3º Domingo de Cuaresma (reflexión de Antonio Elduayen, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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Author: Antonio Elduayen, C.M. .
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Queridos amigos

La expulsión de los comerciantes del templo de Jerusalén, la cuentan los cuatro evangelistas. Juan al comienzo de la vida ministerial de Jesús (Jn 12, 13-25) y los sinópticos, al final (Mt 21, 12-25; Mc 11, 15-19 y Lc 19, 45-48). Les pongo las citas porque, a lo mejor, siendo Cuaresma, se dan un tiempo para leerlas y confrontarlas. El episodio no deja de ser chocante, por lo que Jesús hace y por cómo lo hace, lleno de una .extraña fuerza, que logra que, en un instante, “la cueva de ladrones” se transforme en “casa de oración”. Debió ser impresionante ver el templo sin las cuadras de animales en venta para los sacrificios y sin las mesas de los cambistas. Pero la cosa no gustó para nada a las autoridades y a los afectados.

La razón por la que Jesús actuó así la encuentran los sinópticos en los profetas Isaías (56,7) y Jeremías (7,11), cuyas palabras ponen en su boca. Las autoridades y el pueblo sabían que estaba prohibido el uso del templo para fines profanos, pero lo consentían por razones de conveniencia (y de utilidad para los jefes). Sabían también que, algún buen día, habría de aparecer un profeta o el mismo Mesías, que poniendo el grito en el cielo pondría también las cosas en su sitio. ¿Era eso lo que había pasado? ¿Era Jesús el Mesías? Había respetado a las personas, pero el celo por la Casa de Dios lo devoraba (Sal 69,10) y no pudo menos de hacer lo que hizo. Para los discípulos se trató de un signo de que Jesús era el Mesías.

Lamentablemente no pensaron lo mismo los afectados y los jefes (judíos, los llama Juan), y se apersonaron donde Jesús pidiéndole explicaciones y un signo o milagro como prueba de su autoridad para actuar así. Lo que Jesús hizo no fue exactamente el milagro o hecho portentoso sobrenatural, que ellos esperaban. Pero sí el milagro de los milagros: la reconstrucción en tres días del templo de su propio cuerpo (su resurrección). Los judíos lo tildaron de loco, al interpretar mal lo que había dicho de los tres días (Mt 27,40). Pero para nosotros, los creyentes, Jesús no sólo profetizó su resurrección sino que nos hizo entender que desde entonces hay un nuevo templo en la tierra. Más santo y en el que se adora a Dios en espíritu y en verdad.

El templo, todo templo levantado por mano de hombres, viene a ser desde entonces signo de Cristo resucitado y glorificado, del que la Iglesia es su cuerpo y los bautizados morada de Dios (Jn 14,23) y templos vivos del Espíritu Santo (1 Cor 6,19). Será bueno tenerlo en cuenta a la hora de pedir y dar respeto y cuidado al templo material y sobre todo al templo que es la persona. Gracias a su resurrección y glorificación, Jesucristo es hoy el lugar privilegiado del encuentro con Dios y entre nosotros, es decir, la verdadera Iglesia.

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