Esforzaos por entrar por la puerta estrecha
No es la puerta estrecha la que nos impedirá entrar en el Reino de los cielos sino nuestra propia gordura y el equipaje con el que intentemos entrar. El mismo Jesús nos lo recuerda: “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los cielos”. Para entrar necesitamos desnudarnos, achicarnos y hacernos un poco “niños”. “Si no cambiáis y os hacéis como niños – nos hablará de nuevo Jesús – no entraréis en el reino de los cielos”. Por eso, tal vez, tengamos que orar como Unamuno: “Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar; la hiciste para los niños y yo he crecido a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad”.
No es la puerta quien te impedirá entrar mientras esté abierta sino el camino que elijas para llegar a ella y el peso que lleves sobre tus hombros. “El que quiera seguirme, seguirá hablando Jesús, que cargue con su cruz y me siga”, y juntos llegaremos, y al encontrar la puerta abierta, yo te ayudaré a entrar y nos sentaremos en la mesa de nuestro Padre Dios. Puedes estar tranquilo. Si me sigues, si caminamos juntos, si juntos intentamos entrar, la puerta no será tan estrecha que nos impida introducirnos y participar del banquete celestial.
No es la puerta la que te impedirá entrar. Podrás entrar si, al llegar y encontrarte con el Señor, descubres tus manos vacías porque todo lo has dado y le dices: “Sólo me queda el corazón. Este nunca lo he vendido porque siempre ha sido tuyo y de mis hermanos”. Puedes estar seguro que en ese momento escucharás la voz del Señor que te habla con cariño: “Ven y entra, bendito de mi Padre, porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y enfermo y me auxiliaste…”.
No es la puerta la que te impedirá entrar. No pretendas entrar con un libro de contabilidad en tus manos: he rezado el rosario todos los días, he dedicado tantas horas a leer y escuchar tu palabra, todos los domingos “he ido a misa”, he dado tanta plata de limosnas, hasta he predicado en tu nombre. No, no es tu libro de contabilidad sino tu corazón quien logrará que la puerta siga abierta y entres. Es el mismo Jesús quien te dice: “No todo el que diga: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos sino aquel que haga la voluntad de mi Padre”. “Sólo los que tengan limpio el corazón verán a Dios”.







