21º Domingo de T.O. (Antonio Elduayen)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año CLeave a Comment

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Author: Antonio Elduayen, C.M. · Year of first publication: 2016.
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¿Me salvaré yo?, es el interrogante que va implícito en la pregunta que aquel hombre del evangelio le hizo a Jesús (Lc 13,22-30). ¿Nos salvaremos nosotros?, es la tremenda pregunta, existencial y escatológica, que alguna vez nos habremos hecho y le habremos hecho al Señor. Porque si se salvan muchos, es posible que yo esté entre ellos, pero si se salvan pocos… Hombre conocedor del corazón humano y práctico, Jesús no quiso responder la pregunta diciendo si son muchos o pocos. Prefirió decirnos qué tenemos que hacer para salvarnos: entrar por la puerta estrecha.

Para el evangelista Juan, la puerta angosta por la que hay que entrar para salvarse es Jesús el Buen Pastor: “Yo soy la puerta, dice Jesús, el que entre por mí estará a salvo…” (Jn (10, 9). Ahora bien, entrar por Jesús es creer en Él, dejarse seducir por Él, hacerlo el centro de nuestras vidas, cumplir sus enseñanzas, arriesgarlo y dejarlo todo por Él, darlo a conocer… Es seguirle y hacer nuestra su causa… hasta dar la vida por los hermanos, como lo hizo Jesús (Jn 10,15; 17, 19).

Mateo (7, 13-14) nos habla de dos caminos y dos puertas, y comenta: ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación, y qué pocos son los que los encuentran! La salvación, siendo puro don de Dios, exige nuestra colaboración, que es lo que Jesús llama entrar por la puerta estrecha. Es decir, hay que colaborar haciendo todas aquellas cosas que conducen a la salvación y hasta la anticipan: practicar la justicia, construir y vivir la paz, amar y ayudar al prójimo, etc. Haciendo todas estas cosas no sólo nos preparamos para la salvación sino que hacemos Historia de Salvación.

Hay que esforzarse como si todo dependiese de nosotros y hay que confiar en la gracia de Dios como si todo dependiese de Él (Ef 2, 8-9). Al respecto, es famosa y acertada la frase de San Agustín: quien te hizo sin contar contigo, no puede salvarte sin ti. Por eso y según el evangelio de hoy, no basta con creer a la ligera que vamos a salvarnos por haber rezado o haber escuchado la Palabra de Dios o haber comido y bebido con Él (la eucaristía). Sin una relación viva y personal con Jesús podría pasarnos lo que a los judíos, que se creían seguros y salvados por ser depositarios de la Alianza. “Miren, dice el Señor: “los primeros serán últimos y los últimos serán los primeros”

Dicho esto, recordemos que la voluntad del Padre Dios, su designio y decisión, es que todos se salven (Jn 6, 39-40). Recordemos también que envió a su Hijo para la salvación del mundo (Jn 3,17) y que Jesús, haciendo honor a su nombre de salvador (Mt 1,21), dio su vida por nosotros para salvarnos (Rom 5, 8-11).

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