
Se habla con mucha facilidad de indignación. Todos parecemos tener motivos suficientes para indignarnos. Y siempre en función del otro. Hasta llegamos a indignarnos porque los demás no se indignan. ¿Y Dios? Pues parece que él no puede indignarse. Hablar del misterio de Dios siempre nos ha sido difícil, por lo que hemos recurrido a proyectar nuestros propios conceptos aunque reconociendo que no los puede abarcar. Siempre lo sobrepasa. Pero, ¿acaso no podemos proyectar también en Dios la indignación? Llegaríamos a la conclusión que es el único que tendría el derecho de hacerlo.
Debemos tener cuidado cuando pretendamos elevar un juicio crítico hacia los demás. Nunca nos hemos puesto a pensar si yo estuviera viviendo la misma situación que aquel que se siente indignado. Desde mi situación particular es muy fácil cuestionar. Pero si los papeles fueran inversos, otro sería nuestro pensamiento. Esto es tan verdad como el que le demos el crédito del derecho a indignarse a Dios. Él sí se puso en nuestra situación. Jesús vivió dentro de un ambiente de incomprensión y fue desde esa realidad de ser un marginado más desde donde buscó la manera de restablecer la relación con Dios.
De esta manera, aquel momento de indignación ante lo que veía en el Templo de Jerusalén es colocado por el evangelista Juan como punto de partida de su manifestación pública a diferencia de los otros evangelistas. Aquello «nuevo» que trajo con el vino de Caná, en la Galilea de los gentiles, se expresa duramente en la Jerusalén de las purificaciones con agua y sacrificios rituales que solo están conduciendo a marginar y separar más al hombre con Dios y al hombre con su hermano. Y aquí entra a tallar nuevamente la imagen de lo «sagrado», de aquello que hoy en día parece que ya no tiene sentido. Esta es la indignación totalmente clara que se respira en torno a los pasajes que leemos este tercer domingo de cuaresma. ¿Qué es lo sagrado? Si leemos desde la perspectiva de Cristo el Decálogo que nos presenta el escrito del Éxodo llegaremos a la conclusión de que no tenemos algo más sagrado que una relación en dos orientaciones: con Dios y con el hermano. Esto es lo sagrado en la vida del creyente. Tiene la obligación de cuidar esta doble relación y esto se convertiría en el mayor motivo de su indignación si viera que alguien pueda transgredirla. Por eso para Pablo, anticipándose a lo que se vendría, expone esta confesión de fe que raya la locura y el escándalo: creó en Cristo y, éste, crucificado. Dios ha tomado rostro humano para devolverle a su estado primigenio; pero parece que no coincidimos con ello, porque seguimos obsesionados en crear un mundo a nuestra medida. Nos cuesta ver el rostro de Dios en el otro. Jesús vino al mundo para que podamos ver a Dios desde lo más cerca posible, desde nuestro propio rostro, de nuestra propia realidad, pero nuestra reacción es construir un marco de relación donde todo gira en nuestra soberbia e interés. El templo de nuestra vida y de nuestra historia se haya más que resquebrajado y aún a pesar de ello, nos aferramos a tal situación. Buscamos signos, deseamos sabiduría, pero no somos capaces de buscar la sacralidad del ser humano y parece que nos resulta mejor desfigurarlo siendo difícil considerarlo ya así un signo y mucho menos un camino de sabiduría. Es verdad que este tiempo de cuaresma nos invita a recapacitar, a reconocer nuestro pecado, a reconocer que somos débiles; pero también nos debe llevar a renovar convicciones y a aceptar la propuesta de Jesús intentando desde lo práctico a destruir, si es preciso, nuestra vana seguridad y para poder dejarnos resucitar por él.
Si estamos tan indignados de verdad, levantemos la cabeza ante nuestra salvación que llega desde un rostro sufriente, desde una mirada tímida, desde una faz desanimada por las preocupaciones diarias. Déjate abrasar por la pasión de la novedad que trae Jesús, no de tus pareceres o apreciaciones. «Ponte en el zapato del otro», demórate un poco más en juzgar, y al menos siéntete parte de la creíble indignación de Dios que no puede soportar ver cómo estamos destruyendo esta creación y está buscando todos los medios posibles para que reaccionemos. Por eso la Ley de Dios está más allá de un código de conveniencia, de una cuestión de convergencias de opiniones. El punto de partida no puede estar en lo externo a mí, sino en lo interior, en lo que me mueve a actuar. Por eso, la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma.
Seguimos en el desierto cuaresmal, en este tiempo de gracia. Siempre me he puesto a pensar que en medio de tantos pecados que cometemos es evidente que no merecemos levantar la cabeza ante el misterio de lo divino; pero las cosas son tan sorprendentes para nosotros en esta relación con Dios, que es Él quien nos pide que levantemos la cabeza para que aprendamos a descubrirle en la insignificancia del rostro humano la inmensidad del misterio divino. Tú y yo somos sagrados, debemos serlo desde Jesús. Si el distinguir las cosas sagradas ha sido una impronta en la historia de la humanidad, ¿no podemos llegar a considerar sumamente sagrado nuestra propia naturaleza humana y cuidarla como se cuidan los objetos sagrados? ¿No habla nuestra existencia de Dios? Si somos el culmen de esta creación salida de la mano de Dios, ¿no podemos considerarnos sagrado? A ver si podemos intentar mirar al crucificado e ir más allá de sus llagas y heridas y entender la plenitud del sacrificio de Jesús por nosotros. Quizá en ello, podamos descubrir más y mejores razones para reconciliarnos con él.







