Lo reconocieron al partir el pan
Si la cruz era escándalo para los judíos y la causa de la deserción de los discípulos de Jesús, la resurrección confirmará su verdadero sentido: su valor salvífico. Si la cena del Señor fue anticipo y la preparación para su muerte y resurrección, ahora la cena se convierte en testimonio de su verdad. “Era necesario que el Hijo del hombre padeciera y sufriera para entrar en su gloria”.
La Cena, signo de caridad y amor compartidos, deja abiertas las puertas del corazón y abre los ojos de la fe para reconocer, en el compañero de camino, al Cristo anunciado, al Cristo muerto, al Cristo resucitado, al Cristo vivo y presente, al Cristo que, de nuevo, se les entrega convertido en Eucaristía, pan y vino de salvación.
Y corren veloces a comunicar a sus compañeros lo que han oído, visto, sentido, experimentado, vivido en el encuentro con Jesús resucitado. Nuestras eucaristías, sobre todo las dominicales, deberían ser un reflejo del comportamiento de estos discípulos de Emaús. También, ante nosotros, se hace presente Jesús, nos habla al corazón y se nos entrega como alimento para nuestras vidas. Somos nosotros los que, con nuestras palabras y el testimonio de nuestras vidas debemos proclamar: “El que murió ha resucitado y está vivo. Él es el Hijo de Dios, el Mesías prometido, el Hijo de David. Él es nuestro único Salvador.
Nuestra fe no puede quedarse en meros pronunciamientos aprendidos, ni en unos ritos muchas veces vacíos de significado, ni en el cumplimiento externo de unas obligaciones, ni un simple agradecimiento, ni en una esperanza inoperante y sin compromiso de vida. Todos estamos llamados a actualizar en nosotros la muerte y resurrección de Jesús. Todos estamos invitados a dar testimonio de la presencia de Jesús en medio de nosotros. Todos estamos llamados a dejarnos evangelizar por el Señor y ser evangelizadores de nuestros hermanos. Cristo seguirá vivo en nosotros si nuestra palabra es su palabra, si nuestra Eucaristía es su Eucaristía, si el mandamiento del amor que Él vivió se hace vida en nuestras vidas.
Deja que Cristo resucite en ti. Deja que Cristo viva en ti. Deja que Cristo ame en ti. Sólo así, un día, tú resucitarás con Cristo a la vida eterna.







