Vivir y morir en la Congregación

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Flores-Orcajo · Año publicación original: 1985 · Fuente: CEME.
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«El que echa la mano al ara­do y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios». (Lc 9,62).

«Por el voto específico de es­tabilidad nos comprometernos a permanecer toda la vida en la Congregación dedicados a conseguir su fin, realizando las obras que nos prescriban los Superiores, según las Constituciones y Estatutos». (C 39).

logo-CMLa perpetuidad de los votos de pobreza, castidad y obediencia no pareció suficiente al Fundador de la Con­gregación para afianzar las voluntades de sus miembros en la perseverancia en la vocación. Siguiendo el ejemplo de otras comunidades, introdujo el voto de estabilidad, dándole el propio matiz.

1. «Hacemos un cuarto voto».

San Vicente, como casi todos los Fundadores, sin perjuicio de su confianza en la Providencia, se esfuerza por consolidar las instituciones y afianzar las voluntades. No basta con la seguridad que la aprobación pontificia dio a la Congregación. También sus miembros deben fortalecer la voluntad de ser fieles a la vocación. Desde los principios se introdujo la práctica privada de los votos. Así se lo cuenta San Vicente a la Madre Chantal:

«La mayor parte de nosotros hemos hecho los tres votos de pobreza, castidad y obediencia y el cuarto de dedicarnos durante toda nuestra vida a la asistencia del pobre pueblo, y que intentamos hacer que los apruebe Su Santidad». (I 550-551).

Efectivamente, la aprobación pontificia llegó en 1655. Desde entonces, los misioneros han venido emitiendo el cuarto voto o voto de estabilidad en la Congregación de la manera siguiente:

«…hago voto, además, de entregarme a la salvación de los pobres del campo todo el tiempo de mi vida en dicha Congregación, ayudado de la gracia del mismo Dios Omnipotente, a quien para este fin humildemente invoco». (C 52, 2 c).

2. «Todos hemos traído a la Compañía la resolución de vivir y morir en ella».

«El fin del cuarto voto no es sólo «remachar» la fidelidad temporal en la Congregación. Es además, como el «votum professionis», es decir, como el voto que abar­ca todas las dimensiones de la persona del misionero refiriéndolas al fin de la vocación: la dimensión apostó­lica, la espiritual, la comunitaria. El cuarto voto marca definitivamente la dirección de la consagración del mi­sionero en la Congregación:

«Todos hemos traído a la Compañía la resolución de vivir y morir en ella. Hemos traído todo lo que somos, el cuerpo, el alma, la voluntad, la capacidad, la destreza y todo lo demás. ¿Para qué? Para hacer lo que hizo Jesús, para salvar al mundo». (XI 402).

3. «Lazo vital que une a los hermanos».

El ser firmes e invariables en el fin es el «alma del buen comportamiento», según San Francisco de Sales, Ia estabilidad, además de salir al encuentro de la «lige­reza del espíritu humano» (XI 297), intenta también crear un lazo de unión entre los miembros de la Congre­gación; dar garantía de perseverancia. Cuando San Vi­cente se pregunta cómo realizar el compromiso de «sal­var al mundo» siguiendo a Jesús, responde:

«Por medio de esta vinculación que hay entre nos­otros y del ofrecimiento que hemos hecho de vivir y morir en esta sociedad y de darle todo lo que somos y todo lo que hacemos». (XI 402).

En este mismo sentido merece recordarse lo que la Asamblea General de 1974 declaró sobre los votos:

«Nuestros votos, en especial el de estabilidad, ates­tiguan nuestra consagración y nuestra confianza en la fidelidad de Dios, que nos llama a servirle en la Congregación. Constituyen, además, un lazo vital que une a los hermanos en comunidad fraterna». (AG 74, 76).

  • ¿He sabido valorar el contenido del voto de es­tabilidad en sus aspectos espirituales, comunita­rios y apostólicos o más bien, éstos han quedado ocultos y desapercibidos para mi?
  • ¿Considero una verdadera gracia el poder vivir y morir en la Congregación de la Misión?

Oración:

«Nos has llamado, Dios mío, por pura misericordia, pero somos débiles, y capaces de sucumbir al primer asalto. Que nos conserve tu infinita bondad, si así lo quieres. Por nuestra parte, mediante tu santa gracia, contribuiremos con todo nuestro esfuerzo a rendirte todos los servicios y toda la felicidad que esperas de nosotros. Dios mío, danos, pues, la gracia de perseverar hasta la muerte. Es lo que te pido por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, con la confian­za de que me lo concederás». Amén. (IX 332-333).

 

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