Amor y reverencia hacia el Padre

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Flores-Orcajo · Source: CEME.
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«Se acerca la hora, o mejor dicho, ha llegado, en que los que dan culto auténtico darán culto al Padre con espíritu y verdad, pues de hecho el Padre busca hombres que le adoren así. Dios es espíritu, y los que le adoran han de dar culto con espíritu y verdad» (Jn 4,23-34).

«Igual que el Padre me amó os he amado yo. Manteneos en ese amor que os tengo, y para manteneros en mi amor cumplid mis mandamientos; también yo he cumplido los mandamientos del Padre y me mantengo en su amor». (Jn 15,9-10).

«El espíritu de la Congregación comprende, por consiguiente, aquellas íntimas dis-posiciones del alma de Cristo que el Fundador recomendaba, ya desde el principio, a sus compañeros: amor y reverencia al Padre, caridad compasiva y eficaz con los pobres, docilidad a la Divina Providencia». (C 6).

dios_nos_cuidaDe la cristología vicenciana las Constituciones recogen algunos rasgos, los que consideran más salientes y también más interpelantes al misionero. Entre ellos están el amor y la reverencia hacia el Padre, como consecuencia de las dos virtudes básicas de Jesús, según San Vicente. (VI 370).

1. Estima y aprecio de Dios.

Después de haber expuesto S. Vicente lo que él entendía por el espíritu de Cristo sacó la conclusión de que el Misionero debe trabajar para que Dios sea estimado, apreciado y amado:

«Así, pues, hermanos míos, hemos de trabajar en la estima de Dios, y procurar concebir un aprecio de él muy grande. ¡Oh hermanos míos! Si tuviéramos una tan aguda que penetrásemos un poco en lo infinito de su existencia, ¡oh Dios mío! ¡oh hermanos míos! ¡Qué sentimientos tan altos sacaríamos! Diríamos como MI Pablo que ni los ojos vieron, ni los oídos oyeron, tu el espíritu comprendió nada semejante. Es un abismo de dulzura, un ser soberano y eternamente glorioso, un bien infinito que abarca todos los bienes; todo es allí es abarcable. Pues bien, el conocimiento que de él tenemos, y que está por encima de todo entendimiento, debe bastarnos para apreciarlo infinitamente. Y este aprecio tiene que hacernos anonadar en su presencia, hacernos hablar de su suprema majestad con un gran sentimiento de humildad, de reverencia, de sumisión; y a medida que le vayamos apreciando, lo amaremos más, y ese aprecio y ese amor nos darán un deseo continuo de cumplir siempre su santa voluntad, un cuidadoso esmero por no hacer nada en contra suya». (XI 412).

2. «Para que le amemos nos hace a imagen y semejanza suya».

«Sí, mi queridísimo hermano, —dice San Vicente a un hermano cercano a la muerte, es cierto, y no cabe duda de ello, que Dios se ha complacido siempre en que Vd. le amase, pero especialmente en esta hora. Para que le amásemos, nos ha hecho a su imagen y semejanza, dado que uno ama más lo que es semejante a él, si no en todo, al menos en algo. Ese gran Dios, al crearnos con el plan de exigir de nosotros esa agradable ocupación de amarle y ese honorable tributo, ha querido poner en nosotros el germen del amor, que es la semejanza, para que no nos excusásemos diciendo que no podríamos pagarle jamás. Ese enamorado de nuestros corazones, al ver que, por desgracia, el pecado había estropeado y borrado esa semejanza, quiso romper todas las leyes de la naturaleza para reparar ese daño, pero con la ventaja maravillosa de que no se contentó con devolvernos la semejanza y el carácter de su divinidad, sino que quiso con el mismo proyecto que le amásemos, hacerse semejante a nosotros y revestirse de nuestra humanidad. ¿Quién querrá, entonces, negarse a tan justa y saludable obligación?». (XI 65).

3. «La Misión hace profesión dé llevar al mundo la estima y el amor de Dios».

Amar a alguien es querer su bien. Amar a nuestro Señor es querer que su nombre sea manifestado a todo el mundo, conocido, y honrado: Es querer que nuestro Señor reine en la tierra, que se haga su voluntad aquí como se hace en el cielo. San Vicente distingue entre el amor afectivo que es, dice, cierta efusión del amante en el amado, complacencia y cariño por lo que se ama, y el efectivo que consiste en hacer lo que manda y desea el amado. A este amor se refiere nuestro Señor cuando dice: «el que me ama guarda mi doctrina».

«La señal de este amor, el afecto o sello de este amor, hermanos míos, es lo que dice nuestro Señor, que los que le aman cumplirán su palabra. Pues bien, la palabra de Dios consiste en sus enseñanzas y en sus consejos. Daremos una señal de nuestro amor si amamos la doctrina y hacemos profesión de enseñarla a los demás. Según esto, el estado de la Misión es un estado de caridad, ya que, de suyo, se refiere a la doctrina y a los consejos de Jesucristo; y no sólo esto, sino que hace profesión de llevar al mundo a la estima y al amor de nuestro Señor». (XI 736).

  • Hasta qué punto puedo decir yo lo que dijo San Vicente: «Pues qué, hermanos míos, ¿nos gustaría estar en el mundo sin agradar a Dios y sin procurar que sea conocido y amado?». (XI 808).
  • ¿Manifiesto en la vida cotidiana los sentimientos de amor y reverencia a Dios en el quehacer cotidiano?

Oración:

«Dios de mi corazón, tu infinita bondad no me permite compartir con nadie mis afectos con mengua de tu amor. ¡Posee tú sólo mi corazón y mi libertad! ¿Cómo podré querer a otro más que a ti? ¿quizá a mi mismo? ¡Ay!, tú quieres infinitamente más que yo mismo. Tú deseas infinitamente más mi bien y puedes hacérmelo mejor que yo mismo. que nada tengo y nada espero más de ti. ¡Oh mi único .en! ¡Oh bondad infinita! ¡Ojalá pudiera amarte como todos los serafines juntos Pero ¡ay! es demasiado tarde para poderles imitar. ¡O antigua bonitas, sero te amavi! Pero al menos te ofrezco con toda la magnitud de mi afecto la caridad de la santísima Reina de los Ángeles y la de todos los bienaventurados. ¡Dios mío!, ante el cielo y la tierra te entrego mi corazón, tal como es. Adoro por amor tuyo los decretos de tu paternal providencia sobre tu pobre servidor; detesto, en presencia de toda la corte celestial, lo que me pueda separar de ti. ¡Oh soberana bondad, que quieres ser amado por los pecadores! Dame tu amor, y luego mándame lo que quieras. Da quod iubes et iube quod vis». (XI 64-65).

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