Introducción
El título de esta conferencia me lo ha inspirado el del libro Alguien me espera, envejecimiento y espiritualidad de Jacques Sylvestre, dominico canadiense. (Médiapaul 2010)
Cada vez con más frecuencia, encontramos estos tipos de temas o cuestiones en forma de artículos, conferencias o libros. El año europeo del envejecimiento en 2010 reforzó esta tendencia. Para comenzar reflexionemos primero sobre la 2ª parte del título:
La segunda vertiente de la vida
Expresión vaga y flexible que permite cubrir todas las etapas del envejecimiento –aproximadamente desde el comienzo de la jubilación profesional hasta la última etapa de la vida. Veo que entre ustedes -según la lista de participantes de todas las Provincias- hay Hermanas que están pasando ya esta segunda vertiente de la vida y otras que están ya más avanzadas -como yo mismo. Tengo 85 años.
Esta segunda vertiente de la vida sugiere un descenso después de una ascensión, una decadencia después de un crecimiento. Una decadencia: ¿cuál? ¿Fuerzas físicas? ¿Dinamismo mental? ¿A partir de qué momento, de qué edad se entra en esta segunda vertiente de la vida y cómo está implicada nuestra vida consagrada? ¿Tal vez a partir del momento en el que tomamos conciencia y en el que lo admitimos por nosotros mismos? Mientras que los demás ¡se habían dado cuenta antes que nosotros!
Diversidad de situaciones
Debido a la gran diversidad de situaciones durante el recorrido de esta segunda vertiente de la vida, ¿cómo hablar de una espiritualidad del envejecimiento de manera que cada persona se sienta implicada? La gama se aplica a la persona mayor en plena forma, muy activa, hasta la situación extrema de la persona afectada de Alzheimer. Entre las dos, están todas las etapas de la decadencia. Se darán ustedes cuenta de ello durante sus testimonios, en los intercambios de grupo de trabajo, etc.
Recurso a las matemáticas
Para superar esta dificultad, he recurrido a un gráfico que trata de visualizar estas palabras del gran apóstol San Pablo:
“Por eso, no nos acobardamos, sino que, aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día. Pues la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria;” (2 Co 4, 16-17).
“Porque sabemos que si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos.” (2 Co 5,1)
“La pareja hombre exterior/hombre interior designa nuestra personalidad en su totalidad. El hombre exterior no es el ser material sino el hombre marcado por el pecado que lo deteriora. Por el contrario, el hombre interior camina cada vez más hacia su futuro en Cristo: se renueva cada día.” (Maurice Carrez, Comentario pastoral de la 2ª carta a los Corintios, 1996, Ediciones Bayard)
Comentario del gráfico
En el espacio limitado por la abscisa y la ordenada, un punto situado en la ordenada vertical marca el comienzo de la segunda vertiente de la vida. A partir de este punto, una LINEA DESCENDENTE representa el recorrido del “hombre exterior que va hacia su ruina”, a la vez la ruina del hombre viejo,
del hombre influenciado por el pecado y la parte de nosotros mismos que es mortal: el envejecimiento y la degradación de las fuerzas físicas y psíquicas. Depende de nosotros, en cierto modo, reducir el descenso: llevando una vida sana (alimentación, ejercicio físico) dirigida hacia los demás.
En su caída, más o menos rápida según las personas, esta línea termina por cortar una PRIMERA LINEA HORIZONTAL EN PUNTEADO, que traza la entrada en la pérdida de autonomía y la dependencia.
Luego LA ABSCISA HORIZONTAL, que marca la muerte corporal la que entierra con ella al hombre viejo.
Pero a partir del mismo punto de partida, sobre la ordenada vertical, se lanza una CURVA ASINTOMÁTICA. Representa el recorrido, el despegue del “hombre interior que se renueva cada día” según nuestra disponibilidad al soplo del Espíritu de Jesús. Es la ascensión de los hijos de Dios –y de las hijas de Dios– al encuentro del Padre que nos resucita en Jesucristo para la vida eterna.
El desafío de nuestra vida de bautizadas-consagradas es el de dar el mayor impulso posible a la curva asintomática, mientras que la otra se va hundiendo.
Este gráfico muestra la analogía de nuestro recorrido con el de Jesús:
« El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios le exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre. » (Fl 2, 6-9; traducción litúrgica).
Con relación a la 1ª parte del tema: « SER FELICES »
No puede tratarse de una felicidad eufórica que proviene de una buena salud y cuando los acontecimientos no nos resultan demasiado frustrantes para nuestro deseo. Ser felices aquí, es entrar en la bienaventuranza de los pobres y de los misericordiosos, aun cuando un día el envejecimiento y su lote de sufrimientos nos mortifican cuerpo y espíritu.
Un pequeño testimonio de Sor Francisca de Niederbronn que se quedó ciega puede ayudarnos. Decía: “A pesar de mi minusvalía, puedo decir que soy feliz, lo que no excluye el sufrimiento. Porque ¡MI GRACIA TE BASTA!”.
Lo siento por ustedes, pero solo puedo citarles testimonios de Francia. Seguramente que ustedes conocen otros de sus continentes, de sus países.
Además, las citas de la carta del Papa Juan Pablo II a las personas mayores, del año 1999, nos acompañarán a lo largo de mis conferencias.
La curva descendente del hombre exterior
El cambio de servicio, la pérdida de posición y la decadencia de las fuerzas vitales.
El inicio de la jubilación es una primera etapa. Para aquellas de entre ustedes que tenía un trabajo profesional, la entrada legal en la jubilación marca una etapa, a veces difícil de franquear. El ejercicio de una profesión, de un ministerio, de un servicio, (maestra, enfermera, auxiliar, animadora en pastoral u otro) es una dimensión importante de la identidad.
La imagen de nosotros mismos que esta profesión, que este servicio, nos remite, da más o menos prestigio. De cualquier modo, somos propensos –a veces demasiado tentados– a identificarnos con nuestra función.
El fin del ejercicio en el gobierno a diferentes niveles, también una función da prestigio, representa una pérdida de poder, de posición al mismo tiempo que puede ser un alivio. Es el momento de consentir entrar en el rango.
Después de esta entrada en la jubilación, de esta pérdida de posición, las fuerzas que estaban implicadas en una actividad profesional o en un ministerio importante, se muestran disponibles para otras tareas.
En sus Constituciones pueden leer en el nº 35 a y b: “Cualquiera que sea su edad, función, servicio, sabe que es responsable de contribuir, con todos los recursos de su personalidad y las riquezas de su cultura, a la misión común.”
“Las Hermanas enfermas y las mayores son parte activa de la misión… La Comunidad las rodea de cuidados y afecto y les ayuda a aceptar, con paz y serenidad, sus limitaciones de edad y salud como una forma de servicio”.
A medida que la edad avanza, el peso del envejecimiento se dejará sentir.
El peso del envejecimiento
Juan Pablo II dice en su Carta a los ancianos (Bayard, Centurion, Fleurus-Mame, Cerf 1999):
“Mis queridos ancianos, que os encontráis en precarias condiciones por la salud u otras circunstancias, me siento afectuosamente cercano a vosotros. Cuando Dios permite nuestro sufrimiento por la enfermedad, la soledad u otras razones relacionadas con la edad avanzada, nos da siempre la gracia y la fuerza para que nos unamos con más amor al sacrifico del Hijo y participemos con más intensidad en su proyecto salvífico. Dejémonos persuadir: ¡Él es Padre, un Padre rico en amor y en misericordia!” (nº 13).
Todos nosotros constatamos y debemos aprender a aceptar:
La disminución de las fuerzas, del dinamismo
Se necesita más tiempo para un mismo trabajo, la lentitud se instala debido a un cansancio que se deja sentir. El esfuerzo que hay que dedicar es mayor y se puede tener el sentimiento de volverse perezoso.
La disminución de la agudeza visual
La letra pequeña se convierte ilegible, hay que coger una lupa. Llegará el momento en que será más prudente no volver a coger el volante.
La disminución de la agudeza auditiva
No se sigue una conferencia o un sermón más que por fragmentos. Lo mismo durante las conversaciones en la mesa. El sentido de una frase se nos escapa, lo que puede llevar a confusiones. Sentimiento de estar cortado de la vida común. Un aparato auditivo no siempre permite corregir estos inconvenientes.
Los fallos de memoria
La palabra que me disponía a pronunciar se me escapa. Volverá unos minutos después, demasiado tarde.
Las miserias del cuerpo
La decadencia progresiva de las fuerzas vitales: la vista, el oído, la memoria, la movilidad,… puede conducir a una gran dependencia.
La aprensión de estas pequeñas minusvalías puede agravarse, la amargura de envejecer, el sentimiento de inutilidad, de ser una carga en la vida de los demás,… pueden hacer perder el gusto de vivir y terminar en depresión.
La experiencia de la dependencia
Un testimonio puede ayudarnos. Escuchemos a Sor Juana Maria, dominica en Boscodon, que en su libro nos describe su experiencia a los 85 años:
“En otoño de 2010, comencé a sentirme muy cansada y, debido a un aplastamiento de vertebras que me provocaba mucho dolor de espalda, un médico finalizó diagnosticando una leucemia crónica… No siempre se sabe cómo vivir esto. Vivo momentos difíciles de soledad cuando estoy muy agotada. Y luego, experimento la dependencia: pierdes el dominio de tu cuerpo, esto obliga a una cierta humildad, te desnudan… ya no eres el único dueño de tu vida y hay momentos que no sirvo para nada. He atravesado momentos en los que no tenía fuerzas, adormeciéndome, incapaz de rezar el oficio. Me di cuenta de que la muerte se convertía en una perspectiva cercana y de repente pensé mucho en ella” (Sor Juana Maria, Les âges dans nos vies. Entretien avec Arnaud de Coral, [Las edades en nuestras vidas. Entrevista con Arnaud de Coral] Cerf 2012, pp. 92-93). Falleció en 2013.
Es esta una experiencia por la que el Espíritu Santo nos conduce allí donde no quisiéramos ir:
El mismo Jesús preparó a su Apóstol Pedro:
“Por tercera vez le pregunta: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas?’ Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: ¿Me quieres? y le contestó: ‘Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: ‘Sígueme’.” (Jn 21, 17-19).
Los beneficios del envejecimiento
Llegar a « senior », envejecer no tiene más que inconvenientes, sin embargo también tiene contrapartidas positivas.
Ya no se vive bajo la presión de las cosas que hay que hacer, lo que permite levantar la nariz del manillar (regularmente hago excursiones en bicicleta) y mirar al horizonte. La progresiva disminución del dinamismo invita a salir del activismo y a centrarse de nuevo en el centro del trabajo de la vida consagrada: a ejemplo de Cristo, ser más que hacer.
El Papa Juan Pablo II dice en el nº 5 de su Carta: “En cierto sentido, es la época privilegiada de aquella sabiduría que generalmente es fruto de la experiencia, porque “el tiempo es un gran maestro”. Es bien conocida la oración del Salmista: “Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (Sal 90 [89], 12).
¿Qué les parece esta reflexión del filósofo ortodoxo Bertrand Vergely? : “Cuanto más tiempo vivimos más oportunidad tenemos de practicar la extraordinaria perspectiva que da la vejez” (revista La Vie, Envejecer bien, nº fuera de serie).
Quedan aún muchas cosas por hacer, muchos servicios para realizar en el interior de la comunidad. Servicios modestos pero que facilitan mucho la vida comunitaria. Las pequeñas o grandes miserias del envejecimiento ¿no serían la ocasión de morir a uno mismo según la propuesta que Cristo hace a sus discípulos deseosos de seguirle?: “El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz, y me siga” (Mt 16,24).
Fuerte invitación a morir a uno mismo como el grano de trigo que cae en la tierra: “Quisiéramos ver a Jesús… Felipe fue a decírselo a Andrés… Jesús les contestó: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,21-24).
Lo que se pierde en eficacia, puede convertirse en fecundidad.
La curva ascendente del hombre exterior
Fecundidad del envejecimiento.
El Papa Juan Pablo II medita en su Carta el sentido profundo del envejecimiento; en el nº 8 cita el salmo 91, versículos 13-16: “El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano; plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios; en la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo, mi Roca, en quien no existe la maldad.”
Y el Papa prosigue en el mismo párrafo: “A la luz de la enseñanza de la Biblia y según su terminología, la vejez se presenta como un “tiempo favorable” para la culminación de la existencia humana y forma parte del proyecto divino sobre cada hombre, como ese momento de la vida en el que todo confluye, permitiéndole de este modo comprender mejor el sentido de la vida y alcanzar la “sabiduría del corazón”. Es la etapa definitiva de la madurez humana y es expresión de la bendición divina.”
Predilección de Dios por los medios débiles
En el Antiguo Testamento, vivir mucho tiempo, morir saciados de largos días, rodeado de una numerosa descendencia, son signos de bendición divina. Pero no es porque la edad avanzada puede ser rica en experiencia y sabiduría (vejez, Vocabulario de teología bíblica) por lo que Dios ha llamado a los ancianos para establecer su plan de salvación: Abraham y Sara, Zacarías e Isabel, Simeón y Ana. Es sin duda porque viven la bienaventuranza de los pobres sin esperanza de tener una descendencia. Moisés es anciano cuando Dios se dirige a él en la zarza ardiente y es un emigrante. Arriesga su vida si regresa a Egipto.
Es esto una constante en la Biblia: Dios prefiere los medios débiles. Lejos de ser un obstáculo, la debilidad humana puede dejar sitio a la misericordia divina activa. San Pablo lo experimenta: “El Señor me ha dicho: te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad.” (2 Co 12, 9)
¿No podemos aplicar al envejecimiento de nuestras comunidades e incluso a veces a su desaparición, esta espiritualidad del envejecimiento individual?
La fidelidad del servidor
Acordémonos de la perseverancia de Nelson Mandela (cf. Película Invictus). Pasó muchos años en prisión sin rendirse nunca, a pesar de las peticiones del gobierno de los Blancos para que colaborara con un régimen que mantenía el apartheid. Ya anciano, asumió el cargo del primer presidente negro de África del Sur.
Madre Teresa guardó su sonrisa mientras vivió durante muchos años abandonada en Dios.
“Al final de su larga existencia, agobiado por las responsabilidades pastorales y los males físicos, el Papa Juan Pablo II conservó siempre las ganas de vivir y de dar testimonio de ello” dice Jaques Sylvestre en su libro Alguien me espera.
Y citando una vez más al mismo Juan Pablo II: “Con este espíritu, mientras os deseo, queridos hermanos y hermanas ancianos, que viváis serenamente los años que el Señor haya dispuesto para cada uno, me siento impulsado, por un deseo espontáneo, a compartir hasta el fondo con vosotros los sentimientos que me animan en este tramo de mi vida, después de más de veinte años de ministerio en la sede de Pedro, y a la espera del tercer milenio ya a las puertas. A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello. Es hermoso poder gastarse hasta el final por la causa del Reino de Dios…” (Juan Pablo II, n° 17).
Él ha sido el servidor fiel que espera el regreso de su Señor hasta avanzada la noche, con el delantal del servicio atado a la cintura, como Cristo la tarde del lavatorio de los pies: “Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, los irá sirviendo. Y si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.” (Lc 12, 35-38).
Damos gracias a Dios por tantos siervos y siervas fieles que conocemos. Para ellos también, el Señor el día preciso, se pondrá la ropa de servicio.
A su ejemplo, muchas Hermanas están al servicio de nuestros Hermanas o hermanos mayores o enfermos -tal vez algunas de ustedes aquí presentes.
Veamos dos pequeños ejemplos de Hermanas de otras Congregaciones después de haber hecho la experiencia de este servicio tan especial:
En primer lugar Sor Christiane de Ribeauvillé: “En la atención a las personas mayores, tres palabras claves: curiosidad (interés por la persona), fluidez (aceptar que te molesten), coherencia (con lo esencial, el proyecto de amor de Dios para todo hombre)”.
Y también Sor Marie-Claude de las Hermanitas de los Pobres: “Entrar en unión con Dios y con su Hijo para comprender a las personas mayores y hacerlas felices por el Amor que se les da”
Envejecimiento responsable – Transmisión y sabiduría
Responsable con las jóvenes generaciones
Debido a su larga experiencia de vida (vida humana y vida consagrada) y de un conocimiento adquirido, los ancianos contraen una responsabilidad con las generaciones más jóvenes.
De nuevo cito al Papa Juan Pablo II: “En cuanto a la comunidad cristiana, puede recibir mucho de la serena presencia de quienes son de edad avanzada… ¡Cuántos encuentran comprensión y consuelo en las personas ancianas!… Precisamente cuando las energías disminuyen y se reducen las capacidades operativas, es cuando nuestros hermanos y hermanas son más valiosos en el designio misterioso de la Providencia.” (n° 13).
Testigos de la fe
San Pablo nos dice: “Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He luchado el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe.” (2 Tim 4, 6-7)
Durante el encuentro de unos veinte dominicos ancianos, cuatro hermanos jóvenes, presentes para ayudar en la animación, dieron a sus mayores este testimonio: “Nos dieron un testimonio de vida que, a través de las alegrías y las dificultades, nos hace decir que esto debe tener sentido el hacer profesión “hasta la muerte”, incluso si no se sabe muy bien, a los 25 o 30 años, lo que estas palabras significan… Pensando en los desafíos a los que nuestra generación estará confrontada, podemos legítimamente apoderarnos de vértigo. Pero, en este ámbito, nuestros hermanos mayores nos invitan a una esperanza… ellos, que entraron en la Orden antes del Concilio, han visto cambiar la vida religiosa de una manera más radical que nunca antes se vio, demostrando que se puede atravesar estas tempestades permaneciendo profundamente jóvenes, es decir, abiertos siempre al soplo del Espíritu” (Prêcheurs, buletín informativo de los Dominicos de la Provincia de Francia, septiembre 2012).
Testigos de la alegría
El testimonio de una fe probada y gozosa y de una esperanza renovada sin cesar por parte de los ancianos, resplandecerá tanto más cuanto sea llevado por hombres y mujeres felices por haberse dado a Cristo y que sabrán envejecer sin hacerse viejos.
El actor Jean-Louis Trintignant al recibir la Palma de oro por la película “Amor” de Haneke, citó la siguiente frase de un poema de Jacques Prévert “Y si se intentara ser felices, no sería más que para dar ejemplo”.
Porque en cierto modo, se escoge nuestro envejecimiento: “No es la vejez la que nos destruye sino la imagen que nos hemos hecho. Para quien espera el deterioro no hay ilusión posible: estará a la cita. Nada bueno ni malo nos llegará a lo que no le hayamos preparado el nido” (Christiane Singer, Las edades de la vida).
Envejecer sin hacerse viejo, estando muy atento a no permanecer preso de su pasado, por glorioso que sea, a no repetirlo hasta el punto de no escuchar a las jóvenes generaciones, a no apresurarse a dar consejos incluso antes de haber escuchado. Dicho de otro modo, no saber perder la postura del profesor, mientras que sería tan provechoso tomar la actitud del alumno que todavía tiene mucho que aprender de los demás. He aquí un adagio, de Tchekhov, para meditar: “Al sabio le gusta escuchar, al necio, le gusta enseñar”
Orientados hacia el Reino que viene
El envejecimiento, una hora de gran sentido
Con todos nosotros, el poeta Saint-John Perse dice: “Aquí estamos Gran edad. Cita tomada desde hace mucho tiempo con esta hora de gran sentido”. Yo no sé qué sentido da este poeta a su gran edad. Lo que puedo decir es que, a esta edad, el sentimiento fuerte de haber llegado a la última etapa de la existencia lleva a evaluar nuestros asuntos humanos, sub specie aeternitatis, es decir bajo la perspectiva de la eternidad y a su luz.
Thomas Stearns Eliot resume su reflexión sobre su vida escribiendo: “En mi fin está mi comienzo”.
En una de estas meditaciones tan profundas, Christian de Chergé, superior del monasterio de Tibhirine en África del Norte, nos impulsa aún más lejos diciendo: “Saber que el día de hoy, con sus apariencias inacabadas, tiene valor de eternidad”.
Aquí, vuelvo de nuevo a la carta de Juan Pablo II en su nº 14: “Si la vida es una peregrinación hacia la patria celestial, la ancianidad es el tiempo en el que más naturalmente se mira hacia el umbral de la eternidad. Sin embargo, también a nosotros, ancianos, nos cuesta resignarnos ante la perspectiva de este paso. En efecto, éste presenta, en la condición humana marcada por el pecado, una dimensión de oscuridad que necesariamente nos entristece y nos da miedo.”
“Si la vejez es la marca incuestionable de la finitud humana, consentir a ella abre de nuevo el campo de los posibles” Jean Prévost (en la revista ‘La Vie’ Envejecer bien).
El testimonio de Juan Pablo II
“¿Quién no recuerda, dice Jacques Sylvestre, la imagen del anciano en la ventana de su habitación, apenas capaz de pronunciar algunas palabras inaudibles a la multitud congregada en la plaza de San Pedro, despedida que termina de manera abrupta por una lágrima? La fuerza y la valentía que los testigos demuestran ante la muerte no minimiza para nada el duro combate que tuvieron que entablar para realizar su misión hasta el final”
El mismo Papa Juan Pablo II escribe: “A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello. Es hermoso poderse gastar hasta el final por la causa del Reino de Dios. Al mismo tiempo, encuentro una gran paz al pensar en el momento en el que el Señor me llame: ¡de la vida a la vida!… En la hora de mi muerte llámame, y mándame ir a ti.” (n° 17). “ Iube me venire ad te! -¡Ordena que vaya a ti!- Es éste el anhelo más profundo del corazón humano, incluso para el que no es consciente de ello. Concédenos, Señor de la vida, la gracia de tener la conciencia lúcida y saborear como un don, rico de ulteriores promesas, todos los momentos de nuestra vida. Haz que acojamos con amor tu voluntad, poniéndonos cada día en tus manos misericordiosas.” (n° 18).
Conclusión: Alguien nos espera, vayamos a su encuentro
En la respuesta a la lectura de las Vísperas del lunes de la 4ª semana, encontramos la siguiente frase: “Más allá de todo sufrimiento una alegría sin fin nos espera”. Esta alegría, es una persona, es Dios, el Amor luminoso y eterno.
¿Qué lugar damos a este pensamiento en nuestra vida de cada día?
He sabido que entre los santos y beatos de la Familia vicenciana, hay un joven del siglo XX, Pedro Jorge Frassati, que murió a los 24 años y Juan Pablo II lo beatificó y puso como ejemplo a los jóvenes bajo el título del “hombre de las bienaventuranzas”. Él, Pedro Jorge, confió un día al chofer de su padre: “Quisiera ser anciano para ir más rápido al Paraíso”. Porque Dios será entonces “todo en todos” (1 Co 15, 28), en la vida eterna (cf. CEC 1050).
Para terminar cito una vez más a J. Sylvestre, p.11:
“Apoyado por un esfuerzo de interioridad y de anonadamiento, conociendo progresivamente todas las pruebas relacionadas con la vejez, ¿podríamos vivir esta gran edad brillantemente gracias a la perspectiva de una cita, que aquí abajo nada puede llenar? Los jóvenes quisieran saber porque parecemos felices, descubrir las fuentes y el secreto de esta felicidad duradera. ¿Es tan hermoso como esto la vida, incluso a su edad? Alguien me espera, les responderé”.
“Existen tres edades de la vida:
la primera es la infancia (de 0 a 20)
la segunda, la adolescencia (de 20 a 60)
y la tercera, la juventud, que comienza a los 60 años.”
(Gaston Bachelard, philosophe)
“A medianoche se oyó una voz: ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!” (Mt 25,6).
En cuanto a mí, Hermano Jacques-François, me gustaría poder ofrecer el rostro de un hermano dominico feliz. Feliz de haber respondido a la llamada de Cristo hace 63 años. Mi misión sin duda no ha terminado. Si me llegan deterioros importantes de salud, la tarea podría ser más ardua.






