede dar. La paz de los mansos procede del Espíritu en for­ma de piedad —pietas—, relacionada íntimamente con Dios y con los hombres, a diferencia de la impiedad —impietas— de los violentos, que procede del abuso de los derechos divinos y hu­manos.

La segunda expresión de felicidad es la constancia en la prác­tica del bien: «No hay personas más constantes y más firmes que los man­sos y apacibles; por el contrario, los que se dejan llevar de la cólera y de las pasiones irascibles son ordinariamente muy inconstantes, porque no obran más que por arranques y por impulsos».

La tercera bendición que reciben los mansos consiste en la gracia del discernimiento: «Sólo a los hombres que tienen mansedumbre se les concede poder discernir las cosas, pues como la cólera es una pasión que ciega la razón, la virtud contraria tiene que ser la que da el discernimiento».

Las tres bendiciones antedichas, y que se ven reflejadas en la persona de Jesús, aseguran al manso que poseerá en herencia la tierra, no con la fuerza de las armas, sino con paciencia, que no es fatalidad ante la miseria o el abuso de los poderosos. El cristiano que ha recibido el fruto de la mansedumbre no se rinde ante la in­justicia; es un ser que lucha por la verdad y la vida sin ceder a los impulsos de los violentos.

 

VIII. LOS ACTOS DE LA MANSEDUMBRE

Los actos de esta virtud reflejan parte del programa de vida espiritual de Vicente de Paúl, ideal que mantuvo durante su con­versión continua. El recuerdo de Francisco de Sales pesaba sobre él: «enseguida reconoció en el aspecto del santo obispo, en la se­renidad de su rostro, en su manera de conversar y de hablar, una imagen muy clara de la mansedumbre de nuestro Señor Jesucris­to, que le había ganado el corazón».

  1. a) El dominio de sí mismo

Se trata de una virtud humana, camino para llegar a la biena­venturanza evangélica, que está formulada según el principio éti­co de los antiguos moralistas: sustine et abstine. Es necesario aguantar con tenacidad los primeros impulsos de la naturaleza; prever, en lo posible, las ocasiones de enfado; dejar de actuar e, incluso, de hablar mientras dura la pasión de la ira; no incomo­darse por ser objeto de cólera, pues la lleva a veces el mismo temperamento. Este primer acto de la mansedumbre tiene, por consiguiente, dos oficios:

«Uno consiste en reprimir los movimientos de la cólera, las chispas de ese fuego que suben hasta el rostro, que pertur­ban el alma y que hacen que alguien no sea ya lo que era. El otro consiste en obrar no por arrebatos naturales, sino con dominio de sí, cuando hay que corregir, reprender o casti­gar».

  1. b) «Tener mucha afabilidad, cordialidad y serenidad de rostro»

Estas virtudes nos revelan el esfuerzo del Sr. Vicente por pre­sentar «un rostro amable y sonriente, capaz de ganar a todo el mundo, dando la impresión de ofrecer el propio corazón y pedir el de los demás». Dos campos, sobre todo, ofrecen conti­nuas ocasiones para ejercitarse en las formas indicadas de la mansedumbre: la vida familiar y el apostolado. Respecto de la primera: «[…] tenemos tanta mayor necesidad de la afabilidad cuanto que estamos más obligados por nuestra vocación a tratar fre­cuentemente entre nosotros y con el prójimo; además, ese trato es más difícil aún porque somos de diversos países y de carácter y temperamento muy distinto».

El trato de Jesús con sus apóstoles ambiciosos, coléricos y descreídos inspira las reglas de la conversación mutua. Jesús es siempre el centro de la comunidad apostólica, el árbitro de las discusiones entre ellos, amando a todos y, lógicamente, procuran­do que se amen los unos a los otros.

La evangelización de los pobres obliga de igual manera a los seguidores de Jesús a mostrarse afables y cordiales, a ofrecer con­suelo y confianza a los necesitados: «Pensemos que con la mansedumbre se llega a poseer la tierra, pues con esta virtud se atrae a los corazones para que se vuelvan a Dios, lo cual no consiguen nunca los que tratan al prójimo con dureza y aspereza».

La vida en común y el ministerio dan a las virtudes propias del seguidor de Jesús un carácter práctico y dinámico, tanto más necesario cuanto que al prójimo se le gana con amor y no por otros medios. Esto tiene especial vigencia cuando el servidor de los pobres ocupa un puesto relevante en la Iglesia o en la socie­dad civil: «[…] Vemos por propia experiencia que, cuando es persona fría y seria, todos le temen y huyen de él. Y como nosotros tenemos que trabajar con los pobres del campo… no es posi­ble que podamos producir buenos frutos si somos como esas tierras resecas que sólo tienen cardos. Se necesita un aspecto y un rostro agradable, para que nadie se asuste de nosotros». «Si los pobres no nos ven afables se apartan y no se atreven a acercarse a nosotros, creyendo que somos dema­siado severos o grandes señores para ellos. Pero, cuando se les trata con afabilidad y cordialidad, conciben otros senti­mientos de nosotros y están mejor dispuestos a aprovecharse del bien que les queremos hacer».

  1. c) «Disculpar las faltas de los otros»

Finalmente, la mansedumbre cubre de disculpas las faltas del prójimo. Como expresión de la misericordia y ternura del Padre con sus hijos, la mansedumbre nos es revelada por Jesús. El es la regla del perdón de las ofensas e injurias. Si Dios se ha mostrado especialmente indulgente con su pueblo, con el que ha establecido la Nueva Alianza de amor por medio de su Hijo, otro tanto de­berá hacer el seguidor de Jesús, el Mesías, que nos ha reconcilia­do con el Padre y ha absuelto todas nuestras culpas por el amor que nos tenía.

 

 

 

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