Ustedes y yo somos cristianos, pero ¿qué implica ser cristiano, seguidor de Cristo Jesús? Nos lo dice el mismo Jesús en el evangelio de hoy (Lc 14, 25-33). Bajo el epígrafe de “lo que cuesta seguir a Jesús”, el evangelio nos dice tres cosas muy importantes y que hemos de tener en cuenta: 1. La grandeza de la propuesta que Jesús nos hace; 2. La opción que hemos de hacer por Él hasta las últimas consecuencias; y 3. la necesidad de sopesar los términos de su propuesta así como el compromiso de cumplirlos exitosamente.
La grandeza de la propuesta de Jesús está en que nos invita a ser discípulos misioneros, lo que constituye todo un honor y un privilegio. Para Jesús ser su discípulo es seguirle con un amor incondicional y por sobre todas las cosas. Esto implica renuncias, pero también la más alta realización de la persona y la más sublime de las vocaciones. Lo grande es que este amor del cristiano a Jesús no excluye otros amores legítimos (padres, hijos, familia, etc.), sino que, por el contrario, es a través de ellos cómo le expresamos y el acoge nuestro amor. Además siendo Jesús el ser humano más perfecto, amarlo, imitarle y seguirle es realizarnos como hombres y mujeres perfectos.
Añadamos lo que añade Jesús: que la condición sine qua non, indispensable, para ser sus discípulos es llevar la cruz detrás de Él. No queda otra. Como Él tenemos que asumir el destino de nuestras vidas y llevarlas adelante, cueste lo cueste, hasta las últimas consecuencias, que, en el caso de Jesús, fue la misma muerte en cruz. Esperando que nuestra muerte no tenga un final así, siempre queda en pie lo de cargar nuestra cruz, es decir, asumir esa suma de circunstancias y decisiones, que, a lo largo de la vida, nos irán realizando como personas y discípulos de Jesús. Como vemos, la cruz del discípulo va más allá de las enfermedades, los accidentes, el cese laboral, etc. Y desde luego, más allá de todas esas cruces que cargamos en las procesiones.
La tercera cosa que el evangelio nos pide tener en cuenta es objeto de dos parábolas (Lc 14,28-33), que apuntan a lo mismo: a tener un final feliz. No basta tener un buen comienzo (empezar a seguir a Jesús), sino que es necesario terminar bien (seguirle hasta el final). Contra lo que pueda parecer, el objetivo de las dos parábolas no es, ni puede ser, el aceptar o no ser discípulos del Señor o el aceptar o no entrar en el Reino de Dios. El objetivo es advertirnos sobre la necesidad de conocer las exigencias de la propuesta del Señor y, consecuentemente, de nuestra entrega a Él. La necesidad de conocerlas, pero, también y sobre todo, de estar preparados para afrontarlas y superarlas. ¿Nos sentimos sanamente orgullosos de ser cristianos discípulos del Señor?







