4º Domingo de Pascua (reflexión de Javier Balda, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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Author: Javier Balda, C.M. .
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Yo doy mi vida por ustedes

baldaSólo el que ama es capaz de dar la vida por alguien. Sólo el que ama es capaz de darse y entregarse gratuitamente como don, como regalo. Sólo el que ama es capaz de alegrarse con la alegría del otro, de ser feliz con la felicidad del otro, de sufrir con el sufrimiento del otro, de llorar con el llanto del otro.

Jesús es el Buen Pastor, el Guía cariñoso, el Amante insospechado, el Dios-hombre hecho amor capaz de dar la vida por ti y por mí. Su amor rompe todas las barreras imaginables. Su entrega traspasa todos los límites insospechados. Su vida es una entrega total y absoluta. Nada lo detiene. Nada se queda. Todo él se nos entrega por amor. Todo él se convierte y se nos ofrece como servicio gratuito por nuestra salvación. Jesús es el Buen Pastor que un día nos dijo: “No hay amor más grande que dar la vida por sus hermanos”, y él la dio.

Ahora nos queda a ti y a mí preguntarnos: ¿Hay alguien que nos haya amado tanto como Cristo? ¿Hay alguien que haya sido capaz de morir por nosotros por amor? ¿Hay alguien que nos haya perdonado tanto como Cristo? ¿Hay alguien que se haya preocupado tanto por nosotros como Cristo? ¿Hay alguien que quiera tanto nuestra felicidad como Cristo?

Por eso, si aceptamos que Cristo es nuestro Pastor, debemos comprometernos a pertenecer a su grey, a seguir sus pasos, a alimentarnos del manjar que nos ofrece y a ser fieles a su voz. Por eso, si aceptamos que Cristo es nuestro Guía, debemos comprometernos a recorrer el camino por él trazado, a aceptar a verdad por él revelada y a vivir la vida por él vivida y ofrecida. Por eso si aceptamos que Cristo es el Amante insospechado, debemos comprometernos a vivir el amor y a entregarlo con la misma generosidad con la que él nos lo entrega.

Sólo así, testimoniaremos la verdad de nuestro agradecimiento, la verificación de nuestro ser cristianos y la sinceridad de nuestras vidas como testigos y testimonios de su amor. Sólo así podremos decir en verdad: “Cristo nos conoce, y nos ama, y nosotros lo conocemos y lo amamos a Él.

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