24º Domingo de T.O. (reflexión de Ross Reyes Dizon)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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Por las obras, te probaré mi fe (Stgo 2, 18)

En Jesús, el Siervo Sufriente, se hace visible y se expone a la corruptibilidad de la carne el amor invisible y puro de Dios.

A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único es quien lo da a conocer. De ahí que el amor de Dios se descubra en el amor de Jesús.

Jesús ama de palabra y de obra. Demuestra su amor enseñando calma y detenidamente a los que son como ovejas sin pastor. Su enseñanza tiene tanto la autoridad que les falta a los que no hacen lo que dicen como la radicalidad necesaria para que se cumplan plenamente la ley y los profetas y se supere la justicia farisaica.

Por amor a las ovejas, el Buen Pastor las hace recostar además en verdes prados para que ellas se alimenten hasta saciarse. Las busca cuando se descarrían. Sana toda clase de enfermedades y dolencias, y come con publicanos y pecadores, pues, ha venido precisamente por los enfermos y los pecadores. No tiene miedo de ensuciarse.

Ni se echa atrás Jesús ante el espectro de la muerte, no obstante sus sentimientos de terror y angustia. La oposición de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, empeñados en mantener el statu quo, no le impide a seguir acogiendo a los excluidos, anunciando el amor de Dios a los últimos, ofreciendo perdón y salvación a los pecadores (José Antonio Pagola).

Finalmente, se desgasta todo entero por los desgraciados el que por nosotros se ha hecho pecado y maldición. Nos ama hasta la muerte, y así se hace exactamente como los desamparados que no tienen nada más que su confianza total en Dios.

Demás está decir que el amor de Dios, demostrado muy claramente en el amor del Siervo Sufriente, nos apremia a amar como éste nos ha amado, a salir a las periferias, a ser pastores con olor a oveja. Nuestro amor no puede detenerse en buenos deseos o grandes sentimientos; tiene que dar mucho fruto, como indica san Vicente de Paúl (SV.ES XI:733). Por tal fruto abundante se muestran vivas y auténticas la fe y la confesión de Jesús como el Mesías.

No nos bastará tampoco con conmemorar el amor abnegado de Cristo en la Eucaristía si no aprovechamos toda oportunidad de asistir a los pobres de todas las maneras (SV.ES XI:393). Y si realmente tenemos el deseo del beato Federico Ozanam de «abrazar al mundo en una red de caridad», ¿acaso nos molestará que el gobierno propocione la red de seguridad social a los desvalidos?

Danos, Señor, la gracia de amar con obras y según la verdad.

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