Acercándonos al libro de los Hechos de los Apóstoles (02)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Mario Yépez Barrientos, C.M. · Year of first publication: 2014 · Source: Web Congregación de la Misión en Perú.
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Capítulo I: En torno a Jerusalén.

pentecostes1. El prólogo de Hechos de los Apóstoles

Lucas siguiendo el estilo de los «historiadores» de su tiempo abre su escrito con un prólogo, muy parecido al del evangelio especialmente por citar al mismo destinatario, Teófilo. En el prólogo al evangelio se señala los siguientes aspectos (Lc 1,1-4):

  • El evangelio de Lucas dentro de otras composiciones (διηγησιν = narración) acerca de Jesús, gracias a los testigos oculares y los ministros de la palabra.
  • Decisión de Lucas de escribir después de una adecuada investigación (diversas fuentes)
  • Destinatario: Teófilo.
  • Objetivo: la verdad de la instrucción catequética (κατηχηθης)

En el caso de Hechos (Hch 1,1-5):

  • Constatación de la primera obra dedicada a Teófilo (πρώτον λόγον; primer escrito)
  • Contenido de la primera obra hasta la ascensión (testimonio de las apariciones).
  • Mandato de espera en Jerusalén a la promesa del Padre: Espíritu Santo.

Lucas, pues, intenta señalar la continuidad de ambas obras, pero sin duda, marca una especie de nueva etapa en la historia salvífica y que se inaugura con la venida del Espíritu Santo, la promesa hecha por Jesús de parte de Dios Padre para sus discípulos. Resulta interesante cómo cita a Juan y su bautismo pues ayuda a enmarcar una nueva forma de iniciación bautismal para el cristianismo que llega con la ablución del Espíritu Santo prometido por Jesús.

2. Cambio de Etapa

«¿Es el tiempo del restablecimiento (άποκαθιστάνεις) del reino de Israel?» (Hch 1,6). Como vemos, Lucas subraya esta concepción hebraica, puesto que la primera comunidad cristiana va tener como sus primeros adeptos a judíos convertidos, arraigados a la tradición del AT. Pero la respuesta de Jesús abre una nueva etapa que es preciso tener presente y en la que el Espíritu Santo tendrá un rol importante, ya que será quien inspire a la comunidad cristiana para que sea «testigo» (εσεσθε μου μάρτυρες) de Cristo en un itinerario que seguirá con precisión la obra de Lucas: Jerusalén, Judea y Samaria y el confín de la tierra (Hch 1,8).

Por tanto, Lucas vuelve a contar la ascensión de Jesús al cielo (lo había hecho en el evangelio, Lc 24,50-53), pero esta vez subrayando el término de su misión salvadora y la apertura a una nueva era que también tendrá un final, y es revelado a los apóstoles por los dos hombres vestidos de blanco, y ésta es la vuelta de Jesús (la Parusía). Así, la primera comunidad se centra propiamente en los apóstoles y su estadía en la ciudad de Jerusalén.

3. La tradición de los doce en Jerusalén

La comunidad de Jerusalén es presentada por Lucas reunidos en una habitación superior (εις το υπερώον), precisando los nombres de los apóstoles, de la Madre de

Jesús y las mujeres discípulas de Jesús; y en una actitud de oración constante esperando la promesa del Padre (Hch 1,13-14).

Para Lucas es importante recuperar la tradición de los Doce y por ello, se hace necesario elegir al que reemplace a Judas, el traidor. La manera cómo presenta Pedro el desenlace de la vida de Judas y que Mateo también conoció (Hch 1,16-19; cf. Mt 27,3-10) recoge una tradición probablemente jerosolimitana (sin duda, el lenguaje es muy parecido sobre todo el énfasis del cumplimiento de la Escritura), a la que añadió la obligación de elegir al sustituto.

El dato más importante en la intervención de Pedro es la presentación de las condiciones para considerar a un discípulo de Jesús como apóstol:

  • haber conocido al Jesús terrenal (del bautismo a la ascensión)
  • y haber sido testigo de la resurrección (Hch 1,21-22).

Así, cierra el círculo de los Doce, como origen de la comunidad cristiana y de esta forma, Matías es agregado al número de los apóstoles, con lo cual se vuelve a constituir los Doce.

Una apreciación aparte, es que justamente éste será el conflicto posterior en torno a la figura de Pablo, ya que él se consideraba apóstol, entrando en conflicto con tales requisitos que Lucas recoge para elegir al reemplazo de Judas y por lo que algunos judeocristianos no aceptaron la autoridad de Pablo, como lo vemos expresado en sus cartas.

Hasta aquí el capítulo 1 de Hechos, situando a la comunidad cristiana primitiva en Jerusalén, recuperando a los Doce, en la espera por la promesa de Dios por Cristo: la venida del Espíritu Santo. ¿No crees que sea importante valorar el compromiso de ser testigos de Cristo? ¿Qué es para ti ser testigo? ¿Ahora puedes comprender lo que significa realizar un apostolado? ¿Puedes ser testigo de Cristo sin haber tenido una experiencia espiritual profunda con él?

4. La venida del Espíritu Santo (2,1-13)

La promesa del Padre, el Espíritu Santo prometido por Jesús a sus apóstoles, llega el día de Pentecostés (cincuenta días después de la Pascua). Es evidente que las fiestas cristianas han sido tomadas de las festividades judías, a las cuales se le dio una nueva reinterpretación desde el acontecimiento salvador de Cristo. Pero incluso, tales fiestas judías entroncan con antiguas celebraciones cultuales de la vida pastoril y agrícola como la de las primicias o recolección de los primeros frutos, cincuenta días después de la antigua fiesta de pascua, donde se ofrecían en sacrificio lo mejor de sus rebaños. Posteriormente, el judaísmo consideró celebrar en Pentecostés, la fiesta de la entrega de la alianza que Dios dio a Moisés. Finalmente, la comunidad cristiana reinterpreta la historia salvífica y celebra en este día la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia representada por los Doce. Propiamente, para nosotros Pentecostés no es que sea la fiesta del Espíritu Santo, sino más bien es la celebración con la que concluye el tiempo pascual (en τω συμπληροΰσθαι; perspectiva de cumplimiento como en Lc 4,51).

Si seguimos el planteamiento teológico de Lucas, vemos su preocupación de enmarcar el nuevo tiempo de la historia salvífica con un acontecimiento crucial, que responde a las promesas del AT, acerca de la efusión del Espíritu de Dios para que pueda ser conocido su plan de salvación por todas las naciones (Joel 3,1-5). Este acontecimiento lo recoge el relato de Hechos 2, que cuenta la experiencia de la comunidad de los Doce que recibe el Espíritu Santo con lo cual se inicia el tiempo de la Iglesia, el tiempo de la misión (carácter fundante).

El relato se inicia con la precisión nuevamente de la comunidad reunida (επί το aUto «por lo mismo» o «unánimes») en actitud de espera en la casa (ton οίκον; Hch 2,1). La descripción de la presencia del Espíritu recoge las mismas imágenes con que el AT describía la presencia de Dios (viento recio, fuego). Las lenguas de fuego que se repartían sobre cada uno precisan la efusión del Espíritu Santo, lo que les lleva a hablar diferentes lenguas (Hch 2,4). Testigos de este acontecimiento son todos aquellos peregrinos que llegan a Jerusalén en el marco de esta fiesta. Se hace una descripción del mundo antiguo y su representatividad en la ciudad santa, con lo cual, es obvio, que hay un eco de la narración de Babel en el libro de Génesis (Gn 11,1-9). Así, lo que la exaltación de la grandeza del hombre pudo provocar división y dispersión en la humanidad, ahora con la presencia del Espíritu Santo, a pesar de las diferencias de razas y culturas, se hace efectiva la capacidad de entender para «todos» la predicación de los apóstoles acerca de las grandezas de Dios (τα μεγαλεία του θεου; Hch 2,11). Se reconstituye así la humanidad, desde la acción unificadora del Espíritu.

Este suceso causa asombro y sorpresa, y entre las voces de quienes desean saber lo que significaba tal acontecimiento aparecen quienes se mofan acusándolos de que están borrachos. Al final, tal apreciación provoca la intervención de Pedro, quien ahora lleno del Espíritu Santo, profesará públicamente la fe en Jesucristo Salvador. Éste no será el único momento en que el Espíritu Santo se derrame o baje sobre las personas a lo largo del libro de los Hechos de los apóstoles (Hch 4,31; 10,44), sino más bien se convierte en el «momento tipo», puesto que lo que se inició con los apóstoles, repercutirá en la vida de la Iglesia como fuente de la acción misionera y como presencia que ayuda a discernir las decisiones en la comunidad, por lo que a continuación de cada «pentecostés» se describirán los frutos de esta efusión en la propia comunidad (Hch 2,42-4; 4,32-35). ¿Eres capaz de comunicar esta Buena Noticia? ¿Cuántas veces tuviste la oportunidad de comunicar las maravillas de Dios pero avergonzado preferiste comunicar tus «grandezas» motivado por un vano orgullo? ¿No te sientes comprometido a buscar la unidad en medio de la diversidad?

5. El discurso kerigmático de Pedro (2,14-40)

Lucas nos presenta, vinculado a la narración de la venida del Espíritu Santo, un largo discurso por boca de Pedro, que se convierte en el discurso kerigmático, es decir, el primer anuncio acerca del acontecimiento Jesucristo, salvador de los hombres. Es interesante, cómo Lucas pone a Pedro en esta posición, y elaborando un esquema de discurso muy propio de los oradores griegos, desarrolla la predicación de la primitiva comunidad cristiana.

Anímate a leerlo detenidamente y a dividirlo en partes. Luego, compara con esta apreciación:

  1. Preámbulo: Con lo que se busca captar la atención del auditorio (2,14). Se precisa el auditorio al que se dirige: los judíos.
  2. Defensa ante una acusación y recurso bíblico: El prodigio de hablar en lenguas es justificado descartando la mofa de algunos presentes, y luego confirmando el cumplimiento de la profecía de Joel 3,1-5 donde se anuncia (Lucas añade: en ταις εσχαταις ήμεραις, «en los últimos días») la efusión del Espíritu para todo ser humano con lo que se abre la perspectiva de una salvación universal (2,15-21).
  3. Relectura desde Cristo (primer anuncio): Cristo es presentado a los «israelitas» como el acreditado por el Padre para obrar la salvación desde su muerte y resurrección (2,22-24). Este es el centro del kerigma.
  4. Cumplimiento de la promesa mesiánica en Jesús (2,25-36): La promesa de David (recogida de los Salmos 16 y 110) se ha cumplido en Cristo, exaltado por el Padre, y los apóstoles se presentan como testigos (ήμεις εσμεν μάρτυρες) de esta manifestación salvífica. La comparación con David es más que evidente: aquel ha muerto y su tumba existe, en cambio Jesús vive y no ha sucumbido ante el poder de la muerte sino más bien es invocado como «Señor y Cristo» (και kUpion aUton καΐ χριστόν) y de esto tiene que saberlo la «Casa de Israel» (πας οικος Ισραήλ).
  5. Reacción del auditorio y exhortación final (2,37-41): La multitud, los judíos de Jerusalén y peregrinos, expresan su deseo de aceptar esta buena noticia y se les invita a la conversión y al bautismo en el nombre de Cristo para el perdón de los pecados para que puedan también recibir el Espíritu Santo. Una cantidad considerable recibe el bautismo y se afirma que es la acción de Dios la que agrega nuevos miembros a la comunidad (pasivo: προσετεθήσαν «fueron añadidos»).

Como vemos, este primer discurso se convierte en modelo para los sucesivos que presenta Lucas en su obra, siempre insistiendo en la relectura del AT y el cumplimiento de tales promesas en Cristo, con su muerte y resurrección redentoras. ¿Has recibido esta Buena Noticia? ¿Cómo te sientes al saber que Cristo murió y resucitó por tu salvación? ¿Está Cristo en el centro de tus prioridades? ¿Entiendes de verdad qué significa convertirse?

6. Los efectos que suceden con la presencia del Espíritu Santo.

Después del discurso kerigmático en boca de Pedro, Lucas presenta los efectos de la efusión del Espíritu en la vida de la comunidad a modo de sumario. Es una característica que volverá a ocurrir más adelante (Hch 4,32-35), cuando después de la curación del tullido en Jerusalén, nuevamente Pedro realice un discurso que devendrá en el primer enfrentamiento de los apóstoles con las autoridades judías.

Se señala como efectos:

  • la constancia en la enseñanza de los apóstoles,
  • la comunión (καί τη κοινωνία)
  • y la participación en la «fracción del pan» (llamada así a la Eucaristía en la primera comunidad cristiana)
  • y en las oraciones.

La celebración se convierte en un pilar importante de la vida eclesial (la liturgia es esencial a la vida cristiana). También se remarca los prodigios que realizaban los apóstoles (en continuidad con las obras milagrosas de Jesús) así como se vuelve a subrayar la comunión de los creyentes (Hch 2,42.44). La comunión de bienes ayudaba a sostener las necesidades de cada cual, no dejaban de ir al templo ni de vivir la alegría y sencillez de corazón del compartir. Finalmente, el pueblo se quedaba maravillado y era el Señor quien agregaba (0 de κύριος προσετίθει) a los convertidos al número de la comunidad.

En el siguiente sumario del capítulo 4,32ss, se resalta mucho más el tema de la comunión de bienes. Se subraya además el testimonio de la resurrección de Jesús por parte de los apóstoles y el favor que se habían ganado ante el pueblo debido a que no había ningún necesitado entre ellos. Se plasma así el ideal de vida comunitaria a partir de la iniciativa de algunos que ofrecían de lo suyo para las necesidades que podía surgir en la comunidad. La afirmación general de este tema de la comunión de bienes se ilustrará con dos ejemplos de signo opuesto, el caso del desprendido y generoso Bernabé (Hch 5,36-37) y la actitud engañosa e hipócrita de Ananías y Safira (Hch 5,111).

Los efectos del Espíritu son notorios y llevan consigo elementos que ayudan a discernir si corresponden realmente a las inspiraciones del Espíritu o no. Y como pueden percatarse hay un énfasis claro sobre la «comunión». ¿Cómo vamos trabajando en ello? ¿Cómo describes el fundamento de este estilo de vida animado por la fuerza del Espíritu? ¿Te sientes identificado con esta propuesta de vida comunitaria? ¿Qué te falta aportar para que sea haga realidad este ideal?

7. Los signos acompañan la predicación apostólica (Hch 3,1-10)

Pedro y Juan, como buenos judíos que cumplen las horas de oración (4πί την ώραν της προσευχής την ενάτην = tres de la tarde), suben al Templo pero se encuentran con un mendigo tullido. Es difícil ubicar dónde habría estado esta «Puerta Hermosa» del Templo, lo cierto es, que se convierte en el lugar propicio donde se producirá el primer signo específico que realizan los seguidores de Jesús. El desarrollo de este prodigio se asemeja a los realizados por Jesús en su vida pública, pero la gran diferencia es que Pedro y Juan no lo realizan en nombre propio sino en el nombre de «Jesucristo Nazoreo» (Ίησου Χρίστου του Ναζώραίου). Propiamente, se estaría hablando no del gentilicio (de Nazaret) sino más bien de la manera cómo los judíos distinguían a los cristianos (nazoreos; «salvados»). Juan resultaría ser el testigo silencioso de este hecho o tal vez se le habría introducido a una narración original acerca de los milagros de Pedro. Los prodigios vienen a ser elementos confirmatorios de la verdad de la predicación apostólica. De esta manera, el poder de invocar el nombre de Jesucristo pasa a ser un elemento instructivo para los seguidores de Jesús en cualquier situación de enfermedad. No se puede obviar la relación con la profecía de Isaías (35,6), lo que señala la llegada de los tiempos nuevos, los tiempos de salvación. Y más aún, porque «todos» (énfasis de Lucas) son testigos pasmados y asombrados (καί επλήσθησαν θάμβους καί εκστάσεώς Hch 3,10; εκθαμβοί Hch 3,11) de que aquel hombre tullido había sido sanado y que iba detrás de ellos alabando a Dios por lo sucedido.

8. Segundo discurso kerigmático de Pedro (Hch 3,11-26)

Lucas presenta a continuación el segundo discurso de Pedro ante el asombro de la sanación del hombre tullido. Consta propiamente de tres partes:

  1. Pedro insta a que disciernan adecuadamente el porqué de la sanación (Hch 3,1112). Preguntas que hace Pedro para deslindar lo sucedido de suposiciones que puedan confundir.
  2. Afirmación de la glorificación del siervo Jesús (Hch 3,13-18). Nuevamente estamos ante un auditorio judío (ο θεος τών πατερών ήμών, «Dios de los patriarcas»). Pedro echa en cara la actitud condenatoria del pueblo que terminó con la crucifixión del «siervo Jesús» (τον paida αυτου ’Γησουν; se evoca al cántico del Siervo como interpretación de la muerte de Jesús y se confirma el rechazo por la elección de un asesino). Aquí introduce el kerigma y subraya la condición de «testigos’ de la resurrección (ήμεΐς μαρτυρες εσμεν; cf Hch 1,8.22; 2,32; 3,15; 5,32; 10,39.41; 13,31; 22,15.20; 22,16). Es la fe en Jesús la que ha hecho posible el «restablecimiento total» de la salud de aquel mendigo (τήν ολοκληρίαν). Pedro habla de la ignorancia que les llevó a realizar tales actos junto con sus jefes pero lo interpreta también esto como cumplimiento de las profecías. Sin duda, es una visión muy particular en torno al acontecimiento Jesucristo con lo cual Pedro introduce la última parte de su discurso.
  3. Llamado a la conversión (Hch 3,19-26). Como en su primer discurso, Pedro insta a su auditorio al arrepentimiento y a «volverse» – convertirse (ετανοήσατε ουν καί επίστρεψατε) para que sean «borrados» sus pecados (solo en Lucas: εξαλείφθήναί) con lo cual puedan estar atentos a la segunda venida de Cristo, los «tiempos de refresco o de respiro» (καιροί άναψυξεως), y más concretamente el tiempo de la «restauración universal» (solo aquí: χρόνων αποκαταστάσεως). Finalmente, Pedro hace una relectura de las promesas del AT con Moisés en la tradición del Deuteronomio: la venida del «Profeta» (Dt 18,15-19) y la alusión a otros profetas concluyendo con la promesa hecha alianza con Abraham, padre del pueblo de Israel y desde él a todas las naciones.

9. Confrontación ante las autoridades judías (Hch 4,1-31)

La suerte de los seguidores de Jesús tendrá que ser la misma suerte que la del Maestro. Jesús ya les había advertido en su ministerio público este tipo de situaciones (Lc 21,12-15) y Hechos de los apóstoles lo ubica después de este segundo discurso de Pedro. Se señalan los instigadores: sacerdotes, el jefe del Templo y los saduceos; quienes estuvieron también detrás en el injusto proceso a Jesús. Acusan a Pedro y Juan de enseñar al pueblo y anunciar que hay resurrección por Jesús (los saduceos no creen en la resurrección). Se determina echarlos a la cárcel hasta el día siguiente.

Lucas, una vez más, presenta nombres: Anás, Caifás, Jonatán, Alejandro, todos pertenecientes a la clase sacerdotal, todos ellos saduceos, aliados de Roma y custodios del Templo y todo el sistema religioso judío. Ante la pregunta hecha a Pedro acerca de por quién había sido sanado el mendigo, se desarrolla el primer discurso de un cristiano ante las autoridades judías.

La presencia del Espíritu no puede faltar pues es él quien habla por boca de los apóstoles, y se proclama que fue por el nombre de «Jesucristo, el Nazoreo», que fue curado el mendigo. Aquí Pedro acusa abiertamente a éstos, pues fueron quienes crucificaron al Señor. Sin embargo, ha resucitado, y por eso, este nombre tiene poder para hacer recobrar la salud. A partir de este momento, nuevamente Pedro hace una relectura del AT sobre la responsabilidad de quienes rechazaron al Mesías utilizando la metáfora de la «piedra angular» (Sal 118,22). Así, se ratifica el poder salvador de Dios al invocar el nombre de Jesucristo. Es sin duda un discurso cristológico pues se ha insistido en algunos títulos aplicados a Jesús. La admiración de las autoridades religiosas por la condición de los apóstoles y la manera cómo predican es resaltado por Lucas lo que obliga a que no haya recurso alguno para negar el prodigio realizado.

La deliberación que viene a continuación es la búsqueda a una salida para que no se resienta ya la alicaída relación de los judíos con los romanos en Jerusalén, ciudad convulsionada por movimientos de tipo mesiánico. El recurso es la amenaza y les prohíben que hablen en el nombre de Jesús, ya que no pueden discrepar con el testimonio de la gente ante el prodigio realizado, lo que anima a la respuesta contundente de Pedro y Juan en su condición de testigos: «si es justo ante Dios obedecer a vosotros antes que a Dios, juzgad, puesto que no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,19-20). Finalmente decidieron dejarlos en libertad ya que la gente daba gloria a Dios por lo sucedido.

El retorno a la comunidad es para compartir lo acontecido. Esto suscita un momento de oración y alabanza a Dios, creador de todo lo que existe, que profetizó por obra del Espíritu por boca de David la terquedad de los importantes de la tierra que no han reconocido al Ungido, como lo hicieran Herodes y Pilato, pero esto responde a un plan misterioso de Dios y por el cual los apóstoles no deben sucumbir ante las amenazas sino más bien se pide que esto fortalezca más la misión de los apóstoles, en palabras y en signos prodigiosos en el nombre de tu «Santo siervo Jesús».

Un nuevo Pentecostés se vive en medio de la comunidad que les impulsa a seguir anunciando la palabra de Dios (τον λόγον τού 9eo0 término muy usado en Hechos: 4,31; 6,2; 8,14; 11,1; 13,5.8.46; 18,11; Lc 5,1; 8,21; 11,28) con valentía.

10. Ejemplos contradictorios en torno a la comunión de bienes (Hch 4,36-16)

Luego del segundo sumario (4,32-35) donde se da a conocer los efectos de la efusión del Espíritu Santo, se recoge dos testimonios de cómo entenderse la solidaridad cristiana a favor de los hermanos necesitados. El primero, mucho más corto, es la donación de José, llamado Bernabé, quien desprendiéndose de todo el dinero de la venta de su campo lo entrega a los discípulos (Hch 4,36-37). El segundo ejemplo, es contrario a éste, y se describe la mala intención de Ananías y Safira (Hch 5,1-11), ya que no entregan la totalidad del aporte a los apóstoles sino que se quedan con una parte del monto.

La descripción es muy impactante pues ambos mueren por su engaño no tanto a los apóstoles sino al Espíritu Santo. Quizá el relato ha buscado justamente subrayar esto: la suma importancia y respeto a las cosas divinas. La recta intención justifica entonces una acción solidaria y se busca una reacción de respeto y admiración. Recogiendo la espiritualidad del AT, el «miedo» sobrecoge a quienes son testigos de estos hechos. Esto da pie a un nuevo sumario resaltando justamente los signos y prodigios de los apóstoles que corroboran las palabras exhortativas de los apóstoles. Lucas no deja de plantear las dos posibles reacciones ante lo sucedido: de quienes acogen la buena noticia y se adhieren a la comunidad cristiana de Jerusalén y quienes asombrados no deciden unírseles (Hch 5,12b-14).

Se recoge además cierta tradición de curaciones realizadas por Pedro (η σκιά έπισκιάση: con su sombra; cf Hch 5,15-16) con lo cual se confirma lo que les había prometido Jesús acerca de este ministerio (cf Mc 6,56; Hch 19,12).

11. Segundo enfrentamiento con las autoridades judías.

a) La envidia de los saduceos. Encarcelamiento y liberación de los apóstoles (Hch 5,17-21a)

Una vez más, Lucas introduce a los saduceos unidos al Sumo Sacerdote, como los opositores a la evangelización de los apóstoles (cf Hch 4,1; 5,17). Es obvio que se está cuestionando propiamente el sistema religioso que éstos dirigían en búsqueda de mantener la conciliación con los romanos, con sus creencias demasiado terrenales y la insistencia en los sacrificios en el Templo. Lucas subraya que la intención con la que actúan es la envidia (ζήλου – Hch 5,17; cf φθόνον – Mt 27,18) y por esto son encarcelados los apóstoles, algo que también había advertido Jesús a sus discípulos (cf Lc 21,12-19).

Se empieza así a escarmentar públicamente para condicionar las sucesivas conversiones. A continuación, se relata brevemente la liberación milagrosa por el ángel del Señor (Hch 5,19). Esto sucederá también más adelante con el mismo Pedro (cf Hch 12,1-19). La difusión de la palabra no puede ser encarcelada y por ello, una vez liberados, son enviados al «Templo» para hablar acerca de las palabras de vida. Ellos, obedientes al mandato de Dios, pronto salen nuevamente a predicar. Las contrariedades de la difusión de la palaba vienen de quienes se consideran guardianes del culto y de la religión. Los cristianos tienen que seguir desde el discernimiento de saber que han sido enviados por el mismo Cristo a proclamar la palabra aunque tales autoridades impongan sus prohibiciones. La liberación milagrosa no hace sino confirmar que Dios les acompaña y favorece.

b) Comparecencia ante las autoridades (Hch 5,21b-33)

El asombro es inevitable (διηπόρουν, «estaban perplejos») al darse cuenta de que los presos no estaban en la cárcel sino más bien, por el testimonio de uno, se hallaban enseñando en el Templo. Sin violencia, los llevan al Sanedrín y se produce una comparecencia acerca de la prohibición que se les había dado y aquella predicación en la que les hacían responsables de la muerte de Jesús. Nuevamente se escucha de boca de los apóstoles la obediencia a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29; cf Hch 4,19) y la afirmación de la resurrección de Jesús, a quien ellos mataron pero es este mismo Cristo que ofrece su salvación a quienes se arrepienten de sus pecados. Finalmente se presentan como testigos de estos hechos y la confirmación del mismo Espíritu Santo presente en ellos (Hch 5,32). La reacción del Sanedrín es de ira y rechazo pero una intervención inesperada aviva la esperanza de que también las autoridades religiosas judías pudieran cambiar de opinión.

c) Intervención de Gamaliel (Hch 5,34-42)

Aunque el Sanedrín estaba conformado por miembros del partido saduceo también se hallaba la presencia de algunos eminentes maestros de la ley y, de entre éstos, algunos fariseos respetados por el pueblo como Gamaliel (más adelante Pablo dirá que pertenecía a su escuela; cf Hch 22,3).

Es interesante esta intervención pues le pide al Sanedrín que sea prudente ante lo que viene aconteciendo con los apóstoles. El discernimiento que pide es la purificación acerca de los falsos mesianismos que iban surgiendo y que confundían a la población (caso de Teudas y Judas el Galileo; cf Hch 5,36-37). Su apreciación es inteligente, pero a la vez es un indicio de la posible aceptación de que sea una obra de Dios. Probablemente, algunos fariseos empezaron a mostrar aceptación por el movimiento cristiano.

Esto dirime la reunión, no sin antes nuevamente azotarles y prohibirles la enseñanza en el nombre de Jesús. Para los apóstoles este mal momento se convierte en alegría pues se confirma también lo dicho por Jesús (cf Mt 5,11-12; 23,34; Lc 11,49; 21,12). Así, lo que parecía que podría extinguirse por la presión externa, resulta siendo un fortalecimiento para la comunidad jerosolimitana por lo que no descansan en enseñar en el Templo y en las casas, anunciando la Buena Nueva (Hch 5,42; cf Lc 3,18; 4,18.43; 7,22; 8,1; 9,6; 16,16; 20,1; Mt 11,5) de que Jesús es el Cristo (cf Hch 18,5; 18,28).

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