4º Domingo de T.O. (reflexión de la S.S.V.P. en España)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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ssvp«Se trata de extender el reino de Cristo, de ampliarlo, de pensar y vivir el Evangelio en el mundo entero» (Beato Federico Ozanam)

El pasaje de la primera Lectura figura en la sección que dedica el Deuteronomio a las instituciones y los ministerios del pueblo elegido. Después de haber hablado sobre el rey y el sacerdote, lo hace sobre el profeta. El tema está introducido por una descripción que prohíbe a Israel recurrir a la adivinación como lo hacen los paganos (Dt 18,9-14). En efecto, para los Hebreos el único medio para conocer la voluntad de Dios será recurriendo a los profetas (vv15-20). El pasaje termina enunciando los criterios que permiten reconocer al verdadero profeta (vv21-22), luego que ha presentado a Moisés como profeta honorable (v15). El profeta tiene superioridad muy clara sobre el rey y el sacerdote, pues, mientras que el primero se atiene al comportamiento político y el segundo a la esfera cultural, el profeta lleva la palabra de Dios en cualquier circunstancia de la vida individual y social; y, tiene el poder de transformar sus palabras en actos.

San Pablo, hace caer en cuenta que a partir de Jesús cada individuo vive la presencia de Dios en sí mismo, y el cristiano deposita su vida entera en ella. Pero no puede vivir sino en relación con los acontecimientos y con los demás hombres.

Las corrientes religiosas de la época de Jesús, acentuaban varios aspectos de espera. Los fariseos, creían que un estricto y minucioso cumplimiento de la ley provocaría la intervención inmediata de Dios. Los fanáticos zelotas, provenientes en su mayoría de los grupos fariseos más radicales, consideraban que la destrucción del opresor romano provocaría la intervención definitiva de Dios. Los predicadores del desierto, como Juan Bautista, creían que la transformación sólo llegaría por medio de un cambio radical de todos los valores éticos. Para todos estos movimientos era claro que la historia no había llegado a su fin y que no era una mera repetición cíclica de los mismos eventos con distintos personajes. La propuesta de Jesús, es una respuesta singular a este conjunto de esperanzas en las que pesaba cierto orgullo nacionalista y cierta dosis de fanatismo religioso.

El Evangelio de San Marcos nos presenta el inicio de la misión de Jesús en el ámbito de las esperanzas del pueblo de Israel. El pueblo sencillo ya estaba familiarizado con la enseñanza de Juan Bautista y con la radicalidad legalista de los fariseos. Por esta razón, quedan sorprendidos con las enseñanzas de Jesús. Él no se sienta a decirles qué hacer y qué no hacer de acuerdo a los códigos secretos de interpretación de la Ley. La enseñanza de Jesús es abierta y comprensible para todos. Su autoridad no proviene de alguna autorización dada por algunos de los principales sacerdotes de Jerusalén o por la enseñanza de algún conocido rabino. Al escucharlo, la gente comprende que Jesús hace realidad sus esperanzas. Despliega el poder de quien ha sido ungido para defender la vida, al liberar al hombre poseído por ideologías inmundas, violentas y sectarias. Para la gente pobre no cuenta el origen humilde de Jesús, sino la capacidad de transformar el dolor de su pueblo con sus gestos y con sus palabras, como antaño lo hicieron los grandes profetas. Jesús encarna esa esperanza jamás abandonada de un mundo redimido por la misericordia y la solidaridad.

Un hecho que llamó la atención en las personas que escucharon a Jesús, era la autoridad de sus palabras, pues Él no hablaba como los escribas o fariseos, famosos por su palabrería. Las palabras de Jesús, son las mismas palabras que el Padre pone en sus labios, para hablarnos a nosotros; por eso Jesús es la Palabra Encarnada que vino a establecer su morada en nosotros.

La falta de autoridad, de honestidad, de coherencia evangélica son las que nos impiden expulsar muchos demonios y hacer la verdad en medio de la mentira o de la corrupción. El Reino de Dios sólo se identifica con la coherencia y la transparencia de vida, donde no hay nada qué esconder, donde todo es diáfano.

«Hago la señal de la cruz pronunciando estas palabras “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. Inscribo en mí el signo de Cristo con una fórmula trinitaria que me hace adentrarme en el misterio mismo de Dios». (SVdeP)

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