Nuestra casa de Angoulême perdió, el 12 de febrero de 1742, a nuestro hermano Alexandre Chauveau. Desconocido en nuestros registros, no podemos señalar ni su nacimiento, ni su recepción. Se escribe que nativo de Château-Gontier, ciudad de la región de Tours, fue recibido en Richelieu hacia el mes de agosto de 1717. Esta nota, aunque contestada todavía, es la mejor que podamos dar.
Su enfermedad en sus comienzos era una pequeña fiebre maligna que le era ordinaria, y de la que solía curarse por sudores, la dieta y algunos días de reposo. Pero esta vez todas estas precauciones fueron inútiles, la malignidad de la fiebre aumentó los accesos. El tercer día, el delirio apareció, sin que tres sangres, dos del brazo, una del pie, hayan podido reponerle. Dios, por una bondad muy singular, le ha concedido algunos intervalos de razón, de los que se ha sacado provecho para administrarle los últimos sacramentos; entonces recitó las oraciones con los asistentes, respondió a las exhortaciones que se le hicieron, pidió perdón a todo el mundo, queriendo morir en la caridad del prójimo que conduce a la unión con Dios; y después volvió al delirio que fue seguido de una tranquila agonía en la que murió sin esfuerzo.
Su carácter era la dulzura. Por temperamento y por religión, su gran placer era complacer a todo el mundo. Universalmente conocido en este punto, es llorado sinceramente por muchas personas, sobre todo pobres a quienes amaba tiernamente, y para quienes preparaba, con una caridad muy atenta, los restos de su cocina que podían servirles, y las menores ofrendas de la parroquia cuya distribución de le había encomendado. Unido a su estado por agradecimiento y por amor, hablaba de la Congregación como de una buena madre que le había educado y a quien se lo debía todo. Estaba impresionado por sus intereses y se afligía sensiblemente por sus pérdidas, y se alegraba todavía más por sus adelantos. De manera singular respetuoso con sus superiores (así llamaba a los Srs. sacerdotes), él les demostraba su deferencia, su afecto y las mayores ganas de servirles. Les dedicaba atenciones inesperadas que no le hubieran pedido nunca, pero con ello se complacía y creía un deber por la bondad de su corazón. No salía de la casa más que para hacer las provisiones y para los demás recados que se le pedían. Por lo demás, poco o ningún trato con el exterior, y por eso menos ocasiones de disiparse o de contraer, por visitas inútiles, conocimientos de los que uno suele arrepentirse. Esta separación del mundo le daba un tiempo que empleaba útilmente en buenas y santas lecturas. Sus libros escogidos eran la Imitación de Jesucristo, sus Reglas, la Vida de nuestro santo fundador y las leyendas de nuestros difuntos.
Tenía mucho gusto por las ceremonias de la Iglesia que él entendía muy bien, nada de inteligencia aún por el canto llano; con ello una voz dulce y fuerte que era muy útil en la parroquia, sobre todo en el tiempo de las vacaciones, cuando el seminario estaba ausente. Era verdaderamente un buen hermano. – Anciennes Relations, p. 414.







