Antoine Philis (1675-1741)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1983 · Source: Notices, IV.
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La muerte nos llevó el 9 del mes de enero de 1742, en nuestra casa de  Aleth, a nuestro hermano Antoine Philis, nacido en Saint-Christo, diócesis de Lyon el 27 de enero de 1675, recibido en el seminario en Lyon el 17 de agosto de 1698.

Desde su llegada a Aleth, en 1724, ha edificado constantemente allí hasta su muerte, con su vida regular y laboriosa. Es verdad que desde hace unos siete años, las tristes secuencias de un ataque de apoplejía le habían vuelto menos activo y menos útil. Con todo siempre ocupado, según sus fuerzas, y de una asiduidad completa en los ejercicios espirituales, daba un consuelo igual. El uso de los baños, a los que se le envió no le produjo ningún alivio. El 22 de diciembre, un segundo ataque de apoplejía le abatió, sin que ningún socorro le haya podido poner en estado de confesarse, ni de recibir el santo viático. Sin embargo con los signos suficientes que se le advirtieron, le dieron dos veces la absolución, y por último la extrema unción, tres días antes de morir. Una piedad tierna, un gran amor por los pobres, una constante ecuanimidad de humor, una entera fidelidad a sus votos y a sus reglas, eran las virtudes  que habían formado su carácter. Queriendo unirse a Dios, desde el momento que tenía algo de libertad, recitaba el rosario, o iba a visitar al santísimo Sacramento. «Le  encontramos todas las noches delante de Nuestro Señor, decían de él los Srs. seminaristas». Era allí donde hacía su oración.

Su bondad que nada alteraba, venía de la ecuanimidad de su carácter, dulce, servicial, honesto,  muy respetuoso con los Srs. eclesiásticos, a quienes no hablaba nunca más que por necesidad, y con la más humilde modestia. Enemigo de la ociosidad, se le veía siempre santa y útilmente ocupado, recogiendo con economía todo lo que, sin un cuidado parecido, se habría estropeado en la cocina. En la casa, hombre de paz, extremadamente reservado sobre la fama del prójimo, no se le oía nunca decir nada que pudiera herir la caridad. Tampoco se le ha oído quejarse de los superiores, ni de aquellos con quienes había vivido. Lleno de respeto y de veneración, les obedecía con gozo. Indiferente en cuanto a los oficios, no sólo  dejó sin pena la administración de la casa de campo que había dirigido durante varios años, sino que dio pruebas incluso de hacerlo de buena gana. De ello llegó con la fama de un muy buen ecónomo y de un hombre cuya prudencia había siempre salvaguardado la virtud y la reputación. Todas estas cualidades habían hecho de él un hombre verdaderamente ejemplar.   – Anciennes Relations, p. 405.

 

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