Discernir significa analizar y juzgar los motivos, los fines y los medios de la acción, en la que el hombre ejercita su inteligencia, su juicio y su libertad. En el lenguaje de la fe cristiana, discernir significa qué desea Dios de nosotros y en qué dirección nos indica que caminemos. Es una actitud clave de la conciencia iluminada por las máximas evangélicas, por la persona de Cristo. Es el camino de toda sabiduría cristiana. El fundamento
de esta búsqueda, de esta abertura, de este discernimiento es el esquema de un desprendimiento y se apoya en un postulado de la fe cristiana: discernir y realizar la voluntad de Dios.
El cristianismo no es simplemente una religión del culto o, incluso, de la ley. Es ante todo una experiencia, que vacía al hombre de sí mismo para llenarle de Dios, al mismo tiempo que abre su espíritu al espíritu de Cristo para realizar como él la voluntad del Padre y llegar a tener un mismo espíritu con él. Jesús centra su vida en el cumplimiento de la voluntad del Padre y hace girar el mensaje evangélico en torno a la búsqueda y a la realización del «reino de Dios y su justicia» (cf. Mt 5, 20; Rom 10, 3; Flp 3, 90), es decir, en torno a discernir y a realizar el buen agrado de Dios, los planes de Dios sobre el hombre, sobre el mundo, sobre los pobres.
Vicente de Paúl sabe por experiencia que sólo la adaptación flexible a las manifestaciones de la voluntad de Dios y la realización de sus exigencias son la única señal cierta de la autenticidad del amor. Para discernir estas manifestaciones y realizar estas exigencias en la historia, él, Vicente de Paúl, conjuga alternativa y armónicamente el sentido de la creación, el movimiento de la encarnación, las condiciones en las que Cristo ha realizado la obra de la redención, la actuación misteriosa de la providencia divina.
En el modo de obrar de Dios, Vicente distingue un doble aspecto: el aspecto transcendental -hoy diríamos la transcendencia inmanente-: Dios obra en el mundo y organiza todo para conseguir lo mejor, pero el hombre no siempre percibe este mejor. El otro aspecto es el inmanente -hoy diríamos la inmanencia transcendente-: éste manifiesta la estrategia, el modo de obrar de Dios. Vicente descubre que Dios utiliza medios humildes, actúa lentamente y su obra es compleja, multiforme, a veces, desconcertante en su desarrollo. En razón de esta percepción, todo el esfuerzo de la organización de la vida interior y de la acción vicencianas se encuentra sostenido por el sentido de Dios y el amor al prójimo. Sentido de Dios y amor al prójimo le impiden separar en ningún momento la acción evangelizadora del conjunto de la vida espiritual.
Si Vicente de Paúl intenta denodada y reflexivamente concertar todas las variantes del dinamismo vital para «buscar siempre y preferentemente a cualquier otra cosa» realizar primero en él y luego en los demás el «reino de Dios y su justicia», es para «realizar en todo la voluntad de Dios». La articulación viva, que él establece entre «reino de Dios» y «voluntad de Dios», es una de las características propias y originales de la espiritualidad vicenciana. La juntura, que realiza con precisión y dinamismo esta articulación, es la acción. Sólo en esta perspectiva se puede comprender perfectamente el origen y el término del dinamismo espiritual y de la acción vicencianas, el caminar concreto del santo y prudente Vicente de Paúl.
Lo que caracteriza la evolución de la experiencia humano-cristiana de Vicente de Paúl, es haber transformado a este capellán de los Gondi y misionero de sus tierras en un hombre de iglesia que responde a las necesidades de la sociedad de su tiempo. Esta evolución se realiza en él, sin duda alguna, por el movimiento de la gracia. Pero su gracia particular le impulsa a estar atento a las manifestaciones de la voluntad de Dios, que se expresa a través de los acontecimientos, y cuyas exigencias se realizan en el quehacer de cada día. Es menester añadir, paradójicamente, que la pertenencia —en profundidad y en extensión—de Vicente de Paúl a la iglesia está sostenida y se nos revela por su referencia constante al mundo tal y como es y cómo evoluciona. Esta referencia constante y lúcida le hace penetrar cada día más en la historia viva de su tiempo, al mismo tiempo que le invita a ponerse de manera definitiva y sin condiciones al servicio de Dios en este mundo. Si se quiere una fecha para confirmar estas afirmaciones, se puede recordar 1643, año en que Vicente de Paúl entra a formar parte del Consejo de Conciencia durante la regencia de Ana de Austria.
Hombre de acción, Vicente de Paúl experimenta que la «realidad», sea cual sea la manera de comprenderla, de abordarla, de querer transformarla compromete y confronta, prueba y comprueba al discípulo de Cristo. A causa de los gemidos de la «nueva creación» que rodean e invaden a las cosas y a los hombres, él afronta una realidad que no se transforma mágicamente ni con hisopos en «reino de Dios». «Se dice que se busca el reino de Dios, declara Vicente el 21 de febrero de 1659. Que se busca, no es más que una palabra, pero me parece que dice muchas cosas… Buscad, buscad… quiere decir preocupación, quiere decir acción…».
Preocupación, es decir, rigor valeroso para constatar la realidad, vigor inquebrantable para intentar transformarla, valor indefectible para asumirla cuando, después de haber empleado todo el esfuerzo humano, este empeño limitado se revela incapaz de cambiarla. La búsqueda y la realización del «reino de Dios» es un quehacer esclarecedor de verdad y, en el siglo XVII, Vicente de Paúl realiza un «descubrimiento de lo oculto» extremadamente temible. Pero esta franqueza le da la posibilidad de comprender y de asumir la situación histórica de su tiempo. Afrontar esta situación, que obsesiona más o menos a la conciencia de sus contemporáneos, es, digámoslo claramente, tener el valor del radicalismo evangélico.
Para llegar a este radicalismo, que nace en él de las exigencias de la, creación y de las condiciones en las que se ha realizado la redención del hombre, le ha sido necesario anteriormente un desprendimiento, una ruptura. En este desprendimiento, en esta ruptura, se origina su re-creación. Entonces germinan en él el humilde deseo de arraigarse en la vida y de cambiar el mundo, el amor real a los demás. Simultáneamente se abre ante él un camino que le impide instalarse allí donde está y programar, calcular, incluso sospechar su futuro. Vicente, como todo hombre, no sabe, cuando se compromete en su interior a darse totalmente a Dios para servirle en la persona de los pobres, a qué se compromete exactamente y hasta dónde le conducirá este compromiso. Sin embargo, a través de este compromiso, esclarecedor y realizador de verdad, llegará a conseguir más lucidez, mayor estabilidad, mejor equilibrio. Lucidez, estabilidad, equilibrio hacen de él un hombre tenaz que goza, al mismo tiempo, de una libertad interior. Tenacidad y libertad, sostenidas por las exigencias del amor a Dios y orientadas por la miseria de los pobres, le conducen a comprometerse cada día más en la historia incierta de su tiempo. Este compromiso le permite descifrar desde el interior y no desde el exterior el sentido de Dios y del hombre en los acontecimientos y en las necesidades que surgen y se desarrollan en la coyuntura histórica de su tiempo.
En verdad, al decirlo tan rápidamente, se podría hacer pensar que las cosas se han realizado en un zig-zag fulgurante y fácilmente, cuando, en realidad, sólo a través de una atención paciente y apasionada, flexible, pero sostenida simultáneamente por la búsqueda de verdad y de vida, Vicente ha llegado a ser lo que es y lo que debe permanecer para nosotros: el buscador incansable de la voluntad de Dios.
Acción: la fe exige la obra, y la obra común, en la que cada hombre no es más que un modesto participante. No obstante esta participación limitada, la obra común atraviesa la conciencia individual y colectiva, personal y social, al mismo tiempo suscita y anima en ellas un gran deseo de esperanza, alentado y alimentado por una «eterna promesa».
La obra de la fe impulsa a Vicente de Paúl a volver a emprender, sin disminuir en nada y sin «dejar caer» nada, la inmensa tarea encomendada a la iglesia en beneficio de los hombres, de los pobres y en orden a establecer en medio de ellos el «reino de Dios».
La insistencia de Vicente de Paúl sobre la necesidad del trabajo, sobre la necesidad de la acción, como pruebas irrefutables y verificadoras de la realización de la vocación del hombre son, en realidad, reveladoras de una intención más profunda. Para él, acción y trabajo permiten acceder a la vida verdadera, a esa vida que realiza al mismo tiempo la imagen de Dios en el hombre y el plan de Dios en el mundo. Conoce experimentalmente que «la acción buena y perfecta es la prueba verdadera del amor a Dios». Por eso no duda en escribir el 15 de junio de 1647 a un misionero, acosado por la tentación de entrar en la Cartuja: «La iglesia tiene demasiadas personas solitarias, y demasiadas inútiles, y muchas más aún que la desgarran; su gran necesidad es tener hombres evangélicos, que trabajen en purificarla, iluminarla y unirla a su divino esposo».
La experiencia vicenciana constata y verifica que la fe es una manera de existir en Dios, en el hombre, en el mundo. Para caminar hacia Dios, no se trata para él de abandonar el mundo, sino, por el contrario, de asumir plenamente su responsabilidad. Vicente nos revela, a través de la vivencia de su fe, una exigencia de la vida misionera: la decisión inquebrantable de jamás abandonar el mundo. Todo descubrimiento de Dios es para él una exigencia de su acción en el mundo; todo encuentro con los hombres es para él una nueva búsqueda de Dios. El resultado duradero de esta actitud, es mostrar que se requiere un esfuerzo permanente para integrar en la fe las dimensiones históricas, sociales. En razón de esta convicción, Vicente no desvaloriza, como subalternos, los problemas de esta vida y los combates de esta historia. Por el contrario cobra conciencia de que en y a través de ellos está en proceso el «reino de Dios», está en juego el plan de Dios, se ve comprometido el sentido del hombre, está en litigio la dignidad del pobre.
La fe para Vicente de Paúl no es, pues, una ideología, una metafísica, sino una actitud que le induce a referirse constantemente a la estrategia de Dios, una opción que le impulsa a introducirse en el movimiento de la encarnación de Cristo, una decisión que le conduce continuamente a la acción, como forma creadora de vida. Para él esta fe es el acto de participar en la transformación del hombre, del mundo. La fe y la experiencia vicencianas nos recuerdan que la obra de la fe es un fermento de la transformación del mundo y de la re-creación de la conciencia del hombre, de la conciencia de la sociedad. Esta transformación y esta re-creación son posibles en Vicente de Paúl porque la obra de fe se le revela en su fuerza original y en su densa originalidad: la caridad de Dios en el hombre, es decir, el amor divino, depositado por Dios en lo más profundo del hombre, que le libera, le transforma y le salva, al mismo tiempo que éste transforma la realidad según el plan creador y salvador de Dios tal y como ha sido realizado en y por Jesucristo.
«La perfección, confiesa Vicente de Paúl, no consiste en el éxtasis sino en realizar perfectamente la voluntad de Dios», es decir, en un brazo vigoroso que trata de poner un poco más de justicia en el mundo y un poco más de amor en el hombre. «La santidad, nos declara, es la unión con la voluntad divina». No es, en consecuencia, para él contemplación, sino llamada, promesa, búsqueda, acción. Sin embargo, y es necesario proclamarlo claramente, irrefutable y lacónicamente hay con mucha frecuencia contradicción entre la voluntad de Dios —expresada a través de su Palabra, a través de la encarnación de Cristo— y la realidad. La fe en esta Palabra —la búsqueda de la voluntad de Dios, la imitación creadora de Cristo— no engendra la resignación, sino el conflicto con el mundo. La fe no puede ser, en consecuencia, justificación de la historia, sino «abertura de la historia», ya que la persona de Cristo, centro de esta fe vicenciana, llama e interpela al hombre revelándole al mismo tiempo a Dios y su obra. El, Cristo, y sólo él, es el centro de esta «economía de la salvación», de la construcción del «reino de Dios», de la realización de la voluntad del Padre. No hay, pues, por qué extrañarse que Vicente de Paúl centre toda su pretensión en introducirse en el movimiento de la encarnación de Cristo. En este movimiento de la encarnación, él, Vicente, descubre el centro que orienta y dirige toda la actividad de Cristo —y en consecuencia de la actividad vicenciana— cuyo objetivo no es otro que realizar la voluntad del Padre en todas las cosas.
Si la voluntad de Dios se expresa a través de los acontecimientos y de las necesidades, si «la necesidad es extrema» y «Dios cuenta con nosotros», según las expresiones vicencianas, esto exige «preocupación» y «acción» por parte del hombre para realizar el plan creador y salvador de Dios en la historia. Esta referencia de la acción y del trabajo al plan creador y salvador de Dios en la espiritualidad vicenciana adquiere el sentido de una creación continua. Al mismo tiempo implica una dependencia del hombre a Dios, que se manifiesta en una actitud de adoración, de glorificación, de alabanza, de humildad, de anonadamiento.
En consecuencia, Dios es para el hombre alguien a quien -y por quien- quiere comunicar su amor, es decir, el deseo de tener colaboradores que continúen en la historia su plan de la creación salvadora -que en Cristo llega a su plenitud- en beneficio de todo hombre, de todo pobre.
Sentido y contenido de la «praxis» vicenciana
El sentido y contenido de la enseñanza vicenciana referente a la acción están sostenidos y orientados por la providencia o la voluntad de Dios y el espíritu de Jesucristo, por una visión del mundo, impregnada de la presencia de Dios, y la inmanencia transcendente de una antropología cristiana. Sólo la relación constante y mutua de estos cuatro puntos de referencia permite captar el movimiento y la dirección, el sentido y el contenido de la praxis vicenciana. Una vez más se requiere señalar la unidad en la diversidad al hablar de Vicente de Paúl. Y en este aspecto concreto del quehacer vicenciano no sólo en razón de la variedad de obras suscitadas, organizadas y alentadas por él, sino también, y sobre todo, para descubrir el diferente bobinaje del motor que dinamiza y unifica la praxis vicenciana.
Hombre de una inteligencia maravillosamente realista, hasta llegar a comprometer su pensamiento en la acción, Vicente se esclarece en la constatación de la realidad para así poder acompasar el movimiento de su vida y de su espíritu al ritmo de Dios. Pero el Dios vicenciano, como el Dios bíblico, el Dios de Jesucristo, no es un ser lejano y extraño a las fluctuaciones del mundo, ausente y desentendido de las situaciones concretas de los hombres, de los pobres. Dios, lo mismo que el hombre, está comprometido en el desarrollo de este mundo, querido por él y rescatado por Cristo. La presencia activa de Dios atraviesa la historia y la impregna de esta presencia. Los planes de Dios (la estrategia de Dios, el «misterio» de Dios), trazados desde antes de comenzar el primer día de los días, se realizan en la historia concreta de cada día. En ella y a través de ella, Dios se revela al hombre y se hace presente en el mundo. Lo interesante para el hombre es saber descubrir esta presencia en el mundo y en él mismo y llegar a actuar en conformidad con el dinamismo divino -el amor divino- que Dios ha depositado en él.
Este activo, Vicente de Paúl, que no pasa el tiempo en concebir grandes planes ni tiene la ambición de ponerse a pensar cómo cambiar las estructuras socio-económico-políticas, sino que trata de afrontar la realidad día a día y de realizar un cambio radical de actitud en la conciencia de los hombres, en la conciencia de la sociedad, capaz de transformar el orden establecido y de hacer aparecer nuevas formas de vida y de acción en la sociedad y en la iglesia, nos hace entrar en el verdadero sentido y contenido de la acción humana cuando declara: «Ruego a nuestro Señor Jesucristo que nos conceda la gracia… de ver las cosas como son en Dios y no como aparecen fuera de él, porque, de otra manera, podríamos engañarnos y obrar de manera distinta de la que quiere».
La vida y el espíritu de Vicente de Paúl se encuentran atravesados, lo hemos señalado, por dos preocupaciones mayores: ajustar lo más exactamente posible su «prudencia» a la «misteriosa voluntad de Dios» y vivir en Cristo, obrar en él y por él. Esta doble preocupación le hace cobrar conciencia de una doble certeza, que desencadena en él un doble dinamismo:
La primera de esta doble certeza declara que el hombre sólo se realiza dándose a Dios para servirle en la persona de los pobres. La segunda, proclama que el hombre continúa en el tiempo la obra creadora de Dios por el trabajo y transforma la realidad por medio de la acción.
El primero de este doble dinamismo, que surge de esta doble certeza, le introduce en el movimiento del «espíritu de Jesucristo» y le permite unirse simultáneamente a Dios y a los hombres a través de la acción realizada en conformidad con este espíritu de Cristo. El segundo le impulsa a no pararse jamás mientras la necesidad aparezca en el mundo y la miseria invada el ser de los pobres hasta llegar a apoderarse de sus rostros.
Después de haber percibido esta doble certeza y este doble dinamismo, se puede vislumbrar el sentido de las palabras y la originalidad de su contenido cuando oímos a Vicente de Paúl hablar de la providencia o de la voluntad de Dios, de las actitudes del hombre ante las manifestaciones y exigencias de esta providencia o voluntad de Dios, de la acción del hombre.
La preocupación de Vicente de Paúl de realizar lo más exacta y perfectamente posible los designios o planes de Dios le lleva a adquirir cuatro convicciones. Estas convicciones esclarecen su espíritu y dinamizan su acción:
– La historia -el mundo, la realidad- es el «lugar» donde se revela la voluntad de Dios y donde se realiza «el querer y no querer de Dios». En este lugar, de revelación y de realización, los pobres tienen un espacio privilegiado.
La inserción en el movimiento del «espíritu de nuestro Señor» conduce al hombre a establecer la relación viva entre Dios y el hombre y le permite acceder a la unión con la voluntad del Padre, al realizar la misión de Cristo, evangelizador de los pobres.
El hombre se realiza en tanto en cuanto continúa encarnando la presencia activa del Dios de Jesucristo en la historia en beneficio de los demás hombres.
La acción del hombre adquiere sentido y valor en tanto en cuanto realiza el designio divino «.
La intención de Vicente de Paúl es declararnos que la construcción del «reino de Dios y su justicia», la ejecución de la voluntad divina, se realizan en el quehacer de cada día. Esta construcción y esta realización exigen constantemente la conjugación perfecta y la convergencia exacta de la iniciativa de la fuerza de Dios y de la respuesta de la humilde docilidad humana. De ahí la insistencia de Vicente de Paúl, su devoción especial de «seguir la adorable providencia de Dios paso a paso», y de no «cabalgar sobre ella», es decir, de no imponer el ritmo a Dios, sino de ajustar todo el dinamismo vital del hombre al compás del movimiento del «buen agrado de Dios» sin intentar «adelantarse a él» y sin pretender «prevenirle» 42. No es Dios quien está llamado a ser creado a imagen y semejanza del hombre, sino el hombre quien está llamado a ser creado a imagen y semejanza de Dios.
«La gracia imita a la naturaleza en muchas cosas, la cual las hace nacer bruscas y desagradables, pero con el tiempo las perfecciona», constata la sensibilidad observadora de Vicente de Paúl. El hombre, ese ser constituido de naturaleza y de gracia, está proyectado por Dios en la historia para irse realizando a través de la gran marcha hacia la libertad en virtud del dinamismo creador que Dios ha depositado en él. Su vocación es una tarea lenta y evolutiva, orientada hacia la realización concreta de la imagen de Dios creador —imagen que Cristo encarna perfectamente— del «buen agrado de Dios». Se requiere, en consecuencia, que el hombre descubra este «buen agrado de Dios», lo acoja, lo haga vida de su vida y espíritu de su espíritu, lo encarne en la trayectoria de la historia.
Para llegar a discernir, a descubrir «el querer y no querer de Dios», es menester, al mismo tiempo, que el hombre cobre conciencia de su limitación o de su pobreza radical, es decir, «sea todo humildad, todo sumisión, todo confianza, todo paciencia» en la espera de descubrir «la evidencia de la santa y adorable voluntad de Dios», descubra «que hay grandes tesoros escondidos en la santa providencia» y acepte que «quienes la siguen y no cabalgan sobre ella honran soberanamente a nuestro Señor». El hombre sólo podrá adoptar esta triple actitud cuando experimente, como Vicente de Paúl, «el consuelo que nuestro Señor da» a quienes «piensan que han tratado siempre de seguir y no de prevenir a la providencia, que sabe tan sabiamente conducir todas las cosas al fin que nuestro Señor las destina». Esta experiencia, encarnación en el hombre de fe y de vida, se origina cuando éste se «abandona a la providencia de Dios» y se clarifica cuando se descubre que «la gracia tiene sus momentos».
Si «la gracia tiene sus momentos», el hombre debe estar sumamente atento, vigilante para acogerla en las situaciones concretas de su vida, de la vida de los demás, de la historia. Esta acogida requiere una abertura y una docilidad del espíritu del hombre «al buen agrado de Dios que consiste en acomodarnos a las disposiciones de las personas, a los lugares, a los tiempos». La intención de Vicente de Paúl, al pedir esta adaptación vital, es hacer del hombre una «pura receptividad» -la expresión es de Schillebeeckx- capaz de acoger en él «la luz que le haga conocer y aficionarse a lo que Dios desea de él»; capaz de aceptar «dejarse conducir por la amable providencia de Dios». Esta providencia de Dios le permitirá introducirse «en la santa dilección que efectúa la confianza en Dios y la desconfianza en sí mismo». Entonces, sólo entonces, podrá «adorar a la providencia y trabajar por conformarse en todo a su santo querer» «que es el fin al que tendemos y al que han tendido todos los santos y sin el cual nadie puede llegar a ser bienaventurado».
A través de esta abertura y de esta docilidad de espíritu, que engendran en el hombre una disponibilidad penetrante y una flexibilidad vital, Vicente de Paúl no solo intenta evitar que el hombre se encierre en la angustia, en las obsesiones, en las inquietudes traumáticas y demoledoras de la condición humana, sino ante todo busca centrarle en el dinamismo del espíritu de Dios y abrirle al movimiento de la vida para llegar a «tener un mismo querer y no querer» con Dios. Sólo penetrando en el centro de este «querer y no querer de Dios, el hombre descubrirá que «Dios es amor y quiere que se vaya a él por amor» encontrará la liberación de la inquietud -de «las pulsiones de muerte»-, que le invaden continuamente; caminará en la «tranquilidad y alegría» de espíritu al estar todo él disponible «a querer todo lo que Dios quiere… para llegar a ser un día una misma cosa con él» y «hacerse conforme a nuestro Señor». En un clima de semejante diafanidad el hombre estará seguro de haber «tratado de no poner el pie más que allí donde le ha señalado la providencia» y jamás pretenderá intentar confundir ni justificar el miedo instintivo de fracasar en su existencia, que invade a toda existencia humana, con la preocupación, más bien la inquietud, por intentar «conformarse en todo al buen querer de Dios»: «Existen grandes tesoros ocultos en la santa providencia, escribe Vicente a Luisa de Marillac, y quienes la siguen y no cabalgan sobre ella honran soberanamente a nuestro Señor. Sí, me dirá, pero es por Dios por quien me inquieto. Si se inquieta en su servicio, ya no es por Dios por quien se preocupa». Dios no es un «espíritu violento ni intempestivo» y el hombre, al «obrar según el querer de nuestro Señor, que consiste en mantenerse siempre en la dependencia de su providencia, ya que éste es su agrado y sabe cual es lo mejor para el hombre», «participa de la tranquilidad del espíritu» de Dios.
El espíritu del hombre tiende instintivamente a querer eliminar los conflictos, que la realidad hace surgir, evadiéndolos, en lugar de abordándolos. Y la inestabilidad de la condición humana, que soporta difícilmente las dificultades, busca instintivamente cambiar de situación para, si fuera posible, hacerlas desaparecer, en lugar de afrontarlas. De ahí la insistencia de Vicente de Paúl en la «paciencia» y en la «vigilancia» para llegar a discernir, acoger, hacer vida de su vida y espíritu de su espíritu «el querer y no querer de Dios». Si puede conciliar estas dos cualidades, aparentemente tan contradictorias, es porque se apoya en Dios, que es el mismo y siempre nuevo, fiel e imprevisible, paciente y rápido. La paciencia es la condición de la aceptación duradera de la voluntad de Dios que quiere durar. Durar, es ser capaz de resistir; no es dejarse rechazar; es dejarse probar. Y la prueba principal es precisamente la duración: las dilaciones de Dios en la realidad social y personal. Pero el resistir, por sí solo, no es cristiano, y puede, desdichadamente, convertirse en un aguante soñoliento de quien se habitúa al tiempo que le pasa y le sobrepasa, en un aguante repulsivo de quien siente que el tiempo le va replegando en sí mismo. Para que el hombre renueve en el tiempo la confianza que ha puesto en Dios en la duración paciente de su fidelidad y en la vigilancia de su fe, es preciso «dejar actuar a Dios» en él. Este dejar hacer a Dios en el espíritu y en la vida del hombre, es para que éste llegue «a querer invariablemente lo que Dios quiere», para llegar a «tener un mismo espíritu» con él. «Dejar hacer a Dios», equivale a «seguir la providencia de Dios paso a paso» en la conflictividad de la historia y en la inquietud existencial de la condición humana; es hacer caminar «en la verdadera sabiduría» al espíritu del hombre y confrontarle continuamente con el «espíritu de Jesucristo» y con «el querer de Dios», que potencian el dinamismo de la vida del hombre y crean en él el clima propicio para la acción.
El sentido y el contenido de la «praxis» vicenciana adquieren toda su densidad y originalidad en la enseñanza de Vicente de Paúl referente a la voluntad de Dios. Realizar activa y/o pasivamente la voluntad de Dios, equivale en la mentalidad vicenciana a introducir al hombre en el movimiento del «espíritu de Cristo», en el movimiento del espíritu de Dios, que atraviesa el mundo para re-crearlo, para transformarlo.
Si psicológicamente hablando, el discernimiento de la voluntad de Dios clarifica, apacigua, libera y dinamiza el espíritu del hombre; si teológicamente hablando, la realización de la voluntad de Dios transforma la acción del hombre en acción de Dios, le da una consistencia inquebrantable y la hace duradera en el tiempo y en la eternidad; sociológicamente hablando, la realización del «buen agrado de Dios», de los planes de Dios, transforma la realidad social en la realización del «reino de Dios y su justicia» en beneficio de todo hombre, de todo pobre.







