Vivir en plenitud el tiempo presente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Riol, C.M. · Año publicación original: 2000 · Fuente: Informativo Provincial de las HH.CC. de Pamplona.
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«Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo para liberarnos y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios» (Gál. 4, 4-5).

Los dos mil años de la Encarnación se nos proponen como una cifra tan plena y tan total, que a todos se nos invita a vivir y celebrar esta fecha desde el gozo y la alegría, la alabanza y la acción de gracias por la presencia de Dios en nuestra historia.

Al iniciar el año, «año de gracia del Señor», queremos que sea el tiempo de Dios, el tiempo de su gracia. Para Dios nuestra primera mirada en este año, porque de nuestro Dios viene la gracia y la salvación para todos los hombres. Del Señor viene nuestro rescate y nuestra liberación porque a Dios pertenecemos y él es nuestro propietario, a él retornamos nosotros y todo lo nuestro, a él retorna la tierra y la creación entera y él vuelve a darnos en usufructo, la tierra, la paz, la gracia y la libertad para que hagamos que todo fructifique para el bien común y nazca una nueva era de gracia y santidad que haga aflorar los cielos nuevos y la tierra nueva de donde brota la justicia.

Dios, en este año, nos ofrece la paz, «la paz de Dios que supera todo conocimiento» (Flp. 4, 7). Es una paz toda gracia, toda bendición y salvación. Paz que brota desde dentro de nuestro corazón. Paz que debe ser objeto constante de nuestras reflexiones y oraciones. Paz que brota del perdón que Dios nos ofrece y nos otorga, paz que nos regala Dios y nos trae nuestro Salvador Jesucristo y que nosotros debemos cultivar constantemente. Dios en Cristo Jesús no sólo nos ofrece su paz, se hace paz para nosotros y nos alienta a ser en nuestro mundo instrumentos de su paz. No debemos guardar la paz que Dios nos da, debemos comunicarla, transmitirla, debe crecer y extenderse. Si yo he experimentado la paz en mi corazón debo contagiarla. Quien ha encontrado la paz debe darla a conocer. Dichosos los pacíficos, dichosos los que se esfuerzan por extender la paz, dichosos los que se empeñan en ser constructores de paz.

El año jubilar implica perdón y reconciliación. Dios nos perdona y nosotros perdonamos. El perdón que nosotros recibimos de Dios debemos extenderlo a aquellos que han podido ofendernos, «que nuestro enojo no dure más allá de la puesta del sol» (Ef. 4, 26). No se puede fundamentar la vida de un ser humano sobre el rencor. La grandeza se manifiesta en el perdón, que no quiere decir permisividad ni olvido ni participación del mal que se haya ocasionado. Perdón quiere decir generosidad, oferta de gracia, esperanza de renovación. El perdón ofrecido es un camino claro hacia la paz y el entendimiento. Se consigue más paz con el perdón y la misericordia que con la justicia. El perdón es siempre un acto de grandeza y magnanimidad. Jesús nos exige un esfuerzo por superar una serie de limitaciones que todos tenemos y que constantemente afloran a la superficie de nuestro ser. El perdón es un gesto que me obliga a plantearme la vida de una manera nueva. El perdón rompe la dinámica de la agresividad y genera en mí y en la persona perdonada nuevas fuerzas para construir un futuro prometedor donde la base de la vida sea la convivencia, la comunidad y la comunión.

El jubileo es un tiempo en el que la misericordia se manifiesta con toda su capacidad e intensidad. Jesús nos ha revelado al Padre, nos lo ha dado a conocer como Dios Padre de la misericordia, su misión es proclamar a todo hombre el amor, la gracia, la ternura y misericordia de Dios Padre. El jubileo debe ser el triunfo de la misericordia. Vivir el jubileo es vivir la misericordia y «aprender de Jesús que es manso y humilde de corazón», que es misericordioso. Debemos reconocernos deudores de la misericordia de Dios para transformar nuestro corazón, a veces endurecido e insensible, en un corazón cuyos sentimientos, actitudes y deseos estén impregnados de la misericordia de Dios; como os decía en el último retiro, Dios nos pide ser actores y autores de misericordia.

Alegría, gozo y júbilo desbordante tienen mucho que ver con el jubileo. Se nos antojan palabras sinónimas. El anuncio de Jesús es «buena noticia», es júbilo y alegría para los que lo escuchan con corazón sincero y con ganas de encontrarse con lo más noble y verdadero que existe en el corazón del ser humano. La venida a la tierra, la Encarnación del Hijo de Dios es motivo de alegría para todos ya desde el principio. Lo suyo es proclamar la dicha y la alegría y contagiarla. El «alegraos», la alegría estará presente en cada paso que desde su concepción dará el Señor. El precursor «salta de gozo» en el seno de su madre (cf Lc 1, 44). María es saludada por el ángel invitándola a la alegría, «alégrate» (Lc 1, 28). A los pastores: «Os anuncio una gran alegría, que será para todo el pueblo» (Lc 2, 10), y ellos «se volvieron glorificando y alabando a Dios», lo mismo que Simeón y Ana (cf Lc.2, 20,28,30). Y cuando comienza su vida pública se presenta como «ungido y enviado para anunciar a los pobres la buena noticia» (Lc 4, 18). Su presencia es siempre motivo de gozo y alegría, porque sus palabras y sus obras son la vivencia de las bienaventuranzas. Quiere que sus discípulos y seguidores, sean portadores de buenas noticias, portadores del gozo y la alegría y por eso les invita a alegrarse porque sus nombres están inscritos en el libro de la vida (cf Lc 10,20). Pero el verdadero júbilo empieza con la presencia de Cristo resucitado en la comunidad donde todo dolor y muerte han sido vencidos. La alegría desborda a los discípulos que ni siquiera lo acaban de creer. La plenitud del gozo, del júbilo, viene con la efusión del Espíritu Santo que se traduce en entusiasmo, en fortaleza extraordinaria, y en paz duradera que les hace ir a dar esta «buena noticia» hasta los confines de la tierra. Tenemos la seguridad de que Dios está con nosotros porque nos ama gratuita, desinteresada e incondicionalmente. Este júbilo es un anticipo de la alegría celeste que ya se tiene que notar hoy, este año, en nuestras vidas.

El jubileo implica alabanza y acción de gracias al Señor. Debe ser un año para abrirnos al agradecimiento. Debemos aprovechar este año para reconocer la lluvia de las bendiciones de Dios, los dones recibidos de él, dones sin número ni medida, espirituales y materiales. Sobre todo queremos agradecerle el don de su amor. Queremos agradecerle el don que nos hace de sí mismo; él es puro don y entrega. En cada don de Dios se nos entrega por entero a si mismo. Agradecemos al Señor el tiempo de salvación que nos concede. Le pedimos que no deje de sostenernos y capacitamos para dar los frutos que se espera de nosotros. ¡Tenemos tanto que agradecer al Señor! Podemos repasar, como en visión panorámica, todos los dones que hemos recibido a lo largo de nuestras vidas y los que estamos recibiendo en cada instante. Y no sólo las cosas importantes sino también las pequeñas. No acabamos de aprender a valorar las cosas pequeñas, como no acabamos de vivir con intensidad el momento presente, el momento de gracia y salvación que el Señor nos otorga. Tampoco valoramos suficientemente las cosas ordinarias, los más grandes milagros de cada día.

Jesús proclamó un «año de gracia del Señor», es el tiempo del jubileo definitivo. Porque el jubileo siempre es gracia, es bendición de Dios, benevolencia, indulgencia y cariño de Dios, es participación de Dios. Dios nos regala y se complace en nosotros, nos da parte de si mismo y nos introduce en el misterio de su vida y de su amor, nos introduce en su intimidad. Si recibimos la gracia de Dios, el don de Dios, nos convertimos en jubileo vivo y permanente, sin importar el tiempo y el lugar. Desde Jesús todo jubileo es posible, porque en Jesús encontramos la gracia del Señor. Él es la fuente de toda gracia. Sin Jesús ningún jubileo es posible. El año jubilar no es una sucesión de días y acontecimientos sino un tiempo nuevo, un tiempo que no se agota, tiempo que crece y crece hasta la plenitud.

Nuestro tiempo es un tiempo «habitado» por Dios, lleno de Dios, lleno de su gracia, de aquí brota nuestro júbilo y alegría. Porque la plenitud de los tiempos ha irrumpido ya en nuestras vidas. Participamos de la Encarnación-Redención y nos incorporamos a la vida de Dios porque realizamos la obra de Dios, porque hacemos lo que hizo el Hijo de Dios, continuamos su obra. Le damos gracias porque nos ha revelado su misterio como pobres y desamparados que somos.

Este año es, pues, tiempo de Dios, tiempo de gracia y salvación. Nuestra fe confiesa la providencia divina, en virtud de la cual Dios no sólo es Señor del tiempo, sino que garantiza también un último sentido para el tiempo de la historia. Para nuestro ser de creyentes el tiempo no es una simple referencia que va marcando el ritmo de acontecimientos, sino que es una realidad que posee un profundo significado sagrado porque señala las etapas de la intervención de Dios en la vida de los seres humanos. El tiempo designa un momento escogido por Dios, y por ello particularmente propicio para la salvación. El plan divino de la salvación tiene sus momentos propios en los que Dios realiza sus designios salvíficos en relación con nosotros. La unión de los tiempos de Dios constituye aquella línea que es la historia de la salvación. En esta historia desempeña un papel decisivo el momento por excelencia, la Pascua cristiana. Al designar Cristo este momento temporal nos dice «mi tiempo está cerca» (Mt. 26, 18; Jn. 13, 1).

Dios realizó la salvación del hombre en «la plenitud de los tiempos» (Gál. 4, 4), mediante la venida de su Hijo unigénito, venida que culmina en su misterio pascual. Este acontecimiento histórico constituye el corazón del «tiempo de la salvación». El tiempo de la Encarnación redentora es a la vez tiempo humano y divino, tiempo del ser humano y tiempo de Dios.

¿Cómo vivir este año desde Dios, habitados por Dios, llenos de Dios? Queremos pedirle al Señor un reloj nuevo que marque las horas de Dios y no las nuestras. Queremos empezar este año, estrenándolo llenos de ilusión. Conscientes que hay tiempos y tiempos, que hay relojes y relojes. Hay relojes que retrasan, personas que sólo miran al pasado, con excesivas fijaciones. También existen relojes que se adelantan, personas muy aceleradas, volcadas siempre hacia el futuro, sin vivir el hoy. En estas circunstancias tenemos que acordarnos de la recomendación de San Vicente de no adelantarnos a la Providencia, que ella marque el ritmo de nuestro tiempo y nuestras horas. También existen relojes exactos, son los que saben vivir el momento presente, con paz y con intensidad llenándolo de Dios.

Pedimos al Señor un reloj que nos sitúe en mente y corazón en el momento presente, porque sabemos que es el momento de Dios. Que nos sitúe en el quehacer cotidiano que es lugar de encarnación. Este, sabemos, es un buen reloj. Dios quiere que viva el momento presente como si me hubiera dado los ojos para mirar esa ocasión, la boca para hablar en esa ocasión, las manos para ayudar en esa ocasión, y así todo mi cuerpo y mi corazón. Este es el reloj que todos pedimos para marcar el tiempo de Dios en toda nuestra vida, el reloj que ya a muchas Hermanas Dios a regalado y que marca el tiempo de Dios con total precisión.

No es nada fácil vivir así, vivir siempre desde Dios, vivir siempre el tiempo de Dios, habitado por él. Hay que morir constantemente a sí mismo, a los propios gustos e intereses, hay que liberarse de los propios problemas y preocupaciones, hay que prescindir de las propias ocupaciones y prisas, hay que desplazar el centro de interés del yo al tú, al otro. Se trata de vivir cada momento como si hubiéramos sido creados para eso, para atender a esa persona, para escuchar esa palabra, para realizar esa tarea, para prestar ese servicio, para vivir esa oración, para compartir esa celebración, para tomar ese descanso…

Es muy gratificante vivir el tiempo presente sabiendo que es tiempo de gracia y de salvación, tiempo de Dios, porque es «lugar de encarnación». Dios se está encarnando en cada persona que se acerca, en cada problema que se presenta, en cada alegría y en cada dolor que me toca vivir.

Queremos pedir al Señor, al comenzar este año dos mil, un reloj que marque nuestro tiempo con la paciencia del Señor, con el ritmo y la medida universal del amor. Este es el reloj que medía el tiempo de Jesús de Nazaret. Estamos tentados de pensar que en Nazaret se le paró a Dios el reloj. En una vida de treinta y tres años, treinta parado, treinta perdidos. Pero esa es la paciencia de Dios y la sabiduría de Dios. Jesús nos salvó viviendo en familia, predicando el Reino, curando enfermos, muriendo y resucitando. No importa en qué, sino el cómo, importa el ritmo y la medida del amor. Por eso queremos elevar nuestros corazones, al comienzo de este año que inicia las celebraciones que nos abren al tercer milenio, pidiendo al Señor que con la vida, con el tiempo que hoy nos regala, podamos darnos sin medida como él.

No hay duda que este año el Señor nos invita a marcar en nuestro tiempo, las horas desde el servicio. El Señor quiere vivir en mí su actitud de servicio. Nuestra vocación es una vocación de servicio. Especial exigencia de servicio en nosotros consagrados vicencianos. ¿En qué grado vivo la conciencia de ser enviada por Jesús para servir a mis Hermanas, a los pobres en la Compañía? ¿Realizo mi misión como «servicio evangélico»? ¿Escojo o acepto de Dios esas muchas formas de ocupar el último lugar cuando, desde él, mejor puedo «en todo amar y servir»? ¿Cuáles son las «sandalias» de las que tendría que descalzarme para poder pisar como servidora esa tierra sagrada, tierra de Dios, que es mi campo de servicio? ¿Puede ser el protagonismo, espíritu posesivo, preocupación por la buena imagen, acepción de personas, búsqueda de triunfo personal y de aplauso, imposición no evangélica de mis ideas o de mi propia voluntad? ¿Vivo el servicio de forma corresponsable con los demás miembros de la comunidad desde esa visión de «totalidad» que es la misión de Jesús?

Uno de los mejores servicios que podemos ofrecer es animar a las otras. Animar su apertura a Dios y su servicio a los pobres. Para ello, debemos encontrarnos nosotros animados, alentarnos con una esperanza que no falla porque se apoya en el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones, en la presencia permanente de Cristo entre nosotros por medio de su Espíritu que recibimos para ser testigos del Evangelio del Reino.

En este año jubilar, año de gracia y de salvación, debemos ser personas cercanas, capaces de establecer con los demás una relación interpersonal, solidaria y gratificante. Se me pide ser una persona sensible a las necesidades de los demás, que me encuentren disponible y en actitud acogedora, entregada a la tarea y, sobre todo, entregada a las personas, ofreciendo mi servicio fatigoso, humilde y ofreciéndolo a todos.

En este año jubilar elevamos nuestra oración a Dios: «Señor, mi corazón rebosa de agradecimiento por tantos dones y bendiciones tuyos. No bastaría el canto del corazón y de los labios, si no pusiera mi vida a tu servicio, para darte testimonio con mis acciones. A ti nuestra gratitud y nuestra alabanza en este tiempo de gracia, en este año jubilar. Tú, ¡oh Padre!, tú me conoces por entero. En este momento me presento ante ti. Acéptame cuando y como quieras. Haz de mí según tus deseos. Me has creado a tu imagen. Honor, gloria y alabanza a ti por siempre».

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