Agapito Alcalde Garrido (1867-1936)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elías Fuente · Año publicación original: 1942.
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He aquí uno de los Paúles más conocidos en, casa y menos fuera, cuya personalidad se destaca claramente y cuya conducta, singularmente durante el tiempo en que fue Director del Seminario Interno de la Congregación (Noviciado), ofrece dificultades de enjuiciamiento.

Siempre fue célebre y uno de esos hombres que tienen cosas (cosas de Fulano). Su memoria no desaparecerá fácilmente, como ha desaparecido la huella de su cuerpo.

Porque las postrimerías de su vida mortal se describen en dos trazos.

Vivía, al estallar el petardo rojo, en la ex Cartuja de Valencia, dedicado a la asistencia espiritual de las Hijas de la Caridad habitantes en aquella su actual Casa de Salud.

La tarde del 26 de julio de 1936 hallábase tranquilamente en el llamado «Jardín de los Señores», cuando una Hermana, con el pasmo natural del caso, se llegó y le dijo:

—»¡Padre, huya; ya están aquí los revolucionarios!» La sorpresa fue de las que atolondran.

—»¿Por dónde me escapo?»

—»Por el claustro grande. Por la iglesia. Por…»

Corriendo, a su habitación. «En ella se encerró y procuró vestirse de seglar», dice una información, así talmente. El miedo es terrible, está visto. Y. los casos más trágicos van casi siempre en este mundo salpicados con sal y pimienta de comicidad. Pero dejemos la nota cómica para el libre comento; que en lo que ahora relatamos se pone el asunto feo y de cariz nada halagüeño.

Copiamos -de una relación que tenemos a la vista, de testigo presencial. Quien vive la escena dramática la describe en sentido realista y expresivo, insuperable.

«A todo esto, uno se había destacado de la plebe y requería con ansia: «¿Dónde están los Padres? ¡Que bajen cuanto antes los Padres; si no, esa chusma los va a hacer tajadillas!» Los Padres (Alcalde y Torres) no querían abrir; pero, al fin, y vistas las muchísimas instancias de las Hermanas, cedieron, bajaron, y aquel señor con otros cuatro milicianos, los metieron en-un coche y los llevaron al Puig. Serían como las seis de la tarde. La multitud no se dio cuenta y los buscaba por todos los’ rincones, diciendo: «¿Dónde están los cucarachas? ¡Aquí hay cucarachas! ¿Dónde están? ¡Entréguenlosi Si no, a ustedes les irá mal.»

«En el Puig, pasaron la noche detenidos. Les dieron pan y alguna otra cosa, que ni el uno ni el otro probaron. Y, al día siguiente, les dieron un salvoconducto para que se fueran a Madrid o adonde quisieran, y los dejaron en libertad.»
Hasta aquí, la relación cartujana.

Habían terminado con bien el P. Alcalde y su compañero el primer capítulo de sus aventuras. Mirando luego a la luna de Valencia, a Valencia se encaminaron, tal vez sospechando que al huir de Scilla iban a dar en Caribdis; pero, ¿qué remedio, si en aquel mar proceloso doquiera asomaban escollos y aun se suponían otros muchos ocultos y, por ende, más temibles?

Ya en la ciudad, no se les ocurrió otra cosa que irse derechos al Hospital, y en tal coyuntura que, al entrar en el patio central, lo encontraron llena de milicianos de: la peor catadura; se estaba organizando la conducción espectacular del cadáver de un capitoste rojo, muerto a consecuencia de las heridas sufridas en una de las encarnizadísimas refriegas habituales entre derechistas e izquierdistas, los días anteriores.

Las Hermanas, que comprendían como nadie la gravedad del momento y estaban, consternadas ante la presencia de los Padres, obrando can máxima rapidez, conforme exigían las circunstancias, pudieron lograr que ante la impasibilidad de que los Padres permanecieran en el dicho Hospital, salieran del mismo sin ser notados.

Y se fueron los dos, portando sendas, maletines, compañeros impertinentes que bien podían contribuir a delatarlos como fugitivos. En el Asilo «La Protectora»- buscáronlo. Nuevos apuros y nuevo compromiso. Mas allí, tras la protección momentánea, hallóse salida al conflicto.

Por lo que atañe al P. Alcalde, sin embargo, aun debió de correr de la Ceca a la. Meca, horas y aun días, hasta dar con sus huesos en la «Pensión Pallares».

Alcanzado y aun falto de dinero, la Superiora del Santo Hospital le envió por un propio, en dos ocasiones, alguna ayudita. Pero esta fuente también se secó, y, tal vez con semejante motivo, se perdió la pista del Padre.

La intención primera de marcharse a Madrid siguió obrando en su ánimo, y un día de septiembre fue visto en la estación ferroviaria. ¿Logró embarcarse?, y no hablamos de la mar. Y en tal caso, ¿le mataron en Madrid o en el camino? ¿O no pudo coger el tren por haber sido antes reconocido en la misma estación como sacerdote por algún rojo subido, y le mataron inmediatamente? Es una incógnita que hasta el presente nadie ha podido descifrar.

No sabemos, por consiguiente, dónde reposan sus restos mortales.

Había nacido el P. Agapito Alcalde Garrido en el pueblo de Rubena (Burgos), el 24 de marzo de 1867; hijo de Ruperto y Juana. Entró en la Congregación el 13 de febrero de 1884.

Recibidos los Sagrados Ordenes, fue destinado a Filipinas, dedicado a la enseñanza en diversos Seminarios: Cebú, Jaro, Nueva Cáceres, etc. A últimos de siglo volvió a España, y fue destinado al Seminario de La Laguna, en Canarias. En 1903 fue nombrado Director del Seminario Interno la Congregación. Desempeñó dicho cargo hasta 1918.

Tras corta estancia en Murguía, residió en Andújar hasta 1929, en cuyo año pasó con el cargo de Superior a Ayamonte. De aquí tuvo que salir a uña de caballo, como quien dice, ante la actitud marcadamente hostil que adoptó el populacho, al proclamarse la República en 1931, con los que integraban la pequeña Comunidad: P. Félix .Bravo y H. Manuel Diéguez. Fue como el ensayo de la persecución consumada en 1936.

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