El profeta Isaías habla en nombre de Dios anunciando que reunirá no solo a los miembros de su Pueblo disperso entre las naciones sino que también a las naciones que nunca oyeron su fama, les mostrará su Gloria allá en su Monte Santo de Jerusalén. Los que vuelvan serán traídos como ofrenda al Señor, como si fueran ofrendas al templo del señor.
En la carta a los Hebreos, el escritor sagrado hace notar a los creyentes que se han olvidado de algo: Se han olvidado de la exhortación paternal. Exhortación paternal que invita a todos sus hijos e hijas a practicar siempre el bien y evitar hacer el mal, según el principio generalísimo.
Por eso les recomienda:
No rechazar el castigo del Señor,
No enfadarse por su reprensión.
La razón que da es que “el Señor reprende (corrige) al que ama”.
Si aceptamos la corrección, estaremos dejando a Dios que nos trate como hijos.
Reflexiona con los creyentes sobre el hecho que no nos gusta ser castigados porque nos duele, pero después esta corrección nos da una vida honrada y en paz.
Termina aconsejando a los creyentes a fortalecer las manos débiles y las rodillas vacilantes y también a caminar por una senda llana de tal manera que el pie cojo en vez de retorcerse, se curará.
En el evangelio, al final, habla el Señor Jesús de la reunión de los patriarcas, los profetas y una multitud de oriente y occidente; de norte y del sur para sentarse en la mesa en el Reino de Dios, mientras que otros serán echados fuera. El Señor Jesús mientras recorre ciudades y aldeas enseñando es preguntado sobre si ¿serán pocos los que se salven? Y Él responde aconsejando a esforzarse en entrar por la puerta estrecha, puerta que intentaran muchos cruzar pero no podrán.
¿Qué impide a entrar por la puerta estrecha a muchos? La razón para esto debemos encontrarla en la manera que son llamados aquellos que tocan la puerta cerrada “no sé quiénes son. Aléjense de mi malvados”.
Como se puede ser malvado, cuando uno ha comido, bebido con el Señor, incluso haber enseñado en su nombre.
Se puede llegar a ser malvado: cuando se hace maldades, cuando se hace el mal; cuando se va por la vida haciendo lo que nos da la gana y no lo que el señor quiere, cuando no seguimos el principio generalísimo: “hacer siempre el bien y evitar hacer el mal”. Incluso cuando en su nombre enseñamos pero ni siquiera nos tomamos la molestia de preguntarle ¿Señor que deseas que enseñe en tu nombre? Seremos desconocidos por Él.
Que aquel que nos llamó a la vida y ahora nos invita a la salvación nos conceda la gracia de dejarnos conducir por su enseñanza para alcanzarla.







