1639: De hecho, la Compañía se hace independiente

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Benito Martínez · Source: CEME.
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espiritualidadTodo indica que en 1639 la cofradía se había transformado plenamente en una cofradía bien organizada e independiente de hecho, aunque no jurídicamente, de las otras Carida­des de señoras. Tres hechos lo atestiguan: la dirección de los niños abandonados, dos car­tas de Luisa de Marillac y la instalación de una comunidad en el Gran Hospital de Angers.

Los niños abandonados

La situación de los niños abandonados en el primer tercio del siglo XVII es la ver­güenza descarada de aquella sociedad. Impresiona el problema de las madres solteras, pe­ro duele cruelmente el abandono a la muerte de unas criaturitas recién nacidas. Con dolor y realismo, lo describe San Vicente de Paúl:

«Abandonados por su padre y por su madre… han sufrido por los golpes de su madre sobre su vientre, por los apretones y por las medicinas [para abortar]…, han sido abandonados a la muerte por sus padres y por sus madres que no los han ma­tado para quedar impunes… Esas pobres criaturas encuentran seguridad entre per­sonas extrañas que no les tocan nada…, sufren pobreza, miseria, calumnia y perse­cución por culpa del pecado de su madre…, son hijos del pecado».

La sociedad los despreciaba preferentemente por ser los hijos del pecado. Para aque­lla sociedad de moral falisca, el niño abandonado o expósito llevaba en su carne la tacha sucia y perpetua de un supuesto pecado paterno. Hasta una Hija de la Caridad, se hizo eco de estos sentimientos; a la reina de Polonia que proponía cómo alguna de estas niñas po­drían llegar a ser Hijas de la Caridad, le respondió ofendida: «¡Ah, no, señora! Nuestra Compañía no se nutre ni se compone de esa clase de personas. No se admite en ella más que las vírgenes». Marcados por esta ignominia rara vez los familiares pobres se ha­cían cargo de la madre y del hijo que llevaban la maldición de Dios.

El Estado los rechazaba además por la razón añadida de ser onerosos y exigir gastos enormes. En 1445, el rey Carlos VII, al ver aumentar el abandono de niños, pensó que «si se les cuidaba y alimentaba bien, los padres los abandonarían para verse libres de esta car­ga y cuidado, de tal forma que los 20 hospitales [de París] no podrían albergarlos ni alimentarlos».

Los niños abandonados es la herida más atroz, pero del mundo de los pobres. Los hi­jos de la nobleza y de la alta burguesía eran bastardos a los que se les proporcionaba bue­na educación, fortuna suficiente y una colocación digna en la administración o en la Igle­sia: obispos, abades y priores. Algo mayor, aunque no grande, era el número de niños abandonados por la pequeña burguesía. La moral burguesa era estricta y no admitía des­lices en sus hijas. Si alguna vez sucedía, podía llegar el abandono, pero era más común entregar al niño a un matrimonio mediante la compensación de una buena suma de di­nero.

La mayoría de los abandonados eran hijos de gente humilde: obreras textiles y costu­reras despedidas por los patronos que habían abusado de ellas; eran sirvientas abandona­das por sus amos después de haberlas seducido, o chicas llegadas a la ciudad en busca de trabajo. Además de la vergüenza y el desprecio, guardar al hijo suponía dificultades so­ciales para casarse o imposibilidad de colocarse; lo que significaba caer en la miseria y morir de hambre madre e hijo. Si el hijo era adulterino pendía la amenaza de muerte pa­ra la madre.

También, abundaban los hijos de la plebe: obreros, peones, aguadores, barqueros, ma­rineros sin domicilio, etc. La promiscuidad en las viviendas pequeñas y destartaladas era semillero de embarazos para la inclusa.

No era raro encontrar niños abandonados por matrimonios que no podían alimentar a un nuevo hijo. En realidad, los niños abandonados aumentaban en las épocas de calami­dades y de hambre. Entonces, se abandonaban niños creciditos, con la idea de recogerlos una vez pasada la calamidad, pero esto pocas veces sucedía. El abandono, en verdad, lo era para siempre.

En París, se recogía a los niños de la ciudad y a muchos de los nacidos en los pueblos. Aunque prohibido y castigado con rigor, había hombres que, como un negocio, se arries­gaban a llevarlos hasta París por caminos difíciles. El traslado, o mejor el transporte, re­suena a crueldad, tragedia o crimen: por derroteros intransitables, en envoltorios sofo­cantes y en condiciones inhumanas, procurando que los lloros no les delatasen. En peli­gro de ser descubiertos, lo más fácil y lo más corriente era abandonar a los recién nacidos a su suerte en los bosques y caminos, es decir, entregarlos a la muerte. A los que no ha­bían muerto en el camino, los abandonaban de noche en las puertas de las iglesias y de los conventos: la muerte los arropaba con el frío de la noche y con los mordiscos de las ratas. A los que sobrevivían, en poco tiempo los mataban las condiciones despiadadas en que habían sido recogidos. Vicente de Paúl decía que todos estaban «en necesidad extre­ma de muerte».

Cuando veían a un niño abandonado en una puerta, las personas se desentendían por miedo a ser acusados de paternidad. Hubo que poner comisarios especiales encargados de recogerlos. Como primera medida, se los llevaban al Gran Hospital para examinarlos y darles los primeros cuidados, luego eran llevados a una casa cercana llamada La Cuna. Las condiciones de la Cuna eran tan desastrosas que la lectura de los informes producen incredulidad y desolación, rabia e irritación. Tan mal atendidos estaban, que Vicente de Paúl —no hay motivos para dudar— afirmó que en los cincuenta últimos años ninguno había sobrevivido, a no ser los que se habían dado en adopción. Sin sensiblerías, con ras­gos atroces pero precisos, describió la situación de estos niños:«Estas pobres criaturitas estaban mal cuidadas: ¡Una nodriza para cuatro o cin­co niños!

Se los vendían a los mendigos a ocho sueldos la pieza; les rompían los brazos y las piernas para excitar la piedad de las gentes y que les dieran limosna, y los ha­cían morir de hambre.

Les daban píldoras de láudano, que es un veneno, para hacerlos dormir; es cier­to que se ha hecho así.

Para colmo de males, muchos de ellos morían sin ser bautizados»

La Cuna, como el Gran Hospital, pertenecía al Alto Tribunal de Justicia, del que for­maban parte los canónigos de Nótre-Dame, que se habían hecho cargo del gobierno del establecimiento. Los administradores del Gran Hospital valoraron el trabajo que hacían las Damas de la Caridad en el hospital y les propusieron hacerse cargo de los niños aban-donados25. Durante dos o tres años, los estuvieron urgiendo. Presididas por Vicente de Paúl, tuvieron varias reuniones y animaron a su Director para que aceptase. Aunque no pertenecía a las Damas del Gran Hospital, tanto el director Vicente como la señora presi­denta Goussault lo consultaban con Luisa de Marillac: «He pensado hablar a fondo con el procurador general… del medio de socorrer a esas pobres criaturas en los Niños Expósi­tos. La señora Goussault quizá le haya podido decir la nueva proposición que se me ha hecho para ello. Ya hablaremos de esto dentro de tres o cuatro días». Como era lo habitual, todos descargaron la responsabilidad organizativa en la señorita Le Gras. Vi­cente se lo comunicó por carta el primero de enero de 1638: «En la última reunión, se to­mó el acuerdo de que se le pidiera a usted hacer un ensayo con los niños expósitos, si hay algún medio de alimentarlos con leche de vaca y tomar dos o tres a este efecto».

¿Quién retardaba el comienzo de la obra? Las señoras parece que culpaban a Vicente, y, conociendo su prudencia para no adelantarse a la Providencia, nos inclinamos a cul­parlo también nosotros. La misma impresión se saca de una carta que envió a Luisa, un tanto disculpándose, otro tanto culpándose y un poco acusando a Luisa: «Me urgen, de una forma que no puede imaginarse, de parte del señor Hardy. Me hace culpable de todo el retraso… ¿Qué inconveniente hay en que usted haga comprar una cabra y continúe ha­ciendo una experiencia más amplia?».

Un inconveniente provenía de la señorita Hardy, apoyada por una parte de las Damas: Preferían asumir la obra ya existente de la Cuna y conservar así los bienes de la funda­ción, pero Vicente de Paúl se oponía firmemente. Pensaba que ello hundiría la obra ente­ra en el fracaso. Además de la dificultad continua que implica enderezar una obra que fun­ciona mal, tenía el inconveniente de estar obligados a rendir cuentas de la marcha del es­tablecimiento al Cabildo, que impondría un estilo determinado de funcionar. Vicente pre­fería romper todo lo anterior, perder los pocos bienes de la fundación y comenzar algo en­teramente nuevo, dirigido exclusivamente por él y las Damas. No toleraba que otros pu­dieran imponer sus métodos anticuados. La experiencia lo aconsejaba no fiarse. Él traía métodos renovadores que presentaba a discusión en las Caridades y temía que otros lo obligaran a seguir sistemas caducos. Se sentía, por lo mismo, impotente para aceptar obras que no pudiera dirigir él. A su lado, y participando plenamente de esta misma mentalidad, estaba la señorita Le Gras. Calladamente, había concebido un plan que favorecía las ide­as de Vicente de Paúl y se lo remitió. Era un plan sencillo y posible. Era natural, entonces, que Vicente asumiera este proyecto: «Si yo creyese —le escribió— que ella (la se­ñorita Hardy) aceptaba el ensayo que usted propone de una nodriza y alguna cabra en ca­sa de usted, eso bastaría».

Al final, las Damas estuvieron de acuerdo con el plan presentado por Luisa. A Luisa, se le daba bien el papeleo y comenzó a redactar las memorias junto con Vicente de Paúl. En dos reuniones, las oficialas de las Damas decidieron rápidamente que la casa de los ni­ños abandonados «dependiera de la superiora de las Hijas de la Caridad [Luisa de Marillac] y que fuese allí a pasar siete u ocho días, si su salud se lo permitía».

Se comenzó la empresa con mucha precaución: con doce niños escogidos por sorteo para dejar a la divina Providencia que los eligiese. Luisa compró una cabra y se llevó a los doce niños a su casa de La Chapelle. Posteriormente, se los trasladó a la calle Boulanger, en el barrio de Saint—Victor cerca de la casa donde se había fundado a las Hijas de la Caridad. Una nodriza fue contratada para amamantar a los bebés, y varias Hijas de la Caridad se encargaron de hacer funcionar la obra.

Luisa nombró para dirigir la institución a una viuda, la señora Pelletier, de buena con­dición social. Da la impresión de que había entrado en las Hijas de la Caridad sin aban­donar su rango social y acaso pensando ser la lumbrera de una Compañía reciente de al­deanas. Se veía de categoría superior a la señorita Le Gras y maquinó ante las autorida­des eclesiásticas y judiciales para separar a los dos santos y a las Damas de la Caridad de la administración de los niños abandonados y convertirse así en la única directora. Nadie se dejó sorprender y la junta de las Damas determinó con claridad que la señora Pelletier dependería de las Damas en las cosas puramente materiales y Luisa de Marillac llevaría la dirección de las espirituales, así como el gobierno de las Hijas de la Caridad, de las no­drizas, empleadas y de los niños traviesos que fueran creciendo; la señora Pelletier, ade­más, acudiría a Luisa y le daría cuenta cada semana o, al menos, cada quince días, de to­do lo concerniente a su labor.

Las maquinaciones de la señora Pelletier suponían una carga explosiva contra la mis­ma naturaleza y existencia de la obra de los niños abandonados. Fue un peligro hondo y real. No tan dañino pero sí más alarmante fue otro episodio que alborotó y hasta acaso aterrorizó más a Luisa. Los niños llevaban tan sólo unos días en la calle Boulanger. Sor Isabel Turgis había sustituido a la señora Pelletier al frente de los niños abandonados, cuando el barrio fue designado como cuartel de invierno donde se alojaría una Compañía de soldados por un tiempo. Los gastos de alojamiento y de comida del ejército corrían a cargo de los vecinos. El municipio procuraba que se alojaran en el mayor número posible de familias: los gastos serían menores para cada familia. Parece natural, por ello mismo, que enrolaran como alojamiento la recién habitada casa de los niños. Sor Turgis se aterró y acudió a Luisa, y Luisa se espantó tanto o más que ella: soldados en una casa habitada únicamente por mujeres y niños, sin ningún hombre para que las defendiera, suponía una amenaza constante e inminente a la castidad. Luisa acudió a Vicente y ambos escribieron y pidieron ayuda a la señora Goussault, a la esposa del Canciller, a la duquesa de Aigui-llon, al párroco, al capitán, al sargento. Al final, pudieron librarse de los soldados pagán­doles el alojamiento en otro lugar.

La señorita Le Gras se volcó en los niños. Buscó adornar la casa personalmente con cuadros, como el de la Virgen y San José, llevando de la mano al Niño Jesús. Allí, con los niños y las Hermanas, pasó días emocionantes de alegría y de dolor. Dolor de madre que comenzó bastante pronto: en aquellos tiempos en que la mitad de los niños morían antes de cumplir un ario, también la muerte llegó para los niños abandonados. Si moría un número que le parecía exagerado, se alarmaba, buscaba las causas y triste se lo comuni­caba al superior Vicente de Paúl.

Todos estos hechos sucedieron rápidamente, en los meses de enero y febrero de 1638.

Los niños abandonados fue la primera obra que asumían las Hijas de la Caridad con bastante libertad en sus manos y que Luisa dirigía con cierta autonomía. Sintió que la Compañía se iba haciendo mayor de edad. Cierto, la empresa era de las Damas en lo eco­nómico, de ellas dependían en la vivienda y en las estructuras externas, pero en la direc­ción y en la organización interna ella era la directora. Dedicó sus energías más vitales a esta obra única e inesperada que asombró a toda la sociedad. Aún hoy día, resuena el es­tupor de la gente ante unas mujeres que, comprometiéndose a vivir el celibato, se convir­tieron en madres de unas criaturas desechadas por sus padres naturales y por la sociedad pusilánime. Consagró gran parte de su tiempo a aquellos niños que le recordaban al hijo que tanto amaba y le traían a la memoria su infancia tan parecida y tan diferente. Ella tu­vo mejor suerte.

Doctrina en dos cartas de 1639

El 16 de mayo de 1639, el pensamiento de Luisa sobre la Compañía de las Hijas de la Caridad estaba completo y definido. Lo expone en una carta a la superiora de las bene­dictinas de Argenteuil: la cofradía de las jóvenes era ya una Compañía.

En un pueblo cercano a París, Argenteuil, había un convento de bernardas o benedic­tinas cistercienses. Hacía cuatro años que se había instalado allí una Caridad de señoras donde colaboraban dos Hijas de la Caridad. Para la buena gente del pueblo, eran senci­llamente dos chicas de una cofradía de Caridad.

Hacia 1638, murió en el convento una hermana lega y, para substituirla, la superiora se fijó en una de las dos Hijas de la Caridad, una tal Bárbara. Para la superiora, como pa­ra la mayoría del pueblo no era nada más que una seglar, una buena chica. Era pobre y bien podía ocupar el puesto de una lega. Esto era descubrir una vocación religiosa en una joven seglar. Bárbara entró en el convento, pero al año, de nuevo necesitaron otra lega, y una vez más la superiora intentó atraer a otra Hija de la Caridad. En su mente, estaba ayu­dando a una seglar a consagrarse a Dios.

Esta Hija de la Caridad, sin embargo, no pensaba de la misma manera y se lo comu­nicó a la señorita Le Gras. Enterada Luisa, envió al convento a una joven con vocación de religiosa, juntamente con una carta muy cortés y muy firme para la superiora. Al leer la carta, vemos a Luisa serena mientras la escribe y con dominio de la situación. Descu­brimos la inteligencia que impresiona en todos sus escritos y a una mujer rápida en tomar decisiones y segura en los asuntos que no tocan su vida interior (c.14):

«Señora: tal vez, le extrañe que, sin tener el honor de conocerla ni ser conoci­da por usted, me tome la libertad de escribirle. No lo haría a no ser por la seguri­dad que tengo de que no va a llevarlo a mal, pues solamente el amor de Dios, a quien queremos servir y amar, me mueve a enviarle una joven de este lugar, que es buena y está llena de buenos deseos, para ocupar el puesto de lega, que me han dicho hay vacante en su monasterio».

Envuelta en la espiritualidad de su tiempo, le expone cuál es la vocación de una Hija de la Caridad: aunque sean seculares, las Hijas de la Caridad no son simples seglares, tie­nen una llamada de Dios igual que las benedictinas. Y esta vocación es eterna pues está enraizada en el designio eterno de Dios.

«Lo he sabido por una de nuestras Hermanas, sirvientas de los pobres en las Caridades de las parroquias, a la que Dios ha llamado y puesto en este modo de vi­da desde hace ocho años. No he querido creer, señora, que haya sido usted la que haya encargado desviarla de su vocación, no pudiendo ni siquiera imaginar que los que conocen su importancia quisieran oponerse a los designios de Dios y poner en peligro la salvación de un alma».

La diferencia entre las dos vocaciones no está en la llamada sino en el fin para el que han sido llamadas: las Hijas de la Caridad no han sido llamadas para llevar una vida de plegarias y oración o de mortificación, sino de servicio a los pobres. Pero también las Hi­jas de la Caridad se entregan a Dios radicalmente, se le consagran:

«Privando a la vez de socorro a los pobres abandonados, sumidos en toda suer­te de necesidades, que realmente sólo son atendidos por los servicios de estas bue­nas jóvenes que, desprendiéndose de todo interés, se dan a Dios para el servicio es­piritual y temporal de esas pobres criaturas a las que su bondad quiere considerar como miembros suyos».

Luisa de Marillac tenía una ideología clara y precisa sobre el carisma, el fin y la na­turaleza teológica de la nueva Compañía. Hoy, no cambiaría mucho su mentalidad. No menos nos convence la personalidad que necesitaban las Hijas de la Caridad y encontra­mos en Luisa. En la carta anterior, se presenta como una mujer preparada para las gran­des fundaciones y capacitada para dirigir la Compañía.

Luisa poseía también ideas nítidas y terminantes de cómo debía ser la Compañía por dentro, en el vivir diario de las Hermanas. Sin escrúpulo ni dudas, se lo expuso a la co­munidad de Richelieu. Aquellas Hermanas que habían sido escogidas con minuciosa aten­ción, al cabo de un año no vivían la comunidad con la que soñaba Luisa. El 26 de octu­bre de 1639, escribió a las dos Hermanas entre seria y amable, la manera de vivir las Hi­jas de la Caridad en comunidad.

Sin paliativos, les dice que la Hija de la Caridad únicamente se santifica en el servi­cio de los pobres si lo hace con amor, y sólo así edificará a los seglares.

La Señorita sale al paso de las desavenencias entre las dos compañeras, por otro lado corrientes cuando la comunidad está formada por sólo dos personas. La calma tan sólo la pueden traer ellas dos. A Sor Bárbara Angiboust, la superiora, le pide comunicación cor­dial, dulce y tolerante con su compañera, es decir, «portarse como una madre», ser hu­milde y pedirle perdón, si llega el caso. A Sor Luisa Ganset, la compañera, le exige obe­diencia, no hacer nada sin permiso, vivir la pobreza y no manejar dinero a su capricho. Saldrán juntas y construirán la vida unidas y alegres, pues la vida es mucho más que es­tar juntas. Es lo que se dice llevar una vida de Dios. No es que la comunidad sea una fa­milia, es únicamente eso: una comunidad.

Las dos Hermanas con humildad corrigieron sus desavenencias. Un mes después, pa­só por allí Vicente de Paúl y encontró contentas a las Hermanas, viviendo en sincera co­munidad. Ilusionado Vicente, les anunció una próxima visita de la señorita Le Gras, ca­mino de Angers (I, c.428-430).

Luisa de Marillac, aceptada por todos, se había convertido en una verdadera Superio­ra General. Además de dinamizar las obras, su papel abarcaba la animación de las comu­nidades y de las Hermanas.

El Gran Hospital de Angers

El primero de febrero de 1640, culminó la evolución de la cofradía de Caridad de las 15% enes en Compañía de las Hijas de la Caridad. Fue el día en que se instituyó una co­munidad de Hijas de la Caridad en el Gran Hospital de San Juan Evangelista de la ciudad Angers. Luisa tenía 48 años y una excelente preparación que la capacitaba para concluir el cambio y asumir la dirección.

Angers era y es la capital y el corazón de Anjou. Vitalizada por el obispado, la universidad, el juzgado y el gobierno militar. Era ante todo una ciudad de eclesiásticos y ad­ministrativos. A pesar de tener una posición privilegiada, no lejos de la mar, cerca del navegable río Loira y unido a él por el río Maine, no supo sacar ventajas de esta gracia ni de la red fluvial de primer orden. Tampoco, supo aprovecharse de su población numero­sa, menos aún de su tierra fértil para la agricultura, ni de su suelo rico en materias primas aliadas. Había logrado mantener una pequeña industria textil y de lanas pero, según los contemporáneos, los telares languidecían al igual que el comercio. Por lo que se contaba, los angevinos no eran ni emprendedores ni laboriosos: tan pronto como hacían algo de di­nero, se retiraban a vivir tranquilamente de sus rentas. Con todo, Angers era una ciudad de gran categoría reconocida y envidiada por muchas ciudades del reino. No era una ciu­dad cualquiera.

Angers tenía un Gran Hospital, el de San Juan Evangelista. Como otros muchos hos­pitales, en los primeros años del siglo XVII, sufría una situación de desbarajuste en lo es­piritual y en lo material. Estaba atendido por «varios criados, mercenarios a sueldo, que era preciso tolerar sin que cumplieran con sus obligaciones». Mejoró la situación cuando se despidió a la gobernanta de los pobres en 1610 por robo y dilapidación, y se la substi­tuyó por Rosa Baillif, mujer piadosa que había hecho «voto de terminar allí sus días sir­viendo a los enfermos». Estaba ayudada por otras voluntarias que se llamaban «hermanas sirvientes de los pobres enfermos… y llevadas a ello por un espíritu de humildad, manse­dumbre y Caridad extraordinaria».

En el año 1633, la presidenta Goussault, señora de varios pueblos y dueña de ricas po­sesiones en Anjou, hizo un viaje hasta Angers, visitó el hospital y lo encontró «bastante bien ordenado —escribe a San Vicente—. Hay allí una buena señora que ha hecho voto de acabar allí sus días sirviendo a los enfermos y les ha hecho mucho bien; sobre todo, tiene mucho cuidado de su salvación».

Pero en 1638, moría Rosa Baillif sin haber concluido satisfactoriamente el cuidado a los enfermos, ni haber afianzado la organización del hospital. Como un edificio sin co­lumnas, los logros de la buena mujer comenzaron a desmoronarse. Todo volvía a la si­tuación de 1610. Sor Maturina Guérin, la fiel secretaria de la Señorita, escribía en 1675, siendo Superiora General, que cuando llegaron las Hermanas «había alrededor de 30 o 40 enfermos, hombres y mujeres, y tres docenas de camisas [pijamas], en total… Tan pocos pobres había por entonces que los de la ciudad no querían que se los llevara al hospital, y si se encontraban algunos que fuesen obligados a ir allí, procuraban llevarse camisas blan­cas de sus casas o de sus amigos»29.

Esta situación remordió la conciencia a los administradores, que acudieron a la seño­ra Goussault como intercesora ante Vicente de Paúl para que las Hijas de la Caridad se hicieran cargo del hospital. Se aceptó y la señora Goussault preparaba la fundación a tra­vés de sus amigos de Angers cuando murió el 20 de setiembre de 1639. Luisa de Marillac recogió el compromiso. Personalmente, ella condujo a sus hijas hasta el Gran Hospital.

Valía la pena. Angers no era París, pero tampoco era un pueblo. A más de doscientos kilómetros de la Casa de Luisa, parecía una aventura. Era el primer hospital del que se ha­cían cargo las Hijas de la Caridad como hospitalarias y la primera obra de envergadura le­jos de París y de los superiores. Pero, y era lo más importante y singular, era la primera vez que actuaban con independencia de las Damas de la Caridad. Angers se presentaba como un reto a la nueva Compañía: se comprobaría su capacidad, su efectividad y su fu­turo.

Cuando llegaba el tiempo de la partida, Vicente de Paúl, que estaba en Richelieu, cer­ca de Angers, habló con los señores administradores y concretó los detalles más signifi­cativos del funcionamiento. Preocupado por la salud de su dirigida, le preparó los billetes de la diligencia y le señaló, pueblo a pueblo, el camino que convenía seguir para evitar los fastidiosos adoquines y los siempre inesperados peligros; le indicó hasta los aloja­mientos y a qué personas convenía dirigirse.

Las Hermanas destinadas a Angers habían sido escogidas cuidadosamente: Sor Juana Lepeintre iría para acompañar a Luisa a la vuelta; y para quedarse en el hospital, Sor Isa­bel Martín, Sor Cecilia Angiboust y Sor Margarita Francisca; a las demás Hermanas, has­ta ocho, las enviarían según vieran la situación. No tenían experiencia de hospitales y no querían improvisar. Por el mismo motivo, no habían decidido quién sería la Hermana Sir­viente.

Cuando ya estaba todo preparado para iniciar el viaje, el 24 de noviembre, el superior Vicente les recomendó, desde Richelieu, que lo atrasaran. Había peste o epidemia de di­sentería en Richelieu y en la región de Anjou. Era una epidemia mortal y había peligro de contagio. Pero la carta no llegó a tiempo. La ansiedad había desatado los nervios de Lui­sa que salió el 29 de noviembre, aunque Vicente de Paúl, sin saber que ya había salido, se lo autorizó el día 30. En una diligencia de servicio público, propiedad de la Congrega­ción de Vicente de Paúl, comenzaron el viaje de París a Chartres y luego a Cháteaudun; de aquí a Cléry, a Meung o a Beaugency. Fue un largo rodeo para evitar los molestos ado­quines entre París y Orléans. Luego, el pesado viaje por el río Loira hasta Angers. El via­je fue incómodo debido a los fríos de invierno y agotador por los seis días empleados en el trayecto, a pesar de que el Loira en invierno lleva abundancia de agua y la corriente es ligera. Llegaron a Angers el 5 de diciembre de 1639. Las Hijas de la Caridad se instala­ron en el hospital y de inmediato se pusieron a asistir a los «apestados».

El 12 de diciembre, cuando Vicente de Paúl volvió a París, quedó asombrado del va­lor de aquella mujer que se había atrevido a viajar con un cuerpo enfermo.

Casi tres meses estuvo Luisa organizando el hospital y, a pesar de las ocupaciones, sa­có energías para escribir a las Hermanas que habían quedado en París así como para aten­der los asuntos de la Compañía y de las Caridades. Tan es así, que en un trocito de papel que se ha encontrado se puede leer esta pequeña frase de san Vicente: «La esperamos con todo el cariño que sabe nuestro Señor. Llegará a punto para la cuestión de los condena­dos a galeras».

Agotada, cayó enferma. ¡Qué remordimientos para el superior por haberla dejado mar­char! ¡Cuánto temor y cuánta angustia por la vida de la Señorita! Continuamente, le escri­be para saber dónde está alojada. Le escribe que no escatime gastos con tal de volver pronto. Las cartas de Vicente se suceden con rapidez e inquietud: 17 y 31 de diciembre, 11, 17, 22, 28, y 31 de enero, 4 y 10 de febrero. En Angers, tenía Vicente a su amigo Guy Lasnier, abad de Vaux y vicario de la diócesis; en su casa, se alojó Luisa durante la en­fermedad. El director escribe al abad agradeciéndole el cuidado que tenía por Luisa y, co­mo si fuera de su propiedad, exclamó: «Me gustaría estar en ese lugar para librarla de la preocupación que por ella tiene su bondad y de las molestias que le causa».

Curada Luisa, tuvo que discutir el contrato y preparar el acta de instalación. Examinó y porfió con los señores administradores cada uno de los puntos. Como siempre, le co­municó al superior Vicente lo que pensaba y la que creía se debía hacer y, como siempre, Vicente le dio plena confianza aprobando todo lo que ella hacía.

Llegó el día de la firma del contrato y del establecimiento oficial de las Hijas de la Ca­ridad. El 1 de febrero, se presentaron en el hospital los señores administradores y Luisa de Marillac con las cinco Hermanas que cuidarían de los enfermos. El Director General, Vicente de Paúl, la había autorizado para que firmara como Directora de las Hijas de la Caridad, sirvientas de los pobres enfermos de los hospitales y parroquias, con el beneplá­cito del Superior General de la Congregación de la Misión [padres paúles], Director de di­chas Hijas de la Caridad».

Cuando Luisa estaba para volver, San Vicente supo que de nuevo Luisa no estaba bien y carta tras carta la reprende, la consuela y la aconseja que vuelva cuanto antes y en ca­milla, no en carroza, más pesada; que mire si es mejor la camilla o la litera; que no vuel­va por el río, pues el aire frío y húmedo la puede dañar: «que ordene hacer una camilla y que alquile, o mejor dicho, compre dos buenos caballos», pues en París pagaría lo que cos­tasen. Y cuando se entera de que ya está mejor, le escribe gozoso: «¡Ay, Jesús, señorita! Doy muy complacido mil gracias a Dios de que se encuentre usted mejor, y le ruego con todo mi corazón le devuelva las fuerzas para volver cuanto antes».

El 24 de febrero de 1640, Luisa se puso en camino hacia París y a finales de mes ya es­taba en su casa de la Chapelle. Poco después, los dos fundadores redactaron el definitivo Reglamento de vida para las Hijas de la Caridad de Angers. Vino a ser como las primeras Reglas comunes de las Hermanas; a su imitación, se hicieron los demás reglamentos.

La Compañía, organizada hacia las instituciones civiles y en su vida interna, había con­cluido su transformación. En julio de 1640, tanto Vicente de Paúl como Luisa de Marillac estaban convencidos de haber fundado una nueva congregación o Compañía en la Igle­sia, una congregación secular, no religiosa.

La ilusión molesta de los destinos

Las obras aumentaban, las jóvenes se multiplicaban y la Compañía estaba consolida­da y extendida fuera de París. Aunque todo ello emocionaba a la señorita Le Gras, la abru­mó de trabajo. París, Richelieu, Saint-Germain, Angers venían a ser como una empresa gigante que tenía que dirigir y a veces le faltaban obreras. Frecuentemente, casi cada semana, sentada ante la mesa, tenía que distribuir o cambiar a sus jóvenes por el París de los pobres y por otras ciudades y pueblos de provincias. Las cambiaba y las volvía a cam­biar. Cada destino exigía examinar las necesidades de los pobres y analizar las circuns­tancias y el ambiente de las parroquias y de las obras. Necesitaba sensibilidad social y no menos delicadeza para penetrar en la sicología de cada Hermana y conocer sus cualida­des o sus virtudes. Era fácil preguntar a Vicente o consultar con la señora Goussault, lo difícil era colocar a las Hermanas adecuada y oportunamente en cada Caridad, en cada pa­rroquia y en cada lugar que habían quedado vacíos. Todo queda completo hasta que haya que volver a cambiar a una joven y haya que comenzar otra vez a completar el tablero de los destinos. Es duro, y cuanto más aumentan las jóvenes y cuanto más se extiende la Compañía, más absorbida está Luisa por los destinos. Una joven se va, otra puede ser re­chazada por el párroco o por las señoras y alguna no puede ser destinada porque lo impi­den los administradores o el pueblo. Es Luisa, sostenida por Vicente de Paúl, quien tiene que buscar la solución.

Los destinos se complican cuando la Compañía, sin dejar las visitas a domicilio, asu­me una serie de servicios variados, como hogares de niños abandonados, hospitales, pre­sos condenados a galeras y, más tarde, ancianos. Alegre para una mujer que se siente con­tinuadora de la misión de Jesucristo, pero humanamente agotador.

El dolor alegre de su hijo Miguel

Cualquier otra mujer enfrascada en una empresa tan comprometida como la Compa­ñía de las Hijas de la Caridad, se hubiera olvidado de todo lo demás, pero su hijo era una parte inseparable de su humanidad. Su corazón no podía desprenderse de él.

En el verano de 1636, Miguel Le Gras terminó las Artes —Lógica, Moral, Física y Quí­mica— es decir, la Filosofía. En octubre, cumpliría 23 años. Animado, se esforzó en re­dactar la tesis y pretendió defenderla en público. Vicente lo vio bien. El joven se sentía seguro, pero la madre, frágil y temerosa de un fracaso, lo desanimaba. Vicente de Paúl la convenció de que era corriente defender una tesis. Miguel pudo defender su tesis, pero no en público.

Terminada la filosofía, a Miguel se le presentó el momento decisivo de elegir: des­cartadas las armas —propiedad de los nobles—, sólo le quedaba Iglesia o palacio, teolo­gía o derecho, sacerdocio o carrera civil. El joven se inclinaba a salir de París y estudiar en una universidad lejana, acaso para sentirse liberado de la presión materna. Vicente co­nocía a Miguel y se lo desaconsejó por los peligros que encerraba. Lo conocía bien.

Vicente de Paúl veía el estado eclesiástico lo más conveniente para Miguel, pues no tenía bienes. Esta postura no debe escandalizar. La economía y la situación social forma­ban entonces parte integrante de una vocación. Lo consideraban como una mediación di­vina parecida a otra cualquiera.

Miguel comenzó la teología de mala gana. Las dudas sobre su camino se intensi­ficaron y en 1637, ni estudiaba ni hacía nada. Vicente pensó que acaso lo mejor sería encaminarlo al sur de Francia, al Languedoc, a la ciudad de Riez donde era obispo su pariente Luis Doni de Attichy. Luisa se aterró. Nunca se había separado del hijo y, durante unos años, cuando él era niño y ella viuda, sólo habían vivido el uno para el otro.

Al año siguiente, súbitamente, Miguel se inclinó al sacerdocio. Luisa se sintió feliz y rebosaba alegría. Descaradamente, empujaba a su hijo a recibir las órdenes menores. Miguel, en una lucha interior terrible y cruel, prefería morir antes que tonsurarse de clérigo y hasta se deseó la muerte. San Vicente, que amaba al joven, sintió el dolor del mucha­cho y escribió con dureza a la madre:

«He recibido esta mañana la suya,… para responder a la cual, le diré que su se­ñor hijo ha dicho al padre de la Salle que él no entraba en esta condición más que porque usted lo quería, que se ha deseado la muerte a causa de esto y que recibía las órdenes menores por complacerla. Pues bien, ¿es esto una vocación? Creo que él preferiría antes morir que desear la muerte de usted. Sea lo que sea, bien venga esto de la naturaleza o del diablo, su voluntad no es libre para determinarse en co­sa de tal importancia y usted tampoco tiene que desearlo… Deje que lo guíe Dios. Él es más padre suyo que usted madre, y lo ama más. Deje que sea El quien lo guíe. Él sabrá muy bien llamarlo en otra ocasión, si lo desea, o darle el empleo conve­niente a su salvación».

Resignado y apenado por el sufrimiento de su madre, y sólo por ella, se decidió a ser sacerdote y a estudiar en la Sorbona. A todos, les pareció una decisión definitiva. Luisa no sabía cómo agradecer a los padres paúles todo lo que habían hecho por su hijo. Vicente de Paúl tuvo una reunión familiar con el primo del difunto Antonio Le Gras, el cartujo Hilarión Rebours:

«Quedamos de acuerdo —Vicente escribe a Luisa— en que lo mejor para su hijo es el estado eclesiástico; segundo, que su temperamento parece tender más a él que al mundo; que ha podido ser ese joven quien ha embarullado su fantasía en esto y que esto le ha traído a la memoria las pequeñas aversiones de la comu­nidad de San Nicolás; pero que, si las cosas se le representan debidamente, la ra­zón volverá a ocupar su puesto, que es peligroso favorecer su fantasía dándole un vestido corto [de seglar] a no ser para ir al campo; y aun en este caso, convendría que fuera modesto. Y si después de todo esto, persevera, in nomine Domini, habrá que echarle una mano. Pero aceptar fácilmente el cambio de las disposiciones que ha parecido tener toda su vida de ser eclesiástico, como consecuencia de la altera­ción que ese joven libertino ha hecho en su espíritu, no creo que sea conveniente».

Se pensó que se ordenara ya de menores y Vicente meditaba dónde colocarlo: con su amigo el obispo Pavillon, en Alet, cerca de los Pirineos, o en otro lugar donde pudiera ejercer de clérigo. Habló con el párroco de San Nicolás de Chardonnet quien, por pedír­selo Vicente de Paúl, estuvo dispuesto a recibirlo entre sus clérigos sin título. Y Miguel António Le Gras, hijo de Luisa de Marillac, recibió las órdenes menores en 1639. Iba a cumplir 26 años o los acababa de cumplir.

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