23º Domingo de T.O. (reflexión de Ross Reyes Dizon)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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¿No juzgáis con criterios malos? (Stgo 2, 4)

Jesús hace oír a los sordos y hablar a los mudos, para que jubilosos escuchen y proclamen la Buena Nueva.

La curación del sordomudo indica que las profecías tienen su máximo cumplimiento en Jesús. Él es Dios-con-nosotros que resarce y salva. Su presencia significa valor para los cobardes, salud para los enfermos, consuelo para los tristes, perdón para los pecadores, paz para todos.

Pero los tristes y desalentados, los impacientes y ansiosos, ¿no negamos la fe que profesamos? ¿Acaso no nos portamos menos como los oprimidos, cuyo desánimo se convierte en ánimo ya que Jesús los liberta, y más como los opresores, cuyo valor se convierte en temor ante el desquite que se les viene encima?

No, no es del todo imposible que irradiemos, no la confortadora alegría de Cristo, sino la desalentadora tristeza o amargura de los desilusionados, cuya «fe se va desgastando y degenerando en mezquindad» (EV 10, 83). Los cristianos podremos ser los peores testigos de Cristo.

Y lo seremos si, engañados por los aspectos exteriores, juntamos la fe en Jesucristo con la acepción de personas. Si es así, entonces no sabemos realmente lo generoso que ha sido el que se hizo pobre por nosotros.

Socavamos asimismo nuestra propia fe portándonos al igual que aquellos falsos hermanos que se infiltraron en el grupo paulino con motivo de quitarle la libertad cristiana. Seremos falsos hermanos también, creo, si nos escandaliza que el Papa Francisco nos exhorta a dar la acogida a los divorciados vueltos a casar o que él nos recuerde no precipitarnos en juzgar incluso a los homosexuales.

Los verdaderos hermanos y hermanas son comprensivos y compasivos. Procuran no poner obstáculos a nadie. Se comportan como facilitadores, no controladores, de la gracia; ven la Iglesia como «la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas», donde los débiles, viviendo de la Palabra y del Sacramento, encuentran remedio y fuerza (EV 47).

Los discípulos auténticos jamás se consideran merecedores de premio. No son como un «meritócrata» que se cree con derecho al mejor puesto por su conducta intachable. Acentúan la gracia y no sus méritos.

Por eso, como verdaderos testigos de Jesús, señalan no a sí mismos, sino a él. Quieren que incluso el que más insiste en quedarse sordomudo proclame algo parecido a lo que dijo san Vicente de Paúl con respecto a san Francisco de Sales: «¡Dios mío, Dios mío! ¡Cuánta tiene que ser tu suavidad, si fue tan grande la de tu siervo Francisco de Sales!» (SV.ES X:92).

Señor, danos oídos que te escuchen y lengua que te alabe.

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