Antoine Morando (1650-1694)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, II.
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Biografias PaúlesDespués de enterarme de paso de la piadosa muerte de nuestro querido y bien amado Sr. Antoine Morando, creo que veréis con placer un relato más detallado de los ejemplos de virtud y de piedad que se han advertido en este verdadero discípulo de nuestro venerable Fundador durante los cuarenta y cuatro años que ha vivido en nuestra Congregación. Al comunicaros estos detalles me parece que debo decir que este buen misionero ha realizado con toda perfección el consejo que san Pablo da a su discípulo Tito: In omnibus te ipsum praebe exemplum bonorum operum; pues nos ha dado ejemplos de piedad y de perfección en lo que toca a nuestro estado. Y para comenzar por las cosas ordinarias que se hacen cada día, era siempre el primero en la oración de la mañana y estaba en ella y asistía ella con gran devoción. La hacía casi siempre de rodillas, a pesar de su avanzada edad de ochenta y dos años. Jamás faltaba al oficio divino en común, y si alguna vez se veía obligado a salir de la casa, volvía siempre a tiempo para recitarlo con los demás. Y hasta en sus últimos años se hubiera dicho que desde la mañana a la noche no pensaba en otra cosa que en recitar bien su oficio y en celebrar devotamente la santa misa o, cuando no podía decirla ya, en oír tantas misa como le era posible y en comulgar todos los días. Con la misma diligencia y puntualidad se hallaba en los exámenes, generales y particulares, donde según su costumbre llegaba el primero siempre. Ocupaba la tarde en hacer lecturas espirituales, en recitar el rosario y demás oraciones vocales, y en el estudio de los casos de conciencia. Pasaba toda su recreación en conversaciones piadosas o hablando de cosas útiles y provechosas. En esto se comportaba con un gran respeto y mucha afabilidad, jovialidad y condescendencia; de manera que su compañía servía de distracción y de consuelo a sus cohermanos. Nunca se le oyó pronunciar una palabra de queja contra los superiores o los demás; tampoco hablaba nunca del beber o comer ni de las noticias políticas o de cosas prohibidas por las reglas; hasta tal punto que al decirle alguno hace dos años, que había que rezar mucho a Dios por la cristiandad, porque todo estaba en guerra, se sorprendió mucho como de algo nuevo.

Era también exacto en la observancia de las prácticas y reglas de la Compañía, y no omitía más las pequeñas que las grandes. Cada tres meses, era el primero en venir a hacer al superior la comunicación. A menudo pedía ser avisado públicamente de sus defectos. Ya de mayor y decrépito, barría él mismo su habitación dos veces por semana, y decía que esta regla le obligaba tanto como las demás. Nunca pidió excepción en lo ordinario de la comunidad. A veces se servían en la mesa frutas que no podía comer ya, porque no tenía dientes; entonces el superior le hacía servir otra cosa; pero trataba de impedírselo con bonitas razones, diciendo que se compensaba comiendo más de las cosas  servidas, o que tenía buen estómago y que podía digerir bien las cosas sin masticarlas. Y cuando la primera vez no podía lograr lo que pretendía, volvía a la carga tantas veces que al final había que dejar de servirle nada particular, para no afligirle. Estaba tan mortificado por toda clase de exención o de particularidad que se veía pronto en su rostro la pena que experimentaba.

Lo hemos advertido en dos o tres ocasiones en especial. La primera fue durante este invierno: nos habíamos dado cuenta que debido a su debilidad, corría peligro de caerse por las escaleras; el superior le dijo que no continuara levantándose a la misma hora que los demás, sino que esperara a que fuera de día. Expresó más de una vez al superior que no sufría nada en levantarse temprano, pero que sufría mucho más al no poder hacer su oración con todos. El superior insistió que se quedara en cama; pero él se sintió muy afligido, de manera que hubo que permitirle que se levantara a la hora ordinaria, poniéndole la condición que no saldría de su habitación antes de encender las lámparas en la casa; pues, en virtud del permiso que ya tenía de hacía varios años, se levantaba un poco antes que los demás, apresurándose a vestirse conseguía poder salir de su habitación cuando llegaba el hermano que despertaba a la Comunidad y llevaba luz.

Hemos notado otra cosa parecida, hace ocho o nueve años. Con ocasión de una inflamación que tuvo en los ojos, el superior, con el consejo del médico, le ordenó no ayunar durante la cuaresma, lo que le dolió y atormentó mucho. Otra vez, durante la cuaresma última, el superior se fijó que al subir las escaleras del refectorio había estado a punto de caerse; pensó entonces en ponerle en una habitación que estaba al nivel de la capilla, mandando que le llevarán de comer y de cenar a su cuarto.  En lo que se refiere a las virtudes que componen el espíritu de nuestra vocación, se mostró también tan ejemplar, y todo el mundo conoce su sencillez verdaderamente de paloma. En todo lo que hacía y decía se veía bien que no tenía a la vista otra cosa ni otra pretensión que la de agradar a Dios solo; procedía en todo con sinceridad y rectitud, no sólo con los superiores, sino también con los demás. Nunca se ha visto en el fingimiento ni duplicidad; y si bromeando en el recreo, se le ocurriera decir algo que pareciera un tanto ambiguo, lo explicaba enseguida diciendo en qué sentido se entendía lo que había lanzado.

Su humildad se dio a conocer igualmente por los actos frecuentes y casi continuos que realizaba. En las funciones de la Compañía, no buscaba de ninguna manera la estima y el aplauso de los hombres, sino solamente la gloria de Dios, y en este sentido ponía todos sus cuidados en realizarlas bien. Cuando oía a los externos hablar bien  de la obras de los misioneros, decía con humildad:   «Debemos dar gracias a Dios si se hace algún bien con tal de que él sea glorificado, eso es lo que nos hace falta». Se sometía de buen grado a todos los superiores y directores de misión, incluso a los que habían sido anteriormente sus inferiores; todos los empleos le eran casi indiferentes, y no veía ninguno ni bajo ni elevado; lo mismo con los vestidos, no se preocupaba si eran nuevos o usados. Decía con frecuencia todo lo que le podía producir confusión, como haber estudiado poco en el mundo y ciertas faltas que había cometido en su infancia. . Soportaba con alegría una falta de respeto hacia él; y si tenía muchos miramientos para los demás, no prestaba ninguna atención a lo que iba con él. Con mayor razón, recibía bien los avisos que le daban, con el motivo que fuese. Su mansedumbre era tan grande que alguno de fuera ha confesado después de su muerte que el único recuerdo de su afabilidad y de su cordialidad era todavía para él un motivo de consuelo.

Su conducta fue un cuadro fiel de la mortificación que practicaba interiormente; pues no manifestó nunca ni deseos, ni repugnancias, ni apego que no fuera por sus empleos. Sometía también su cuerpo a varias austeridades, y como le habían quitado la disciplina, tres meses antes de su muerte, la disciplina con que se flagelaba, pedía con insistencia otra. Todos los días en la mesa hacía regularmente una mortificación con tanta fidelidad como un seminarista. A pesar de su edad avanzada, siguió empeñado en observar con rigor los días de ayuno; y como, en sus últimos años, le daban una sopa en la colación, no se comía más que la mitad y no quería tocar el postre. Otra mortificación importante fue haber vivido en diez años, en invierno como en verano, en una habitación muy incómoda situada bajo la escalera de la casa que daba al Norte y por consiguiente extremadamente fría en invierno. Su celo por la gloria de Dios se vio en su prontitud para ofrecerse siempre el primero a ir a misiones. En una misión que se daba en la campaña de Roma,  sucedió que cierto número de habitantes, apenas salidos de la santa comunión, fueron corriendo al baile; al día siguiente subió al púlpito y habló con tanto celo contra este desorden, que hizo derramar lágrimas a los que se habían declarado culpables, y la compunción que les inspiró fue tan viva que repararon su escándalo asistiendo descalzos a una procesión que se hacía a una iglesia de la santísima Virgen. Cuando en la calle oía a alguno emplear con irreverencia el nombre de Dios, iba enseguida a hacer una graciosa reprimenda al culpable. En la casa mostraba mucho celo en servir  a los del retiro, cuya dirección le confiaban, y cuando el número de los ordenandos era muy considerable, era el primero en sacrificar su habitación por ellos. La obediencia parecía en él sobresalir a todas las demás virtudes; recibía como oráculos, las órdenes de los superiores, y le bastaba con saber que el superior hubiera dicho tal cosa para ir a hacerlo. Decía a menudo «Hay que obedecer ciegamente a los superiores; ellos saben lo que hacen. Debemos ponernos en sus manos, que me pongan donde quieran, que me digan lo que tengo que hacer, estoy listo para hacerlo.

Regresaba aun día de las misiones de Córcega y se fue a abrazar a los seminaristas; les dijo en esta ocasión que viejo y todo como era, apenas de regreso a casa, estaba preparado a volverse a embarcar esa misma noche si la obediencia se lo pedía. Él cumplía de buen grado los oficios más bajos en apariencia tan bien como los más honoríficos, y no replicaba nunca a lo que le podían decir los superiores, o incluso los subalternos. Se puede juzgar por esto del celo que ponía en cumplir las funciones que le fueron confiadas en diferentes ocasiones, como de asistente de la casa o de director del seminario interno; y, en este primer empleo sobre todo, se entregaba a formar a los seminaristas en esta obediencia pronta, entera y ciega. Amaba de tal manera su vocación que acostumbraba a decir que Nuestro Seño había tenido gran misericordia de él colocándole en este estado y que no lo cambiaría por todos los reinos del mundo. Pero ni siquiera necesitaba hablar  para dar a conocer la felicidad que en ella encontraba, el gozo que se veía constantemente dibujado en su rostro era para los demás un entusiasmo poderoso por la perseverancia. Daba además otras señales cuando los postulantes entraban en la Congregación o cuando seminaristas hacían los votos. En 1656, cuando le dijeron que por orden de Su Santidad, había que hacer votos simples uno de los cuales era no salir de la Congregación, él respondió que lo haría de muy buena gana pues porque quería perseverar en ella aun sin hacer los votos. Su amor a Dios se manifestaba en el cuidado que ponía en hacer bien todo lo que se refería a su culto, y una de sus resoluciones de todos los retiros era cuidar sobre todo de lo que se refería a Dios, como la santa misa, el oficio divino, la oración mental, el examen general y particular; y era muy fiel a estas resoluciones. Cuando decía la misa en la casa, su costumbre era oír una como preparación y otras dos como acción de gracias. No debemos omitir hablar aquí de su devoción especial al Santísimo Sacramento y a la santísima Virgen. Durante el día visitaba al Santísimo Sacramento, y a pesar de sus ochenta años hacía sus genuflexiones hasta el suelo y se mantenía arrodillado en oración con el mayor recogimiento, y a veces incluso prosternado cara al suelo cuando pensaba que nadie le veía. Mostró su devoción a la santísima Virgen tratando de imitar las virtudes de  esta Reina de los ángeles sobre todo su pureza y su humildad; todos los días en su honor recitaba el rosario y muchas otras oraciones vocales; tenía en su habitación una imagen de la santísima Virgen con el niño Jesús en brazos, y su costumbre cada vez que entraba en su habitación era de arrodillarse ante el Hijo de la Madre para pedirle su bendición.

Su caridad para con el prójimo era tan grande que bastaba verle para apreciar en su rostro que nos amaba y nos estimaba; tenía para cada uno la acogida más amable y las ofertas de servicios más afectuosas. Nunca interpretaba mal las acciones de los demás; y, si tenía el menor atisbo de que una de sus palabras había podido herir a alguien no estaba tranquilo hasta postrarse a sus pies para pedirle perdón. Cuando sabía que alguno estaba enfermo iba a verle  varias veces al día y hacía que se remediaran todas sus necesidades. Esta vida tan virtuosa no podía acabar más que con una muerte preciosa delante del Señor. Sucedió el 15 de julio de 1694, y se produjo por su celo, se puede asegurar por la observancia de los ejercicios de la comunidad. Ya después de tres o cuatro meses que se la había eximido de venir a los ejercicios comunes por miedo a algún accidente, pero él continuó las prácticas en su habitación. Una noche se puso pues de rodillas para hacer su examen general; pero, según su costumbre, no quiso apoyarse; le vino entonces un traspiés y se cayó de bruces al suelo. Pudo sin embargo volver a la cama, y al día siguiente queriendo levantarse tuvo varias caídas que le obligaron a quedarse en el lecho sin poder ya moverse durante los nueve días que sobrevivió aún. En esta posición penosa dio los más vivos ejemplos de paciencia, de obediencia y de afabilidad; se pasaba casi todo el día rezando el rosario, y con todos sus sufrimientos y la pena que la costaba respirar, recibía siempre con dulzura a los que venían a verle. La víspera de su muerte, el sacerdote que  le asistía le vio con una mirada alegre y sonriente elevar las miradas y los brazos al aire como para abrazar a alguien. Le preguntó si veía a ángeles que venían para llevarse su alma; el enfermo respondió que sí, pero enseguida pareció todo confuso por haber dado esta respuesta. En otro momento, viéndose rodeado de varios sacerdotes que habían ido a verle, les dijo estas palabras: «Señores, les pido perdón, pero denme su bendición, pues me voy a marchar. Y en efecto, un poco después se fue para gozar de este Dios a quien él había amado tanto. Se encontraba en sus ochenta y dos años y había pasado cuarenta y cuatro en la congregación. Se puede decir de él: «Obiit plenus dierum et in senectute bonna«.

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