La primera lectura dominical de esta semana tomada del Libro de la Sabiduría nos invita a meditar sobre la necesidad de reconocer que la sabiduría divina nos ayuda a conocer y comprender los proyectos de Dios, la voluntad de Dios. Solo iluminados con la sabiduría divina los hombres y mujeres aprendemos lo que le agrada a Dios y nos ayuda a enderezar nuestros pasos para recorrer el camino que lleve a la salvación. No en vano la semana pasada al final de la primera lectura tomada del libro del Eclesiástico, yo por error la comenté como tomada del Libro del Eclesiastés, el sabio reconocía que el hombre inteligente medita los proverbios.
La segunda lectura dominical tomada de la Carta del Apóstol San Pablo a Filemón podemos reconocer que el Apóstol actúa con delicadeza ante su amigo, ya que “me hubiera gustado retenerlo, a Onésimo, para que me sirviera en tu lugar”, pero “no he querido retenerlo sin contar contigo”, “así me harás este favor no a la fuerza sino con libertad”.
La amistad no es motivo de aprovechamiento del otro sino de reconocimiento de los derechos del otro. Y es en este reconocimiento de los derechos del amigo donde podemos pedir un favor al amigo, que no está obligado, el amigo, a hacerlo si no lo desea.
Pero, suele suceder que, el amigo reconociendo que es valorado en sí mismo, suele responder con apertura al pedido de favor. “Si me consideras compañero tuyo, recibe a Onésimo, como si me recibieras a mí”.
El Evangelio de esta semana nos presenta al Señor Jesús acompañado de mucha gente, que camina detrás de Él. En esta situación de seguimiento, el Señor volviéndose a la gente les hace conocer las condiciones o exigencias para llegar a ser sus discípulos.
La primera condición nos recuerda la exigencia del primer mandamiento “Amar a Dios sobre todas las cosas”. “Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. Tal vez incluso nos haga recordar la respuesta de Abraham dio a la llamada que Dios le hizo.
La segunda condición o exigencia “quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”, nos recuerda que el seguimiento debemos hacerlo haciendo una valoración de nuestra realidad personal y posibilidades; además esta valoración nos ayudará a tener clara nuestra condición y entonces sabremos pedir a Aquel que nos ha llamado a seguirlo lo que a nuestra persona le falta para poder seguirle siempre.
La tercera condición o exigencia “el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”, nos debe ayudar a reconocer que el seguimiento al Señor Jesús, supone un vaciamiento de nuestras propias apetencias para permitirle que sea Él quien nos llene de los bienes que Él tiene para darnos.
Ser discípulos del Señor Jesús supone: renuncia, sacrificio, pobreza, solo si estamos dispuestos a aceptar estas exigencias entonces recién podemos pretender ser aspirantes a discípulos del Señor Jesús, dispuestos a dejarnos enseñar por Él.
Pidamos a Nuestro Buen Padre Dios que nos conceda la sabiduría necesaria para comprender las exigencias del discipulado, del seguimiento del Señor Jesús. Que nos conceda la prudencia para saber valorar nuestras fortalezas y debilidades para conocer nuestras fuerzas si vamos a seguir a su Hijo, para hacerlo con amor y no tener que renegar al pasar dificultades, sufrimiento, soledad, oposición, enfermedad, sino que debemos hacerlo asumiendo toda esta realidad. Que nos conceda discernimiento para saber reconocer que al renunciar a todos nuestros bienes en realidad estamos preparándonos para ser enriquecidos por Nuestro salvador Jesucristo.
Un gran abrazo para todos y cada uno de ustedes mis hermanos y hermanas que juntos estamos siguiendo al Señor Jesús. Que el conocer las condiciones del discipulado nos haga aspirar cada día por lograrlo, al sabernos llamados.







