Ante la infancia abandonada (II)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

CREDITS
Author: Margaret Flinton, H.C. · Year of first publication: 1974 · Source: CEME.
Estimated Reading Time:

Madre también

La preparación providencial comenzaba en la infancia y juventud de Luisa, se prosiguió en su vida de esposa cris­tiana. Casada el cinco de febrero de 1613, conoció la alegría de la maternidad el 18 de octubre al dar a luz un hijo, Miguel Antonio, al que trata de formar y educar para Dios, pero a quien Dios le hará seguir un camino que acarrea al corazón de su madre, que lo ama tiernamente —con demasiada ter­nura tal vez— más espinas que rosas. Su director insistirá sin cesar en «estas ternuras maternales que encuentra exce­sivas» de las que ella aún no ha prescindido. Él le escribirá:

«Usted tiene más ternura casi que todas las madres que co­nozco… jamás he visto una madre tan enormemente madre como usted. Usted no es tan mujer en otras cosas. En el nombre de Dios, dejad a vuestro hijo a los cuidados de su Padre celeste que lo ama más que usted; o por lo menos deje de preocuparse.

Luisa comprendió la lección. El amor que la naturaleza había engendrado en su corazón de madre, en medio de te­mores y penas, de angustias y de consuelos por su hijo Mi­guel durará tanto como su vida; pero será en adelante un amor que, elevándose y sobrepasando la naturaleza, se de­rramará sobre todos los pobres de Jesucristo, para socorrer­los tanto en su alma como en su cuerpo.

Maternidad espiritual

En 1663, Luisa conoció otro tipo de maternidad, total­mente espiritual… En su casa de Saint-Nicolás-du-Char­donnet donde se habían reunido algunas jóvenes de pueblo, alumbraba con dolor, ley común a todo nacimiento, natural u sobrenatural, esta nueva asociación que se dedicaría al servicio de los pobres. «Cuánto debió experimentar… el amor del sacrificio, la ternura maternal que no tenía nada de terrena sino que se alimentaba en el propio corazón de Cristo, en el seno de Dios que es la caridad misma».

Después de haber pedido a la señorita Le Gras que in­fundiera el espíritu y la vida de las «siervas de los pobres», a estas buenas campesinas y les enseñara a superar la beneficencia del siglo por la caridad de Cristo, san Vicente, cinco arios más tarde, confiaba a su corazón maternal los niños abandonados.

Gracias a su cooperación, una nueva obra, cuyos bene­ficios no se han agotado en tres siglos, iba a surgir en la ciu­dad de París, a donde todas las miserias del siglo vendrían para encontrar su contrapeso en la caridad de Vicente y de Luisa. Propiamente hablando, ellos no innovaron nada en esto; tomaron una obra embrionaria y con su sentido de la organización la transformaron en la obra nacional de la salvación de la infancia.

A pie de obra para socorrer a los niños abandonados

Desde el comienzo, Luisa previó grandes dificultades, angustiosas perplejidades y sobre todo enormes gastos. A pesar de ello aceptó hacer un ensayo. Iniciado en su casa, este ensayo era de los más modestos: dos o tres niños sola­mente para los que una nodriza «bastará para el tiempo que usted señale, y más». Pero Vicente estaba siempre allí para animarla a «hacer una experiencia más amplia». Las damas actuaban también… al azar y en orden disperso. Esto había que corregirlo. Luisa intervino para establecer un método ordenado; las damas estaban de acuerdo en cuan­to al principio, pero luego disentían sobre el camino a seguir.

La causa del desorden provenía sobre todo de los es­fuerzos de la señorita Hardy, una de ellas, que quería que la compañía de las damas se encargase de la «Cuna» pero sin cambiar de local y siguiendo el orden que allí estaba establecido. Tenaz en sus ideas, presionaba a Vicente de Paúl para que reuniese a las damas que la secundaban y habían prometido su colaboración. No compartiendo esta opinión, lo confía todo a su colaboradora pidiéndole consejo.

«Opino, dice, que sería preferible abandonar los fondos de esta casa establecida antes que someterse a dar tantas cuentas e a franquear tantas dificultades, y hacer una fundación nueva y dejar a ésta como está, por lo menos por algún tiempo. ¿Qué le parece?».

La creación de una obra nueva, más libre, más cristiana, pero ciertamente más costosa también, le parecía mejor también a Luisa. Pero el buen sacerdote se veía en la nece­sidad o de contristar a la señorita Hardy o siguiendo el pa­recer de ella actuar contra su propia idea. Después de pen­sarlo, se decidió por lo primero con la esperanza de que ésta estuviera conforme con la prueba que Luisa proponía «de una nodriza y alguna cabra».

Las damas, habiendo palpado en persona la miseria de Ios pobres niños inocentes de la «Cuna», querían favorecer a toda costa la proposición de Luisa. Apoyaron la idea y de­cidieron tornar doce niños, con la intención de aumentar este número según los recursos. Echaron a suerte para ver quiénes eran estos primeros «para honrar a la providencia divina, no sabiendo sus designios con respecto a estas pequeñas criaturas».

Un local independiente de «La Cuna»

Para hospedarlos, alquilaron una pequeña casa en la puerta de San Víctor en la calle de Boulangers. Las hijas de la caridad se convertirían, en el mes de febrero de 1638, en las madres adoptivas de los niños abandonados de la capital.

La compañía de las damas de la caridad había indicado la necesidad de que «aquella casa dependiera de la superiora de las hijas de la caridad» y que ella fuese allí «a pasar siete u ocho días» con el fin de poner la obra en pie. Vicente de Paúl, secundando la idea, escribe a Luisa en el momento del traslado:

«He ahí la tarea que os incumbe con respecto al cambio de los pequeños niños abandonados y al orden que habrá de establecerse en la nueva fundación».

De ahora en adelante, Luisa velará por el conjunto y por los detalles de este servicio con la más ingeniosa y cons­tante solicitud.

Las damas tienen la administración

Para la organización de la nueva fundación su primera preocupación será redactar una memoria que comunica a Vicente de Paúl. Este la examinará «en dos asambleas con los oficiales del hospital» y la condensará en seguida en forma de reglamento. Las damas se reservarán solamente el dere­cho de subvencionar la conservación de la fundación y de ocuparse de la administración temporal. De Luisa deberá depender: la dirección de las hermanas, de las nodrizas y de los niños abandonados que aumentarán.

Definir la dirección precisa de la señorita Le Gras en el gobierno de la obra era muy necesario porque desde el prin­cipio tuvo dificultades con la encargada de la casa, sor PeIletier. Mujer de una gran independencia de espíritu, hubiera hecho mejor con no haber entrado nunca en comunidad, en la que además permanecerá poco tiempo.

Instalada en 1636, en el hospital, en que Vicente de Paúl sentía la «necesidad de una persona de consideración… tanto por las coyunturas que allí surgían para los niños, como para recibir a las damas» ella había tenido ya experiencia con los niños abandonados, que se llevaba al hospital antes de enviarlos a la «Cuna». ¿Por esta experiencia fue por lo que fue nombrada directora en la calle Boulangers o fue quizá por la generosa ayuda prestada a la obra por uno de sus parientes? Los documentos no nos aclaran nada sobre esto.

Sea lo que fuere, una vez instalada en la nueva mansión, sor Pelletier no quiso atenerse ni al reglamento ni a la vida de comunidad. Además, tener que dar cuenta a la señorita Le Gras «cada ocho o cada quince días a lo más» de lo que ocurría en la casa no le gustaba nada. Por el contrario se entrega a maniobras ante las autoridades eclesiásticas y ju­diciales bien sea contra san Vicente, bien contra las damas de la caridad, a fin de atribuirse a ella sola la administra­ción y los recursos de la obra. Luisa que cuenta sus gestiones a Vicente de Paúl, confiesa que confía «en que Dios sabrá sacar motivos de su gloria de este enojoso trance».

Después, las hermanas

Llegó un día, en efecto, en que Vicente tuvo la alegría de enviar «los papeles» relativos a la fundación a la superiora, así corno las llaves de la casa. Todo se arregló cordialmente a juzgar por el hecho de que Luisa confiaba, en el mes de septiembre de 1638, la responsabilidad de la casa madre a sor Pelletier por el tiempo de su ausencia de París.

A fin de dar el primer impulso a la obra, asegurarse del buen orden y regular los gastos, Luisa había pasado las pri­meras jornadas en medio de sus hijas en la pequeña casa de la calle Boulangers. Sin duda es, durante esta estancia, cuando ella trazó el presupuesto de gastos que contiene minuciosos detalles sobre la obra naciente: el alquiler de la casa asciende a 300 libras; el sueldo de las nodrizas, en número de cuatro, es fijado en ocho escudos; les son asignadas tres sueldos de pan, mientras que a la directora y a las tres hijas de la ca­ridad les son asignadas solamente dos sueldos… El es­píritu de orden y de previsión de Luisa se manifiesta en los detalles que hemos dado, ese mismo espíritu que se mani­festará tantas veces en lo que sigue.

Alerta: el local es requisado

Desde la marcha de Luisa se presentaron dificultades de uno u otro género. Esta vez fue por parte de la casa, de la que la autoridad militar requisaba ciertas piezas para aloja­miento de soldados. Madre cuidadosa por salvaguardar la pureza de sus hijos y de evitar cualquier escándalo, escribe u Vicente de Paúl para que recurra a la señora del canciller «hasta que vuestra caridad obtenga sobre esto una prohibi­ción de la reina». La esposa del canciller no pudo hacer liada sin embargo y el santo tuvo que dirigirse a la duquesa de Aiguillon; mientras espera una respuesta favorable, él cree que es esencial que su colaboradora regrese «a pasar algunos días en la casa de los niños abandonados».

Fue un consuelo para Luisa encontrarse de nuevo entre los pequeños inocentes a quienes estaba muy fuertemente li­gada. Lo que le entristecía era no poder adoptar un número mayor. A pesar de las simpatías que la obra suscitaba sólo progresaba lentamente. La carga de la empresa parecía a veces superior a las fuerzas de las damas; no había más que mil doscientas o mil cuatrocientas libras al año de renta asegurada, los niños eran siempre doce, las damas reemplaza- han fielmente «las plazas vacías» y la mortalidad de los niños era aún muy grande. Luisa se afligía y Vicente compar­tía sus inquietudes.

«Puede haber algo de lo que usted dice, le escribe él… ha­bría que pensar seriamente lo que es necesario hacer».

Se propone una asamblea de damas en la que el santo quiere ver su colaboración presente. A pesar de las difi­cultades de la obra comprenden los dos que había llegado el momento de dar un paso adelante. La asamblea general de las damas a principios del año 1640 debía realizar al fin el de­seo de los dos santos.

1640: Extensión de la obra: se admitirá a todos los niños abandonados

El mismo Vicente se encargó de comunicar la buena nue­va a Luisa que se hallaba fuera de París.

«¡Oh! qué necesaria es la presencia de usted aquí… La asamblea general de las damas del hospital se hizo el jueves pasado. La señora princesa y la señora duquesa de Aiguillon la honraron con su presencia. Nunca había visto a la compañía tan grande y tan modesta a la vez. Se ha tomado como reso­lución aceptar a todos los niños abandonados. Puede estar segura, señorita, de que allí no fue usted olvidada».

Fue preciso, sin embargo, esperar hasta el treinta de mar­zo de 1640, para realizar el comienzo de la ejecución de esta enorme empresa. Tampoco la pequeña casa de la calle Boulangers puede acoger a estos pobres niños cuyo número au­mentaba continuamente. Luisa aloja a una parte en la casa madre de las hijas de la caridad en La Chapelle, cerca de París; hace traer a los niños que la directora de «la Cuna».

Alojamiento hogareño

El fin que perseguía era instalar, cada vez que los recur­sos lo permitían, a tantos niños como fuera posible con una nodriza en el campo. Es verdad que había establecido no­drizas sedentarias en la casa de la hermanas pero sólo como medida provisional, para asegurar la lactancia inmediata de los abandonados. Debido a su pequeño número, era preciso recurrir a veces a la lactancia artificial. Luisa prefería esta medida a confiarlos a una mujer que no ofrecía todas las garantías requeridas.

En París primero

La penuria de nodrizas de provincias hacía que la insta­lación de los niños resultase muy difícil. Ya, en el año 1638, no habiendo podido encontrarlas, Luisa se había visto obli­gada a aceptar a la que le ofrecían del hospital. Muchas veces en los años siguientes se verá forzada a tomar a otras de la capital incluso, porque la penuria se hacía sentir cada vez más a medida que el número de niños aumentaba. Sus preferencias, sin embargo, eran para las nodrizas del campo.

En provincias después

El 30 de marzo de 1640, colocaba en el campo los cuatro primeros de su gran familia de niños abandonados.

Los caminos eran malos; el viaje debía hacerse por barco de pasajeros sirgado por caballos o en coches malos; los fríos del invierno o los trabajos de las cosechas impedían a menudo reunir a las mujeres del campo; se les pagaba poco. Pero Luisa no iba a dejarse vencer por los obstáculos que retenían a las nodrizas en provincia.

Cuántas circunstancias va a tener en cuenta en la elección que de ellas hace. Después de la elección toma muchas pre­cauciones con respecto a las nodrizas ya sea sobre la rela­ción de la calidad de su leche, ya sea sobre la de su mora­lidad. Su caridad previsora mira por el porvenir de sus hijos adoptivos, a ese porvenir que dependerá de los cuidados que reciban en casa de las nodrizas; es allí donde se desarrollarán sus cuerpos, su espíritu y sus costumbres.

No le parecía suficiente arrancar al niño de la muerte o incluso velar por su desarrollo físico; era preciso además darles una buena educación intelectual y moral, conver­tirlo en un ciudadano útil a sí mismo y a la sociedad. Insistía sobre la obligación de velar por la moral de los niños. Para ello ejercerá en persona una vigilancia atenta sobre las no­drizas que se presentan.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *